La Novia del Príncipe Oscuro - Capítulo 17
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- Capítulo 17 - 17 17 El banquete de las sombras
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17: 17 | El banquete de las sombras 17: 17 | El banquete de las sombras Elsa El eco de la derrota de Lilith todavía vibraba en las paredes del Gran Anfiteatro cuando regresamos a nuestras estancias.
La atmósfera en el Castillo de Hierro había cambiado drásticamente; el aire, antes cargado de desprecio hacia mi humanidad, ahora estaba saturado de un respeto nacido del miedo.
Los criados se apartaban a mi paso como si el brillo blanco que aún emanaba de mis poros pudiera incinerarlos, y los nobles de otros clanes bajaban la mirada, incapaces de sostenerle la vista a la mujer que había humillado a la líder de las Rosas Negras.
Kaelen no me soltó ni un segundo.
Su mano estaba firmemente anclada a mi cintura, su cuerpo una barrera de acero contra cualquier mirada indiscreta.
En cuanto entramos en la seguridad de nuestra suite y las pesadas puertas de roble se cerraron, me hizo girar y me pegó contra la madera, devorando mis labios con una urgencia que me dejó sin aliento.
—Eres increíble —susurró contra mi boca, su voz era un ronroneo bajo y peligroso—.
Has hecho algo que ningún guerrero de mi linaje ha logrado en siglos.
Has domesticado el Éter frente a los jueces más antiguos del mundo.
—Tenía motivos —respondí, pasando mis manos por su pecho, sintiendo el latido errático de su corazón bajo el terciopelo de su casaca—.
Lilith no solo quería mi poder, Kaelen.
Quería borrarme.
Quería que tú volvieras a ser ese contrato en un papel.
Kaelen hundió su rostro en mi cuello, inhalando mi aroma con una posesividad que me hizo temblar.
El “Spicy” entre nosotros, alimentado por la adrenalina de la victoria, estalló como una tormenta.
Sus manos exploraron mis curvas con una adoración salvaje, reclamando cada centímetro de mi piel como si fuera su territorio sagrado.
Esa noche, en el corazón del territorio enemigo, nuestra unión fue un acto de soberanía.
No éramos solo un príncipe y su novia; éramos los dueños de una fuerza que el mundo apenas empezaba a comprender.
Sin embargo, el descanso fue breve.
Al amanecer, una nota sellada con la marca de plata de Julian llegó a nuestra mesa.
“El veredicto ha sido firmado, pero el ritual de reconocimiento exige un Banquete de Sangre.
Esta noche, frente a todos los líderes de los clanes, la Reina Elsa deberá beber de la Copa de los Ancestros.
Solo así el Origen cerrará el juicio.
No faltéis.
El destino de la paz depende de un solo trago.” Kaelen arrugó el pergamino hasta que se convirtió en cenizas en su puño.
—Es una trampa.
La Copa de los Ancestros contiene la sangre destilada de los fundadores.
Para un vampiro, es un honor.
Para una humana, incluso una con tu poder, es un veneno que puede desgarrar la mente.
—Julian sabe que no puedo negarme —dije, mirando por la ventana hacia el desolado paisaje de las Tierras Sombrías—.
Si no bebo, dirán que mi poder es falso.
Si bebo y muero, Lilith gana por defecto.
—No voy a dejar que lo hagas sola —declaró Kaelen, sus ojos dorados brillando con una determinación gélida—.
Beberemos juntos.
Nuestra conexión compartirá la carga.
Si la Copa intenta destruirte, tendrá que pasar por mi sangre primero.
El salón del banquete era una ostentación de decadencia gótica.
Largas mesas de obsidiana estaban cubiertas con manjares que olían a especias exóticas y muerte.
Los líderes de los clanes estaban sentados en semicírculo, observándonos como buitres esperando el primer signo de debilidad.
Lilith estaba allí, sentada a la derecha de Julian.
Tenía el brazo vendado donde mi luz la había quemado, y sus ojos eran dos pozos de odio azul.
A su lado, un hombre que no había visto antes, de piel grisácea y ojos completamente negros, nos observaba con una sonrisa depredadora.
Era Malphas, el líder del Clan del Mar de Sangre, conocido por su crueldad y su dominio sobre las sombras.
—Bienvenidos —dijo Julian, levantándose.
Su armadura de plata reflejaba la luz de las antorchas, dándole un aspecto espectral—.
Hoy celebramos la unión de dos mundos.
Reina Elsa, acércate.
Un sirviente trajo una copa de oro macizo, tallada con figuras de pesadilla.
El líquido en su interior era de un rojo tan oscuro que parecía negro, y emitía un vapor denso que hacía que el aire a su alrededor vibrara.
Caminé hacia adelante, sintiendo el peso de mil miradas.
Kaelen se colocó a mi lado, su mano descansando sobre el pomo de su espada.
El silencio era tan denso que podía oír los latidos de mi propio corazón.
Tomé la copa.
El frío que emanaba de ella era casi insoportable.
Justo cuando iba a acercarla a mis labios, Malphas se puso de pie.
—Un momento —su voz era como el siseo de la arena—.
La ley dice que la Novia debe beber sola.
Si el Príncipe Thorne interfiere, el sacrificio no será válido ante el Origen.
¿Es que acaso el gran Kaelen no confía en la fuerza de su pequeña humana?
Kaelen dio un paso al frente, pero lo detuve con una mirada.
Sabía lo que Malphas intentaba: provocar a Kaelen para que rompiera el protocolo y anulara el juicio.
—Confío en ella más que en todos vosotros juntos —gruñó Kaelen, pero se obligó a quedarse atrás.
Miré a Julian, que permanecía impasible.
Luego miré a Lilith, que contenía una sonrisa de triunfo.
Sabía que la Copa contenía algo más que sangre de ancestros.
Había un rastro del Vacío allí, una trampa diseñada específicamente para mi Factor Éter.
Cerré los ojos y convoqué el poder que había descubierto en la arena.
Sentí el calor blanco fluyendo por mis brazos, envolviendo mis manos.
Bebí.
El sabor era una mezcla de hierro, ceniza y un poder tan antiguo que me hizo caer de rodillas.
Al instante, visiones de masacres milenarias inundaron mi mente.
Vi ciudades ardiendo, vampiros siendo cazados por seres de luz, y una oscuridad que devoraba el sol.
Era la memoria colectiva de una raza que nació de una maldición.
—¡Elsa!
—escuché el grito de Kaelen, pero sonaba como si estuviera a kilómetros de distancia.
La sangre de los ancestros estaba intentando borrar mi identidad, reemplazando mis recuerdos con los suyos.
El Vacío dentro de la copa empezó a succionar mi Éter, intentando colapsar mi núcleo desde adentro.
Fue entonces cuando vi a la mujer del espejo otra vez.
No a Lilith, sino a la otra, la de la luz dorada.
“No te resistas a la sangre”, susurró su voz en mi mente.
“Úsala.
Eres el Origen, y el Origen no obedece a los ancestros.
Los ancestros obedecen al Origen.” Entendí.
En lugar de luchar contra la marea de recuerdos oscuros, los reclamé.
Mi luz blanca se volvió cegadora, emanando no solo de mis manos, sino de mis ojos y mi boca.
El vapor de la copa se volvió puro, y el líquido rojo se transformó en una sustancia luminosa que brillaba como el mercurio.
Me puse en pie, con la copa vacía en la mano.
Las runas del salón empezaron a brillar en respuesta a mi presencia.
Los líderes de los clanes retrocedieron, algunos incluso cubriéndose los ojos.
—La sangre de vuestros ancestros me reconoce —dije, mi voz amplificada por una potencia divina—.
¿Quién de vosotros se atreve ahora a cuestionar mi derecho?
Julian bajó la cabeza en un gesto de sumisión que dejó a todo el salón en shock.
Malphas apretó los dientes, y Lilith soltó un grito de frustración contenida.
Había superado la prueba.
No solo era la Novia de Sangre; ahora era la portadora de la memoria del clan.
Kaelen llegó a mi lado y me arrebató la copa, lanzándola lejos.
Me tomó en sus brazos, buscando cualquier signo de daño.
—¿Estás bien?
¡Dime algo, Elsa!
—Estoy…
bien —logré decir, aunque mi mente todavía zumbaba con las voces de mil años—.
Pero he visto algo, Kaelen.
He visto cómo empezó la maldición.
Y no fue un robo.
Fue un regalo que vuestro antepasado no supo usar.
Kaelen me miró con una mezcla de terror y fascinación.
Me sacó del salón mientras los murmullos estallaban detrás de nosotros.
De vuelta en la habitación, el agotamiento me golpeó.
Pero antes de dejarme caer, Kaelen me tomó el rostro con ambas manos.
Su mirada era una mezcla de lujuria salvaje y una devoción que rozaba la locura.
—Lo que has hecho hoy…
—comenzó, su voz quebrada—.
Has cambiado el equilibrio de poder para siempre.
Los clanes ya no buscarán usarte como un arma.
Te verán como una diosa.
Y yo…
yo no sé si soy digno de estar a tu lado.
—Cállate —le dije, tirando de él hacia mí—.
Eres mi ancla.
Sin ti, esa copa me habría borrado.
No me importa ser una diosa para ellos, siempre y cuando sea tuya.
Nuestra noche fue una celebración de esa victoria imposible.
Cada roce era una reafirmación de nuestra realidad frente a las sombras del pasado.
Pero mientras me hundía en el sueño, una imagen de la visión permanecía clara en mi mente: la grieta del Vacío no se estaba cerrando.
Se estaba trasladando.
Y se dirigía directamente hacia el único lugar donde Kaelen no podía protegerme: mi propio corazón.
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