La Novia del Príncipe Oscuro - Capítulo 23
- Inicio
- Todas las novelas
- La Novia del Príncipe Oscuro
- Capítulo 23 - 23 23 El trono de las dunas
Tamaño de Fuente
Tipo de Fuente
Color de Fondo
23: 23 | El trono de las dunas 23: 23 | El trono de las dunas Elsa La Ciudad de Oro se alzaba ante nosotros como un espejismo tallado en el tiempo.
A diferencia del Castillo de Hierro, cuyas torres arañaban el cielo con desesperación gótica, esta metrópoli resplandecía bajo el sol implacable, con cúpulas de metal precioso y jardines colgantes que desafiaban la muerte del desierto.
Pero tras su belleza, el Éter me advertía de un hambre antigua, una necesidad de sangre que no se ocultaba tras protocolos, sino que se celebraba con lujo.
Kaelen caminaba a mi lado, su mano derecha nunca alejándose de la empuñadura de su espada.
Sus ojos escaneaban cada balcón, cada sombra de los mercados de especias por los que pasábamos.
Su aura plateada estaba retraída, concentrada, lista para estallar al menor signo de agresión.
—Huelen a nosotros, Elsa —susurró Kaelen, su voz apenas un hilo de acero—.
Pero su sed es diferente.
Es una sed de calor, de vida.
Ten cuidado.
En el Norte te temen; aquí, te desean como un hombre sediento desea un oasis.
—Que deseen todo lo que quieran —respondí, ajustándome la capa blanca—.
No soy un espejismo que puedan beber.
Llegamos al Palacio del Sol, una estructura de mármol blanco y oro que parecía emitir su propia luz.
En el salón del trono, el aire estaba saturado de incienso y el sonido de cítaras que vibraban en una frecuencia casi hipnótica.
Al fondo, sentado en un trono de ámbar, estaba el Sultán Azar.
Si Malik era el fuego errático, su hermano Azar era la brasa constante.
Era más alto que Kaelen, con una piel que parecía bronce pulido y ojos que brillaban con un ámbar líquido.
No vestía armadura, sino túnicas de seda translúcida que dejaban ver tatuajes rúnicos que pulsaban con una energía rítmica.
—La Emperatriz del Éter —dijo Azar, su voz era un terciopelo oscuro que parecía acariciar el aire—.
Las leyendas decían que el Origen era una luz cegadora, pero no mencionaron que tenía un rostro capaz de hacer que el sol se avergonzara de brillar.
—Sultán Azar —dije, ignorando el halago y deteniéndome a pocos pasos de él—.
He cruzado el Mar de Arena no para escuchar poemas, sino para asegurar la lealtad de vuestro clan.
Azar soltó una risa melodiosa y bajó de su trono con una gracia depredadora.
Ignoró la mirada asesina de Kaelen y se acercó a mí, deteniéndose justo en el límite de lo que el protocolo permitía.
—La lealtad no es algo que se asegure, mi Reina.
La lealtad se cultiva.
Y los Thorne siempre han sido malos jardineros —miró de reojo a Kaelen con un desprecio elegante—.
Príncipe Kaelen, pareces tenso.
¿Acaso el calor del Sur es demasiado para tu sangre de hielo?
¿O es que temes que tu reina descubra que hay mundos donde no necesita esconderse en las sombras?
Kaelen dio un paso al frente, su aura plateada chocando contra el calor invisible que emanaba de Azar.
—Mi reina no se esconde de nada, Sultán.
Y si vuelves a dirigirte a ella con esa familiaridad, te enseñaré que mi “hielo” puede congelar hasta el corazón del desierto.
—¡Basta!
—intervine, y una chispa de luz blanca brotó de mis dedos, separando las energías de ambos hombres—.
Azar, has pedido esta audiencia.
Habla.
—Hablar es para los que no tienen nada que ofrecer —respondió Azar, volviéndose hacia mí—.
He preparado un banquete en vuestro honor.
Pero antes, me gustaría mostrarte algo que Kaelen seguramente te ha ocultado.
Un secreto que solo el Clan de Ámbar custodia desde el inicio de la gran grieta.
Miré a Kaelen.
Su expresión era de pura sospecha, pero vi un destello de duda en sus ojos.
—No vayas, Elsa —me dijo Kaelen a través de nuestro vínculo—.
Es una trampa para separarnos.
—Si no voy, nunca sabremos qué cartas juega —le respondí mentalmente—.
Quédate con sus generales.
Si no salgo en una hora, quema este lugar.
Azar me guio hacia una cámara subterránea, un santuario oculto bajo el palacio donde el calor era casi insoportable.
En el centro, dentro de un estanque de arena dorada que levitaba, había un fragmento de cristal negro.
—Es un Fragmento del Vacío —susurré, reconociendo la energía que casi me destruye en el Castillo de Hierro.
—No —corrigió Azar, acercándose al cristal—.
Es una semilla.
El Éter que llevas es solo la mitad de la historia, Elsa.
Los Thorne te enseñaron que el Vacío es el enemigo, pero en el Sur sabemos que es el equilibrio.
Sin la sombra, la luz consume hasta dejar solo cenizas.
Kaelen te está “limpiando”, está matando tu parte humana para convertirte en un faro eterno.
Él no te ama, Elsa; él adora al dios que hay en ti.
—Me amas más de lo que tú podrías comprender —respondí, aunque sus palabras clavaron una pequeña espina de duda en mi pecho.
—¿De verdad?
—Azar se acercó más, su mano rozando casi mi mejilla.
Su calor era seductor, una promesa de una libertad que no conocía la opresión del deber—.
Yo puedo enseñarte a dominar ambos.
No para salvar al mundo, sino para poseerlo.
Quédate conmigo, Elsa.
Deja que el Príncipe regrese a su castillo de hielo y nosotros haremos que el mundo se arrodille ante nuestra unión de sol y sombra.
El “Spicy” de la situación era innegable.
Azar emanaba una masculinidad salvaje y libre, un contraste absoluto a la protección posesiva y a veces asfixiante de Kaelen.
Por un segundo, la idea de no tener que ser la “salvadora”, de simplemente ser una fuerza de la naturaleza, me tentó.
—Eres muy persuasivo, Azar —dije, mi voz bajando de tono—.
Pero hay algo que olvidas.
—¿Qué?
—susurró él, sus ojos ámbar brillando con el triunfo.
—Que yo ya no soy una mujer que busca un dueño.
Ni un príncipe, ni un sultán.
Agarré el cristal negro del estanque.
El Vacío intentó morderme, pero mi luz lo envolvió, devorándolo en un instante.
El estallido de energía lanzó a Azar hacia atrás.
—Kaelen me ama con mis sombras —dije, mi voz resonando con la potencia del Origen—.
Él me vio cuando no era nada.
Tú solo ves el poder que quieres compartir.
Salí de la cámara y encontré a Kaelen en el pasillo.
Estaba cubierto de arena y sangre; se había abierto paso a través de los guardias en cuanto sintió mi agitación.
Al verme, soltó un suspiro de alivio y me envolvió en sus brazos, besándome con una ferocidad que decía: “Eres mía, y destruiré este mundo antes de dejarte ir”.
—Vámonos de aquí —gruñó Kaelen, mirándome con una mezcla de celos y adoración absoluta—.
Ya hemos visto suficiente de este desierto.
—No, Kaelen —respondí, mirando hacia el salón donde Azar intentaba recuperarse—.
No nos vamos.
El Sultán acaba de demostrarme que el Vacío no está fuera de nosotros, sino en su propia sangre.
Mañana, la Ciudad de Oro conocerá el verdadero significado de un eclipse.
Esa noche, en la tienda real bajo las estrellas del desierto, nuestra pasión fue un acto de reafirmación.
Kaelen me reclamó con una urgencia nueva, marcando mi piel con caricias que borraban el rastro del calor de Azar.
En la oscuridad, supe que el Sultán había logrado algo: despertar una parte de mi poder que era oscura, hambrienta y letal.
La guerra por el Sur no se ganaría con luz blanca.
Se ganaría con la oscuridad que Kaelen y yo compartíamos.
Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com