La Novia del Príncipe Oscuro - Capítulo 31
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Capítulo 31: 31 | El trono de las dos coronas
Elsa
El regreso al Castillo de Hierro no fue el silencio lúgubre de nuestra partida, sino una explosión de color y vítores que resonaba desde las laderas de la montaña hasta las almenas más altas. La noticia de la caída de la Madre de las Profundidades y el exterminio de los Guardianes de la Niebla se había extendido como un reguero de pólvora purificadora. El Mar de Hierro, antes una tumba gris, ahora brillaba bajo un sol que parecía haber recuperado su fuerza gracias al fragmento del Origen que yo traía conmigo, latiendo en mi pecho como un segundo corazón.
Caminábamos por la alfombra carmesí que cubría el puente levadizo, escoltados por lo que quedaba de nuestra guardia de honor. Kaelen vestía su armadura de gala, la plata pulida reflejaba la luz con una intensidad que cegaba a los curiosos, pero su mano nunca se alejaba de la mía. Su protección ya no era la de un carcelero, sino la de un igual que reconoce que su mundo gira alrededor del eje de mi luz.
—Míralos, Elsa —susurró Kaelen, su voz vibrando con un orgullo nuevo—. Ya no te miran como a una intrusa humana o una anomalía médica. Te miran como a la salvadora que el linaje Thorne no supo ser durante siglos.
—Me miran con esperanza, Kaelen —respondí, apretando su mano—. Y la esperanza es una carga mucho más pesada que el miedo.
Al entrar en el Gran Salón, el olor a salitre y putrefacción había sido reemplazado por el aroma de los lirios de invierno y el incienso de sándalo. Los estandartes de seda verde de Thalassa habían sido quemados, y en su lugar, nuevas banderas ondeaban: el lobo de los Thorne entrelazado con una espiral de luz blanca. Era el símbolo de nuestra nueva era.
Sin embargo, antes de llegar al estrado, mi instinto se puso en alerta. La llama dorada en mi interior emitió un pulso de advertencia. Me detuve en seco, haciendo que toda la procesión se detuviera tras de nosotros.
—¿Qué sucede? —preguntó Kaelen, su mano yendo instantáneamente a la empuñadura de su espada.
—Las celdas —dije, mi voz endureciéndose—. El rastro de Lilith… ha cambiado.
No esperamos a la ceremonia de bienvenida. Bajamos directamente a las mazmorras de obsidiana, el lugar donde habíamos dejado a Lilith y al Sultán Azar bajo la vigilancia de los hechizos más potentes del Castillo. El aire en los niveles inferiores era gélido, pero no era el frío natural de la piedra, sino el vacío dejado por una magia que había sido arrancada.
Al llegar a la celda de Lilith, encontramos a los dos guardias de élite petrificados, sus rostros congelados en una expresión de horror absoluto. Sus cuerpos no tenían heridas físicas, pero sus esencias habían sido drenadas por completo.
La celda estaba abierta. Y vacía.
—¡Maldita sea! —rugió Kaelen, golpeando la pared con tal fuerza que la obsidiana se agrietó—. ¡Nadie podía romper esos sellos sin mi sangre o la tuya!
Me acerqué a los restos de la cama de la celda. Sobre la almohada, había una sola rosa negra, pero no era una flor común. Estaba hecha de arena del desierto impregnada de agua de mar negra. Un regalo de despedida.
—No se fue sola, Kaelen —dije, recogiendo la rosa con mi Éter. Al tocarla, una visión fugaz cruzó mi mente: Lilith caminando por un pasillo oscuro, escoltada por una figura cuya piel parecía hecha de cristal líquido—. Azar sigue en su celda, pero está en estado catatónico. Ella usó lo que quedaba de la energía de la Niebla para liberarse, pero tuvo ayuda externa. Alguien que no pertenece ni al mar ni al desierto.
Kaelen se acercó, su rostro era una tormenta de furia contenida. El “Spicy” de su temperamento se volvió gélido. Me tomó por la cintura, atrayéndome hacia él en la oscuridad de la mazmorra.
—Si ella ha escapado, no se detendrá hasta encontrarnos vulnerables otra vez —dijo, su aliento rozando mi oreja—. He sido demasiado blando, Elsa. Debería haberla ejecutado en el desierto. No volveré a cometer ese error.
—No podías saberlo, Kaelen. Pero ahora sabemos que hay una tercera facción moviéndose en las sombras. Los Guardianes de la Niebla eran solo el brazo ejecutor. El cerebro sigue ahí fuera.
Subimos de nuevo al salón, pero el ambiente de celebración se había empañado. Sin embargo, no podíamos mostrar debilidad ante los clanes que esperaban nuestra coronación oficial. Teníamos que demostrar que el imperio era más fuerte que nunca.
La ceremonia tuvo lugar al caer la noche, bajo el resplandor de las lunas gemelas. Miles de vampiros de todos los rincones del reino se habían congregado en el patio principal. Los líderes de los clanes menores, aquellos que habían dudado durante meses, ahora estaban de rodillas, esperando nuestra bendición.
Kaelen y yo nos situamos en el balcón real. Él vestía una túnica de terciopelo negro con brocados de plata, y yo llevaba un vestido de seda blanca que parecía emitir su propia luz, con el fragmento del Origen engarzado en una gargantilla de platino.
—Ciudadanos del Imperio —la voz de Kaelen resonó, amplificada por la magia del castillo—. El tiempo de los secretos y las sombras ha terminado. Hemos purgado el mar y hemos reclamado la sabiduría del desierto. Pero no estamos aquí como vuestros amos, sino como vuestro escudo.
Me adelanté, y el silencio fue absoluto. Levanté las manos y el Factor Éter brotó de mí, no como una ráfaga de ataque, sino como una lluvia de chispas doradas que cubrió a toda la multitud. Cada vampiro que fue tocado por esa luz sintió que su sed se calmaba, que la maldición de la sangre se volvía más soportable. Era un regalo de mi nueva divinidad.
—Hoy —dije, mi voz clara y potente—, el Trono de Hierro se convierte en el Trono de las Dos Coronas. Kaelen Thorne es vuestro Rey, y yo soy vuestra Emperatriz. Juntos, reconstruiremos lo que fue roto y defenderemos lo que es nuestro.
La multitud estalló en un grito ensordecedor: “¡Larga vida a los Soberanos del Éter!”.
Esa noche, el banquete de coronación fue un despliegue de lujo y pasión. Pero cuando finalmente pudimos retirarnos a nuestros aposentos, la máscara de soberanos cayó. Kaelen me tomó en sus brazos con una urgencia que decía mucho más que cualquier discurso. Me llevó hacia la cama, su tacto quemando a través de la seda de mi vestido.
—Finalmente —susurró, besando mi cuello con una devoción salvaje—. Finalmente el mundo sabe que eres mía.
—Y tú eres mío, Kaelen —respondí, rodeando su cuello con mis brazos—. En el trono y en la cama, en la luz y en la sombra.
El romance de esa noche fue la culminación de meses de lucha. Fue un acto de posesión mutua, donde nuestras energías se entrelazaron en una danza que hizo que las paredes del castillo vibraran. No había contratos, no había mentiras, solo la cruda realidad de dos seres que se habían encontrado en el caos y habían decidido gobernar juntos.
Sin embargo, mientras Kaelen dormía a mi lado, su mano siempre buscando mi cintura incluso en sueños, yo me quedé mirando hacia la ventana. La neblina gris se había ido, pero en el horizonte, hacia las tierras inexploradas del Este, vi un destello de una luz verde esmeralda que no conocía.
Lilith estaba allí fuera. Y no estaba sola. Estaba hablando con seres que no tenían reflejo, seres que los antiguos llamaban “Los Tejedores de Realidad”.
La guerra por el imperio no había terminado; simplemente había cambiado de escala. Habíamos unificado el Norte y el Sur, habíamos purgado el Mar, pero el tejido mismo del mundo estaba empezando a deshilacharse.
Me acurruqué contra el pecho de Kaelen, sintiendo su calor plateado. Sabía que los días de paz serían cortos. Pero mientras estuviéramos juntos, que vinieran los tejedores, los dioses o los demonios.
La Emperatriz estaba lista. Y su Rey no permitiría que nadie apagara su luz.
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