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La Novia del Príncipe Oscuro - Capítulo 21

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  4. Capítulo 21 - 21 21 El trono de arena
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21: 21 | El trono de arena 21: 21 | El trono de arena Elsa Tres meses después de la caída del Consejo y mi ascensión como el Origen encarnado, el mundo ya no era el mismo.

El Castillo de Hierro, antes un símbolo de opresión vampírica, se había convertido en el epicentro de un nuevo orden.

Pero la paz es una amante caprichosa, y mi nuevo poder me permitía oír los susurros de rebelión incluso a miles de kilómetros de distancia.

Me encontraba en el Gran Salón, sentada en un trono que ya no era de obsidiana, sino de un cristal que vibraba con una luz blanca constante.

Kaelen estaba a mi lado, de pie.

Su transformación había sido completa; ya no era solo un vampiro de sangre pura, sino el “Heraldo del Éter”.

Su piel tenía un matiz plateado bajo la luz y su presencia era tan imponente que incluso los generales más antiguos bajaban la cabeza cuando él entraba en la sala.

—El emisario del Clan del Desierto de Ámbar se niega a cruzar el umbral, mi Reina —dijo uno de mis nuevos capitanes, un joven vampiro que me juró lealtad tras ver cómo purifiqué a Malphas.

Kaelen apretó el puño sobre la empuñadura de su espada.

Su instinto protector se había amplificado tras nuestra unión divina.

—Si no entra por voluntad propia, lo traeré por el cuello —gruñó Kaelen.

Sus ojos dorados ahora tenían destellos blancos que giraban como galaxias.

—Paciencia, Kaelen —le dije, poniendo mi mano sobre su brazo.

El contacto envió una descarga de energía cálida que lo calmó instantáneamente—.

Si el Rey de la Arena cree que puede ignorar mi llamado, es porque todavía no ha sentido el calor de mi sol.

Hice un gesto con la mano y las inmensas puertas de roble se abrieron de par en par, no por la fuerza física, sino por una onda de choque de mi voluntad.

Entró un hombre alto, envuelto en túnicas de seda dorada que estaban impregnadas del polvo de un desierto que no conocía la lluvia.

Su rostro estaba marcado por cicatrices de batallas antiguas y sus ojos eran de un naranja intenso, el color de la lava.

Era Malik, el hermano menor del Sultán de las Tierras de Ámbar.

—He venido a ver a la humana que dice ser un dios —dijo Malik, su voz áspera como la arena—.

Mi hermano dice que los Thorne siempre han sido expertos en trucos de espejos, pero el Desierto no se inclina ante ilusiones.

Kaelen dio un paso al frente, su aura de sombras plateadas expandiéndose como una tormenta.

—Mide tus palabras, emisario.

Estás frente a la Emperatriz del Éter.

Un solo pensamiento suyo podría convertir tus dunas en cristal.

Malik soltó una carcajada desafiante.

—Las amenazas de un perro faldero no me asustan, Kaelen Thorne.

En el Sur, sabemos que el Éter no es una corona, es una maldición.

Y hemos venido a reclamar nuestra parte del trato que los ancestros firmaron.

El Origen no le pertenece a una mujer; le pertenece a la tierra.

Me levanté del trono.

El movimiento fue tan fluido que pareció que el aire me transportaba.

Me detuve a escasos centímetros de Malik.

El calor que emanaba de mi cuerpo hizo que sus túnicas empezaran a soltar vapor.

—¿Tu hermano quiere su parte?

—pregunté, mi voz resonando con el eco del Origen—.

Dile que si quiere probar mi poder, no necesita un emisario.

Dile que las fronteras de mi reino ahora se extienden hasta donde alcanza mi luz.

Si el Desierto de Ámbar no rinde tributo antes de la próxima luna llena, iré yo misma a sembrar flores de fuego en sus arenas.

Malik retrocedió, su arrogancia flaqueando ante la intensidad de mi mirada.

Sintió la presión gravitatoria que mi poder ejercía en la sala; el aire se volvió tan denso que respirar se volvió un esfuerzo.

—Se lo diré —dijo Malik, recuperando su compostura con dificultad—.

Pero recuerda esto, Reina de Cristal: el sol del desierto quema mucho más que tu luz blanca.

Nos vemos en la frontera.

En cuanto el emisario salió, Kaelen se giró hacia mí.

Sus manos me tomaron por la cintura con una fuerza posesiva, pegándome a su cuerpo.

Podía sentir su agitación, el deseo de salir al campo de batalla y destruir a cualquiera que se atreviera a desafiarme.

—Ese hombre es un peligro, Elsa.

Los Clanes del Desierto practican una magia de sangre que no hemos visto en siglos.

No deberías haberlo dejado ir.

—Necesitamos que lleven el mensaje, Kaelen.

Si los destruimos aquí, los convertimos en mártires.

Si los vencemos en su propio terreno, los convertimos en súbditos.

Kaelen hundió su rostro en mi cuello, inhalando mi esencia.

Su lengua trazó el camino de mi marca, despertando ese fuego “spicy” que nunca se apagaba entre nosotros.

A pesar de ser soberanos, en la intimidad seguíamos siendo esos dos seres desesperados por el tacto del otro.

—A veces olvido que ya no eres la chica que necesitaba que la rescatara —susurró contra mi piel—.

Me asusta la forma en que el poder te está cambiando.

A veces te miro y parece que estás a miles de kilómetros de distancia, incluso cuando estás en mis brazos.

—Nunca estaré lejos de ti, Kaelen —le prometí, rodeando su cuello con mis brazos y atrayéndolo para un beso profundo que sabía a poder y deseo—.

Pero el mundo necesita una emperatriz, no una víctima.

Y para protegerte a ti, y para protegernos a nosotros, tengo que ser este monstruo de luz.

Lo llevé hacia nuestros aposentos privados.

Esa noche, el romance fue más que una celebración; fue una forma de anclarnos a nuestra humanidad compartida.

Kaelen me amó con una intensidad que rozaba la adoración, reclamando cada rincón de mi cuerpo como si tuviera miedo de que, al despertar, me hubiera convertido por completo en energía pura.

En el silencio de la noche, bajo el resplandor de mi propia piel, supe que el conflicto con el Desierto era solo el principio.

Hay otros reinos, otros dioses olvidados que están despertando al sentir mi luz.

Y mientras Kaelen dormía a mi lado, su mano siempre buscando la mía, vi una visión en las sombras del techo: una mujer de arena, con ojos de lava, que me sonreía desde el corazón del desierto.

La emperatriz de las dunas me estaba llamando.

Y ella no quería mi corona; quería mi sangre para revivir a algo mucho más antiguo que los vampiros.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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