La Novia del Príncipe Oscuro - Capítulo 10
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- Capítulo 10 - 10 10 Cenizas del pasado
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10: 10 | Cenizas del pasado 10: 10 | Cenizas del pasado Elsa El viaje hacia la ciudad de mi antigua vida no fue el regreso que alguna vez imaginé.
No hubo aviones, ni trenes, ni la emoción de volver a casa.
Solo el estruendo rítmico de una caravana de carruajes acorazados, negros como el ébano, escoltados por una legión de jinetes Vrykolakas cuyos ojos brillaban bajo sus cascos de acero.
Yo viajaba en el carruaje principal, hundida en los asientos de terciopelo carmesí.
A mi lado, Kaelen revisaba informes de sus espías en un pergamino que emitía un suave resplandor azul.
A pesar de la velocidad, él no se movía; su cuerpo era una estatua de tensión contenida.
—Estamos a pocos kilómetros —dijo Kaelen sin apartar la vista del mapa—.
Mis exploradores informan que la ciudad ha sido rodeada por una neblina densa.
No es meteorológica, Elsa.
Es una barrera necrótica.
Los Custodios han aislado el área.
—¿Y la gente?
—pregunté, sintiendo un nudo en la garganta—.
¿Están…
alimentándose de ellos?
Kaelen finalmente me miró.
Cerró el pergamino y tomó mi mano.
Sus dedos, aunque fríos, me transmitieron una oleada de fuerza a través del vínculo.
—Los Custodios no son vampiros, Elsa.
No tienen hambre de sangre.
Tienen hambre de orden.
Para ellos, tú eres una anomalía que debe ser corregida y tu poder es una propiedad que debe ser devuelta.
Los humanos son solo piezas de ajedrez para obligarte a entregarte.
No los matarán a menos que sea necesario para quebrarte.
Me asomé por la ventanilla reforzada.
El paisaje boscoso que rodeaba el palacio estaba dando paso a los suburbios que tanto conocía.
Pero todo estaba mal.
Las farolas estaban apagadas, los coches estaban abandonados en las cunetas y un silencio sepulcral lo cubría todo.
No era una ciudad viva; era un mausoleo.
De repente, el carruaje se detuvo de golpe.
El sonido de las espadas siendo desenvainadas por la escolta llenó el aire.
—¿Qué pasa?
—pregunté, mi mano yendo instintivamente a la daga de cristal en mi muslo.
Kaelen abrió la puerta del carruaje y salió primero, ofreciéndome la mano para bajar.
Al pisar el asfalto frío, lo vi.
Frente a nosotros, bloqueando la carretera principal, había una figura que parecía sacada de un grabado antiguo.
No era humo, pero tampoco era carne sólida.
Era un guerrero de tres metros de altura, vestido con una armadura de plata que parecía estar hecha de luz sólida.
No tenía rostro, solo un yelmo cerrado por el que escapaba un vapor blanco.
—Devolved lo que ha sido robado —la voz del Custodio no salió de su boca; resonó directamente en nuestras mentes, como el choque de dos glaciares.
—Esta mujer es mi esposa y la soberana de los Vrykolakas —respondió Kaelen, dando un paso al frente, su capa roja ondeando con un viento que no existía—.
No tenéis jurisdicción sobre ella.
—El tiempo de los pactos de sangre ha terminado, Príncipe Thorne.
El Éter debe regresar al Origen.
Entrega a la Ladrona o la ciudad será borrada del mapa antes de que termine el ciclo lunar.
Sentí una oleada de rabia incendiaria.
El Factor Éter en mi pecho reaccionó a la palabra “Ladrona”.
Mis ojos empezaron a emitir ese brillo blanco que ahora era parte de mí.
—No soy una ladrona —dije, apartando a Kaelen para enfrentar a la criatura—.
Este poder nació conmigo.
Si queréis recuperarlo, tendréis que intentar quitármelo.
El Custodio levantó una lanza de luz.
Los jinetes de Kaelen cargaron, pero antes de que pudieran alcanzarlo, el guerrero de plata golpeó el suelo con su arma.
Una onda de choque de energía blanca lanzó a los vampiros y a sus caballos por los aires como si fueran hojas secas.
Kaelen reaccionó con una velocidad aterradora.
En un parpadeo, estaba sobre el Custodio, sus garras chocando contra la armadura de plata.
El sonido fue metálico y ensordecedor.
Pero Kaelen retrocedió gruñendo; el contacto físico parecía estar quemándole.
—¡Es energía pura!
—me gritó Kaelen—.
¡No puedo dañarlo!
El Custodio volvió a levantar su lanza, apuntando directamente al corazón de Kaelen.
—¡No!
—grité.
Sin pensar, corrí hacia ellos.
No usé mi daga.
En su lugar, extendí las manos y visualicé el flujo de Éter que sentía cuando Kaelen y yo estábamos en la alcoba, esa mezcla de deseo y poder absoluto.
Proyecté esa energía hacia adelante, no como una ráfaga, sino como un escudo.
La lanza del Custodio chocó contra mi barrera blanca.
El impacto me hizo retroceder un paso, pero la barrera resistió.
El guerrero de plata pareció vacilar.
—El Factor Éter ha sido corrompido por el deseo carnal —sentenció la voz en mi cabeza—.
Ya no es puro.
Debéis ser purificados.
—¡Purifícame entonces!
—lo desafié.
Cerré los puños y la barrera se expandió violentamente.
La luz blanca envolvió al Custodio, y por primera vez, la criatura soltó un sonido de dolor.
Su armadura de plata empezó a agrietarse, dejando escapar ese vapor blanco hasta que, con un destello final, la figura se desvaneció, dejando solo un rastro de ozono en el aire.
Me desplomé de rodillas, jadeando.
Mantener ese nivel de poder era como intentar sostener un volcán con las manos desnudas.
Kaelen llegó a mi lado en un segundo, rodeándome con sus brazos.
—Estás bien, Elsa.
Respira.
Estás bien.
—Ha sido demasiado fácil —susurré, apoyando mi cabeza en su hombro—.
Ese no era más que un centinela, ¿verdad?
Kaelen asintió sombríamente.
—Era una proyección.
Los verdaderos están en el centro de la ciudad, en la antigua catedral.
Allí es donde tienen a los rehenes.
Nos pusimos en marcha de nuevo, pero esta vez con una urgencia febril.
Al entrar en el corazón de la ciudad, los recuerdos empezaron a golpearme.
Pasamos por delante de la cafetería donde solía desayunar, ahora con los cristales rotos.
Pasamos por la galería de arte donde trabajaba; la fachada estaba cubierta por esas enredaderas oscuras que crecían allí donde el Vacío empezaba a filtrarse.
Llegamos a la plaza de la catedral.
Allí, cientos de ciudadanos estaban agrupados en el suelo, rodeados por un círculo de fuego blanco.
Entre ellos, vi a mi hermana, Clara.
Estaba abrazada a sus rodillas, temblando.
—¡Clara!
—grité, intentando correr hacia ella.
—¡Espera!
—Kaelen me agarró del brazo—.
Mira hacia arriba.
En lo alto de la torre de la catedral, una grieta masiva se había abierto en el cielo.
No era negra, como la de Julian.
Era de un blanco cegador que dolía mirar.
El Origen.
De la grieta descendían docenas de Custodios, descendiendo como ángeles caídos de plata.
—Nos están esperando —dijo Kaelen, sacando su espada, cuya hoja empezó a brillar con un matiz rojo oscuro, alimentada por mi proximidad—.
Elsa, si hacemos esto, no habrá vuelta atrás.
El Consejo verá que has traído la guerra al mundo humano.
Intentarán deponernos.
—Ya no me importa el Consejo, Kaelen.
Y no me importa el Origen.
Solo me importa terminar con esto.
Me acerqué a él, ignorando a la multitud que nos miraba con terror.
Tomé su rostro y lo besé, un beso que no sabía a despedida, sino a promesa.
El “Spicy” que siempre había entre nosotros se manifestó como una corriente eléctrica que hizo que el aire a nuestro alrededor vibrara.
—Si vamos a morir hoy, Kaelen, que sea peleando como reyes —le susurré.
—No vamos a morir —respondió él con una sonrisa depredadora—.
Vamos a enseñarles por qué los vampiros son los verdaderos dueños de la noche.
Kaelen dio la orden.
Sus jinetes cargaron contra el círculo de fuego blanco, mientras él y yo caminábamos directamente hacia el centro de la plaza, hacia los Custodios que nos esperaban.
La batalla final por la ciudad había comenzado.
Pero mientras mi poder crecía con cada latido de mi corazón, una voz en el fondo de mi mente me decía la verdad que Kaelen seguía ocultando.
Para cerrar esa grieta blanca, no bastaba con ganar la batalla.
Alguien tendría que quedarse del otro lado.
Y yo ya sabía quién sería.
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