La Noche Antes de Conocerlo - Capítulo 85
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- Capítulo 85 - 85 CAPÍTULO 85 Salvando al CEO con un beso
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85: CAPÍTULO 85: Salvando al CEO con un beso 85: CAPÍTULO 85: Salvando al CEO con un beso Junio
—¿A dónde vas?
Aún no has terminado tu sándwich —resuena la voz de Tobias mientras salgo disparada de la mesa, con los pies retumbando en dirección al ascensor.
Pero lo único que me grita en los oídos es esto: el señor Grande no es que solo odie la mostaza, es que es mortalmente alérgico a ella, y tal como dijo Jordan, ni siquiera se daría cuenta hasta darle un bocado, porque, extrañamente, el hombre que es impecable en todo lo demás es un completo idiota en lo que a detalles de comida se refiere.
Uf.
Típico.
Seguro que Vanessa ya le ha servido la bandeja y él debe de estar a punto de comer.
Mierda.
El ascensor emite un pitido y salgo corriendo, casi tropezándome con mis propios pies.
Veo a Vanessa sentada tranquilamente en el escritorio que antes era el mío, con los dedos danzando sobre el teclado.
Levanta la vista hacia mí y parpadea, con un aire de total inocencia.
—¿Quiere ver al CEO?
Ha dicho que no le molesten….
Pff.
¿Molestarle?
Ya veremos si le molesta pasarse días en el hospital.
—¿Le has servido la comida de la cafetería?
—la interrumpo, con voz apremiante.
Vanessa asiente con orgullo.
—Sí, por supuesto… —pero ni siquiera termina la frase cuando ya he pasado a su lado como una tromba.
Siento el pulso latiéndome en la garganta.
Abro la puerta de un empujón sin llamar.
Y ahí está.
El señor Grande, recostado en el sofá, sándwich en mano, a punto de darle un bocado.
—¡No se lo coma!
—grito, y las palabras se me escapan como el ulular de una sirena de alarma.
Todo sucede a cámara lenta: su boca abriéndose, el maldito sándwich a centímetros de sus labios.
«Mierda», siseo por lo bajo y me abalanzo hacia él.
De un manotazo, le arranco el sándwich de la mano y este sale volando por la habitación.
El señor Grande se queda helado, atónito, conmocionado, y sus ojos se clavan en mí como puñales.
Ya estoy jadeando, y el alivio me inunda como una ola.
—Eso… no… —empiezo a decir, intentando explicarme, pero el tacón me flaquea.
Mierda.
Y antes de que pueda evitarlo, pierdo el equilibrio y caigo hacia delante, pero él me sujeta por instinto; sus fuertes brazos me rodean mientras nos desplomamos sobre el sofá.
Y entonces…, silencio.
Nuestros rostros están demasiado cerca, nuestros corazones latiendo con fuerza.
Sus ojos me tienen inmovilizada y entonces la veo: la mancha de mostaza, untada ligeramente en su labio inferior, brillando como una sentencia de muerte.
Sin pensar, antes de que pueda moverse, antes de que él mismo pueda lamerse los labios, me inclino y le paso la lengua por encima.
Apenas le había rozado el labio con la lengua cuando se quedó paralizado.
Su cuerpo entero se tensó bajo el mío, como un hombre alcanzado por un rayo.
Tragué saliva, preparándome para lo inevitable: su grito, su asco, la forma en que me apartaría de un empujón.
Abrió los ojos como platos, apretó con más fuerza mi cintura, y su rostro… Dios, su rostro parecía que estaba a dos segundos de lanzarme al otro lado del sofá.
Pero, extrañamente, no lo hizo.
Yo seguía allí, encima de él, con su pecho subiendo y bajando con fuerza contra el mío.
El pulso me martilleaba en los oídos mientras el silencio se alargaba y yo contenía el aliento.
Entonces, la voz de Vanessa resonó en la habitación, un jadeo de sorpresa.
Y después, la voz cortante de él rasgó el aire, grave y peligrosa: —¿Qué demonios estás haciendo?
Sus palabras me cayeron como una bofetada, pero en lugar de apartarme bruscamente, aflojó el agarre y me depositó en el suelo con cuidado antes de levantarse del sofá.
Exhalé, temblorosa, mientras me sostenía sobre unas piernas que flaqueaban, con el corazón todavía latiéndome en la garganta.
—¿Por qué has hecho eso?
—pregunta, señalando el sándwich en el otro extremo de su despacho.
Suspiro y miro a Vanessa.
—Pues…
*—Lo siento mucho, señor… No lo sabía….
Vanessa sigue suplicando, las palabras se le escapan atropelladamente entre respiraciones entrecortadas.
—No lo sabía, lo juro, yo nunca… por favor, perdóneme, señor….
Me dejo caer en una de las sillas auxiliares y me aliso la falda como si sirviera de algo, bajando la mirada hacia mi tacón.
El maldito se había partido limpiamente con las prisas.
Además, no podía creerme que hubiera saltado así.
Y lo que era peor, no podía creer que… le hubiera lamido los labios.
Fuerzo la vista al frente y mis oídos captan su tono cortante.
Ya no la estaba regañando a ella.
Su atención había cambiado.
—Paul —espetó—, ¿por qué no estaba esto en sus notas?
Es un detalle fundamental.
Si ella no hubiera entrado… —inclinó la cabeza en mi dirección—, ya estaría en el hospital.
«Sí, tiene razón, CEO.
Ya estaría en la… Un momento, ¿he oído bien?».
Parpadeé.
Un elogio de su parte.
Sonaba tan ajeno, como oír un trueno en un día soleado.
Justo entonces mi mente retrocedió, reviviendo la sensación de sus labios bajo los míos.
¿Lo hice solo por la mostaza?
¿O porque quería —Dios me ayude— saborearlo?
Se me revolvió el estómago al recordar de repente su regla número uno.
La había roto.
Cuando levanto la cabeza, los demás ya están de pie, así que me pongo en pie como puedo, haciendo equilibrio sobre el tacón sano.
El señor Grande despide a Vanessa y a Paul con un gesto de la mano.
Se me oprime el pecho.
Quiere dejarme para el final.
Seguro que quiere despellejarme viva por haber roto la regla.
—No la he roto —suelto sin aliento, antes de que pueda decir nada—.
Solo lo hice para salvarle la vida.
Entrecierra los ojos y, por un instante, se hace el silencio.
Entonces, con una suavidad inusual en él, murmura: —Gracias.
—Se da la vuelta hacia su escritorio—.
Ya puede irse.
Me quedé helada.
¿Un «gracias»?
¿De él?
El corazón se me ensanchó durante medio segundo, solo para encogerse a la misma velocidad cuando añade: «Ya puede irse».
Ni una mirada a mi tacón roto, ni el más mínimo atisbo de consciencia de lo que me había costado; solo un «gracias» mascullado, como si con eso bastara.
Qué capullo.
Salí cojeando del despacho, intentando reprimir la punzada que sentía en el pecho.
Vanessa me alcanzó justo al salir y su cálida mano se cerró sobre la mía.
—Gracias —susurró, con los ojos muy abiertos y sinceros—.
Por ayudarme otra vez.
Seguí su mirada hasta mi zapato roto.
Antes de que pudiera restarle importancia, ella ahogó una exclamación y corrió a su escritorio.
Un instante después, estaba de vuelta con un par de bailarinas.
—Son las que tengo de repuesto —dijo, agachándose para ponerme una en el pie.
Me quedaba perfecta—.
Menos mal que usamos la misma talla.
Por favor, quédatelas.
Es lo menos que puedo hacer.
Me la quedé mirando.
Seguía sonriendo con esa sonrisa abierta y radiante que tanto me había irritado, y en ese momento me di cuenta de que mi enfado estaba fuera de lugar.
No debería estar enfadada con ella, y ni siquiera con él.
En lugar de sentir rabia, debería sentirme orgullosa de haber salvado a alguien.
No por las reglas, ni por el resentimiento, sino porque en el fondo, eso es lo que yo hago.
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