La novia a la fuga del multimillonario - Capítulo 34
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34: Realidad aleccionadora 34: Realidad aleccionadora Cuando Byron entró en el comedor al día siguiente, con los ojos legañosos y agotado, su mamá estaba allí, sorbiendo café y comiéndose un croissant.
Decidió tomar lo mismo.
La resaca parecía haberle reiniciado el estado de ánimo; el malestar físico le facilitaba ignorar el sufrimiento mental.
—Me alegro de que por fin comas algo —observó su madre—.
¡Mataría a esa Christine Tourneau por hacerte pasar por esto!
Pero pronto todo estará bien.
Aprenderá a no meterse con nuestra empresa.
Byron recordó la conversación de la noche anterior.
No había estado tan borracho como su madre podría haber imaginado.
Fue su terrible estado de ánimo lo que lo había vuelto letárgico e incapaz de conectar con la gente.
—¿Ya han hecho el anuncio?
—preguntó—.
¿Sobre que estoy deprimido?
—Todavía no.
Emily insistió en que debías estar realmente de acuerdo.
—No quiero hacerlo —dijo él con firmeza—.
Me haría parecer débil.
—¿Cuánto tiempo más puedes seguir sin admitir que tienes un problema?
—exclamó su madre—.
¡No es bueno ni para ti ni para nadie!
—Siento haberme comportado como un idiota ayer —dijo él, algo avergonzado.
Recordó haber sido despectivo con su mamá, su mejor amigo y Emily.
—No pasa nada —dijo Sylvia—.
Sé que no eres tú mismo cuando te pones así.
Aunque quizá sería mejor que hablaras con tu novia.
—No es mi novia —murmuró él.
—Como sea —Sylvia puso los ojos en blanco—.
Se merecen el uno al otro.
Ambos lo están complicando mucho más de lo necesario.
—¿Qué haría yo sin mi madre explicándome mi propia vida?
—dijo Byron con una leve sonrisa.
—Ay, cállate —replicó ella, dándole un golpe en la cabeza con un fajo de papeles.
Byron fue a su despacho para llamar a Emily.
Cuando oyó su voz al contestar el teléfono, despertó en él una especie de sentimiento pasional y primario.
—Hola —dijo, yendo directo al grano—.
Anoche fui muy poco cortés.
Espero que puedas perdonarme.
—No hay nada que perdonar —dijo Emily—.
No te sentías bien.
Él intuía que ella sería paciente con sus cambios de humor.
A diferencia de algunas novias anteriores, Emily no se esforzaba demasiado en animarlo cuando era obviamente imposible, y no se ofendía cuando él decía estupideces.
Sabía que él nunca pretendía herir sus sentimientos.
Por supuesto, ella tenía sus límites.
Byron sospechaba que no sería tan comprensiva a largo plazo, ya que ya le estaba insistiendo en que hiciera terapia.
—Bueno, de todos modos, fue amable de tu parte hacerme compañía —dijo él.
—No pude quedarme a dormir porque tenía que ver cómo estaba mi hermano.
Suele encerrarse en su habitación y componer sus canciones durante veinticuatro horas seguidas.
Nadie pensaría que un chico de una familia estable de clase media pudiera obsesionarse tanto con el rap gangsta.
Byron soltó una risita.
—Tiene todo el sentido.
Probablemente esté aburrido de ser de clase media.
—Es agradable oírte reír —dijo Emily, con voz cálida y agradable—.
¿Así que te sientes mejor?
—Creo que sí.
Verte sin duda ayudó, aunque no lo demostrara en ese momento.
Podrías ser mi arma antidepresión.
—Byron…, no puedes depender de mí todo el tiempo.
—Él intuyó que ella seguía molesta por su negativa a recibir tratamiento—.
¿Has pensado en lo del evento y en hacer pública tu condición?
—Lo siento, no puedo hacerlo —dijo—.
Me hará quedar como una especie de sensiblero: «Ay, estoy triste.
Que todo el mundo sienta pena por mí».
—No tiene por qué ser así —dijo Emily con pasión—.
Tu mensaje será que apoyas a todos los que sufren de depresión.
Eso no te hace débil.
Y hará mucho bien a otras personas.
—Tienes un corazón de oro —dijo Byron sinceramente.
No dejaba de asombrarle la preocupación que ella sentía por él e incluso por gente que no conocía.
—No se lo digas a nadie —bromeó Emily—.
No quiero perder mi reputación de tía dura.
—Nadie que te haya conocido duda de que eres una tía dura —replicó Byron—.
Y me has dado en qué pensar.
Te daré una respuesta sobre esto.
Byron intentó ordenar sus caóticos pensamientos.
Oyó al paseador de perros que volvía con Rupert, luego la voz de Sylvia diciendo: «aparta, animal asqueroso», y el sonido de unas garras contra la puerta del despacho, así que salió de la habitación y acarició a su leal compañero.
Dudaba que se pudiera hacer algo con respecto a su depresión.
Aparecía y desaparecía a lo largo de su vida, sin llegar a resolverse del todo.
Sabía que Emily quería creer que era posible que se recuperara porque se preocupaba mucho por él, pero al mismo tiempo sería cruel darle falsas esperanzas.
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