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La Novia del Príncipe Oscuro - Capítulo 24

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  4. Capítulo 24 - Capítulo 24: 24 | El eclipse de las rosas de la arena
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Capítulo 24: 24 | El eclipse de las rosas de la arena

Elsa

El amanecer en la Ciudad de Oro no trajo la luz habitual, sino un resplandor cobrizo y asfixiante. El aire vibraba con una estática que hacía que el vello de mis brazos se erizara. Me encontraba en el balcón del palacio, observando cómo las dunas parecían susurrar secretos prohibidos. El encuentro de la noche anterior con Azar había dejado una mancha en mi espíritu; sus palabras sobre el equilibrio entre la luz y la sombra seguían resonando en mi mente como una campana fúnebre.

—Estás demasiado callada —la voz de Kaelen surgió desde la penumbra de la habitación.

Se acercó a mí, su presencia era un ancla de realidad en medio de tanto espejismo. No llevaba su armadura de gala, sino una túnica de combate ligera que dejaba ver la tensión de sus músculos. Sus ojos dorados me recorrieron con una intensidad posesiva que ya no intentaba ocultar.

—Azar no es como Julian —dije, apoyando la cabeza en su hombro—. Él no quiere destruir el Origen, quiere consumirlo. Y lo peor, Kaelen, es que una parte de mí entiende su lógica.

Kaelen me tomó de la barbilla, obligándome a mirarlo. Su rostro estaba a centímetros del mío, y pude sentir el frío plateado de su energía intentando calmar el fuego que Azar había encendido en mí.

—No escuches sus cantos de sirena, Elsa. El Sultán solo quiere un arma que pueda besar por las noches. Si cedemos a esa oscuridad que él propone, no habrá vuelta atrás. Seremos los monstruos que el mundo siempre temió que fuéramos.

—¿Y si ya lo somos? —le pregunté, mi voz apenas un susurro.

Kaelen no respondió con palabras. Me besó con una ferocidad que sabía a desesperación, un reclamo físico que buscaba borrar cualquier rastro de la tentación de Azar. Sus manos bajaron por mi espalda, apretándome contra él, reafirmando que, sin importar cuántos dioses o sultanes se interpusieran, él era mi único dueño. El “Spicy” de nuestra conexión se volvió oscuro, cargado de la premonición de la batalla. En ese momento, no éramos soberanos; éramos dos depredadores marcando su territorio antes de la cacería.

El Gran Salón del Palacio del Sol estaba preparado para lo que Azar llamaba “La Ceremonia de la Alianza”. Pero en cuanto entramos, supe que la diplomacia había muerto durante la noche.

Azar estaba sentado en su trono, pero a su izquierda, envuelta en velos de seda negra que no lograban ocultar su aura de veneno, estaba Lilith.

El impacto de verla allí, en el corazón del desierto, hizo que mi Éter estallara en un destello blanco. Kaelen soltó un gruñido bajo, su mano yendo directamente a la empuñadura de su espada.

—¿Cómo…? —la voz de Kaelen era puro hielo.

—El desierto siempre acoge a los exiliados, Príncipe —dijo Lilith, su voz melosa y cargada de un odio que el tiempo solo había refinado—. El Sultán Azar tiene una visión que vuestro limitado Consejo del Norte nunca pudo comprender. Él entiende que la “Emperatriz” es una anomalía que debe ser compartida, no acaparada por un Thorne que todavía huele a fracaso.

—Lilith ha traído información muy valiosa —intervino Azar, levantándose. Su mano acarició el pomo de un arma que no había visto antes: un látigo hecho de espinas de cristal negro—. Me ha contado sobre el contrato de recolección. Me ha contado que tú, Kaelen, planeabas borrar la memoria de esta mujer.

—¡Ese contrato fue anulado! —rugí, y el suelo de mármol bajo mis pies comenzó a agrietarse.

—¿Lo fue? —Lilith sonrió, y de sus manos brotó una rosa de arena que se deshizo en un polvo oscuro—. ¿O es que simplemente has cambiado de carcelero, Elsa? Mira a Kaelen. Te mira como a una joya, no como a una igual. Él teme tu poder tanto como lo desea.

La duda, esa pequeña espina que Azar había plantado, empezó a crecer. Miré a Kaelen. Su expresión era de furia, pero en el fondo de sus ojos vi ese miedo que Lilith mencionaba. El miedo de que yo dejara de ser “suya” para convertirme en el Origen absoluto.

—Basta de veneno —dije, y mi voz resonó con un eco divino que hizo que las lámparas de oro del salón vibraran—. Lilith, deberías haberte quedado en las sombras. Azar, has elegido mal a tus aliados.

—No, Elsa —respondió el Sultán, agitando su látigo de cristal—. He elegido la llave para abrir tu verdadera naturaleza.

Azar golpeó el suelo con su látigo, y una onda de energía del Vacío se extendió por el salón. Pero no iba dirigida a mí. Iba dirigida a las sombras. Al instante, de los rincones del palacio, surgieron guerreros hechos de arena y oscuridad, seres sin rostro que exhalaban un calor abrasador.

—¡Proteged a la Reina! —gritó Kaelen, dando la orden a nuestra guardia de honor.

La batalla estalló en un caos de luz blanca y arena negra. Kaelen se movía como un rayo de plata, su espada cortando a través de los guerreros de arena como si fueran papel. Pero Lilith no se quedó atrás. Usaba sus rosas de arena para atrapar a nuestros soldados, drenando su sangre en segundos para alimentar su propia magia.

Yo me lancé directamente hacia Azar. Nuestras energías chocaron en el centro del salón, creando una explosión que derribó las inmensas columnas de mármol.

—¡Ríndete, Elsa! —gritó Azar, mientras su látigo se enroscaba alrededor de mi brazo, quemando mi piel con la energía del Vacío—. ¡Únete a nosotros y juntos gobernaremos el eclipse eterno!

—¡Jamás! —respondí.

Sentí el dolor del Vacío recorriendo mis venas, intentando encontrar la grieta en mi corazón. Lilith se acercó por el flanco, preparando un golpe de gracia con una daga de cristal.

—Adiós, “majestad” —siseó Lilith.

Pero antes de que pudiera tocarme, una sombra masiva se interpuso. Kaelen había saltado a través del salón, recibiendo el impacto de la magia de Lilith en su hombro para protegerme. El grito de dolor de Kaelen fue lo que finalmente rompió el dique de mi autocontrol.

Vi la sangre plateada de Kaelen manchar el suelo. Vi la sonrisa triunfal de Lilith y la ambición desmedida en los ojos de Azar. En ese momento, la luz blanca del Origen se tiñó de un negro absoluto. No era el Vacío de ellos; era mi oscuridad. La oscuridad de una reina que ha visto sufrir a lo único que ama.

—Habéis cometido un error —mi voz ya no era mía. Era el rugido de un cataclismo.

Una explosión de energía gris brotó de mi cuerpo, una fuerza tan devastadora que los guerreros de arena se desintegraron instantáneamente. Azar fue lanzado contra su trono, el impacto destrozando el ámbar en mil pedazos. Lilith intentó huir, pero mis sombras la atraparon, inmovilizándola contra la pared.

Me acerqué a Azar, mis pies dejando huellas de fuego negro en el suelo. El Sultán me miraba con un terror genuino. Ya no veía a una mujer que podía seducir; veía el fin de su mundo.

—Tu eclipse ha llegado —le dije.

Levanté la mano para terminar con él, pero una mano temblorosa se posó en mi muñeca. Era Kaelen. Estaba herido, su túnica desgarrada, pero sus ojos dorados me miraban con una súplica que me detuvo en seco.

—No lo hagas, Elsa —susurró—. No de esta manera. Si lo matas con ese odio, te perderás para siempre. No dejes que Lilith gane demostrando que eres el monstruo que ella dice.

Miré a Kaelen, luego a mis manos envueltas en llamas negras. El poder me pedía sangre, me pedía justicia. Pero el amor en los ojos de Kaelen fue el ancla que me trajo de vuelta del abismo. La oscuridad se retrajo, volviendo a su lugar bajo mi piel, dejando de nuevo el brillo blanco y puro.

—Tenéis suerte de que él sea mejor que yo —dije, mirando a Azar y a Lilith—. Pero vuestro tiempo en el sol ha terminado.

Con un gesto de mi mano, sellé los poderes de ambos, encadenándolos con grilletes de Éter que no podrían romper en mil años.

—Lleváoslos —ordené a los guardias que quedaban en pie—. La Ciudad de Oro ahora está bajo la tutela del Trono del Norte.

Kaelen se desplomó de rodillas, agotado. Corrí hacia él, envolviéndolo en mis brazos. El “Spicy” de nuestra conexión ahora era dulce, una mezcla de alivio y una gratitud que no necesitaba palabras. Lo besé, curando sus heridas con mi propio aliento, sintiendo cómo nuestras almas volvían a sincronizarse.

—Me salvaste —susurró Kaelen contra mi cuello—. Otra vez.

—Nos salvamos el uno al otro —respondí, mirando hacia las ruinas del palacio—. Pero Lilith tenía razón en algo, Kaelen. El mundo ya no es el mismo. Y nosotros tampoco.

Esa noche, mientras las llamas del palacio se extinguían bajo el cielo estrellado del desierto, supe que habíamos ganado una batalla, pero la guerra por el equilibrio apenas comenzaba. Había descubierto que mi oscuridad era tan real como mi luz, y que Kaelen era el único capaz de caminar en ambas conmigo.

El desierto se había inclinado. Pero en las sombras de las dunas, algo mucho más antiguo que los clanes había despertado con mi explosión de poder. El eclipse real estaba por venir.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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