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La Novia del Príncipe Oscuro - Capítulo 32

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  4. Capítulo 32 - Capítulo 32: 32 | Tejido deshilachado
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Capítulo 32: 32 | Tejido deshilachado

Elsa

La mañana siguiente a la coronación no trajo la paz que el pueblo esperaba, sino un silencio sepulcral que se extendía por las calles de la Ciudad de Hierro como una sábana invisible. Me desperté antes que Kaelen, sintiendo una vibración discordante en el aire, una nota desafinada en la sinfonía de energía que ahora era capaz de percibir. La llama dorada en mi pecho no brillaba con advertencia, sino que parpadeaba, como si la realidad a su alrededor estuviera perdiendo consistencia.

Me aparté de los brazos de Kaelen con cuidado, pero él, siempre alerta, abrió los ojos en el instante en que mi calor abandonó su costado.

—¿Elsa? —Su voz era un murmullo ronco, cargado de una preocupación instintiva. Se incorporó, y la luz plateada de su piel iluminó la estancia—. Es temprano. ¿Es la marca otra vez?

—No es la marca, Kaelen. Es… todo lo demás —respondí, caminando hacia el gran ventanal que daba a la plaza central del castillo.

Al mirar hacia afuera, se me heló la sangre. El mundo que veía no era el que habíamos dejado anoche. En la plaza, la gran fuente de piedra que representaba al primer Thorne no estaba allí. En su lugar, había un árbol de cristal cuyas ramas se movían a pesar de que no soplaba el viento. Los edificios circundantes parecían vibrar, sus sombras proyectándose en direcciones que no correspondían a la posición de las lunas que se ocultaban.

Kaelen llegó a mi lado, envolviéndose en una bata de seda negra. Al ver el cambio en el paisaje, su mano fue instintivamente hacia donde solía estar su espada, aunque estuviera desarmado.

—¿Qué es esto? —preguntó, su voz cargada de un asombro gélido—. Eso no estaba allí ayer. Esa fuente ha estado en mi familia por seiscientos años.

—La realidad está siendo reescrita, Kaelen —susurré, apoyando la mano en el cristal de la ventana. Al tocarlo, el vidrio se sintió líquido, fluyendo bajo mis dedos como si fuera mercurio antes de recuperar su solidez—. Los Tejedores de Realidad. El Guardián del Desierto mencionó que su despertar era el precio por reclamar el Primer Origen.

—Si Lilith está aliada con ellos, esto no es solo un ataque, es un borrado —dijo Kaelen, sus ojos dorados brillando con una furia defensiva—. Quiere quitarnos el mundo que acabamos de unificar.

Bajamos a la ciudad sin escolta, moviéndonos como sombras entre la confusión de los ciudadanos. Los vampiros, seres acostumbrados a la eternidad y a la solidez de sus tradiciones, vagaban por las calles con expresiones de terror absoluto. Algunos lloraban frente a casas que ya no tenían puertas; otros miraban al cielo, donde las estrellas empezaban a parpadear y desaparecer a plena luz del día.

Llegamos a la plaza del árbol de cristal. Al acercarme, pude sentir la energía que emanaba. No era Éter, ni era Vacío. Era una sustancia neutra, una materia prima que los Tejedores usaban para moldear la existencia.

—Emperatriz… —una voz múltiple, como el susurro de mil hojas de papel rozándose, llenó mi mente.

Del árbol surgió una figura. No tenía rostro, solo una superficie lisa y facetada como un diamante negro. Vestía ropas que parecían hechas de constelaciones y sus dedos eran largos, terminados en agujas de luz plateada.

—¿Quién eres? —pregunté, interponiéndome entre la criatura y Kaelen. Mi luz blanca y gris empezó a brillar, creando un escudo a nuestro alrededor.

—Somos los que corrigen el error —dijo la figura, su cuerpo vibrando con cada palabra—. El Origen ha sido fragmentado, robado y ahora, fusionado con una voluntad humana. El tejido se ha vuelto pesado. El destino se ha desviado de su curso original.

—¡El destino es lo que nosotros decidimos! —rugió Kaelen, desenvainando su espada de sombra plateada. Lanzó un tajo hacia la criatura, pero la hoja simplemente pasó a través del Tejedor como si fuera humo—. ¡No podéis venir a nuestro hogar y cambiar las reglas!

El Tejedor no se inmutó. Giró su cabeza sin rostro hacia Kaelen.

—Hijo de los Thorne, tú eres la mayor anomalía. Tu existencia debería haber terminado con la maldición de sangre. Pero ella… ella te ha cosido a la realidad con hilos de Éter prohibido. Vinimos a desatar el nudo.

—¡Si lo tocáis, quemaré el tejido entero! —grité, y mi poder estalló.

Esta vez no usé ráfagas. Usé la sabiduría del Primer Origen para “ver” los hilos que el Tejedor estaba manipulando. Vi las líneas de causalidad que conectaban los edificios, las personas y el tiempo mismo. Con un esfuerzo mental que me hizo sangrar por la nariz, agarré esos hilos y tiré de ellos, intentando devolver la fuente de piedra a su lugar.

El árbol de cristal crujió y empezó a transformarse. Por un segundo, la fuente de los Thorne reapareció, bañada en mi luz dorada. Pero el Tejedor era más rápido. Sus dedos-aguja se movieron con una destreza milenaria, tejiendo una nueva capa de realidad donde el árbol se volvía más sólido, más real que mi propia intervención.

—No puedes luchar contra el Creador, pequeña chispa —dijo el Tejedor—. Tu luz es interna, pero nosotros somos el lienzo.

La criatura hizo un gesto y el suelo bajo Kaelen desapareció, convirtiéndose en un pozo de nada absoluta.

—¡KAELEN! —me lancé hacia él, agarrándolo del brazo justo antes de que fuera engullido por el vacío.

Sentí que mi brazo estaba siendo arrancado. La fuerza de la nada era inmensa, una succión que no buscaba matar a Kaelen, sino borrarlo de la historia. Si caía ahí, nadie lo recordaría. Yo perdería mis recuerdos de él, y el imperio nunca habría tenido un Rey Thorne.

—¡Suéltame, Elsa! —gritó Kaelen, sus pies colgando sobre el olvido—. ¡Te está arrastrando a ti también! ¡Si los dos caemos, no quedará nadie para proteger al pueblo!

—¡NUNCA! —mis ojos se volvieron pozos de luz dorada absoluta.

En ese momento de desesperación máxima, el “Spicy” de nuestra unión se convirtió en un anclaje metafísico. Recordé cada beso, cada marca, cada vez que nuestras esencias se habían fundido. Usé nuestro vínculo, ese hilo inquebrantable que ni siquiera los Tejedores podían entender porque estaba hecho de amor humano —algo que ellos no podían procesar—.

Convertí mi cuerpo en un puente. Canalicé el Primer Origen no hacia el Tejedor, sino hacia Kaelen. Le di mi consistencia, mi derecho a existir. Las sombras plateadas de Kaelen se volvieron sólidas, y con un rugido que sacudió los cimientos del mundo, él mismo se impulsó fuera del pozo, agarrándose a la realidad con una voluntad de hierro.

El pozo se cerró con un chasquido sónico. El Tejedor retrocedió, su superficie facetada emitiendo un destello de sorpresa —o lo más parecido a la sorpresa que una entidad de ese calibre podía sentir—.

—El amor… una variable no cuantificable —susurró el Tejedor—. Habéis ganado un momento de estabilidad. Pero la reescritura ha comenzado. Lilith ha entregado su esencia para ser la aguja de nuestro telar. No podéis detener lo que ya ha sido decidido por los antiguos.

La figura y el árbol se desvanecieron, dejando la plaza en un estado híbrido: la fuente estaba allí, pero el agua que brotaba de ella ahora era de color plata líquida, y el árbol de cristal permanecía como un fantasma translúcido en el centro.

Kaelen se desplomó en el suelo, jadeando. Corrí hacia él y lo envolví en mis brazos, sollozando de alivio. Su piel ardía por el contacto con la nada, pero estaba ahí. Era real.

—Me… me estabas olvidando, ¿verdad? —preguntó Kaelen, mirándome con una vulnerabilidad que me rompió el corazón—. Por un segundo, mientras caía, vi tus ojos volverse vacíos.

—No lo permitiré, Kaelen. Aunque tenga que tejer yo misma cada segundo de nuestra vida, no dejaré que te borren.

Nos pusimos de pie, pero el mundo a nuestro alrededor ya no era el mismo. A lo lejos, vimos que las montañas del Norte habían cambiado de forma. El Castillo de Hierro ahora tenía torres que no recordábamos. La gente caminaba como si nada hubiera pasado, pero sus ropas eran distintas, sus nombres habían cambiado.

La “Gran Reescritura” había comenzado. Lilith no quería matarnos; quería que nunca hubiéramos existido. Estaba usando a los Tejedores para crear una realidad donde ella era la reina y nosotros éramos solo sombras en un cuento de hadas olvidado.

—Tenemos que encontrarla —dijo Kaelen, su voz recuperando la frialdad del soberano—. Tenemos que encontrar a Lilith antes de que termine de coser su mentira.

—Ella está en el Nexo —dije, sintiendo la llama dorada señalando hacia el Este, hacia donde vi la luz verde anoche—. El lugar donde todas las realidades se cruzan. Pero para llegar allí, Kaelen, tenemos que abandonar este mundo. Tenemos que caminar por el borde del tejido.

—Iré a cualquier lugar contigo, Elsa —respondió él, tomándome de la mano con una fuerza inquebrantable—. Que los Tejedores preparen su seda. Yo tengo mi sombra, y tú tienes tu luz. Y juntos, vamos a rasgar su lienzo.

El Capítulo 32 cerraba con una imagen inquietante: Elsa y Kaelen de pie en una ciudad que ya no reconocían del todo, mientras el cielo se resquebrajaba como un espejo roto, revelando el vacío que acechaba detrás de la existencia.

La guerra por el imperio se había convertido en la guerra por la realidad misma.

¡Bienvenidos al arco de la Reescritura! Hemos pasado de la fantasía épica al horror existencial. Los Tejedores de Realidad son los nuevos antagonistas, y Lilith se ha convertido en una amenaza de nivel cósmico. La conexión emocional entre Elsa y Kaelen es ahora lo único que los mantiene “reales”. ¿Cómo se lucha contra alguien que puede borrar tu pasado? ¡No olviden dejar sus Power Stones para el Capítulo 33: “El Nexo de las Sombras”!

Elsa

Caminar por el borde de la realidad se sentía como caminar sobre el filo de una navaja hecha de cristal y recuerdos. Tras dejar atrás la Ciudad de Hierro —o lo que quedaba de su versión original—, Kaelen y yo nos adentramos en el Desfiladero de los Suspiros. Pero ya no eran vientos lo que silbaba entre las rocas, sino ecos de conversaciones que nunca tuvimos y gritos de batallas que aún no habían ocurrido.

El suelo bajo nuestros pies era inestable; a veces piedra sólida, a veces una superficie translúcida que mostraba un abismo estrellado debajo. Kaelen me sostenía la mano con una fuerza que me recordaba que, aunque el universo se estuviera deshilachando, su presencia era mi única constante física.

—No mires a los lados, Elsa —advirtió Kaelen, su voz resonando con un eco metálico—. Los Tejedores se alimentan de la duda. Si empiezas a cuestionar cuál de estas realidades es la tuya, te perderás en el tejido.

—Es difícil no mirar, Kaelen —respondí, mi voz temblando ligeramente.

A nuestra izquierda, vi una versión de nosotros mismos en el desierto. Pero en esa imagen, yo no era la Emperatriz; era una esclava encadenada al trono de Azar, y Kaelen… Kaelen yacía muerto a sus pies, convertido en una estatua de sal. El dolor de esa visión, aunque falsa, me golpeó como un mazazo físico. La llama dorada en mi pecho parpadeó, respondiendo a la angustia.

—¡Elsa, mírame a mí! —Kaelen se detuvo y me obligó a encararlo. Sus ojos dorados eran pozos de una voluntad inquebrantable—. Eso no es real. Lo único real es este momento, el calor de mi mano y el latido de tu corazón. Lo demás son solo hilos sueltos que Lilith está agitando para asustarnos.

Asentí, tomando aire. El aire sabía a ozono y a papel quemado. Continuamos avanzando hasta que el desfiladero se abrió en lo que solo podía describirse como el Nexo.

Era una cúpula infinita hecha de hilos de luz verde esmeralda que se cruzaban y se retorcían en un patrón caótico. En el centro, suspendida en el aire, estaba Lilith. Pero ya no era la vampiresa aristocrática que conocíamos. Su cuerpo estaba envuelto en filamentos de realidad, y sus dedos se movían con una rapidez frenética, como si estuviera tocando un arpa invisible. A su lado, tres Tejedores de Realidad la rodeaban, guiando sus manos.

—Bienvenidos al final de vuestra pequeña farsa —la voz de Lilith llegó a nosotros no desde su boca, sino desde el tejido mismo—. ¿No es hermoso? Estoy deshaciendo cada nudo que los Thorne ataron. Estoy borrando la mancha de vuestro amor de la historia del mundo.

—¡Basta, Lilith! —rugió Kaelen, desenvainando su espada. La hoja plateada vibró con una intensidad violenta, cortando los hilos verdes que intentaban enredarse en sus pies—. ¡Lo que estás haciendo destruirá todo! No puedes reescribir el mundo sin colapsar el Origen.

—El Origen ya es mío, Kaelen —sonrió ella, y vi que en su pecho brillaba una gema verde que palpitaba con una luz enfermiza—. Los Tejedores me han mostrado que tú y Elsa sois solo un error de cálculo. En la realidad que estoy terminando de coser, tú nunca saliste de tu tumba para buscar a una humana. En mi realidad, tú me amas a mí, y esta “Emperatriz” es solo una campesina que murió hace años en un incendio.

De repente, el Nexo brilló con una intensidad cegadora. El suelo desapareció por completo y Kaelen y yo fuimos lanzados a una serie de visiones rápidas, como si estuviéramos cayendo a través de un caleidoscopio de pesadillas.

Visión 1: El Incendio.

Me vi a mí misma, de diez años, atrapada en la galería de arte de mis padres. Pero esta vez, el fuego no fue controlado. Vi a Kaelen pasar por la calle, con su armadura de caballero, mirando hacia la ventana. En la realidad real, él sintió mi Éter y me salvó. En esta visión, él simplemente siguió de largo, su rostro gélido y desinteresado. Me vi morir, convertida en cenizas, mientras él se encontraba con Lilith en la esquina.

El dolor de la muerte de esa “otra yo” fue tan real que grité. Sentí que mi consistencia física se desvanecía. Si aceptaba esa muerte, dejaría de existir en el Nexo.

—¡RECHÁZALO, ELSA! —la voz de Kaelen llegó desde algún lugar del vacío.

Visión 2: El Rey Sombrío.

Vi a Kaelen en el trono del Castillo de Hierro. Estaba rodeado de sombras, pero no eran las sombras plateadas que yo amaba; eran sombras negras y viscosas que devoraban su alma. Lilith estaba sentada a su lado, bebiendo de una copa de sangre mientras él la miraba con una devoción vacía, como un títere sin voluntad. No había rastro de la pasión, de la lucha o del respeto que nos unía. Era un matrimonio de muerte.

Vi a Kaelen en la visión mirar hacia el “vacío” donde yo estaba. Sus ojos no me reconocieron. Para él, yo no era nadie.

—¡Kaelen, no! —intenté alcanzarlo, pero mis manos atravesaban la visión como si fuera humo.

Regresamos al Nexo con un impacto que nos dejó sin aliento. Kaelen estaba de rodillas, sangrando por los ojos; la lucha mental contra las visiones de Lilith estaba destrozando su psique vampírica. Yo me sentía etérea, mi piel volviéndose translúcida a medida que los hilos de Lilith ganaban terreno.

—¿Lo veis? —Lilith descendió del aire, caminando sobre los hilos de luz—. Vuestro vínculo es tan frágil como la seda. Solo existe porque yo permití que existiera. Pero ahora…

Lilith extendió su mano hacia mí, y los hilos verdes empezaron a enroscarse alrededor de mi garganta, asfixiando mi luz dorada.

—Ahora, voy a cortar el último hilo que te une a este mundo, Elsa. Y Kaelen finalmente será el rey que siempre debió ser… el mío.

Kaelen levantó la vista. Su rostro estaba desencajado, pero en medio de la agonía, vi cómo su sombra plateada empezaba a mutar. No se estaba rindiendo; estaba aceptando el vacío que los Tejedores tanto temían.

—Tú no entiendes nada, Lilith —dijo Kaelen, poniéndose de pie con un esfuerzo sobrehumano. Cada paso que daba hacía que los hilos verdes bajo sus pies se quebraran—. Dijiste que nuestro amor fue un error de cálculo. Pero los errores son lo que hace que la vida sea real.

Kaelen llegó hasta mí, ignorando los ataques de los Tejedores, que intentaban borrar su consistencia física. Me tomó del rostro con sus manos ensangrentadas y me besó.

Fue un beso que desafió a la creación. El “Spicy” de nuestra conexión no fue solo deseo; fue una explosión de identidad. En ese beso, le recordé quién era yo y él me recordó quién era él. Compartimos cada secreto, cada pecado y cada victoria en un solo segundo de contacto absoluto. Nuestra unión creó una frecuencia que el Nexo no podía procesar.

—¡ANOMALÍA! ¡ERROR CRÍTICO! —gritaron los Tejedores, sus cuerpos facetados empezando a agrietarse.

Mi luz dorada estalló desde mi centro, alimentada por la sombra de Kaelen. Ya no era luz blanca, ni gris. Era una luz carmesí y dorada, el color de la vida que se niega a ser borrada. Los hilos verdes de Lilith empezaron a arder, convirtiéndose en hilos de fuego que retrocedieron hacia ella.

—¡NO! ¡ESTO NO PUEDE ESTAR PASANDO! —gritó Lilith, mientras el tejido que estaba cosiendo empezaba a deshacerse—. ¡YO SOY LA AGUJA! ¡YO SOY EL DESTINO!

—Tú eres solo una costurera envidiosa, Lilith —dije, mi voz resonando con el poder de todas las versiones de mí misma que se habían negado a morir—. Y nosotros somos el nudo que nunca podrás desatar.

Junté mis manos con las de Kaelen, y juntos lanzamos un pulso de energía pura hacia el centro del Nexo. El impacto fue como el nacimiento de una estrella. La realidad falsa de Lilith colapsó sobre sí misma. Los Tejedores, al ver que su lienzo había sido destruido, se desvanecieron en el vacío, regresando a los rincones oscuros de la existencia de donde nunca debieron salir.

Lilith fue lanzada hacia atrás, la gema verde en su pecho estallando en mil pedazos. Cayó al abismo del Nexo, gritando mientras los ecos de las realidades que intentó crear la engullían.

El Nexo se desintegró. El vacío fue reemplazado por la solidez de la piedra y el aire frío del Norte.

Despertamos en el centro de la plaza de la Ciudad de Hierro. La fuente de los Thorne estaba en su lugar, el agua clara y fría de siempre. No había árboles de cristal ni edificios vibrantes. El mundo era, una vez más, el nuestro.

Kaelen estaba tumbado a mi lado, respirando con dificultad. Me giré hacia él y lo abracé, sintiendo la solidez de sus músculos y el latido fuerte de su corazón bajo mi oído.

—¿Estamos… estamos de vuelta? —preguntó, acariciando mi cabello.

—Estamos de vuelta, Kaelen. Y esta vez, la historia está escrita en piedra.

Nos pusimos de pie, y los ciudadanos, que parecían haber despertado de un sueño confuso, empezaron a rodearnos, inclinándose con un respeto que ya no era por miedo, sino por el reconocimiento de que sus soberanos habían luchado por su propia existencia.

Sin embargo, mientras caminábamos hacia el Castillo, sentí un ligero peso en mi mano. Al abrirla, vi un pequeño hilo de seda verde, quemado en los extremos, pero intacto.

—¿Qué es eso? —preguntó Kaelen, frunciendo el ceño.

—Un recordatorio —dije, cerrando el puño—. Lilith ha caído, pero el tejido del mundo sigue siendo frágil. Los Tejedores no se han ido; simplemente han retrocedido.

Kaelen me atrajo hacia él, besándome frente a todo el pueblo, un gesto de soberanía y amor que selló nuestra victoria.

—Entonces tendremos que ser más fuertes que cualquier hilo. Porque no dejaré que nadie, ni siquiera el destino, intente escribir un final para nosotros que no hayamos elegido nosotros mismos.

Esa noche, en la seguridad de nuestra alcoba, la pasión fue una celebración de la realidad. Cada caricia era una confirmación de que estábamos vivos, de que éramos nosotros, y de que el imperio, por fin, tenía un futuro que no dependía de hilos, sino de la voluntad inquebrantable de una Emperatriz y su Rey.

La Guerra de la Reescritura había terminado. Pero en las sombras del Nexo, algo mucho más grande se había percatado de nuestra existencia. Los Tejedores eran solo los criados.

El Verdadero Tejedor acababa de despertar.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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