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La Novia del Príncipe Oscuro - Capítulo 15

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  4. Capítulo 15 - 15 15 Duelo de esencia
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15: 15 | Duelo de esencia 15: 15 | Duelo de esencia Elsa El Gran Anfiteatro del Castillo de Hierro era una fosa de piedra volcánica rodeada de gradas donde cientos de ojos carmesí aguardaban, sedientos, el espectáculo de mi caída.

El aire estaba viciado por el olor a incienso de sangre y el frío antinatural que emanaba de los muros.

En el centro de la arena, un círculo de runas grabadas en el suelo emitía un brillo violeta.

Era el escenario del Duelo de Esencia, un ritual diseñado para quebrar a cualquiera que no tuviera una voluntad de acero.

—Aún puedes retirarte, humana —la voz de Lilith resonó desde el estrado de los jueces.

Vestía un atuendo de seda negra que parecía fundirse con las sombras, y su sonrisa era la de un verdugo que disfruta de su trabajo—.

Solo tienes que admitir que eres una usurpadora y entregar tu Éter.

Te prometo una muerte rápida y elegante.

—Guarda tus promesas para tus súbditos, Lilith —respondí, entrando en el círculo rúnico.

Mis botas resonaron contra la piedra fría—.

Yo no he venido aquí a morir.

He venido a reclamar mi lugar.

Kaelen estaba de pie en la primera fila de la grada, con las manos apretadas sobre la barandilla de hierro.

Su rostro era una máscara de piedra, pero a través del vínculo podía sentir su agonía.

Su energía estaba conectada a la mía, vibrando con un deseo desesperado de saltar a la arena y masacrar a cualquiera que me mirara con hambre.

—Que comience el juicio —anunció Julian, levantando su mano de plata.

Al instante, las runas bajo mis pies se activaron.

Unas cadenas de energía invisible se cerraron alrededor de mis muñecas y tobillos, anclándome al centro del círculo.

Sentí un tirón violento en mi pecho; era el ritual forzando a mi Factor Éter a expandirse, convirtiéndome en un faro de luz en medio de la oscuridad.

El aroma de mi sangre, amplificado por la magia del círculo, llenó el anfiteatro.

Fue como soltar una gota de néctar en un nido de avispas.

Escuché cómo los vampiros en las gradas siseaban al unísono, sus colmillos alargándose, sus instintos animales tomando el control.

—Primera fase: El Llamado del Hambre —sentenció Julian.

Lilith hizo un gesto y cuatro ataúdes de piedra en los extremos de la arena se abrieron.

De ellos salieron los Ancestros: vampiros tan antiguos que habían perdido toda forma humana, seres de garras largas y ojos blancos que solo conocían la sed.

Las criaturas se lanzaron hacia mí, pero no podían entrar en el círculo.

Se estrellaron contra una barrera invisible, arañando el aire, sus gritos desgarradores llenando el espacio.

El objetivo del duelo no era que me mataran físicamente, sino que el miedo hiciera que mi poder se descontrolara.

Si mi Éter estallaba, la barrera caería y ellos me devorarían.

Sentí el sudor frío recorriendo mi espalda.

Las imágenes de muerte y dolor que los Ancestros proyectaban empezaron a invadir mi mente.

Vi a Kaelen siendo destruido, vi a mi hermana Clara convertida en cenizas.

—No es real…

—susurré, apretando los dientes—.

No es real.

—¡Elsa, concéntrate en mí!

—el grito de Kaelen atravesó el ruido de las bestias.

Cerré los ojos y busqué el hilo dorado que me unía a él.

En lugar de luchar contra el hambre de los Ancestros, decidí alimentarlos.

Pero no con mi vida, sino con mi voluntad.

Abrí los canales de mi Éter y proyecté mi energía hacia afuera, no como una ráfaga, sino como un comando.

“¡Someteos!”, grité en mi mente.

La luz blanca que emanaba de mí se volvió cegadora.

Los Ancestros, que antes me veían como comida, se detuvieron en seco.

Empezaron a retroceder, gimiendo, como si mi luz les quemara no la carne, sino la existencia misma.

El silencio cayó sobre el anfiteatro.

Los nobles vampiros miraban con incredulidad cómo la “humana” estaba dominando a los seres más antiguos de su raza.

Lilith se puso de pie, su rostro descompuesto por la furia.

—¡Esto es un truco!

¡Ella está usando magia prohibida!

—Es su esencia, Lilith —dijo Julian, con una nota de admiración en su voz fría—.

No hay truco en la pureza del Éter.

—Segunda fase: La Prueba de la Sangre —anunció Julian de nuevo.

Esta vez, Lilith no esperó a que el ritual siguiera su curso.

Bajó a la arena con una elegancia letal.

El círculo rúnico la reconoció como una de los jueces y le permitió el paso.

Se detuvo a centímetros de mí, sus ojos azules brillando con un odio ancestral.

—Has ganado el primer asalto, pequeña perra —susurró, tan bajo que solo yo pude oírla—.

Pero veamos cómo reacciona tu precioso Éter cuando pruebe el veneno de una Rosa Negra.

Lilith se hizo un corte en la palma de la mano y me la puso frente a la cara.

Su sangre era negra, espesa y cargada de una magia de celos y siglos de amargura.

El olor me provocó náuseas.

Ella quería contaminar mi energía, introducir su oscuridad en mi luz para hacerme colapsar desde adentro.

Sintió que mi barrera flaqueaba.

La influencia de Lilith era como un parásito intentando entrar en mi flujo sanguíneo.

—¿Sientes eso, Elsa?

—se burló ella—.

Es el peso de los siglos que Kaelen compartió conmigo.

Es el sabor de los pactos que nunca podrás romper.

Tú eres solo un parpadeo en su eternidad.

Yo soy su destino.

Sentí que me hundía.

La oscuridad de Lilith era pesada, llena de recuerdos de ella y Kaelen en tiempos mejores.

Pero justo cuando estaba a punto de rendirme, sentí una oleada de calor que no venía de mí.

Kaelen había saltado a la arena, ignorando las leyes de la Cumbre.

Los guardias intentaron detenerlo, pero él los apartó con una fuerza bruta.

Se detuvo en el límite del círculo, sus ojos fijos en los míos.

—¡Ella miente, Elsa!

—rugió—.

¡El único contrato que importa es el que sellamos con nuestra propia sangre!

¡Tú no eres un parpadeo, eres mi sol!

Sus palabras fueron la chispa que necesitaba.

Mi rabia se volvió blanca, pura y absoluta.

Miré a Lilith y le agarré la mano ensangrentada.

—Tu tiempo ya pasó, Lilith —le dije, mi voz resonando con el poder del Origen—.

Kaelen no te pertenece.

Y esta sangre…

esta sangre es mía.

Invertí el flujo.

En lugar de dejar que su veneno entrara, proyecté todo mi Éter hacia ella.

La luz blanca subió por el brazo de Lilith, purificando su sangre negra con una violencia tal que la mujer soltó un alarido de agonía.

Lilith fue lanzada hacia atrás, golpeando los muros de la arena con un impacto que hizo temblar el anfiteatro.

El silencio que siguió fue absoluto.

Julian se puso de pie, mirando a la líder de las Rosas Negras derrotada y humillada en el suelo.

—El Duelo de Esencia ha terminado —declaró Julian.

Su voz tenía un matiz de respeto que nunca antes había escuchado—.

La Reina Elsa ha demostrado que su voluntad es superior.

El Origen reconoce su derecho al trono Thorne.

Las cadenas de energía desaparecieron.

Me tambaleé, pero antes de caer, los brazos de Kaelen me rodearon.

Me apretó contra su pecho con una fuerza que me devolvió la vida.

Su aroma, su calor, su protección…

eran mi única ancla.

—Lo hiciste, mi reina —susurró, besando mi frente frente a toda la corte.

Miré hacia el estrado.

Lilith estaba siendo ayudada por sus sirvientes, sus ojos fijos en mí con una promesa de venganza que aún no había terminado.

Pero hoy, ella había perdido.

Kaelen me levantó en vilo y caminamos hacia la salida.

Los vampiros se inclinaban, esta vez no por orden, sino por un temor genuino a lo que yo representaba.

Había dejado de ser la Novia de Sangre para convertirme en la Emperatriz del Éter.

Sin embargo, mientras salíamos del anfiteatro, vi a Julian mirarme desde las sombras.

Su mirada me decía que este juicio solo había sido el principio.

El Origen no se detendría ante una simple victoria en un duelo.

—Prepárate, Kaelen —susurré contra su cuello mientras nos alejábamos—.

Esto solo ha sido el calentamiento.

—Que vengan —respondió él, su mano apretando la mía—.

Ahora saben que para llegar a ti, tendrán que pasar sobre mi cadáver y sobre la luz que tú misma has creado.

Esa noche, en nuestras habitaciones del Castillo de Hierro, el romance se volvió una celebración de supervivencia.

No hubo secretos, solo la piel contra la piel y la promesa de que, sin importar cuántos ancestros o reinas del pasado se interpusieran, el futuro nos pertenecía a nosotros.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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