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La Novia del Príncipe Oscuro - Capítulo 25

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Capítulo 25: 25 | El eco de la primera luz

Elsa

El silencio que siguió a la batalla en la Ciudad de Oro era diferente al frío sepulcral del Norte. Aquí, el silencio pesaba, cargado de la arena que empezaba a cubrir los restos del trono destrozado de Azar. Los prisioneros, Lilith y el Sultán, habían sido trasladados a las celdas de obsidiana que mis guardias habían conjurado en los sótanos del palacio. Pero a pesar de la victoria, el aire seguía vibrando con una advertencia que solo yo podía escuchar.

Kaelen estaba sentado en un peldaño de mármol, limpiando su espada con un trozo de seda. Sus movimientos eran lentos, mecánicos. La herida en su hombro, aunque cerrada por mi magia, todavía dejaba una mancha plateada en su túnica. Me acerqué a él, y al sentir mis pasos, levantó la mirada. Sus ojos dorados, antes llenos de una confianza depredadora, ahora albergaban una sombra de duda que me dolió más que cualquier ataque de Azar.

—Lo que viste hoy… esa oscuridad —comencé, sentándome a su lado.

—No fue la oscuridad lo que me asustó, Elsa —interrumpió él, su voz era un susurro ronco—. Fue la forma en que el mundo pareció detenerse ante ti. Por un momento, no eras la mujer que amo. Eras una fuerza que podría borrar el sol si se lo propusiera.

Le tomé la mano, entrelazando mis dedos con los suyos. El contraste entre mi calidez blanca y su frío plateado creó una pequeña voluta de vapor entre nosotros.

—Sigo siendo yo, Kaelen. Pero ya no puedo ignorar lo que soy. Lilith tenía razón en algo: el Origen no es solo luz. Es el equilibrio. Y para protegerte, para protegernos, tengo que ser capaz de caminar en ambos mundos.

Kaelen soltó la espada y me rodeó la cintura, atrayéndome hacia su regazo. Su posesividad no había disminuido; al contrario, parecía haberse vuelto más desesperada. Me besó con una pasión que intentaba reafirmar que yo todavía era de carne y hueso, que todavía pertenecía a sus brazos y no solo a los anales de la divinidad. El “Spicy” entre nosotros en ese momento no fue un juego de seducción, sino una comunión de almas heridas. En la penumbra del salón en ruinas, nuestras esencias se fundieron, recordándonos que, sin importar cuánto poder acumuláramos, nuestro vínculo era la única verdad absoluta.

Esa noche, no pudimos dormir. Un temblor sordo recorría las dunas, un pulso rítmico que parecía venir de las profundidades de la tierra, mucho más allá de las alcantarillas de la ciudad.

—¿Lo sientes? —preguntó Kaelen, poniéndose en pie y tomando su capa.

—Es el desierto —respondí, mis ojos brillando involuntariamente con una luz grisácea—. No es un terremoto. Es una llamada.

Guiados por ese instinto primario, dejamos el palacio y nos adentramos en las dunas, escoltados solo por los jinetes más leales. Viajamos durante horas bajo una luna que parecía demasiado grande, demasiado cerca. Finalmente, llegamos a un lugar que no figuraba en ningún mapa de Azar: El Valle de los Espejismos.

En el centro del valle, donde la arena se volvía negra y fría, se alzaba una estructura que desafiaba toda lógica. No era un edificio, sino una espiral de cristal que surgía del suelo, girando hacia el cielo como un grito congelado.

—Las Ruinas del Primer Origen —susurró Kaelen, su voz llena de un temor reverencial—. Las leyendas decían que los ancestros las enterraron bajo un mar de fuego para que nadie pudiera encontrar la fuente de la maldición.

—La arena se ha movido —dije, bajando de mi caballo. Al pisar la arena negra, sentí una descarga eléctrica que recorrió mi espina dorsal—. Mi explosión de poder en el palacio… despertó este lugar.

Caminamos hacia la espiral. A medida que nos acercábamos, las sombras en el suelo empezaron a tomar formas. No eran guerreros de arena, sino ecos del pasado. Vimos imágenes de hombres y mujeres con alas de luz, seres que no eran vampiros ni humanos, los Custodios originales en su gloria antes de la caída.

En el centro de la espiral, encontramos un altar de piedra blanca. Sobre él, flotaba una pequeña llama dorada, tan pequeña que cabía en la palma de mi mano, pero que emitía un calor que hacía que la noche entera se sintiera como un mediodía de verano.

—Es el fragmento que falta —dijo una voz detrás de nosotros.

Nos giramos para ver a un anciano que parecía hecho de humo y arena. No tenía pies, y sus ojos eran dos pozos de sabiduría antigua.

—¿Quién eres? —preguntó Kaelen, interponiéndose entre el espectro y yo.

—Soy el Guardián de lo que queda —respondió el anciano—. He esperado diez mil años a que el Portador regresara. Pero no esperaba que vinieras acompañada por un hijo de los ladrones.

—Él es mi consorte —dije, mi voz resonando con el poder de la Emperatriz—. Y este lugar me pertenece.

El Guardián soltó una risa triste.

—Nada nos pertenece, pequeña Emperatriz. Solo somos administradores del caos. Esa llama es la Conciencia del Origen. Los Thorne robaron el poder, pero dejaron atrás la sabiduría. Por eso vuestra raza es una de sed y sombras, porque tenéis la fuerza de un dios pero la mente de un depredador.

El anciano señaló la llama dorada.

—Si la tomas, completarás tu ascensión. Pero perderás la última gota de tu humanidad. No habrá más amor, no habrá más deseo, solo habrá el Deber Eterno. Tu Príncipe se convertirá en un grano de arena en tu eternidad.

Kaelen me miró, y vi el terror más puro en su rostro. Su mano se cerró sobre la mía, sus dedos temblando.

—No lo hagas, Elsa. Podemos encontrar otra forma. No me dejes atrás por una corona de ceniza.

Miré la llama dorada y luego miré a Kaelen. Sabía que si tomaba esa sabiduría, podría cerrar todas las grietas del Vacío, podría curar a todos los vampiros y traer la paz eterna. Pero el precio era el vacío en mi propio pecho. El precio era dejar de sentir el fuego que Kaelen encendía en mí cada vez que me miraba.

—El equilibrio no es perfección —dije, mirando al Guardián—. El equilibrio es la lucha.

En lugar de tocar la llama para absorberla, extendí mi mano y la envolví con mi luz blanca y mi sombra gris. No la consumí; la encapsulé. Creé un vínculo entre la llama y mi propio corazón, pero dejé una barrera: mi amor por Kaelen.

—No voy a ascender sola —declaré—. Voy a integrar la sabiduría a mi ritmo, sin perder lo que me hace real.

El Guardián se desvaneció con una sonrisa enigmática.

—Entonces la lucha será eterna. Y el Vacío tendrá siempre una puerta abierta a través de tu corazón humano. Suerte, pequeña Emperatriz. La vas a necesitar.

La espiral de cristal empezó a desmoronarse, convirtiéndose en polvo de diamante que el viento se llevó. El Valle de los Espejismos volvió a ser solo arena.

Kaelen me atrajo hacia él en un abrazo tan fuerte que me dolió. Me besó con una desesperación que nunca antes había sentido, un beso que sabía a alivio y a una promesa renovada.

—Gracias —susurró contra mis labios—. Gracias por elegirme a mí sobre la divinidad.

—Siempre te elegiré a ti, Kaelen —respondí, aunque en el fondo de mi mente, la pequeña llama dorada seguía ardiendo, susurrándome secretos sobre un peligro que venía del otro lado del mar.

Regresamos a la Ciudad de Oro como conquistadores, pero con una nueva carga. Habíamos ganado el Sur, habíamos derrotado a Lilith y Azar, y habíamos reclamado la sabiduría ancestral. Pero mientras cabalgábamos bajo las estrellas, supe que el mundo ya no era el mismo. La noticia de mi poder se extendería por todos los continentes, y pronto, no serían solo clanes de vampiros los que vendrían a buscarme.

Había despertado al Primer Origen, y con él, el interés de seres que llevaban milenios dormidos.

—Kaelen —dije, mirando hacia el Norte—. Es hora de volver a casa. Tenemos un imperio que preparar para la guerra que viene.

—Contigo al frente, que vengan —respondió él, su aura plateada brillando con una intensidad nueva.

La saga del desierto había terminado, pero la verdadera batalla por la existencia apenas comenzaba. Elsa ya no era la Novia de Sangre, ni siquiera solo la Emperatriz. Era el puente entre lo divino y lo terrenal, y Kaelen era el único hombre dispuesto a arder con ella para mantener ese puente en pie.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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