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La Novia del Príncipe Oscuro - Capítulo 20

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  4. Capítulo 20 - 20 20 La purga de luz y sombra
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20: 20 | La purga de luz y sombra 20: 20 | La purga de luz y sombra Elsa El silencio que siguió a mi ascensión no era de paz, sino de terror absoluto.

El Castillo de Hierro gemía bajo el peso de mi presencia, las piedras vibrando en una frecuencia que solo yo podía controlar.

Flotaba a unos centímetros del suelo de obsidiana, y cada vez que mi respiración se acompasaba, el aire emitía destellos de un gris metálico.

El Vacío y el Éter habían dejado de luchar; ahora eran una sola fuerza bajo mi mando.

Malphas fue el primero en intentar moverse.

El líder del Mar de Sangre, cuya arrogancia había llenado la cámara minutos antes, ahora se arrastraba por el suelo, intentando alcanzar su lanza de obsidiana.

—Quieto —dije.

Mi voz no salió de mi garganta, sino que resonó desde las paredes mismas de la Cámara del Origen.

Malphas se quedó paralizado, su cuerpo rígido como si hubiera sido convertido en piedra.

Me acerqué a él con una lentitud tortuosa.

No sentía odio, eso era un sentimiento demasiado humano.

Lo que sentía por él era la misma indiferencia que un dios siente por un insecto que ha osado picarle.

—Me llamaste “llave” —susurré, inclinándome sobre él.

El calor que emanaba de mi piel hizo que su armadura empezara a humear—.

Dijiste que era desechable.

—Fue…

fue el Consejo…

—jadeó Malphas, sus ojos negros desorbitados por el pánico—.

Yo solo seguía el plan…

Elsa, por favor…

—No soy Elsa —respondí, y una ráfaga de luz gris brotó de mi mano, envolviendo su cabeza—.

Soy el Origen que intentaste robar.

No hubo gritos.

Malphas simplemente se deshizo en finas hebras de sombra que fueron absorbidas por mis poros.

Su esencia, su poder, sus recuerdos…

ahora todo formaba parte de mi biblioteca interna.

Un líder de clan, borrado de la existencia en un parpadeo.

Lilith soltó un sollozo ahogado.

Estaba encogida junto a Julian, que miraba sus manos de plata con una expresión de vacío absoluto.

Había perdido su conexión con el Origen; ahora no era más que un cascarón vacío con recuerdos de un traidor.

—¿Vais a pedir clemencia?

—les pregunté, girándome hacia ellos.

—Mátame —dijo Lilith, levantando la vista.

Sus ojos azules estaban nublados por las lágrimas—.

Pero no me obligues a vivir en un mundo donde tú eres el sol.

No puedo soportar que él te mire así.

Miré a Kaelen.

Él seguía allí, en el borde del puente.

No se había movido, no porque estuviera paralizado por mi poder, sino porque estaba procesando la pérdida.

Sabía que la mujer a la que había mentido, la que había intentado “recolectar”, ya no existía.

Había una barrera de luz entre nosotros que su oscuridad no podía atravesar.

—Kaelen —lo llamé.

Él dio un paso adelante, cruzando la línea invisible.

Su piel se erizó y vi cómo pequeñas quemaduras aparecían en su rostro por la intensidad de mi aura, pero no se detuvo.

Llegó hasta mí y, ante la mirada atónita de Julian y Lilith, se arrodilló.

No fue una inclinación de súbdito; fue la entrega de un hombre que sabe que su alma ya no le pertenece.

—No me pidas clemencia para ellos, Elsa —dijo Kaelen, su voz firme a pesar del dolor—.

Pídela para mí.

El contrato de recolección fue mi mayor pecado, y si mi muerte es lo que necesitas para que tu luz sea completa, tómala.

Pero no me pidas que te deje sola otra vez.

El poder dentro de mí rugió, pidiendo su esencia.

Él era el Thorne, el descendiente del ladrón original.

Si lo consumía, el ciclo se cerraría para siempre.

Mi mano se levantó, brillando con una intensidad destructiva, y la posé sobre su frente.

Kaelen cerró los ojos, esperando el final.

Pero en lugar de destruirlo, vertí una gota de mi nueva esencia en él.

Las venas negras de su cuello desaparecieron, reemplazadas por un resplandor plateado.

La maldición que lo consumía desde hacía siglos se rompió con un sonido cristalino que resonó en toda la cámara.

Ya no era un vampiro maldito; era algo nuevo, un consorte del Éter.

Él abrió los ojos, jadeando.

La agonía había desaparecido de su rostro.

—¿Por qué?

—susurró.

—Porque un trono es demasiado frío para ocuparlo sola —respondí, ayudándolo a ponerse de pie—.

Y porque quiero que vivas lo suficiente para ver cómo reconstruyo el mundo que intentasteis heredar.

Me giré hacia Julian y Lilith.

—A vosotros…

—hice un gesto con la mano y las puertas de la cámara se cerraron con un estruendo—.

No os daré la muerte.

Eso sería un regalo.

Os despojo de vuestra sangre.

Viviréis el resto de vuestros días como humanos en la ciudad que intentasteis destruir.

Sentiréis el hambre, el frío y el paso del tiempo.

Esa será vuestra purga.

Julian gritó cuando su inmortalidad le fue arrancada, su piel volviéndose mortal en cuestión de segundos.

Lilith se desplomó, sus rosas negras marchitándose hasta convertirse en polvo.

Dos guardias, ahora bajo mi control mental absoluto, se los llevaron arrastrando.

Kaelen y yo nos quedamos solos en el corazón del mundo.

El núcleo ya no estaba, pero yo sentía cada pulsación de la tierra, cada latido de los vampiros en el castillo superior, cada suspiro de los humanos en la distancia.

—¿Qué vamos a hacer ahora?

—preguntó Kaelen, tomando mi mano.

Esta vez, su piel no se quemó; nuestras energías se entrelazaron en una danza de luz y sombra perfecta.

—Subiremos —dije, mirando hacia arriba—.

El Consejo nos espera.

Creen que van a recibir a una Novia de Sangre debilitada por el ritual.

Es hora de que descubran que el contrato ha sido reescrito.

Salimos de la Cámara del Origen.

El camino de vuelta, que antes era una bajada al abismo, ahora era una ascensión triunfal.

Los soldados del Mar de Sangre que quedaban se arrodillaron a nuestro paso sin que yo tuviera que decir una palabra.

Mi aura los obligaba a reconocer a su soberana.

Cuando entramos en el Gran Salón del Castillo de Hierro, el Consejo de los Siete (o lo que quedaba de él) estaba reunido.

Lord Silas estaba en el centro, con un pergamino en la mano, listo para anunciar el éxito de la “recolección”.

Al vernos, el pergamino cayó de sus manos.

—¡Imposible!

—chilló Silas—.

¡El núcleo…

no siento el núcleo!

Kaelen, ¿qué has hecho?

—Kaelen no ha hecho nada, Silas —dije, dando un paso al frente.

El salón entero se iluminó con mi presencia—.

El núcleo soy yo.

Y el Consejo…

el Consejo queda disuelto desde este instante.

—¡No puedes hacer eso!

—gritó otro anciano—.

¡Es la ley de milenios!

—Yo soy la ley —respondí, y con un simple pensamiento, los tronos de obsidiana se desintegraron en arena fina—.

A partir de hoy, no habrá más recolecciones.

No habrá más sacrificios.

Los vampiros que quieran vivir bajo mi luz deberán aprender a coexistir con el mundo humano, o se enfrentarán a mi juicio.

Kaelen se colocó a mi lado, desenvainando su espada, que ahora emitía el mismo resplandor plateado que su piel.

—Cualquiera que no esté de acuerdo —dijo él, su voz resonando con una autoridad renovada—, puede intentar desafiar a la Emperatriz.

Yo seré el primero en recibiros.

Nadie se movió.

El silencio era la rendición total de una raza.

Esa noche, no regresamos a nuestras habitaciones como amantes fugitivos, sino como soberanos.

El “Spicy” entre nosotros había alcanzado una dimensión mística; nuestra pasión era la forma en que el universo equilibraba sus fuerzas.

En la intimidad de nuestra alcoba, Kaelen me tomó en sus brazos, pero esta vez no había desesperación en su tacto, solo una devoción absoluta.

—Te amo, Elsa —susurró contra mis labios—.

Más allá de los contratos, más allá del tiempo.

—Y yo a ti, mi monstruo —respondí, besándolo con una intensidad que hizo que las estrellas sobre el castillo brillaran con más fuerza.

La guerra contra el pasado había terminado.

Pero mientras miraba hacia el horizonte, hacia el Vacío que aún acechaba en los rincones del universo, supe que nuestra historia apenas comenzaba.

Teníamos un imperio que construir y una eternidad para amarnos.

La Novia de Sangre ya no existía.

La era de la Luz Gris había comenzado.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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