La Novia del Príncipe Oscuro - Capítulo 26
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Capítulo 26: 26 | El banquete de los espejismos
Elsa
El calor del desierto no se desvaneció con la caída de las ruinas de cristal, pero algo en la atmósfera de la Ciudad de Oro había cambiado. La tensión de la guerra inminente se había transformado en una reverencia silenciosa. Los ciudadanos y los guerreros del Clan de Ámbar ya no nos miraban como invasores, sino como seres que habían caminado por el Valle de los Espejismos y habían regresado con la luz de los antiguos en los ojos.
Habíamos decidido conceder una última noche al Sur antes de iniciar el largo viaje de regreso al Castillo de Hierro. Azar y Lilith permanecían bajo custodia, pero el palacio, ahora bajo la regencia provisional de los generales más leales de Kaelen, se vestía de gala para un banquete de despedida que pasaría a la historia.
En mis aposentos, el aire estaba impregnado del aroma a jazmín y especias raras. Me miré en el espejo de cuerpo entero. Vestía una túnica de seda translúcida de color ámbar, un regalo de la ciudad, bordada con hilos de oro que parecían cobrar vida con cada uno de mis movimientos. Mi piel, ahora permanentemente marcada por un suave fulgor blanco bajo la superficie, contrastaba con las joyas de rubí que Kaelen me había insistido en usar.
—Estás demasiado hermosa para este lugar, Elsa —la voz de Kaelen rompió el silencio.
Estaba apoyado en el marco de la puerta del balcón. El sol poniente bañaba su figura, resaltando el brillo plateado de su piel y la profundidad de sus ojos dorados. Se acercó a mí con esa gracia de depredador que nunca lo abandonaba, rodeándome la cintura con sus brazos. Sus manos, grandes y seguras, se posaron sobre mi vientre, atrayéndome contra su pecho.
—Siento que si te suelto, podrías convertirte en luz y ascender al cielo de nuevo —susurró contra mi oído, su aliento cálido provocándome un escalofrío—. No me canso de agradecerte que eligieras quedarte en este mundo imperfecto… conmigo.
—Nunca hubo otra opción, Kaelen —respondí, girándome en sus brazos para enfrentar su mirada—. El poder es solo una herramienta, pero tú eres mi razón para usarla. Prefiero una eternidad de luchas a tu lado que una eternidad de paz absoluta sin ti.
Kaelen me besó, un beso que comenzó con una ternura infinita y rápidamente se transformó en algo más oscuro, más necesitado. El “Spicy” entre nosotros se había refinado; ya no era solo la urgencia de la sed de sangre, sino la colisión de dos potencias que se reconocían como iguales. En la intimidad de la alcoba, antes de enfrentarnos a la corte, nos permitimos ser simplemente nosotros: dos seres que habían desafiado al destino y habían ganado.
El banquete fue una explosión de sentidos. Las mesas de mármol del gran patio estaban repletas de frutas del oasis, carnes marinadas en miel y copas de cristal llenas de un vino rojo tan denso que parecía sangre pura. La música de las cítaras y los tambores de piel de serpiente llenaba el aire, creando una hipnosis colectiva.
Azar, despojado de su corona pero aún manteniendo una dignidad amarga, observaba desde una mesa lateral bajo vigilancia. Lilith, por el contrario, no estaba presente; su orgullo no le permitía ver mi triunfo, aunque su ausencia solo hacía que su presencia se sintiera más como una sombra al acecho.
—Un brindis por la Emperatriz —dijo Malik, el hermano del Sultán, levantando su copa. Sus ojos naranja todavía mostraban una mezcla de temor y fascinación—. Por la mujer que convirtió la arena en cristal y nos enseñó que el Norte no solo tiene hielo, sino también fuego.
Bebí, sintiendo el calor del vino y la mirada constante de Kaelen. Sin embargo, en medio de la celebración, mi nueva conexión con la Conciencia del Origen me envió una punzada de advertencia. Mi visión se nubló por un segundo, y vi una imagen clara: las torres de nuestro castillo en el Norte cubiertas por una neblina negra que no era el Vacío que conocíamos, sino algo más espeso, algo que olía a sal y a mar antiguo.
—¿Elsa? —Kaelen notó mi cambio de humor al instante. Su mano se cerró sobre la mía debajo de la mesa—. ¿Qué has visto?
—Algo se acerca al Norte, Kaelen —susurré, tratando de mantener la compostura frente a los invitados—. Alguien ha aprovechado nuestra ausencia para cruzar el Mar de Hierro. Los Guardianes de la Niebla se han movido.
Kaelen se tensó. Los Guardianes de la Niebla eran una raza de vampiros acuáticos que se creían extintos, piratas ancestrales que solo aparecían cuando el equilibrio del mundo se rompía. Si estaban en nuestras costas, significaba que la noticia de mi ascensión ya había cruzado los océanos.
—Mañana partiremos al amanecer —declaró Kaelen, su voz recuperando esa autoridad gélida que hacía que la música se detuviera—. El banquete termina aquí. Tenemos un viaje de regreso que no permitirá retrasos.
La última noche en el desierto fue un torbellino de emociones. Sabiendo que al día siguiente nos enfrentaríamos al frío y a una posible nueva guerra, nuestra pasión alcanzó una cota de intensidad casi dolorosa. En la inmensa cama del palacio, bajo el dosel de seda, Kaelen me reclamó con una ferocidad que intentaba grabar mi nombre en su alma antes de que las sombras del Norte nos envolvieran de nuevo.
Sus caricias eran una mezcla de adoración y posesividad salvaje. Cada vez que mis dedos trazaban las runas plateadas de su piel, sentía su poder respondiendo al mío, creando una armonía perfecta de luz y sombra.
—Prométeme una cosa, Elsa —dijo él, mientras nos recuperábamos en el silencio de la madrugada—. Prométeme que no importa lo que encontremos en casa, no volverás a considerar el sacrificio. No dejaré que el mundo te pida nada más.
—Lo prometo, Kaelen —dije, aunque la llama dorada en mi corazón susurró que la paz siempre tiene un precio—. Pero el mundo está cambiando. Lo que soy ahora ha despertado a enemigos que ni siquiera sabíamos que existían.
El amanecer nos encontró listos. La caravana real se puso en marcha, dejando atrás las dunas doradas de la Ciudad de Oro. Malik nos escoltó hasta el límite del desierto, un gesto de respeto que sellaba nuestra alianza con el Sur.
Mientras el sol subía en el horizonte, iluminando nuestra retirada, miré hacia atrás por última vez. Había entrado en este desierto como una reina con dudas y salía como una emperatriz con una carga divina. Kaelen cabalgaba a mi lado, su capa roja ondeando al viento, su mirada fija en el horizonte del Norte.
—¿Estás lista para lo que viene? —me preguntó, su voz resonando con una confianza que me dio fuerzas.
—Nunca he estado más lista —respondí, sintiendo cómo mi Éter se sincronizaba con el ritmo de los caballos—. Que vengan los Guardianes de la Niebla. Que venga el mundo entero. No saben que el Norte y el Sur ahora son un solo fuego.
El viaje de regreso sería largo, pero la chispa del Primer Origen en mi interior me decía que el Castillo de Hierro ya no sería el mismo. Una nueva era estaba naciendo, y nosotros éramos sus arquitectos. La Novia de Sangre se había convertido en la Emperatriz del Destino, y Kaelen Thorne, el monstruo que una vez me compró con un contrato, era ahora el único hombre al que seguiría hasta el fin de los tiempos.
La arena quedó atrás, reemplazada por el aire cada vez más fresco de las montañas. Pero la intriga que vi en mi visión seguía allí, una mancha oscura en el mapa de nuestro futuro.
El regreso al hogar no sería un descanso. Sería el inicio de la Gran Purga.
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