La novia a la fuga del multimillonario - Capítulo 129
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Capítulo 129: ¿Algo más, jefe?
Emily no veía la hora de salir del hotel en cuanto el evento concluyó. No tuvo ocasión de hablar mucho con Katie después de darle su «discurso de mentora», y Byron estaba constantemente rodeado de gente.
—¿Te vas a poner triste si no vuelvo a ir nunca más a uno de estos? —le preguntó a Byron mientras tomaban una copa en la limusina de camino a casa.
—Por favor, no soy una florecilla delicada —dijo Byron, sirviéndoles un licor en sus copas.
—¿Seguro que no te importará?
—Sí. —Su postura era más rígida de lo habitual, y no la rodeó con el brazo como solía hacer.
—Noto que estás enfadado —masculló. Su licor le supo amargo y sintió un nudo en el estómago mientras las luces brillantes y los letreros de los restaurantes pasaban a toda velocidad por la ventanilla.
—No estoy enfadado. Solo desearía que vinieras a mis cenas más a menudo. Y supongo que sí que me ofende que digas que son aburridas.
—Oh… lo siento —dijo Emily—. Quizá sea mejor que no vaya, entonces.
Byron dejó su copa con un suspiro. —Sé que puede que no sean tan ingeniosos o pintorescos como tu círculo de artistas y diseñadores, pero son buena gente y hacen un buen trabajo para mí.
—¡¿Buena gente?! Ese Monty o Morty o como se llame… ¡dijo que quería matar nutrias! Es una especie de monstruo.
—Sí, la verdad es que Monty no está muy concienciado con los problemas medioambientales. Pero es bueno que estuvieras allí para darle una perspectiva alternativa.
—Desde luego que lo hice —dijo Emily.
Byron se rio entre dientes. —¿Ves? Tuviste la oportunidad de compartir tus opiniones. Quizá estos empresarios estirados puedan aprender algo nuevo.
—¿Pero a qué precio para mi cordura?
—Bien, no tienes que venir si no quieres —dijo Byron con frialdad.
—¿Ah, sí? Muchas gracias —dijo Emily—. Cuando estemos casados tendré que pedirte permiso cada vez que no quiera asistir a un evento.
—Vamos, sabes que no soy así. ¿Pero de verdad te parecería una locura que esperara que, como mi esposa, asistieras a algunos eventos conmigo?
—No lo sé —dijo ella, hosca. Por un lado, lo que le pedía parecía perfectamente normal; por otro, Emily siempre estaba alerta ante cualquier cosa que amenazara su libertad. Interpretar el papel de esposa abnegada le parecía restrictivo a veces.
Al ser una figura de alto perfil, Byron a menudo tenía que estar en tales eventos, ya fuera por su propia empresa o para hacer contactos con otros, y si iban a casarse, acompañarlo parecería algo que se esperaba de ella.
Byron pasó un largo rato en el despacho de su casa y, a pesar de lo que había dicho, Emily sintió que la estaba evitando.
Llamó a su puerta, sintiéndose cohibida. Quizá había reaccionado de forma exagerada. No era como si nadie la estuviera obligando a hacer algo que no quisiera, y se dio cuenta de que podría haberlo manejado con más elegancia.
Byron levantó la vista de la pantalla de su ordenador, ligeramente irritado por la interrupción, pero entonces su mirada se suavizó. Emily le devolvió la mirada, y su conexión volvió a encenderse al instante sin que dijeran una palabra.
—No pudo ser tan aburrido si tuviste un debate sobre nutrias —dijo Byron por fin.
Emily soltó una risita. —Tienes razón —dijo—, fue bueno poder cantarle las cuarenta a Morty.
—Es Monty.
—Siento si parecí demasiado brusca —dijo Emily—. Solo quiero ser yo misma, ya sabes, que no piensen en mí como la esposa de alguien.
—Por supuesto que lo eres —dijo Byron, inclinándose hacia delante en su silla—. No te hace menos independiente por asistir a una fiesta conmigo de vez en cuando.
—Lo sé.
—Pero no debería decir que lo espero. Por supuesto, me gustaría que estuvieras allí porque estos eventos oficiales ocupan bastante de mi tiempo, y siempre te quiero cerca de mí.
—Oh… —Emily se dio cuenta de que lo había estado viendo todo de la forma equivocada. No era un «deber» que tuviera que cumplir como su esposa. Era solo que Byron la echaba de menos y quería estar con ella tanto como fuera posible—. ¿Por qué no lo dijiste?
—Yo… pensé que lo sabías. —Se levantó de detrás del escritorio y se acercó a ella.
—Debería haberlo sabido, y ahora me siento tonta. —Lo abrazó, y él le devolvió el abrazo cálidamente.
—No pasa nada —dijo él con una voz dulce y tranquilizadora—, no tienes que venir a ningún evento que no disfrutes. Fue una tontería por mi parte intentar presionarte.
—Pero yo también quiero estar contigo —dijo Emily, alzando la vista hacia sus sexi ojos azul verdoso—. Me hace feliz estar en la misma habitación que tú, aunque no tengamos la oportunidad de hablar mientras estás ocupado con otra gente. Aunque quizá no vaya a todos los eventos.
—¡Por supuesto que no tienes que hacerlo! —respondió Byron.
—Y tienes que hacer algo con la distribución de los asientos.
Su boca se curvó en una sonrisa pícara. —¿Estás diciendo que no quieres volver a sentarte junto a Monty? Quizá debería ponerte a su lado solo por diversión.
Emily no se dignó a responder a eso. —Quizá todo el mundo podría moverse mucho más por la sala, y así nadie se quedaría atrapado con alguien que no le guste especialmente.
—De acuerdo, lo entiendo —dijo Byron—. ¿Algo más, jefa?
—Podrías publicar un memorando sobre que las nutrias son una especie protegida, y sobre que a los empleados se les permita llevar colores.
—¿Llevar colores? —preguntó él, confuso.
—Sí, hablé con una mujer que pensaba que la mirarían mal si no vestía solo de blanco y negro.
—Ah, esa es Stacie —dijo Byron, sonriendo—. Creo que sabe que puede llevar colores. Pero quizá puedas convencerla de que se relaje un poco cuando la veas de nuevo.
—¡Me encantaría!
—¿Ves? Ya estás haciendo mucho bien —dijo, presionando un dedo contra la punta de la nariz de ella.
—Sí, claro. Ni siquiera he empezado a hacer entrar en razón al viejo Monty —dijo ella, devolviéndole el gesto.
—No sé si alguien lo conseguirá alguna vez.
—No tenía ni idea de que hubiera gente como él —dijo Emily—. Supongo que yo también he aprendido algo. Fue arrogante por mi parte pensar que esta gente no tenía nada nuevo que contarme.
—Siempre eres curiosa, y es una de las muchas cosas que me encantan de ti —dijo Byron—. En cuanto a la situación de las nutrias, no creo que pueda publicar un memorando… pero veré qué puedo hacer.
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