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La Novia del Príncipe Oscuro - Capítulo 27

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  4. Capítulo 27 - Capítulo 27: 27 | El abrazo de la niebla
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Capítulo 27: 27 | El abrazo de la niebla

Elsa

El aire del Norte nos recibió no con la frescura familiar de los pinos y la nieve, sino con un hedor a salitre y putrefacción que hizo que los caballos de sombras relincharan con nerviosismo. A medida que la caravana real ascendía por los desfiladeros que conducían al Castillo de Hierro, una neblina densa, de un gris casi aceitoso, empezó a engullir el camino. No era la bruma natural de las montañas; era una entidad viva que parecía absorber la luz de mis propias manos.

Kaelen cabalgaba a mi lado, con su capa roja ondeando como un jirón de sangre contra el gris absoluto. Su rostro era una máscara de furia contenida. Sus ojos dorados escudriñaban la niebla, y podía sentir a través de nuestro vínculo cómo su poder plateado vibraba, buscando un enemigo que se escondía en los pliegues de la realidad.

—Algo está muy mal, Elsa —dijo, su voz era un susurro que la niebla pareció devorar al instante—. Los centinelas de la cresta no han dado la señal de paso. El silencio del valle es… antinatural.

—La niebla está bloqueando mi conexión con el Origen del castillo —respondí, cerrando los puños. Sentí cómo el Éter en mis venas forcejeaba contra la presión externa—. Es como si alguien hubiera puesto una mordaza a la tierra misma.

Cuando finalmente las torres del Castillo de Hierro surgieron de la bruma, el corazón se me encogió. El estandarte de los Thorne, que siempre ondeaba con orgullo, había sido arrancado. En su lugar, jirones de una tela color verde musgo, húmeda y pesada, colgaban de las almenas. Las puertas principales, aquellas que Kaelen y yo cruzamos tras nuestra boda, estaban abiertas de par en par, dejando escapar un vapor frío que olía a profundidades abisales.

—¡Formad un círculo! —rugió Kaelen a la guardia de honor—. ¡Proteged a la Emperatriz!

Pero no hubo ataque inmediato. En lugar de flechas o magia, de las sombras de la entrada surgió una figura que conocíamos bien. Lord Silas, el último de los Ancianos del Consejo que habíamos dejado a cargo de la regencia, caminaba hacia nosotros. Pero ya no era el vampiro aristocrático y pulcro que recordaba. Su piel estaba pálida hasta la transparencia, y pequeñas escamas traslúcidas brillaban en su cuello. Sus ojos, antes carmesí, ahora eran pozos de un negro vítreo, sin pupilas.

—Bienvenidos a casa, soberanos —dijo Silas. Su voz sonaba como si tuviera agua en los pulmones, un burbujeo constante que me revolvió el estómago—. Habéis tardado mucho. El Mar de Hierro ha reclamado lo que el Origen le negó hace eones.

Kaelen saltó de su caballo antes de que este se detuviera por completo. En un movimiento que el ojo humano no habría podido seguir, desenvainó su espada plateada y la puso en el cuello de Silas.

—¿Qué has hecho, Silas? —siseó Kaelen. Su aura de sombras estalló, pero para nuestra sorpresa, la niebla no retrocedió; se alimentó de su energía—. ¿Dónde está la guardia? ¿Dónde están los ciudadanos?

—La guardia ha aceptado el bautismo de la Niebla, Príncipe —sonrió Silas, revelando hileras de dientes afilados como agujas—. Y los ciudadanos… ellos están abajo, en las bodegas, esperando el gran banquete de la marea. Los Guardianes de la Niebla no vienen a conquistar; vienen a reclamar su cosecha.

Sentí una oleada de náuseas. Los Guardianes de la Niebla, los vampiros acuáticos que se creían leyendas, no eran solo piratas. Eran parásitos que convertían a sus víctimas en cáscaras vacías, drenando no solo la sangre, sino la esencia vital para alimentar a su “Madre de las Profundidades”.

—Apártate, Silas —dije, bajando de mi montura. Caminé hacia él, y con cada paso, mi luz blanca se intensificaba, obligando a la niebla a retroceder un par de metros—. O te purificaré aquí mismo.

—Oh, mi pequeña Emperatriz —burbujeó Silas—. Tú eres el plato principal. Ellos han olido tu luz desde el otro lado del océano. Creen que tu Éter es el combustible que necesitan para sumergir al mundo entero en un invierno acuático.

Silas se lanzó hacia mí con una velocidad inhumana, sus dedos transformándose en garras palmeadas. Pero antes de que pudiera tocarme, Kaelen lo interceptó. Su espada cortó el aire, separando la cabeza de Silas de su cuerpo en un solo tajo. Pero no hubo sangre roja. Del cuello del anciano brotó un líquido negro y espeso que siseó al tocar el suelo, como si fuera ácido.

El cuerpo de Silas se deshizo en una pila de algas y lodo negro.

—Es una infestación —dijo Kaelen, limpiando su espada con asco—. Si Silas ha caído, el castillo entero está comprometido. Elsa, no podemos entrar por la puerta principal. Es una emboscada.

—Tenemos que entrar, Kaelen. Mi hermana, los sirvientes que juraron lealtad… no puedo dejarlos —mi voz tembló, pero mi Éter respondió con una descarga de furia—. Si la Niebla quiere mi luz, voy a darles un incendio que no podrán apagar.

Entramos al castillo por los pasadizos secretos de la torre este, los mismos que Julian había usado para enviarme aquel espejo maldito. El interior del palacio era irreconocible. Las paredes de mármol estaban cubiertas de un musgo negro que latía rítmicamente. El silencio era roto solo por el goteo constante de agua desde los techos y un sonido de succión que venía de las sombras.

Llegamos al Gran Salón, el lugar de nuestra coronación. Allí, sentada en mi trono de cristal, estaba una mujer que nunca había visto. Era alta, con una piel azulada y un cabello que se movía como si estuviera bajo el agua, flotando en el aire. Sus ojos eran inmensos, amarillos y fijos. Vestía una armadura hecha de conchas de mar oscuras y coral negro.

A sus pies, encadenados con algas que parecían serpientes, estaban los generales que habíamos dejado atrás. Y en una jaula de cristal en el centro del salón, estaba Clara. Mi hermana estaba pálida, sus ojos llenos de terror, pero viva.

—Vaya, la “Luz Gris” ha regresado —dijo la mujer del trono. Su voz era un canto hipnótico que me hizo tambalear—. Soy Thalassa, Primera Hija de la Marea. Tu trono era demasiado incómodo para ser dejado vacío, humana.

—¡Suelta a mi hermana! —grité, y una explosión de luz blanca iluminó el salón, revelando a cientos de Guardianes de la Niebla colgados de las vigas del techo como murciélagos marinos.

Kaelen se colocó frente a mí, su espada emitiendo un resplandor plateado que cortaba la humedad del ambiente.

—Thalassa, has cometido el error de tu vida al entrar en estas tierras. Este castillo no pertenece al mar. Pertenece a los Thorne.

—Los Thorne son un linaje seco y moribundo —se burló Thalassa, levantándose. Su movimiento fue fluido, como si no tuviera huesos—. El Origen ha mutado. Ahora es joven, fértil… hambriento. Nosotros no queremos tu corona de piedra, Kaelen. Queremos a tu mujer. Con su poder, la Madre de las Profundidades podrá caminar sobre la tierra y el sol dejará de ser una amenaza.

Thalassa hizo un gesto y los Guardianes del techo se dejaron caer. La batalla fue un caos de oscuridad y destellos plateados. Kaelen luchaba con una ferocidad suicida, abriendo un camino hacia la jaula de Clara. Yo me concentré en Thalassa.

—Fuera de mi trono —dije, y mi voz resonó con el poder del Primer Origen.

Lancé una ráfaga de luz gris, una mezcla de mi Éter y la sabiduría del desierto. Thalassa levantó una mano y una pared de agua negra interceptó mi ataque. El vapor resultante llenó la estancia, ocultando todo a la vista.

En medio de la ceguera, sentí unos dedos fríos y húmedos cerrarse alrededor de mi garganta.

—Eres tan brillante —susurró Thalassa en mi oído—. Casi da pena apagarte.

Sentí que mi energía era succionada. Estos seres no robaban el Éter como los vampiros normales; lo drenaban como una esponja. Mi visión empezó a oscurecerse.

—¡ELSA! —el grito de Kaelen atravesó el vapor.

Sentí una explosión de sombras. Kaelen había desatado su faceta más oscura, convirtiéndose en un torbellino de vacío que empezó a devorar la niebla misma. Su desesperación por alcanzarme rompió el equilibrio de Thalassa.

Aproveché el segundo de distracción. No usé luz para atacar. Usé la técnica que Azar me había insinuado: el equilibrio. Dejé que la oscuridad de la niebla entrara en mi sistema, pero en lugar de que me consumiera, la convertí en hielo. Un hielo tan absoluto que el agua de Thalassa se congeló instantáneamente.

La Primera Hija de la Marea soltó un grito que me desgarró los oídos mientras su brazo, aún en mi cuello, se transformaba en cristal de hielo y se hacía añicos.

Me liberé y retrocedí, jadeando. Thalassa me miró con odio, su brazo derecho reducido a un muñón de hielo brillante.

—Esto no ha terminado —gruñó ella, mientras su cuerpo empezaba a disolverse en agua—. La marea siempre regresa. Y la próxima vez, traeremos el océano entero.

Thalassa y sus Guardianes desaparecieron en un estallido de vapor negro, dejando el salón inundado y en ruinas.

Kaelen llegó a mi lado en un segundo, envolviéndome en sus brazos. Estaba herido, su piel plateada marcada por quemaduras de agua salada, pero no le importaba. Me apretó contra él con una fuerza que me recordó que seguíamos vivos.

—¡Clara! —me solté de él y corrí hacia la jaula.

Con un pensamiento, destrocé el cristal. Mi hermana cayó en mis brazos, sollozando.

—Elsa… vinieron del mar… no podíamos detenerlos… Silas abrió las puertas…

—Ya pasó, Clara. Estoy aquí —la consolé, aunque sabía que la mentira era grande.

Miré a Kaelen. Él observaba el trono de cristal, ahora manchado de lodo y algas. La seguridad del Norte había sido una ilusión. El mundo exterior sabía lo que yo era, y no se detendrían ante nada para poseerlo.

—Kaelen —dije, mi voz endureciéndose—. Silas no fue el único traidor. Thalassa sabía demasiado sobre nuestras defensas. Sabía cuándo llegaríamos.

Kaelen asintió, su mirada fija en las sombras de los pasillos superiores.

—Hay una rata en nuestro propio nido. Alguien que no es un vampiro de la niebla, pero que quiere vernos caer.

El regreso al hogar había sido una victoria amarga. Teníamos el castillo, pero estaba herido. Y en algún lugar de las sombras, el verdadero arquitecto de esta invasión nos estaba observando, esperando que bajáramos la guardia para asestar el golpe definitivo.

La Gran Purga no sería contra extraños. Sería contra nuestra propia gente.

¡Bienvenidos al arco de la Traición Interna! El regreso al Norte ha sido catastrófico. Thalassa y los Guardianes de la Niebla son una amenaza real, pero la verdadera pregunta es: ¿Quién ayudó a Silas a abrir las puertas? ¿Es posible que Lilith tenga más aliados de los que pensábamos? ¡La acción y el misterio suben de nivel! No olviden dejar sus Power Stones para el Capítulo 28.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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