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La Novia del Príncipe Oscuro - Capítulo 19

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  4. Capítulo 19 - 19 19 El corazón del origen
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19: 19 | El corazón del origen 19: 19 | El corazón del origen Elsa El descenso hacia la Cámara del Origen fue como caminar hacia el interior de una garganta de piedra.

El aire aquí abajo no solo era frío; era pesado, cargado de una vibración que hacía que mis dientes castañearan y que el Éter en mis venas se agitara como un animal enjaulado.

Malphas caminaba a mi lado, sus pasos silenciosos sobre el suelo de obsidiana, mientras sus guerreros del Mar de Sangre nos seguían con la precisión de autómatas.

—¿Sientes eso, Elsa?

—siseó Malphas, su voz resonando en las paredes húmedas—.

Es la llamada de tu verdadero hogar.

Kaelen Thorne te hizo creer que eras especial porque te amaba.

Pero aquí, en el útero del mundo, verás que solo eres una llave.

Una llave hermosa, pero desechable.

No le respondí.

Mantuve mi mirada al frente, concentrándome en el dolor que quemaba en mi pecho.

El vínculo con Kaelen todavía estaba allí, pero ahora se sentía como un cable de alta tensión pelado, enviándome ráfagas de agonía, furia y una desesperación tan cruda que amenazaba con hacerme caer de rodillas.

Podía sentirlo en la distancia, destrozando la Cámara del Consejo, rugiendo contra los muros que nos separaban.

Pero por primera vez, bloqueé su señal.

Si me había mentido sobre mi origen, no dejaría que sus emociones nublaran mi juicio ahora.

Llegamos a una inmensa puerta circular, tallada con el rostro de una mujer que lloraba luz.

Al abrirse, la Cámara del Origen se reveló ante nosotros.

No era una cueva, sino una catedral de cristal líquido.

En el centro, flotando sobre un abismo sin fondo, había una esfera de luz blanca pura: el Núcleo del Origen.

Del núcleo nacían filamentos de energía que se conectaban a las paredes, manteniendo la estabilidad del mundo sobrenatural.

Pero el núcleo estaba agrietado.

Manchas de una oscuridad violácea —el Vacío— estaban devorando la luz desde dentro.

—Es hermoso, ¿verdad?

—dijo una voz familiar.

Julian estaba allí, de pie en un puente de cristal que llevaba al núcleo.

A su lado, Lilith sonreía con una satisfacción maligna.

Habían ganado.

Me tenían exactamente donde querían.

—Habéis tardado mucho —dijo Julian, sus ojos de cristal azul fijándose en los míos—.

Elsa, es hora de que cumplas el propósito para el que tu madre te diseñó.

No te pediremos que mueras.

Solo pediremos que te fundas.

Tu conciencia se dispersará, pero tu Éter salvará a nuestra raza por otros mil años.

—¿Y qué gano yo con esto?

—pregunté, dando un paso hacia el puente.

El calor que emanaba del núcleo empezaba a derretir el hielo que sentía en mi alma.

—La paz —respondió Lilith, acercándose—.

Ya no habrá más mentiras de Kaelen.

No más sed.

No más miedo.

Serás eterna, Elsa.

Serás la luz que todos adoramos.

Me reí.

Fue una carcajada seca que sorprendió a todos en la cámara.

—Queréis que sea una lámpara para vuestro salón.

Queréis que me sacrifique para que vosotros podáis seguir viviendo vuestras vidas inmortales y decadentes mientras yo dejo de existir.

—Es el contrato —insistió Malphas, perdiendo la paciencia—.

El contrato de recolección que tu “esposo” firmó.

—Kaelen Thorne ya no tiene poder sobre mí —dije, y al decir esas palabras, sentí cómo el vínculo en mi hombro se enfriaba—.

Pero vosotros tampoco.

Antes de que Malphas pudiera reaccionar, extendí mis manos.

No ataqué a los guardias.

Lancé mi poder directamente hacia el Núcleo del Origen.

Mi Éter reconoció a su progenitor y la conexión fue instantánea.

Una explosión de luz blanca llenó la cámara, lanzando a Julian y a Lilith por los aires.

Mientras tanto, en los niveles superiores del Castillo de Hierro, el caos se había desatado.

Kaelen Thorne ya no era el príncipe diplomático que el Consejo conocía.

Su aura de sombras se había expandido hasta cubrir cada rincón del palacio, convirtiéndose en una marea de oscuridad física que devoraba la luz de las antorchas.

Sus garras estaban bañadas en la sangre de los guardias del Mar de Sangre que habían intentado detenerlo.

—¡¿DÓNDE ESTÁ?!

—rugió Kaelen, levantando a Lord Silas del cuello.

—Ya es tarde, Kaelen…

—jadeó el anciano, sus pies colgando en el aire—.

El ritual ha comenzado.

Ella ha aceptado su destino.

—Ella no ha aceptado nada —siseó Kaelen, sus ojos volviéndose completamente negros, sin rastro de oro—.

Vosotros la empujasteis a esto con vuestras mentiras.

Si ella desaparece, yo me encargaré de que no quede ni un solo vampiro vivo para disfrutar de la luz que ella deje atrás.

¡Convertiré este reino en un cementerio antes de dejar que la toquéis!

Kaelen soltó a Silas y se lanzó hacia el túnel que llevaba a la Cámara.

No corría; se deslizaba como una sombra hambrienta.

Su conexión con Elsa era un grito de agonía en su mente.

Podía sentir que ella estaba intentando cortarlo, que lo estaba borrando, y ese pensamiento le dolía más que cualquier herida física.

—No me dejes, Elsa —susurró para sí mismo, su velocidad aumentando—.

No dejes que el olvido nos gane.

De vuelta en la Cámara, yo estaba suspendida en el aire, conectada al núcleo por miles de hilos de luz.

La sensación era indescriptible.

Millones de voces, recuerdos y vidas pasaban a través de mí.

Vi el momento en que los vampiros fueron creados, vi la traición de los ancestros y vi la cara de mi madre mientras me ocultaba en el mundo humano.

Ella no me creó como un recipiente.

Me creó como una bomba.

—Elsa…

detente…

—la voz de Julian intentaba llegar a mí, pero él estaba inmovilizado por la presión gravitatoria que mi ascenso estaba creando.

El Vacío dentro del núcleo empezó a responder a mi presencia.

En lugar de ser purificado, empezó a fusionarse con mi Éter.

La luz blanca se tiñó de un gris metálico.

Estaba absorbiendo el veneno y la medicina al mismo tiempo.

—¡ELSA!

—el grito de Kaelen resonó desde la entrada de la cámara.

Lo vi.

Estaba en el borde del puente, cubierto de sangre, con el rostro desencajado por el horror.

Los guardias de Malphas intentaron interceptarlo, pero él los despedazó con una ferocidad que me hizo estremecer incluso en mi estado de trance.

—¡Suéltala!

—le gritó Kaelen al Núcleo, como si la esfera fuera un ser vivo.

Me miró a los ojos, y por un segundo, la frialdad de mi corazón vaciló.

Vi el arrepentimiento, el amor desesperado y la promesa de que, si bajaba de allí, él mismo quemaría el contrato frente a mis ojos.

—¡Baja, Elsa!

¡No dejes que te borren!

—gritó, extendiendo su mano hacia mí—.

¡Lucharé contra el Origen por ti!

¡Destruiré el mundo si es necesario, pero no me dejes solo en la oscuridad!

Estuve a punto de ceder.

Estuve a punto de soltar el poder y caer en sus brazos.

Pero entonces, Lilith, recuperándose del impacto, lanzó una daga de obsidiana hacia la espalda de Kaelen.

—¡NO!

—mi grito no fue humano.

Fue una onda de choque de energía pura.

La daga se desintegró en el aire, pero la explosión de mi rabia provocó que el núcleo reaccionara violentamente.

Los hilos de luz que me sostenían se tensaron y una cúpula de energía nos aisló del resto de la cámara.

Kaelen golpeó la barrera con sus puños, gritando mi nombre, pero yo ya no podía oírlo.

El Origen me estaba reclamando, no como un sacrificio, sino como su nueva corona.

—Si quieres que viva, Kaelen —le dije a través del vínculo, mi voz resonando en su mente por última vez—, entonces deja de ser un príncipe y conviértete en el monstruo que necesito que seas.

Porque cuando salga de aquí, no habrá contrato que me detenga.

Una luz cegadora envolvió la cámara.

El suelo se sacudió y el Castillo de Hierro gimió bajo la presión de un poder que no había sido visto en eones.

Cuando la luz se desvaneció, el Núcleo del Origen había desaparecido.

En su lugar, yo estaba de pie en el centro del abismo, flotando sobre la nada.

Mi ropa estaba hecha de hilos de luz y sombra, y mis ojos…

mis ojos ya no eran humanos, ni tampoco vampíricos.

Eran dos pozos de energía pura.

Malphas, Julian y Lilith estaban de rodillas, incapaces de soportar mi presencia.

Kaelen era el único que seguía de pie, mirándome con una mezcla de amor y pavor.

—Elsa…

—susurró.

Me acerqué a él, mis pies sin tocar el suelo.

Le puse una mano en la mejilla, y su piel se quemó ligeramente con mi contacto, pero él no se apartó.

—El contrato de recolección ha sido pagado, Kaelen —dije, mi voz ahora con un eco divino—.

He recolectado el Origen para mí.

Ahora, dime…

¿estás listo para gobernar un mundo en ruinas?

El juego político había terminado.

La Novia de Sangre había muerto, y en su lugar, la Emperatriz del Éter había nacido.

Y el primer nombre en mi lista de deudas era el de todos aquellos que habían creído que podían poseerme.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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