La novia a la fuga del multimillonario - Capítulo 58
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- Capítulo 58 - 58 El aguijón de la derrota
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58: El aguijón de la derrota 58: El aguijón de la derrota Era el último día de la competición.
Toda la ropa sería juzgada, y solo una persona saldría victoriosa.
Emily llegó muy temprano.
Byron le prestó su coche, mientras que Katie la acompañó para ayudarla con la ropa.
Lo descargaron todo rápida y eficazmente, colgando las prendas en un perchero con ruedas proporcionado para los concursantes.
Subieron por el ascensor y luego llevaron el perchero hasta la gran sala donde esperaban las modelos.
Dentro, reinaba el caos absoluto.
Parecía que todos los demás habían llegado incluso antes, y los diseñadores corrían de un lado a otro haciendo ajustes mientras los peluqueros se afanaban con las modelos.
Emily vio que tenía una sección asignada con espejos y mesas de maquillaje.
Las modelos que se reunieron allí parecían poco impresionadas con la selección de ropa que había traído.
—Hola, chicas —dijo Emily—.
Por favor, continúen con el peinado y el maquillaje.
No hay prisa.
—Esto va a hacer que parezca Raggedy Ann —masculló una de ellas en voz baja.
Era cierto que la ropa era bastante sencilla.
Del perchero colgaban vestidos de estilo wéstern, vaqueros y camisas de franela, lo que suponía un marcado contraste con las fantasiosas creaciones de otros diseñadores.
Ruby parecía dispuesta a llevarse el premio.
Sus telas eran vaporosas y ligeras, como algo que una princesa podría llevar a un baile de cuento de hadas.
Y había hecho cosas increíbles con ellas.
Una de las modelos se probó una creación de Ruby y lucía radiante con el vaporoso vestido de color melocotón.
Cuando Ruby se excusó un momento, Emily le guiñó un ojo a Katie.
—Ahí viene —susurró—.
Va a tramar algo.
Un par de minutos después, sonó la alarma de incendios.
Ensordecidos por el timbre estridente, todos salieron de la sala y fueron dirigidos a las escaleras para salir del edificio.
La bajada fue larga.
Aún más larga fue la espera fuera.
—Tengo una idea de quién activó esa alarma de incendios —dijo Emily.
—No la veo —respondió Katie, mirando a su alrededor a la enorme multitud de gente que se acurrucaba por el frío.
Emily tampoco pudo localizar a su rival.
—Te apuesto a que sigue en el edificio.
Finalmente, se anunció que el edificio era seguro y todos volvieron a entrar corriendo.
Todos los demás volvieron con sus modelos, pero Emily, al regresar, descubrió que hasta la última de sus prendas había sido salpicada con pintura roja.
Algunas tenían pequeñas gotas; otras estaban cubiertas de grandes manchas, pero sería imposible limpiarlas en tan poco tiempo.
—Oh, Dios mío, están arruinadas —dijo una modelo rubia—.
¿Y ahora qué nos vamos a poner?
—¡Qué terrible!
—exclamó otro diseñador.
Algunos expresaron su desdén por quienquiera que hubiera arruinado la ropa, mientras que otros corrieron hacia sus propios percheros para asegurarse de que no habían tocado nada.
—Oh, qué desafortunado —comentó Ruby, apartándose un momento de su propia y hermosa colección.
—Sí, lo es —dijo Emily—.
Ahora no podré devolver esta ropa a la Tienda Económica…, que es de donde la saqué.
—¿Por qué harías eso?
—se burló Ruby.
—Para tender una trampa —explicó Emily amablemente.
Emily había planeado la encerrona, sabiendo que Ruby no podría resistirse a sabotear su ropa.
—Lo más triste es que tenías una oportunidad de ganar —dijo Katie—.
Tus conjuntos son muy bonitos.
Todos guardaron silencio cuando la mismísima Letitia Derouche entró en la sala.
—¿Qué demonios está pasando aquí?
—preguntó—.
Se suponía que esto era un evento civilizado.
—Por desgracia, Ruby hace que las cosas dejen de ser civilizadas —dijo Emily—.
Como puede ver, ha salpicado de pintura todos mis diseños.
—Yo no lo hice —declaró Ruby—.
No tienes pruebas de que fuera yo.
Cualquiera podría haberlo hecho.
—De hecho, lo tengo todo grabado —dijo Emily con calma.
Del bolsillo de una de las camisas asomaba un bolígrafo espía con una diminuta cámara en el capuchón.
Emily sacó una pequeña unidad de memoria del bolígrafo y se la entregó a la editora de la revista.
—Si le apetece ver esto, creo que habla por sí solo.
Letitia cogió la unidad de memoria y salió de la sala.
Un par de minutos después, regresó, con los ojos desorbitados por la furia y su pelo ondulado casi de punta.
—¡Fuera!
—dijo, mirando a Ruby—.
Y no vuelvas a aparecer por aquí.
Se supone que esto es una competición justa, no una especie de reality show sucio.
Ruby recogió sus cosas a toda prisa.
Las lágrimas brotaban de sus grandes ojos azules mientras abandonaba la sala, abochornada.
—Sé lo mal que sienta el aguijón de la derrota —le dijo Emily mientras pasaba a su lado—, sobre todo cuando se trata de una encerrona de verdad.
—Bueno, señorita Danzi —dijo Letitia—, solo lamento que su ropa esté arruinada y que no pueda continuar en la competición.
—Tengo ropa de repuesto —dijo Emily—.
Está esperando en el coche.
Sabía desde el principio que Ruby intentaría hacer trampas.
La ropa de verdad, en la que había trabajado duro toda la semana, estaba guardada a buen recaudo en portatrajes, y Emily había esperado hasta el último momento para sacarla.
Junto con Katie, corrió al coche a por ellas.
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