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La Novia del Príncipe Oscuro - Capítulo 28

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Capítulo 28: 28 | El rastro del hilo negro

Elsa

El Castillo de Hierro, mi santuario y mi prisión, goteaba una humedad fétida que se negaba a evaporarse. A pesar de que Thalassa y sus hordas de la niebla habían sido expulsadas, el palacio se sentía profanado. El musgo negro todavía latía en las grietas de las paredes y el aire olía a una traición que no se lavaba con agua bendita ni con luz blanca.

Kaelen no se había separado de mí ni un centímetro desde que rescatamos a Clara. Su aura plateada, usualmente controlada, ahora fluctuaba con una violencia silenciosa. Estaba de pie junto al ventanal del Gran Salón, observando cómo la neblina gris se retiraba lentamente hacia el Mar de Hierro, pero sus hombros estaban tensos como cuerdas de violín a punto de romperse.

—Clara está dormida —dije, acercándome a él. Mis pies descalzos se hundían en las alfombras todavía empapadas—. Los sanadores dicen que no hay rastro de la infección de la niebla en ella. Solo necesita tiempo.

Kaelen se giró bruscamente. En sus ojos dorados vi un destello de algo que nunca antes había visto hacia mí: una mezcla de adoración y una rabia protectora tan intensa que me cortó la respiración. Me tomó de los hombros, sus dedos hundiéndose ligeramente en mi piel.

—No debería haberte dejado sola ni un segundo en el desierto —gruñó, su voz cargada de una culpa corrosiva—. Mi castillo, mi gente… todo ha sido infectado bajo mi nariz. Si algo te hubiera pasado, Elsa, no habría quedado suficiente de este mundo para que los Guardianes de la Niebla lo reclamaran. Lo habría quemado todo.

—Kaelen, estoy aquí. —Puse mis manos sobre su pecho, intentando transmitirle la calma de mi Éter—. No fue tu culpa. Hubo un traidor. Silas no pudo haber abierto las Puertas de Éter solo. Necesitaba una clave que solo tú, yo o alguien de tu círculo íntimo poseía.

Él apretó los dientes, su mirada volviéndose gélida.

—Ya he ordenado que todos los sirvientes, guardias y nobles que sobrevivieron sean interrogados en las mazmorras. No saldrán de allí hasta que descubra quién vendió nuestro hogar al mar.

—No —dije, mi voz resonando con una autoridad que hizo que Kaelen parpadeara—. El interrogatorio tradicional no servirá contra alguien que ha pactado con la marea. Necesito usar la llama del Primer Origen.

Bajamos a la sala de audiencias privada, un lugar donde las paredes estaban recubiertas de un cristal que amplificaba la energía del Origen. Kaelen hizo llamar a los cinco generales de mayor confianza y a los tres consejeros que habían permanecido en el castillo durante nuestra ausencia.

Todos estaban pálidos, algunos con heridas todavía visibles del combate. Entre ellos estaba el General Valerius, un vampiro que había servido a la familia Thorne durante cuatro siglos. Su lealtad siempre había sido incuestionable, pero en este nuevo mundo, las lealtades antiguas eran moneda de cambio.

—Mi Reina, mi Príncipe —dijo Valerius, inclinándose profundamente—. Estamos listos para cualquier prueba. El deshonor de permitir que Thalassa entrara nos pesa más que la muerte.

—Espero que así sea, Valerius —respondí, caminando hacia el centro de la sala.

Cerré los ojos y convoqué la pequeña llama dorada que habitaba en mi corazón, el regalo del Guardián del Desierto. Al instante, mi visión cambió. Ya no veía rostros o cuerpos; veía flujos de energía. El aura de Kaelen era un torbellino de plata y sombra, puro y feroz. Pero cuando enfoqué mi mirada en los demás, busqué la mancha.

—El Éter no miente —susurré, y mi voz se volvió un eco etéreo que llenó la habitación—. La niebla deja una cicatriz en el alma de quien la invita a pasar.

Caminé lentamente entre ellos. El calor que emanaba de mi cuerpo hacía que algunos retrocedieran, sudando bajo la presión. Me detuve frente a una joven consejera llamada Elara. Su aura era de un azul pálido, temblorosa por el miedo, pero limpia. Continué hacia el General Marcus. Su energía era de un rojo guerrero, sólida y llena de una vergüenza genuina.

Finalmente, llegué frente al Comandante Drazen, el encargado de la seguridad de las Puertas de Éter.

Drazen era un vampiro joven, ambicioso, que Kaelen había ascendido personalmente antes de nuestra partida. Su aura era vibrante, llena de vida… demasiado llena de vida. Mientras que los demás estaban agotados por la batalla, Drazen parecía revitalizado. Al mirarlo a través de la llama dorada, vi un hilo negro que nacía de su nuca y se perdía en las sombras del suelo.

—Drazen —dije, mi voz bajando a un tono mortal—. Tienes un aroma muy particular. No huele a miedo. Huele a salitre.

El comandante intentó mantener la compostura.

—He estado en la vanguardia, majestad. La niebla se pega a la piel.

—No se pega al alma, Drazen. A menos que la dejes entrar.

En un movimiento que sorprendió incluso a Kaelen, extendí mi mano y toqué la frente de Drazen. No usé luz para quemarlo. Usé la sabiduría del Origen para forzar su verdadera forma a manifestarse.

Un grito inhumano desgarró la garganta de Drazen. Su piel empezó a ondularse y pequeñas branquias se abrieron en su cuello. Sus ojos se volvieron negros y vítreos, idénticos a los de Silas.

—¡Traidor! —rugió Kaelen, lanzándose hacia él.

Pero Drazen no intentó huir. Soltó una carcajada burbujeante mientras su cuerpo empezaba a licuarse en el suelo de cristal.

—Es demasiado tarde, Príncipe. Las puertas no solo fueron abiertas; fueron marcadas. La Madre de las Profundidades ya tiene vuestro rastro. Elsa no es una emperatriz, es el cebo que nos traerá al resto de los Orígenes.

Drazen se lanzó contra mí, sus dedos transformándose en garras de hielo negro. Kaelen lo interceptó en el aire, sus sombras plateadas desgarrando la carne mutada del traidor, pero Drazen explotó en una nube de vapor tóxico que nos obligó a retroceder.

Cuando el vapor se disipó, solo quedaba una mancha de lodo negro en el suelo. Pero en medio del lodo, había un objeto que me hizo helar la sangre: una pequeña caracola de coral negro que emitía un pulso rítmico.

—Es un localizador —dije, recogiendo el objeto con mi Éter para no tocarlo directamente—. Drazen no solo los dejó entrar. Estaba enviando una señal constante a través del Mar de Hierro.

Kaelen se acercó a mí, su rostro era una tormenta de ira y dolor. Tomó el coral y lo aplastó con su puño, reduciéndolo a polvo.

—No estamos seguros aquí, Elsa. Si Drazen pudo ser corrompido, cualquiera puede. Tenemos que sellar el castillo y movilizar a todo el ejército.

—Kaelen, mira —señalé el polvo de coral en su mano.

El polvo no cayó al suelo. Se suspendió en el aire, formando un mapa borroso. Un mapa que no mostraba nuestro reino, sino una isla que no conocíamos, una tierra rodeada de una tormenta eterna en medio del océano.

—Ahí es donde está Thalassa —susurré—. Y ahí es donde tienen lo que Silas mencionó. “El gran banquete de la marea”. No solo se llevaron gente, Kaelen. Se llevaron fragmentos del Origen del castillo que Thalassa drenó mientras yo no estaba.

Kaelen me tomó de las manos, su mirada volviéndose febril. El “Spicy” de su posesividad regresó con una fuerza abrumadora. Me pegó a su cuerpo, sus labios rozando mi oído.

—Si vamos allí, Elsa, será una misión suicida. El océano es su territorio. Pero si no vamos, usarán esos fragmentos para ahogar nuestro mundo. No voy a pedirte que te arriesgues otra vez, pero…

—Iremos juntos —lo interrumpí, besándolo con una determinación que selló nuestro destino—. Pero esta vez, no iremos como reyes. Iremos como la tormenta que ellos mismos provocaron.

Esa noche, antes de la partida, nos permitimos un último momento de intimidad en nuestra alcoba profanada. Kaelen me amó con una urgencia que decía mil palabras que no se atrevía a pronunciar. Cada caricia suya era un ancla, un intento de mantenerme atada a la tierra antes de sumergirnos en el abismo del mar. En la oscuridad, con el sonido de la lluvia golpeando las ventanas, supe que esta sería nuestra prueba definitiva.

La Novia de Sangre y el Príncipe de las Sombras se preparaban para cruzar el Mar de Hierro. Y esta vez, no buscábamos una corona, sino la extinción de una pesadilla que llevaba eones esperando en el fondo del océano.

Elsa

El Mar de Hierro no hacía honor a su nombre por la dureza de sus aguas, sino por el color de sus olas: un gris metálico y plomizo que parecía devorar cualquier rastro de luz solar. Nos encontrábamos a bordo del Venganza de la Sangre, una embarcación mística que pertenecía al linaje Thorne desde antes de la Gran Grieta. No era un barco de madera común; su casco estaba hecho de huesos de monstruos marinos y reforzado con placas de acero encantado que vibraban con la energía de Kaelen.

El viento soplaba con una fuerza huracanada, cargado de un frío que calaba más allá de la armadura. Me encontraba en la proa, observando cómo la neblina gris se cerraba sobre nosotros. Por primera vez desde mi ascensión, sentía una debilidad inquietante. El Éter, mi luz blanca y gris, parecía reaccionar con hostilidad a la inmensidad del océano. Era como si el agua, con su naturaleza densa y caótica, intentara apagar mi llama interna.

—No te alejes de la barandilla, Elsa —la voz de Kaelen sonó detrás de mí, firme y cargada de una preocupación que no intentaba ocultar.

Me giré para verlo. Él se sentía en su elemento. El mar, oscuro y despiadado, resonaba con su propia faceta de sombras. Kaelen vestía una armadura ligera de cuero negro y sostenía su espada plateada, cuyo brillo era lo único que cortaba la penumbra. Se acercó y me rodeó la cintura, pegándome a su cuerpo para protegerme de una ráfaga de viento helado.

—Mi poder se siente… lento —admití, apoyando la cabeza en su hombro—. Es como si estuviera intentando brillar a través de capas de plomo.

—Es el dominio de la Marea —respondió Kaelen, su mirada fija en el horizonte borroso—. El Origen en el mar es más antiguo y salvaje. Aquí, tu luz es una provocación, no un comando. Pero no temas. Si el sol no puede alcanzarnos aquí abajo, yo seré tu sombra protectora.

Kaelen me besó en la sien, y sentí una oleada de su energía plateada fluyendo hacia mí, estabilizando mi núcleo. El “Spicy” de nuestra relación había adquirido una nueva capa de necesidad; aquí, en el vientre del océano, éramos literalmente el soporte vital del otro. Sus manos, siempre posesivas, se cerraron sobre las mías, recordándome que, aunque mi divinidad flaqueara, su amor era un ancla inamovible.

De repente, el barco se sacudió con una violencia que hizo crujir las vigas de hueso. Un rugido profundo, como el de una montaña rompiéndose, emergió de las profundidades.

—¡A sus puestos! —gritó el General Marcus desde el puente de mando—. ¡Algo ha golpeado el casco inferior!

No fue un choque accidental. De las aguas grises surgieron tentáculos inmensos, cubiertos de una piel azulada y escamosa que emitía un brillo bioluminiscente. Los Guardianes de la Niebla no nos estaban esperando en su isla; habían venido a interceptarnos en mitad del camino.

—¡Son los Leviatanes de Thalassa! —advirtió Kaelen, desenvainando su espada.

Uno de los tentáculos se abatió sobre la cubierta, destrozando el mástil menor. Intenté invocar una ráfaga de luz para cortarlo, pero el golpe de energía que salió de mis manos fue tenue, apenas una chispa comparada con el poder que desaté en el desierto. El agua salada que salpicaba la cubierta parecía absorber mi magia antes de que pudiera tocar al enemigo.

—¡Elsa, atrás! —Kaelen saltó hacia adelante.

Su espada plateada se transformó en un látigo de sombras puras que se enroscó alrededor del tentáculo, apretándolo hasta que la carne azulada explotó en una nube de tinta negra. Kaelen se movía con una agilidad mortal, una danza de destrucción que mantenía a raya a las criaturas mientras los soldados intentaban reparar el daño.

Pero la niebla empezó a cerrarse sobre nosotros, espesa y pegajosa. De ella surgieron de nuevo los Guardianes de la Niebla, deslizándose por la superficie del agua como fantasmas. Esta vez no eran solo soldados; eran sacerdotes del abismo, entonando un cántico que hacía que mi cabeza diera vueltas.

—El banquete ha comenzado… —las voces susurraban en mi mente, las mismas que oí en el Castillo de Hierro.

Sentí que el barco empezaba a hundirse, no por los daños físicos, sino por un peso espiritual masivo. La Madre de las Profundidades nos estaba reclamando.

—¡Kaelen, están intentando arrastrar el barco al abismo! —grité, tratando de concentrar mi Éter en un solo punto para crear un escudo.

Kaelen regresó a mi lado, jadeando, su armadura manchada de sangre negra. Me tomó de las manos, y vi en sus ojos una resolución feroz.

—Si quieren llevarnos abajo, que así sea. Pero no iremos como presas. Elsa, dame tu luz. No intentes proyectarla. Infúndela en el casco del barco. Conviértelo en una extensión de ti.

Entendí su plan. Dejé de luchar contra el mar y me concentré en el Venganza de la Sangre. Puse mis manos sobre la madera de hueso y cerré los ojos. Dejé que mi Éter fluyera por las venas encantadas del barco, fundiendo mi esencia con la estructura misma. Al mismo tiempo, Kaelen vertió su sombra plateada, equilibrando mi poder.

El barco entero empezó a brillar con una luz grisácea e intensa. Las placas de acero encantado se calentaron hasta volverse blancas. Los tentáculos que nos rodeaban empezaron a quemarse al contacto con el casco, y los Guardianes de la Niebla retrocedieron gritando, sus pieles sensibles al calor divino que emanábamos.

—¡Ahora, Marcus! —ordenó Kaelen—. ¡Sumerge el barco!

El Venganza de la Sangre no se hundió; se transformó. Las velas se plegaron y el casco se cerró herméticamente, convirtiéndose en un proyectil de luz y sombra que se disparó hacia las profundidades del Mar de Hierro.

El descenso fue un viaje a través de un mundo de pesadilla. A través de los ojos de buey reforzados con cristal de éter, vimos criaturas que desafiaban la imaginación: peces de dientes de cristal, bosques de coral que latían como corazones y ciudades sumergidas que parecían hechas de perlas negras.

A medida que bajábamos, la presión aumentaba, pero el escudo que Kaelen y yo manteníamos alrededor del barco resistía. Estábamos en el corazón del territorio enemigo, pero ya no nos sentíamos vulnerables. Éramos un intruso de luz en el reino de la oscuridad eterna.

—Estamos cerca —susurró Kaelen, sin soltar mi mano. Estábamos sentados en el centro del puente de mando, exhaustos por el esfuerzo de mantener el hechizo de inmersión.

—Puedo sentirlo —respondí—. El fragmento del Origen que Thalassa robó. Está ahí abajo, siendo usado para alimentar algo masivo. Algo que no es un vampiro, Kaelen. Es una deidad del vacío acuático.

El barco se detuvo frente a una inmensa fosa oceánica que brillaba con una luz verde enfermiza. En el fondo, se alzaba el Templo del Abismo, una construcción de obsidiana y huesos que recordaba a un cráneo gigante. Millones de Guardianes de la Niebla nadaban a su alrededor, preparándose para lo que Silas llamó el “Gran Banquete”.

—Tenemos que salir del barco —dijo Kaelen, poniéndose el casco de su armadura—. Los hechizos de respiración solo durarán una hora. Tenemos que entrar en ese templo, recuperar el fragmento y destruir a la Madre de las Profundidades antes de que el mar nos aplaste.

Me puse en pie, sintiendo cómo mi poder regresaba a medida que nos acercábamos a la fuente del Éter robado. Mi luz ya no era débil; era una llama fría y letal, adaptada a la presión del abismo.

—Kaelen —lo detuve antes de que abriera la escotilla—. Si no salimos de esta…

Él me tomó del rostro y me besó con una pasión que detuvo el tiempo. En ese beso estaba todo lo que habíamos pasado: el contrato de boda, la batalla del desierto, la ascensión y la traición.

—Saldremos, Elsa. Porque el mar puede ser inmenso, pero tú eres la que controla la luz. Y yo soy el que se encargará de que nadie te apague.

Salimos al agua fría y densa del abismo. Pero para mi sorpresa, no nos hundimos. El Éter a mi alrededor creó una burbuja de aire y luz que nos permitía movernos con la misma gracia que los seres marinos. Éramos dos cometas grises cayendo hacia el corazón del mal.

La Madre de las Profundidades nos estaba esperando. Y mientras las puertas de obsidiana del templo se abrían, supe que el banquete estaba listo. Pero nosotros no éramos el plato principal. Éramos el veneno que iba a purgar el océano.

¡La Saga del Abismo ha comenzado de forma espectacular! El viaje submarino ha puesto a prueba la conexión entre Elsa y Kaelen de una forma física y espiritual. El “Venganza de la Sangre” ha demostrado ser más que un barco, y el Templo del Abismo promete ser el escenario de la batalla más oscura hasta la fecha. ¿Quién es la Madre de las Profundidades? ¡No olviden dejar sus Power Stones para el Capítulo 30, donde descubriremos la verdadera forma del enemigo!

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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