La Novia del Príncipe Oscuro - Capítulo 22
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- Capítulo 22 - 22 22 Arena en el viento
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22: 22 | Arena en el viento 22: 22 | Arena en el viento Elsa La preparación para la expedición al Sur se sentía menos como una misión diplomática y más como el despliegue de una fuerza de la naturaleza.
El patio del Castillo de Hierro estaba inundado por el sonido de los cascos de los corceles de sombras y el tintineo de las armaduras de obsidiana.
Sin embargo, en mis aposentos, el aire estaba cargado de una quietud eléctrica.
Kaelen me observaba mientras yo terminaba de ajustar las correas de mi nueva armadura de viaje, una pieza forjada con cuero de dragón y escamas de plata que reaccionaba a mi Éter.
No había dicho una palabra en la última hora, pero su mirada quemaba más que el sol del desierto que nos esperaba.
Su mandíbula estaba perpetuamente tensa, y sus dedos tamborileaban rítmicamente sobre el pomo de su espada, una señal inequívoca de que su instinto de protección estaba al límite.
—No tienes que venir, Kaelen —dije, rompiendo el silencio mientras me colocaba la capa de seda blanca—.
El reino necesita un soberano aquí mientras yo pongo en su lugar a Malik y a su hermano.
En un parpadeo, Kaelen cruzó la habitación.
Me tomó de los hombros con una firmeza que rozaba la desesperación y me pegó a su pecho.
Podía sentir el frío metálico de su armadura contra mi piel y el calor abrasador de su aliento en mi frente.
—¿De verdad crees que voy a dejar que cruces el Mar de Arena sola, Elsa?
—su voz era un gruñido bajo, cargado de una posesividad que hacía que mi sangre vibrara—.
Malik no solo quiere tu poder.
Vi cómo te miraba.
Lo vi estudiar tu rostro como si fuera un tesoro que planea saquear.
No dejaré que ningún Rey de la Arena ponga sus manos sobre lo que es mío.
Me eché a reír suavemente, rodeando su cuello con mis brazos.
La diferencia de poder entre nosotros ahora era vasta, pero en momentos como este, él seguía siendo el mismo hombre que me reclamó en medio de una cacería mortal.
—Kaelen Thorne, el gran Heraldo del Éter, ¿está celoso de un emisario del desierto?
—lo provoqué, mis labios rozando su mandíbula.
—No es celos, es territorialidad —respondió él, bajando la cabeza para besarme con una violencia hambrienta.
El “Spicy” entre nosotros estalló al instante, una mezcla de adrenalina por la guerra inminente y el deseo crudo que nos unía.
Sus manos bajaron por mi espalda, apretándome contra él como si quisiera fundirme con su armadura—.
Eres la Emperatriz, Elsa, pero antes de eso, eres mi esposa.
Y el mundo debe recordar que quien te toque, se enfrenta al vacío que habita en mis venas.
El beso se volvió más profundo, un reclamo silencioso antes de la tormenta.
Sus manos se perdieron bajo mi capa, buscando la piel desnuda sobre las correas de la armadura.
Por un momento, el desierto y la guerra desaparecieron; solo existía el ritmo de nuestra respiración compartida y el latido sincronizado de nuestras esencias.
Kaelen me levantó sin esfuerzo, sentándome en la mesa de mapas, apartando pergaminos y brújulas con un movimiento brusco.
—Kaelen, la caravana está lista…
—logré decir entre suspiros.
—La caravana puede esperar —susurró él, sus labios descendiendo hacia mi cuello, donde dejó una marca que brillaba con un suave matiz plateado.
Era su firma, su advertencia para Malik y cualquier otro que osara mirarme—.
Que sepan que el trono tiene dueño.
Horas después, la expedición finalmente partió.
Cruzamos las fronteras de las Tierras Sombrías y el paisaje cambió drásticamente.
El cielo, antes de un púrpura eterno, se tornó de un azul cobalto que dolía mirar.
El frío fue reemplazado por una ráfaga de calor seco que parecía querer extraer hasta la última gota de humedad de mi cuerpo.
Viajábamos en una litera blindada, protegida por hechizos de enfriamiento, pero aun así podía sentir el cambio en el Éter.
En el desierto, la energía no fluía; se estancaba, cargada de una magia antigua y volátil que no respondía a las leyes del Norte.
—Estamos entrando en el territorio del Clan de Ámbar —advirtió Kaelen, mirando por la pequeña rendija de la litera.
Su mano nunca soltaba la mía—.
Los exploradores dicen que el Sultán ha convocado a las Tribus Nómadas.
No es una audiencia diplomática, Elsa.
Es una demostración de fuerza.
De repente, un estruendo sacudió el suelo.
No fue un terremoto, sino una explosión de arena.
La litera se detuvo de golpe.
Afuera, los gritos de los soldados y el relincho de los caballos se mezclaron con un sonido silbante, como miles de serpientes moviéndose al unísono.
Salimos de la litera y la visión nos dejó sin aliento.
Estábamos rodeados por un muro de arena de diez metros de altura que giraba a nuestro alrededor, aislándonos del resto de la escolta.
En el centro del torbellino, Malik estaba de pie, pero ya no vestía sedas.
Su torso estaba desnudo, cubierto de runas de color ámbar que brillaban con la intensidad de brasas ardientes.
—¡Bienvenidos al abrazo del Desierto!
—gritó Malik, su voz amplificada por el viento—.
Mi hermano, el Sultán, tiene curiosidad por ver si la Emperatriz puede caminar sobre las dunas sin quemarse los pies.
—¡Basta de juegos, Malik!
—rugió Kaelen, desenvainando su espada plateada.
Un muro de sombras se alzó detrás de nosotros, intentando contrarrestar la arena—.
¡Habéis atacado a una soberana en pleno viaje diplomático!
—En el desierto, el diplomático es el que sobrevive —respondió Malik con una sonrisa cruel.
Hizo un gesto y la arena bajo nuestros pies empezó a licuarse, convirtiéndose en una trampa de arenas movedizas.
Los guardias de Kaelen empezaron a hundirse, sus armaduras de obsidiana pesando demasiado en el terreno traicionero.
Fue entonces cuando dejé de ser la observadora.
Di un paso al frente y extendí mis manos hacia el torbellino.
No intenté detener el viento; intenté reclamarlo.
—Suficiente —mi voz resonó con el poder del Origen.
El Éter blanco brotó de mi cuerpo en una onda expansiva tan potente que el muro de arena se desintegró al instante, convirtiéndose en cristales de vidrio fundido que cayeron al suelo con un tintineo musical.
El calor que emané fue tan intenso que la arena movediza se solidificó en una plataforma de roca vítrea, salvando a los soldados de Kaelen.
Malik retrocedió, cubriéndose el rostro.
El brillo de sus runas se apagó ante mi luz superior.
—¿Es esto lo mejor que el Sur tiene para ofrecer?
—pregunté, caminando hacia él sobre el suelo de cristal que yo misma había creado—.
Tu hermano quiere una demostración, Malik.
Ve y dile que la Emperatriz no camina sobre el desierto.
El desierto se inclina ante ella.
Malik me miró con una mezcla de terror y una fascinación oscura.
Se dio cuenta de que Kaelen no era el peligro real; el peligro era la mujer que ahora lo miraba con ojos de luz pura.
—El Sultán os espera en la Ciudad de Oro —logró decir Malik, antes de desvanecerse en un remolino de polvo, esta vez con mucha menos arrogancia.
Kaelen llegó a mi lado, envainando su espada con un movimiento seco.
Su pecho subía y bajaba con rapidez.
Me tomó de la mano y noté que sus dedos temblaban ligeramente, no de miedo, sino de una rabia contenida.
—Esto ha sido un insulto, Elsa.
Deberíamos dar media vuelta y traer el ejército completo.
—No —respondí, mirando hacia el horizonte donde las torres de la Ciudad de Oro empezaban a vislumbrarse en el espejismo—.
Quieren ver de qué estoy hecha.
Quieren saber si el Éter es una carga o una corona.
Vamos a darles la respuesta en su propia mesa.
Kaelen me miró, y por un momento vi la sombra del hombre que temía perder a su esposa frente a la divinidad que me consumía.
Me atrajo hacia él en un abrazo rápido y posesivo.
—Si entramos en esa ciudad, no me separaré de ti ni un milímetro —prometió—.
Si ese Sultán intenta algo, quemaré su oasis hasta que no quede ni el recuerdo del agua.
—Lo sé —sonreí, besando su mejilla—.
Por eso eres mi Heraldo.
Reanudamos el viaje mientras el sol comenzaba a ponerse, tiñendo las dunas de un color sangre que presagiaba lo que estaba por venir.
Sabía que la Ciudad de Oro no era solo un refugio; era una jaula diseñada para dioses.
Pero lo que Malik y su hermano no sabían es que yo ya no era un pájaro que pudiera ser enjaulado.
La guerra por el Sur apenas comenzaba, y el calor del desierto solo iba a servir para forjar mi corona de una manera que nadie esperaba.
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