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La Novia del Príncipe Oscuro - Capítulo 11

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  4. Capítulo 11 - 11 11 El trono de cristal y sangre
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11: 11 | El trono de cristal y sangre 11: 11 | El trono de cristal y sangre Elsa La plaza de la catedral se había convertido en un campo de energía pura donde la realidad misma parecía estar deshilachándose.

El aire sabía a ozono y a hierro, una mezcla tóxica que hacía que mis pulmones ardieran con cada bocanada.

Frente a nosotros, los Custodios del Éter descendían como estatuas de plata viviente, sus lanzas emitiendo un zumbido que hacía vibrar mis dientes.

—No te separes de mí, Elsa —rugió Kaelen.

Su voz apenas era humana; la sed de batalla y la necesidad de protegerme habían despertado en él un poder ancestral.

Su capa roja ondeaba como una bandera de sangre contra la neblina blanca.

—Ya no soy la chica que necesita protección, Kaelen —respondí, sintiendo cómo el Éter en mis venas alcanzaba el punto de ebullición—.

Hoy, ellos aprenderán lo que significa intentar robarle a una reina.

El primer Custodio cargó con la velocidad de un rayo.

Kaelen lo interceptó con su espada, y el choque de metal contra energía creó una onda expansiva que reventó los pocos cristales que quedaban en la plaza.

Mientras él mantenía a raya a la vanguardia, yo me concentré en el círculo de fuego blanco que rodeaba a los civiles, a mi hermana.

—¡Clara, mírame!

—grité.

Mi hermana levantó la vista, sus ojos llenos de terror.

No me reconoció de inmediato.

¿Cómo podría?

Estaba vestida de cuero y seda, rodeada de vampiros y emitiendo una luz que rivalizaba con el sol.

—¿Elsa?

—su voz fue un susurro que llegó a mí a través del caos.

Extendí mis manos hacia el fuego blanco de los Custodios.

No intenté apagarlo; intenté devorarlo.

Si mi sangre era el Origen, entonces este fuego era mío por derecho.

Cerré los puños y tiré hacia atrás con toda mi voluntad.

El fuego blanco se retorció, luchando contra mi control, hasta que finalmente cedió y fluyó hacia mí, entrando por mis poros como una descarga eléctrica que me hizo arquear la espalda.

—La ladrona consume lo sagrado —la voz coral de los Custodios resonó, llena de una indignación gélida.

—¡No es sagrado si lo usáis para herir a inocentes!

—les espeté.

Con la energía absorbida, sentí una fuerza incontrolable.

Señalé a los tres Custodios que asediaban a Kaelen y liberé el poder en forma de ráfagas de luz blanca.

Los guerreros de plata fueron lanzados hacia atrás, sus armaduras agrietándose bajo el peso de mi furia.

Kaelen aprovechó la apertura.

Se movió como una sombra letal, hundiendo su espada en el pecho de uno de los Custodios caídos.

Al entrar en contacto con mi energía remanente en la hoja, la criatura de plata no se desvaneció; estalló en una nube de polvo estelar.

—¡Funciona!

—gritó Kaelen, girándose hacia mí con una sonrisa feroz.

Pero la victoria duró poco.

La grieta masiva en el cielo se ensanchó, y de ella emergió una figura que hacía que los demás parecieran hormigas.

Era el Alto Custodio, vestido con una armadura de oro blanco y portando una espada que parecía hecha de un fragmento de la propia luna.

—Habéis desafiado el orden natural por un deseo carnal —dijo el Alto Custodio, su voz haciendo que los edificios de la plaza temblaran—.

Príncipe Thorne, tu linaje termina aquí.

Ladrona, tu esencia volverá al vacío.

El Alto Custodio descendió con un impacto que agrietó el suelo de mármol.

Con un solo movimiento de su espada, una ola de energía pura barrió la plaza, derribando a los jinetes Vrykolakas y obligando a Kaelen a retroceder.

—¡Elsa, corre!

—Kaelen se lanzó contra el gigante, pero el Alto Custodio lo golpeó con el reverso de su mano, lanzándolo contra la fachada de la catedral.

El impacto fue tan fuerte que las piedras se desmoronaron sobre él.

—¡KAELEN!

—el grito desgarró mi garganta.

El miedo desapareció, reemplazado por una oscuridad blanca que nunca había sentido.

Caminé hacia el Alto Custodio, cada paso dejando una huella de luz quemada en el asfalto.

El Éter ya no era una herramienta; era yo.

—Te entregas voluntariamente —afirmó la criatura, levantando su espada de luna—.

Sabia elección.

—No me entrego —dije, mi voz sonando con una distorsión sobrenatural—.

Vengo a cobrar la deuda por lo que le has hecho a mi esposo.

Me lancé hacia adelante.

No tenía espada, pero mis manos se convirtieron en cuchillas de luz.

El Alto Custodio era rápido, pero yo era pura energía.

Esquivé su espada masiva y empecé a golpear su armadura, cada impacto arrancando pedazos de oro blanco.

La batalla era un torbellino de destellos que iluminaba toda la ciudad.

A lo lejos, vi a Kaelen emerger de entre los escombros.

Estaba herido, su capa roja hecha jirones y la sangre corriendo por su frente, pero sus ojos dorados estaban fijos en mí.

Podía sentir su angustia a través del vínculo; sentía cómo su poder intentaba alcanzarme, pero yo estaba operando en una frecuencia que él no podía tocar.

—¡Elsa, detente!

—gritó Kaelen—.

¡Estás consumiendo tu propia fuerza vital!

¡Si sigues así, no quedará nada de ti!

No podía detenerme.

Tenía que ganar tiempo para que Clara y los demás escaparan.

El Alto Custodio me agarró del cuello con su mano gigante, levantándome en el aire.

El contacto era como tener lava en las venas.

—Tu sacrificio es insignificante ante la eternidad —dijo, apretando el agarre.

—Entonces…

hazlo…

significativo —logré articular.

Con un esfuerzo supremo, puse mis manos sobre el yelmo del Alto Custodio.

No liberé energía; la absorbí de él.

Empecé a drenar la luz de su armadura, volcándola directamente en mi vínculo con Kaelen.

—¡Kaelen, ahora!

—le envié el pensamiento a través de nuestra conexión—.

¡Toma mi poder y termina con esto!

Kaelen entendió.

Se puso de pie, su espada brillando con una intensidad que nunca antes había visto.

No era blanca, ni roja; era un color intermedio, una mezcla de nuestra unión.

Corrió hacia nosotros con una velocidad que desafiaba las leyes físicas.

El Alto Custodio intentó soltarme, dándose cuenta de la trampa, pero yo me aferré a él con toda mi fuerza.

—¡JUNTOS!

—grité.

Kaelen saltó y hundió su espada directamente en el núcleo de energía del Alto Custodio, justo debajo de mis manos.

La explosión que siguió no fue de sonido, sino de luz absoluta.

Por un segundo, la ciudad entera se volvió blanca.

Sentí que me desintegraba, que cada átomo de mi ser se dispersaba en el aire.

Y entonces, el silencio.

Cuando mis sentidos regresaron, estaba tendida en el suelo, en medio del cráter de la plaza.

La grieta en el cielo se había cerrado, dejando solo un rastro de estrellas normales en la noche.

Los Custodios se habían desvanecido.

Kaelen estaba sobre mí, su rostro lleno de terror mientras me buscaba el pulso.

Sus manos temblaban, algo que nunca creí ver en el poderoso príncipe vampiro.

—Elsa…

por favor…

Elsa, vuelve conmigo —susurraba, sus lágrimas (sangre pura de vampiro) cayendo sobre mis mejillas.

Abrí los ojos con dificultad.

Me sentía vacía, como si la batería que me mantenía viva se hubiera agotado por completo.

Pero cuando vi su rostro, mi corazón latió débilmente.

—¿Ganamos?

—pregunté con un hilo de voz.

Kaelen soltó un sollozo de alivio y me estrechó contra su pecho, besándome con una desesperación que me devolvió un poco de calor.

—Ganamos, mi reina.

Los has salvado a todos.

Miré hacia un lado y vi a Clara.

Ella estaba de pie a unos metros, mirando a los vampiros y luego a mí.

No se acercó, pero sus labios formaron un “gracias” que pude leer perfectamente.

Kaelen me levantó en sus brazos.

Estábamos rodeados de ruinas y de sus soldados que se arrodillaban a nuestro paso.

Pero la mirada de Kaelen estaba fija en el horizonte, hacia el castillo.

—Tenemos que irnos —dijo con voz sombría—.

El Consejo no tardará en llegar, y has mostrado demasiado poder.

No te dejarán en paz, Elsa.

Nunca.

—Lo sé —respondí, cerrando los ojos contra su hombro—.

Pero ahora saben lo que pasa cuando intentan quitarme lo que es mío.

Mientras abandonábamos la ciudad en ruinas, el “Spicy” entre nosotros regresó, pero de una forma diferente.

Ya no era solo deseo carnal; era una conexión de supervivencia.

Kaelen me mantenía pegada a él, su mano nunca soltando la mía, como si tuviera miedo de que si me soltaba, me desvanecería en luz otra vez.

Habíamos sobrevivido al Origen, pero el secreto del sacrificio final seguía ahí, latente.

Había cerrado la grieta, pero algo me decía que el precio no se había pagado por completo.

El Vacío solo estaba esperando su momento.

Pero esa noche, mientras los carruajes negros nos llevaban de vuelta a las sombras, me permití ser solo Elsa.

La mujer que amaba a un monstruo, y la reina que estaba dispuesta a incendiar el cielo por él.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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