La Novia del Príncipe Oscuro - Capítulo 3
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- Capítulo 3 - 3 3 El consejo de las sombras
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3: 3 | El consejo de las sombras 3: 3 | El consejo de las sombras Elsa El despertar en el palacio de los Vrykolakas no fue con el canto de los pájaros, sino con el sonido metálico de pesadas cortinas de terciopelo deslizándose sobre rieles de bronce.
—Levántate, Elsa.
El sol ya ha salido para los humanos, pero para nosotros, el día acaba de empezar —la voz de Kaelen era como un látigo de seda.
Me incorporé entre las sábanas negras, sintiendo el cuerpo pesado y la cabeza dando vueltas.
Me llevé la mano al cuello por instinto.
Las marcas de sus colmillos estaban allí, dos pequeñas protuberancias que latían con un eco sordo de su propio ritmo cardíaco.
Era una sensación inquietante; era como tener una línea telefónica abierta directamente a la oscuridad de Kaelen.
Él ya estaba vestido.
Había cambiado su traje de gala por una túnica de seda gris oscuro, con el cuello alto para ocultar su propia marca, pero su rostro…
Dios, su rostro era diferente.
La palidez enfermiza de la noche anterior había desaparecido, reemplazada por un tono saludable y una vitalidad que lo hacía parecer aún más peligroso.
Mi sangre lo había transformado.
—¿Qué hora es?
—pregunté, tratando de desenredar mi cabello.
—Tarde.
El Consejo de los Siete está esperando en el Gran Salón.
Quieren ver si la inversión que hicieron al “comprarte” ha valido la pena.
La palabra “comprarte” me dolió más de lo que quería admitir.
Me bajé de la cama, mis pies descalzos hundiéndose en la alfombra fría.
—No soy una inversión, Kaelen.
Soy una persona.
Él cruzó la habitación en un parpadeo, deteniéndose a centímetros de mí.
Su velocidad vampírica todavía me ponía los pelos de punta.
Me tomó por la barbilla, obligándome a mirarlo.
Sus ojos eran ahora de un dorado intenso, casi brillantes.
—Aquí eres lo que yo diga que eres —susurró—.
Si quieres salir viva de esa sala, debes actuar como si fueras mi posesión más preciada.
Los Ancianos huelen el miedo, pero odian la debilidad aún más.
Si sospechan que nuestro vínculo es falso o que no tienes control sobre tu poder, te llevarán a las mazmorras para “estudiarte”.
Y créeme, no querrás ver sus métodos de estudio.
Tragué saliva, asintiendo.
Kaelen soltó mi rostro y señaló un vestido que descansaba sobre el diván.
No era blanco.
Era de un rojo tan profundo que parecía negro bajo las sombras, con detalles de encaje que recordaban a las espinas de una rosa.
—Vístete.
Tenemos diez minutos.
El Gran Salón del Consejo era un lugar donde la luz no se atrevía a entrar.
Siete tronos de piedra dispuestos en semicírculo dominaban la estancia, ocupados por figuras que parecían más estatuas que seres vivos.
Eran los vampiros más antiguos del linaje, seres cuya humanidad se había evaporado siglos atrás.
Kaelen caminaba a mi lado, con su mano posesivamente colocada en la pequeña de mi espalda.
Cada paso que daba con mis tacones resonaba en el mármol como un disparo.
—Príncipe Kaelen —dijo la figura central, una mujer de una belleza gélida y cabello blanco como la nieve.
Lady Valerius—.
Has traído a la humana.
—Mi esposa, Lady Valerius —corrigió Kaelen, su voz resonando con una autoridad que no había escuchado antes—.
El vínculo ha sido sellado.
La maldición ha comenzado a retroceder.
Un murmullo recorrió a los Ancianos.
Sus ojos se clavaron en mi cuello, donde el vestido dejaba ver parcialmente las marcas.
Sentí que me desnudaban con la mirada, analizando cada gota de sangre que corría por mis venas.
—Acércate, niña —ordenó un hombre delgado con ojos de serpiente en el extremo izquierdo.
Lord Silas.
Miré a Kaelen.
Sus dedos se apretaron levemente en mi espalda antes de soltarme.
—Ve —murmuró.
Caminé hacia el centro del semicírculo.
La presión atmosférica en el lugar era asfixiante; era el peso de miles de años de depredación acumulada.
Cuando estuve frente a Lord Silas, él se inclinó hacia adelante, inhalando profundamente.
—Hueles…
deliciosa —siseó—.
Casi puedo sentir el Factor Éter vibrando en tu piel.
Es un desperdicio que toda esa energía esté contenida en un envase tan frágil.
—Mi “envase” es lo único que mantiene a su Príncipe con vida, Lord Silas —dije, mi voz firme a pesar del temblor interno—.
Sugiero que lo respete.
El silencio que siguió fue absoluto.
Kaelen soltó un pequeño suspiro, mitad exasperación, mitad orgullo.
Lord Silas entrecerró los ojos, y por un momento pensé que saltaría sobre mí allí mismo.
—Tiene fuego —rio Lady Valerius—.
Eso es bueno.
El fuego hace que la sangre sepa mejor.
Pero la pregunta sigue siendo: ¿es ella suficiente?
La maldición de la estirpe Thorne no se rompe con una simple mordida.
Se necesita una entrega total.
—La entrega es total —intervino Kaelen, caminando hacia mí y rodeándome con su brazo otra vez—.
Elsa ha aceptado su destino.
—¿Ah, sí?
—una voz nueva, joven y melódica, surgió desde las sombras laterales del salón.
Un hombre salió a la luz.
Era casi tan alto como Kaelen, pero su belleza era más salvaje, menos refinada.
Tenía el cabello rubio ceniza y una cicatriz que le cruzaba el labio superior, dándole una expresión de burla constante.
—Julian —masculló Kaelen, y sentí cómo sus músculos se ponían rígidos como el acero.
—Primo —respondió Julian con una sonrisa depredadora—.
He oído que te has casado con un milagro.
Me preguntaba si el milagro estaría dispuesto a probar su lealtad.
Porque, como todos sabemos, el Factor Éter no solo cura…
también puede ser robado.
Julian se acercó a nosotros, ignorando las miradas de advertencia de los Ancianos.
Se detuvo frente a mí y tomó mi mano antes de que pudiera reaccionar.
Sus labios rozaron mis nudillos, pero su mirada estaba fija en Kaelen.
—Si la Novia de Sangre es tan poderosa como dicen, cualquier Thorne podría usarla para reclamar el trono, ¿no es así?
—Julian me miró—.
Dime, Elsa, ¿qué te ha prometido mi primo?
¿Joyas?
¿Inmortalidad?
¿O simplemente te ha amenazado con matar a tu patética familia humana?
—Julian, basta —rugió Kaelen, y una ráfaga de viento oscuro sacudió las lámparas del salón.
—Solo soy curioso, Kaelen.
Si ella es la salvación de nuestro linaje, todos tenemos interés en su…
bienestar.
Julian soltó mi mano, pero antes de hacerlo, apretó su pulgar contra mi muñeca, justo sobre mi pulso.
En ese momento, sentí un chispazo de algo diferente a la oscuridad de Kaelen.
Julian era caos, era fuego incontrolado.
—La audiencia ha terminado —declaró Lady Valerius, golpeando su bastón contra el suelo—.
El Príncipe Kaelen tiene tres lunas para demostrar que el vínculo es estable.
Si para entonces la maldición no ha mostrado signos de romperse definitivamente, el Consejo reevaluará la custodia de la humana.
¿Custodia?
La palabra me hizo sentir como un objeto en una vitrina.
Kaelen no dijo nada.
Me tomó de la mano y me arrastró fuera del salón a una velocidad que me hizo tropezar.
No se detuvo hasta que estuvimos de vuelta en la seguridad de sus habitaciones.
Cerró la puerta de un golpe y se giró hacia mí, sus ojos volviendo a ser negros por la furia.
—No vuelvas a hablarles así —me espetó—.
Silas podría haberte arrancado la lengua antes de que yo pudiera parpadear.
—Me estaban tratando como a un animal, Kaelen.
¿Qué esperabas?
¿Que me pusiera a cuatro patas?
—Espero que sobrevivas —gritó él—.
Julian no ha venido a felicitarme.
Ha venido a marcar su territorio.
Es el siguiente en la línea de sucesión.
Si yo muero por la maldición, él se queda con el trono…
y contigo.
Me quedé helada.
—Él no me quiere a mí.
Quiere mi sangre.
—Es lo mismo, Elsa.
En este mundo, eres lo que llevas dentro.
Julian no te mordería para curarse; te drenaría hasta dejarte seca para alcanzar un poder que ningún vampiro ha tenido en milenios.
Kaelen se acercó, su respiración agitada.
Se detuvo frente a mí, y por un momento, vi una vulnerabilidad aterradora en él.
—No puedo protegerte si no confías en mí —dijo en voz baja—.
Y no puedo protegerte si no te vuelves más fuerte.
El Consejo te vigila.
Julian te acecha.
Y yo…
yo estoy luchando por no consumirte cada vez que te miro.
Me acerqué a él, rompiendo esa distancia que siempre intentaba mantener.
Puse mi mano sobre su pecho, sintiendo el silencio donde debería estar el latido de un corazón.
—Entonces enséñame —le dije—.
Enséñame a sobrevivir en tu mundo.
Si voy a ser tu esposa, no voy a ser una víctima.
Kaelen me miró con una mezcla de sorpresa y algo que se parecía peligrosamente a la admiración.
Sus manos subieron a mis hombros, apretando con suavidad.
—Vas a necesitar más que coraje, Elsa.
Vas a necesitar oscuridad.
En ese momento, comprendí que la boda bajo las rosas solo había sido el contrato.
La verdadera unión, la que determinaría si vivíamos o moríamos, estaba grabada en la sangre que ahora compartíamos.
Y con Julian acechando en las sombras y el Consejo contando los días, el tiempo se estaba agotando.
—Empecemos —dije.
Kaelen asintió, y por primera vez desde que lo conocí, no sonrió con arrogancia.
Fue una sonrisa de guerra.
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