La Novia del Príncipe Oscuro - Capítulo 30
- Inicio
- Todas las novelas
- La Novia del Príncipe Oscuro
- Capítulo 30 - Capítulo 30: 30 | El útero de la Mare Nostrum
Tamaño de Fuente
Tipo de Fuente
Color de Fondo
Capítulo 30: 30 | El útero de la Mare Nostrum
Elsa
Atravesar el umbral del Templo del Abismo fue como entrar en el estómago de una bestia milenaria. La presión del océano, contenida solo por mi burbuja de Éter, hacía que mis oídos pitaran, pero el verdadero peso era el ambiente. Las paredes del templo no estaban hechas de piedra, sino de una amalgama de coral negro y huesos humanos, miles de ellos, entrelazados como si buscaran consuelo en la muerte.
Kaelen nadaba a mi lado, su capa plateada ondeando como una aleta metálica. Su espada emitía pulsos de sombra que detectaban a los Guardianes de la Niebla escondidos en las grietas, pero ninguno se atrevía a atacarnos. Simplemente nos observaban con sus ojos amarillos y bulbosos, siseando burbujas de un gas oscuro a nuestro paso.
—Están demasiado tranquilos —susurró Kaelen a través del vínculo mental. Su voz en mi cabeza sonaba tensa, alerta—. Nos están dejando pasar. Es una invitación al matadero, Elsa.
—Lo sé —respondí, mi propia voz mental resonando con la vibración de la llama dorada en mi pecho—. Pero el fragmento está aquí. Puedo oírlo gritar. Thalassa no solo lo robó, lo está torturando.
Llegamos a la cámara central, un espacio inmenso donde el agua era tan densa que se sentía como aceite. En el centro, flotando dentro de una placenta de energía verde y viscosa, estaba el fragmento del Origen del Castillo de Hierro. Estaba opaco, drenado de su luz, alimentando a una figura que se alzaba detrás de él.
No era una mujer, ni un vampiro. La Madre de las Profundidades era una masa colosal de carne pálida, tentáculos traslúcidos y cientos de rostros humanos que sobresalían de su cuerpo como pústulas. En el centro de esa masa, el torso de una mujer hermosa, con el rostro de una versión anciana y corrupta de Thalassa, nos miraba con una piedad hipnótica.
—Habéis llegado al fin de vuestro viaje, pequeños cometas —la voz de la Madre no se oía con los oídos; era un retumbe que vibraba en nuestros huesos—. Elsa Croft, la niña que cree ser luz. Kaelen Thorne, el hombre que la mantiene encadenada con el nombre de amor.
—¡Suelta el fragmento y déjanos marchar! —rugió Kaelen, lanzando una ráfaga de sombras plateadas hacia la criatura.
La Madre simplemente agitó un tentáculo y la magia de Kaelen se disolvió como tinta en el agua.
—Tu sombra es vana aquí abajo, Príncipe. Aquí solo hay verdad. ¿Quieres que Elsa vea la verdad que aún le ocultas? ¿Quieres que vea el fondo de tu corazón?
Antes de que pudiera reaccionar, la Madre de las Profundidades emitió un pulso de luz verde. El agua a nuestro alrededor se transformó. Ya no estábamos en el templo. Estábamos de vuelta en el Castillo de Hierro, el día de nuestra boda. Pero las imágenes estaban distorsionadas.
Vi a Kaelen, pero no el que yo conocía. Vi su reflejo en un espejo de sangre, hablando con Lord Silas antes de entrar a la ceremonia.
“No me importa si me ama o me odia”, decía el Kaelen de la visión, su voz fría y desprovista de emoción. “Solo necesito que el Factor Éter sea lo suficientemente fuerte para que el clan sobreviva. Si tengo que fingir devoción para que ella se entregue al ritual, lo haré. Es un sacrificio necesario por la sangre Thorne”.
—¡Es una ilusión! —gritó el Kaelen real a mi lado, intentando romper la burbuja de la visión con su espada—. ¡Elsa, no la escuches! ¡Eso nunca pasó así!
Pero la visión cambió. Ahora estaba en el desierto. Vi a Kaelen mirándome mientras yo absorbía la sabiduría del Primer Origen. Vi su miedo, pero no era miedo a perderme. Era miedo a perder el control sobre su arma.
“Si ella se vuelve demasiado poderosa, no podré contenerla”, pensaba el Kaelen de la visión. “Tengo que asegurarme de que su corazón siga siendo débil. El amor es la correa que la mantiene a mis pies”.
Sentí un frío que no tenía nada que ver con el océano. La llama dorada en mi pecho empezó a parpadear. El “Spicy” de nuestra pasión, la seguridad que sentía en sus brazos, todo se tambaleó bajo el peso de la duda. ¿Era yo el amor de su vida o simplemente su inversión más valiosa?
—Él te ha marcado como ganado, Elsa —susurró la Madre, sus rostros humanos moviéndose al unísono—. Tu luz es el sol que calienta su tumba fría. Sin ti, él no es nada. Por eso te miente. Por eso te posee con esa intensidad que llamas pasión, pero que solo es miedo a la pobreza de su alma.
Kaelen nadó hacia mí, intentando tomar mis manos, pero retrocedí. Mi Éter, reaccionando a mi dolor, se volvió de un color gris metálico, casi negro.
—¿Elsa? —Kaelen se detuvo, su rostro desencajado—. Por favor… mírame. Sabes que eso no es cierto. Sabes lo que hemos pasado. El contrato fue una mentira, sí, pero lo que sentimos en el desierto… lo que sentimos cada noche… ¡eso no puede ser fingido!
—¡Pero lo pensaste! —grité, mi voz mental estallando en el agua—. ¡Al principio, solo querías el poder! ¡Me usaste como un frasco de medicina!
—Únete a mí, Elsa —dijo la Madre, extendiendo sus tentáculos hacia mí—. En el abismo no hay mentiras. Aquí serás la verdadera Emperatriz, sin correas, sin dueños. Drenaremos la sombra de este príncipe y usaremos su esencia para abonar nuestro jardín eterno. Libérate del hombre que te compró.
Los tentáculos se cerraron alrededor de mi cuerpo. Esta vez no luché. Dejé que la viscosidad verde me envolviera. Sentí que mi luz empezaba a fluir hacia la Madre, y ella gimió de placer mientras el fragmento del Origen empezaba a brillar de nuevo, pero con un color tóxico.
Kaelen rugió. Ya no era el Príncipe de las Sombras; era un animal herido. Se lanzó contra la Madre, ignorando los cientos de Guardianes de la Niebla que ahora se abalanzaban sobre él. Lo vi ser mordido, vi cómo sus sombras eran desgarradas por los dientes de los monstruos, pero él seguía avanzando hacia mí.
—¡ELSA! —su grito mental fue tan potente que la visión de la Madre se agrietó—. ¡Si quieres mi vida para perdonarme, tómala! ¡Pero no te entregues a ella! ¡Prefiero que me destruyas tú a que ella te use!
Vi a Kaelen ser arrastrado hacia el fondo por una masa de Guardianes. Su sangre plateada empezó a flotar en el agua, formando nubes de mercurio. Estaba muriendo. Realmente estaba muriendo por intentar alcanzarme, a pesar de que yo lo había rechazado.
Fue entonces cuando la llama dorada en mi interior se estabilizó. La sabiduría del Primer Origen me mostró algo que la Madre no quería que viera: la vulnerabilidad de Kaelen no era un plan. Su posesividad no era control, era el terror de un hombre que había encontrado la redención en una mujer y no sabía cómo vivir sin ella. Sus mentiras iniciales eran la armadura de un monstruo, pero su dolor actual era la verdad de un hombre.
—Basta —dije.
La burbuja verde explotó. Mi luz ya no era blanca, ni gris, ni negra. Era una llama dorada incandescente que vaporizó el agua a mi alrededor, creando un vacío de vapor puro en el fondo del océano.
Me lancé hacia abajo y con un movimiento de mi mano, desintegré a los Guardianes que devoraban a Kaelen. Lo tomé en mis brazos, sintiendo su cuerpo frío y maltrecho. Le pasé mi energía, sellando sus heridas en un segundo.
—Perdóname —le susurré al oído, mientras lo apretaba contra mi pecho—. Perdóname por dudar.
Me giré hacia la Madre de las Profundidades. Ella retrocedió, sus cientos de rostros gritando al unísono ante la intensidad de mi nueva luz.
—¡No puedes ganar! —chilló la Madre—. ¡Este es mi reino! ¡Aquí el agua sofoca la luz!
—Tú no entiendes nada sobre la luz —dije, elevándome hacia ella—. Mi luz no viene del sol. Viene de la oscuridad que he aceptado. Viene de amar a un monstruo y ser un monstruo yo misma.
Extendí mis manos y no lancé una ráfaga. Convoqué toda la presión del océano a mi alrededor y la concentré en el cuerpo de la Madre. Usé su propio reino contra ella. La Madre empezó a colapsar, su masa de carne siendo comprimida por toneladas de agua que yo controlaba.
—¡Kaelen, ahora! —grité.
Kaelen, recuperado por mi energía, se alzó detrás de mí. Su espada plateada se volvió inmensa, una hoja de sombra pura que dividió el agua del abismo en dos. Con un golpe final, decapitó el torso central de la Madre mientras yo incineraba su núcleo con la llama dorada.
La explosión fue tan potente que el Templo del Abismo empezó a derrumbarse. El fragmento del Origen, ahora libre de la corrupción verde, voló hacia mis manos, integrándose de nuevo en mi esencia.
La Madre de las Profundidades se disolvió en una marea de ceniza negra que el océano dispersó en segundos. Los Guardianes de la Niebla, al perder a su reina, huyeron hacia las grietas más profundas, desapareciendo de la historia.
Tomé a Kaelen de la mano y empezamos el ascenso. A medida que subíamos, la presión disminuía y la luz de la superficie empezaba a filtrarse a través del Mar de Hierro.
Cuando rompimos la superficie del agua, el Venganza de la Sangre nos estaba esperando. El sol estaba saliendo, bañando el mar de un color oro viejo. Subimos a bordo, y en cuanto nuestros pies tocaron la cubierta de hueso, Kaelen se desplomó de rodillas, arrastrándome con él.
Me abrazó como si el mundo fuera a terminarse, hundiendo su rostro en mi cuello húmedo. Estaba temblando. El gran guerrero, el hombre que no temía a nada, estaba llorando de alivio en mis brazos.
—Pensé que me habías creído —sollozó—. Pensé que me habías dejado en esa visión.
—Nunca, Kaelen —le dije, besando su cabello plateado—. Ella usó tus miedos contra nosotros. Pero ahora sé que tu amor es lo más real que tengo. Incluso si nació de un contrato, hoy ha muerto para convertirse en algo eterno.
El “Spicy” entre nosotros regresó, pero transformado. No fue un deseo de posesión, sino de gratitud. Nos besamos bajo el sol del Norte, con el sabor de la sal y la victoria en nuestros labios.
Habíamos purgado el abismo. Habíamos recuperado el fragmento. Pero sobre todo, habíamos sobrevivido a la verdad.
—Regresemos a casa —dijo Kaelen, poniéndose de pie y ayudándome a levantarme. Su mirada dorada había recuperado su fuego, pero ahora había una paz en ella que nunca había visto—. Tenemos un reino que reconstruir. Y esta vez, no habrá más secretos entre nosotros.
—Esta vez —sonreí—, el trono será de los dos.
Mientras el barco ponía rumbo al Castillo de Hierro, miré hacia el horizonte. Sabía que la Madre de las Profundidades era solo una de las muchas pruebas que el mundo nos lanzaría. Pero ya no tenía miedo. Porque en el fondo del mar, había aprendido que mi luz no dependía de la pureza, sino de la fuerza de lo que estaba dispuesta a proteger.
La Saga del Abismo había terminado. La era de la Emperatriz y su Consorte acababa de comenzar.
Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com