La Novia del Príncipe Oscuro - Capítulo 18
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- Capítulo 18 - 18 18 El precio de la memoria
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18: 18 | El precio de la memoria 18: 18 | El precio de la memoria Elsa El amanecer en las Tierras Sombrías no trajo consuelo.
A pesar del triunfo en el Banquete de Sangre, el aire en el Castillo de Hierro se sentía viciado, cargado de una electricidad estática que hacía que el Factor Éter bajo mi piel vibrara con una advertencia constante.
Las voces de los milenios que había absorbido de la Copa de los Ancestros todavía susurraban en la periferia de mi mente, un coro de sombras que intentaba reclamar mi identidad.
Kaelen dormía a mi lado, o al menos lo intentaba.
Su cuerpo, usualmente una escultura de calma y poder, estaba tenso incluso en la inconsciencia.
Su mano apretaba la mía con tal fuerza que mis nudillos estaban blancos.
Sabía que él también sentía el cambio; yo ya no era la mujer que él había reclamado en el jardín de rosas.
Me estaba convirtiendo en algo más, y ese “algo” lo aterraba tanto como lo fascinaba.
Me levanté sin hacer ruido, envolviéndome en una bata de seda negra.
Necesitaba aire, o lo más parecido al aire que este valle de ceniza podía ofrecer.
Caminé hacia el balcón, mirando cómo la bruma púrpura se arrastraba por las almenas.
—No deberías estar sola —la voz de Lilith surgió de las sombras de la habitación, tan repentina y fría como un cuchillo de hielo.
Me giré al instante, mis manos encendiéndose con una luz blanca que iluminó cada rincón de la alcoba.
Lilith estaba apoyada contra la puerta, vestida con un atuendo de caza que resaltaba su palidez espectral.
Su brazo seguía vendado, pero su mirada ya no era de furia ciega, sino de una calma calculadora que me resultó mucho más peligrosa.
—¿Cómo has entrado aquí?
—pregunté, mi voz resonando con la autoridad del Origen.
—Este castillo tiene pasadizos que los Thorne olvidaron hace siglos, humana —respondió ella, dando un paso hacia la luz, ignorando la amenaza de mi Éter—.
No he venido a pelear.
He venido a darte lo que Kaelen nunca te dará: la verdad sobre tu propia sangre.
—Kaelen ya me lo ha contado todo —dije, aunque mi corazón dio un vuelco.
Lilith soltó una risa seca y amarga.
—Kaelen te ha contado la versión que le permite mantenerte en su cama.
Te dijo que eres una “anomalía genética”, una “reencarnación” del Éter.
Pero, ¿alguna vez te has preguntado por qué el Origen eligió a una huérfana de una ciudad sin importancia?
¿Por qué tu hermana Clara no tiene ni un rastro de tu poder?
Me quedé helada.
Era una pregunta que siempre había enterrado bajo la urgencia de la supervivencia.
—Habla.
—Tu madre no murió de una enfermedad común, Elsa.
Ella era la última Custodia que huyó del Origen antes de que la grieta se cerrara hace veinte años.
Ella robó la esencia para protegerla de Malphas y los suyos.
Tú no naciste con el Éter; fuiste creada como un recipiente de emergencia.
Y Kaelen…
Kaelen lo sabía desde el momento en que envió a sus jinetes a buscarte.
Él no te salvó, Elsa.
Él te recolectó.
—¡Mientes!
—el brillo de mis manos estalló, agrietando el mármol del suelo.
—¿De verdad?
Pregúntale por el “Contrato de Recolección” que firmó con el Consejo antes de tu boda.
Pregúntale qué pasará con tu mente cuando el Éter sea extraído para estabilizar el trono.
Antes de que pudiera lanzarme sobre ella, Lilith se desvaneció en una nube de pétalos de rosa negra, dejando tras de sí un pequeño amuleto de cristal con una imagen grabada: Kaelen, frente al Consejo, firmando un pergamino con el sello de mi familia.
—¿Elsa?
—la voz de Kaelen, ahora despierto, rompió el silencio.
Me giré para verlo.
Estaba de pie junto a la cama, mirando los restos de luz que aún flotaban en el aire y el amuleto en mi mano.
Su expresión cambió de la preocupación al pavor absoluto en un segundo.
—¿Qué haces con eso?
—preguntó, su voz temblando.
—Dime que es mentira, Kaelen —le entregué el amuleto—.
Dime que no firmaste un contrato para “recolectarme” como si fuera una pieza de ganado.
Kaelen tomó el cristal y, con un solo movimiento, lo redujo a polvo entre sus dedos.
Su silencio fue la respuesta más dolorosa que pude recibir.
Caminó hacia mí, intentando tomarme de los hombros, pero retrocedí.
Mi Éter reaccionó a mi dolor, volviéndose errático y violento.
—Fue antes de conocerte, Elsa —dijo, su voz cargada de una desesperación cruda—.
El clan estaba muriendo.
Yo estaba muriendo.
El Consejo exigía una solución y tú eras la única opción.
Pero en cuanto te vi…
en cuanto sentí tu alma…
el contrato dejó de existir para mí.
He estado luchando contra ellos desde entonces para protegerte.
—¿Protegermé o proteger tu inversión?
—las lágrimas, calientes y cargadas de luz, empezaron a rodar por mis mejillas—.
Me usaste, Kaelen.
Todo lo que hemos pasado…
¿fue parte del plan para que me entregara voluntariamente?
—¡No!
Elsa, te amo.
Lo que siento por ti es lo único real que he tenido en siglos.
—El amor no se construye sobre mentiras y contratos de recolección —dije, sintiendo que mi vínculo con él se tensaba hasta casi romperse—.
Lilith tiene razón.
No soy una reina para ti.
Soy la cura que no quieres compartir.
En ese momento, las puertas de la suite se abrieron de golpe.
Malphas entró, escoltado por una docena de guerreros del Mar de Sangre.
Su sonrisa ya no era depredadora; era triunfal.
—Siento interrumpir la escena doméstica —siseó Malphas—.
Pero el Consejo ha decidido que el tiempo de las pruebas ha terminado.
Reina Elsa, por orden de los Clanes Unidos, debes ser trasladada a la Cámara del Origen para el proceso de extracción.
Príncipe Thorne, tu autoridad ha sido revocada por ocultar información vital sobre el estado de la Novia.
Kaelen desenvainó su espada, su aura negra expandiéndose como una marea de sombras que cubrió toda la habitación.
—¡No daréis un paso más!
¡Cualquiera que la toque morirá!
—¿Incluso si ella decide venir por su cuenta?
—preguntó Malphas, mirándome directamente—.
Elsa, si vienes con nosotros, perdonaremos a tu hermana Clara y a la ciudad.
Si te quedas con el hombre que te compró como a un objeto, el Castillo de Hierro será el epicentro de una masacre que no dejará ni las cenizas de tu pasado.
Miré a Kaelen.
Su rostro estaba desencajado por la agonía.
Por primera vez, no vi al príncipe invencible; vi al hombre que me había mentido para salvarse a sí mismo, pero que también había arriesgado todo por un beso.
Y luego miré a Malphas, el monstruo que no se molestaba en fingir.
El “Spicy” entre Kaelen y yo se transformó en una electricidad dolorosa.
El deseo seguía ahí, pero ahora estaba envuelto en traición.
Me acerqué a él, poniendo una mano sobre la empuñadura de su espada.
—Bájala, Kaelen —le susurré.
—¿Qué estás haciendo?
—preguntó él, sus ojos llenos de lágrimas de sangre.
—Voy a ir con ellos —dije, mi voz sonando con una frialdad que me sorprendió a mí misma—.
Pero no para entregarme.
Voy a ir para ver el Origen con mis propios ojos.
Si fui creada para ser un recipiente, entonces es hora de que el recipiente decida qué hacer con el contenido.
—Elsa, por favor…
—No me sigas, Kaelen.
Si lo haces, consideraré que estás intentando hacer cumplir tu contrato.
Me giré y caminé hacia Malphas.
Los guerreros del Mar de Sangre me rodearon, sus lanzas de obsidiana formando una jaula a mi alrededor.
Kaelen intentó avanzar, pero el aura de Malphas, alimentada por las sombras del Vacío, creó una barrera que lo hizo retroceder.
—Buena elección, Ladrona —dijo Malphas, guiándome fuera de la habitación.
Mientras salía del Castillo de Hierro hacia la oscuridad de la Cámara del Origen, sentí que la última gota de mi humanidad se evaporaba.
Ya no era la chica asustada de la galería de arte, ni la novia enamorada de un príncipe.
Era el arma definitiva que todos querían poseer.
Y mientras la grieta en mi corazón se ensanchaba, supe que Lilith y Malphas habían cometido un error fatal.
Me habían quitado la única cosa que me mantenía bajo control: mi amor por Kaelen.
Ahora, el Origen no iba a recibir un sacrificio.
Iba a recibir una guerra.
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