La novia a la fuga del multimillonario - Capítulo 82
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82: Reglas raras 82: Reglas raras A medida que la primavera daba paso al verano, Emily esperaba pasar más tiempo con su novio, pero en lo único que él parecía pensar era en el trabajo.
La fusión de sus dos empresas había funcionado.
La crisis financiera ya casi había quedado atrás, pero él no podía relajarse.
Se quedaba despierto hasta altas horas de la noche, para luego levantarse a las seis de la mañana y volver al trabajo, con su atractivo rostro marcado por las bolsas bajo los ojos.
Esto tenía que parar.
Durante la cena, una de las pocas veces al día en que Byron no estaba sepultado en trabajo, ella sacó el tema.
—¿Hay algún otro problema financiero del que no esté enterada?
—preguntó ella.
—¿Eh?
—dijo él, con la mente obviamente en otra parte.
—Leo los informes —dijo Emily—.
Leo las noticias de negocios aunque sean aburridísimas.
Todo indica que nos va bien.
¿Por qué trabajas tanto?
—No es cierto —objetó él—, esto es lo que trabajo normalmente.
Emily le lanzó una mirada que indicaba que no engañaba a nadie.
—¿Todavía te preocupa la empresa?
—Un poco —dijo él—.
Tengo que asegurarme de mantener el impulso positivo.
Emily seguía teniendo la sensación de que había algo que él no le estaba contando.
—¿Cuánto tiempo pasará hasta que puedas dejar de matarte a trabajar?
—inquirió ella.
—No lo sé.
—Se encogió de hombros—.
Podría llevar un tiempo…
Ella se sintió decepcionada, pero Byron le tomó la mano.
—Todo va a estar bien.
Nos recuperaremos.
—¿Estás hablando de la empresa?
—preguntó ella.
—Sí.
—Parecía no tener ni idea de que su relación se había estancado.
Apenas quedaba tiempo para acurrucarse por la noche o para holgazanear en la cama por las mañanas.
Emily habría pensado que le estaba siendo infiel, pero confiaba demasiado en él.
Era el mismo hombre que una vez la había abrazado en pleno arrebato de pasión y le había dicho que la amaba.
Seguramente no la engañaría…, ¿o sí?
Cuando Sylvia llamó para invitarlos a almorzar, Byron dijo que estaba demasiado ocupado.
Emily no podía creer que no quisiera visitar a su madre.
Decidió ir sola en su lugar; quizá Sylvia tendría alguna idea sobre cómo lidiar con él.
Emily se llevó a su perro Shandy, ya que no le gustaba separarse del cachorro.
Pero, para su sorpresa, Sylvia tenía su propia mascota.
—Necesito un gato que me haga compañía —se quejó la mujer mayor—, a esto hemos llegado porque ya nunca veo a mi hijo.
Sylvia todavía estaba resentida por su mudanza a la nueva casa, aunque eso no había reducido mucho el número de sus visitas sin previo aviso.
Pero últimamente, las cosas habían cambiado de verdad.
Byron apenas había hablado con su madre en las últimas semanas.
El gato pareció alarmarse al ver acercarse a Shandy, mientras que el inocente cachorro corrió hacia él, impaciente por hacer amigos.
—¡Shandy, ten cuidado!
—exclamó Emily.
Levantó a su mascota justo a tiempo, antes de que el gato pudiera lanzarle un zarpazo al cachorro.
Sylvia sirvió unos cócteles y salieron a disfrutar del día soleado en el patio.
Emily bajó a Shandy y el perro se puso a correr por el césped.
—Ahora tengo trocitos de pelo de gato por todas partes —continuó quejándose Sylvia—, se esparce por toda la casa y no hay nada que pueda hacer para evitarlo.
¿Por qué los animales tienen que ser tan… peludos?
Emily se rio.
Parecía que Sylvia extendía su necesidad de control incluso a las mascotas.
—Deberías haberte comprado un gato sin pelo.
—No, gracias.
Me dan repelús con esa desnudez suya.
—Entonces tienes que aceptar que los animales son criaturas imperfectas —aconsejó Emily.
—A diferencia de los humanos, que son perfectos en todos los sentidos —dijo Sylvia con desdén.
—Humanos… —caviló Emily.
—¿Está todo bien con Byron?
—preguntó Sylvia, haciendo la pregunta exacta en la que Emily había estado pensando.
—No lo sé.
Últimamente ha estado trabajando demasiado y casi nunca lo veo.
Sylvia se quedó boquiabierta de asombro.
—¿Tú también?
—Sí, ¿por qué te sorprende tanto?
Ya sabes lo ocupado que ha estado últimamente.
—Para ser sincera, pensé que estabas conspirando para alejar a Byron de mí —dijo Sylvia con su franqueza habitual.
—¿Por qué haría yo eso?
—dijo Emily, poniendo los ojos en blanco—.
Sé que no siempre hemos estado de acuerdo, pero nunca intentaría alejarlo de su madre.
—Entonces, ¿qué diablos está pasando?
—Esperaba que tú me lo dijeras —dijo Emily.
Estaba perdiendo rápidamente la esperanza de encontrarle sentido a esta situación.
—¿Quizá al menos tienes algún consejo?
No quiere decirme qué pasa.
—Los hombres tienen sus propias reglas raras… —Sylvia agitó la mano con desdén—.
No me preocuparía demasiado por eso.
Si él cree que necesita trabajar, seguirá trabajando hasta caer rendido.
—Eso no es muy reconfortante —dijo Emily.
—Así son las cosas —afirmó Sylvia—, tuve que lidiar con todo tipo de mierdas cuando estaba casada con el padre de Byron.
Ahora, como ves, estoy soltera y no podría ser más feliz.
—¿Estás diciendo que no debería hacer nada?
—exclamó Emily—.
No, me niego a aceptar esto.
—Hablar con él no servirá de nada una vez que haya decidido un curso de acción —le advirtió Sylvia.
—Entonces intentaré algo diferente —resolvió Emily.
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