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La Novia del Príncipe Oscuro - Capítulo 34

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Capítulo 34: 34 | Las crónicas de la sangre olvidada

Elsa

El Castillo de Hierro respiraba de nuevo. El aire ya no vibraba con la distorsión de los Tejedores, y el goteo incesante de la niebla de Thalassa se había secado por completo. Sin embargo, para mí, el mundo ya no recuperaría su solidez absoluta. Cada vez que parpadeaba, esperaba ver un hilo verde cruzando mi visión o sentir que el suelo bajo mis pies se convertía en estrellas.

Kaelen lo sabía. Podía sentir mi inquietud a través de la marca, ese lazo que ahora ardía con una calidez constante y reconfortante.

—Necesitas descansar, Elsa —dijo Kaelen.

Estábamos en nuestra biblioteca privada, un santuario de estanterías que llegaban hasta el techo, repletas de pergaminos que olían a vainilla y tiempo. Kaelen estaba sentado en un inmenso sillón de cuero negro, con una pila de informes de los generales a su lado, pero su atención estaba totalmente centrada en mí. Se levantó y caminó hacia donde yo estaba, frente a un mapa del imperio que parecía haber recuperado sus fronteras originales.

—No puedo descansar mientras sepa que solo somos un nudo en un tapiz que alguien más sostiene —respondí, girándome hacia él.

Mis ojos, que ahora conservaban un leve matiz dorado incluso cuando no usaba mi poder, buscaron los suyos. Kaelen me tomó de las manos y me atrajo hacia su pecho. El frío plateado de su piel era el único bálsamo que calmaba la fiebre de mi Éter.

—Entonces buscaremos las tijeras para cortar esas manos —declaró con una frialdad letal que me hizo sonreír—. He ordenado que preparen el viaje a la Abadía de los Susurros. Si existe un registro del “Verdadero Tejedor”, estará en las Crónicas de la Sangre Olvidada. Pero antes…

Kaelen me tomó de la barbilla, obligándome a sostenerle la mirada. El “Spicy” de su deseo surgió de repente, envolviéndonos como una manta pesada. En sus ojos dorados vi una necesidad que iba más allá de la protección; era la necesidad de recordarme que, a pesar de ser una Emperatriz con el poder de un dios, seguía siendo la mujer que él amaba con una devoción pecaminosa.

—Antes, necesito que vuelvas a este mundo —susurró, sus labios rozando los míos—. Deja que el imperio se gobierne solo por una noche. Esta noche, solo existes tú, yo y este momento que nadie puede reescribir.

Me levantó en vilo, y por un momento, el peso del destino se sintió ligero. En la intimidad de nuestra alcoba, lejos de los tronos y las conspiraciones, nuestra pasión se convirtió en un lenguaje de reafirmación. Cada caricia de Kaelen era una marca de propiedad, un intento de anclar mi alma a su cuerpo. No hubo prisa, solo una exploración lenta y profunda de nuestra nueva realidad. Cuando nuestras esencias se fundieron, el brillo blanco y la sombra plateada crearon un aura de paz que, por primera vez en semanas, me permitió dormir sin visiones de hilos verdes.

Tres días después, la comitiva real partió hacia las montañas del Este, donde la Abadía de los Susurros se ocultaba entre los picos más altos. No era un viaje de conquista, por lo que viajamos con una escolta mínima. Kaelen quería discreción; la noticia de que la realidad era frágil no debía llegar a los clanes menores antes de que tuviéramos una solución.

La Abadía era un edificio de piedra gris que parecía brotar de la misma montaña. Aquí vivían los Monjes de la Sangre, vampiros ascéticos que habían renunciado al poder político para dedicarse al estudio de las líneas temporales y el origen del Éter.

Al llegar, fuimos recibidos por el Abad el-Moro, un vampiro tan antiguo que su piel parecía pergamino y sus ojos eran dos hendiduras de luz blanca.

—Habéis despertado al Arquitecto —dijo el Abad, sin preámbulos, mientras nos guiaba por los pasillos gélidos de la biblioteca subterránea—. Los Tejedores son solo sus dedos. El Arquitecto es la mente que diseñó el lienzo original antes de que el Éter fuera robado.

—¿Cómo lo detenemos? —preguntó Kaelen, su mano descansando sobre el pomo de su espada. Aquí, el aire era tan denso con conocimiento que su sombra plateada parecía agitarse con nerviosismo.

—No se detiene a quien creó las reglas del juego, Príncipe Thorne —respondió el Abad, deteniéndose ante un inmenso libro encadenado a un altar de obsidiana—. Se le convence de que la historia actual es mejor que su diseño original. O se le destruye el lienzo.

El Abad abrió el libro. Las páginas no tenían letras, sino imágenes en movimiento hechas de sangre seca que cobraban vida al sentir mi presencia. Vi la creación de los primeros vampiros, vi el nacimiento del Factor Éter y vi a una figura gigantesca, sin rostro, sosteniendo un telar hecho de estrellas.

—El Arquitecto considera que vuestra unión es una mancha —continuó el Abad, mirando a Elsa—. En su diseño original, el Éter debía permanecer puro y aislado en los humanos, y las sombras debían consumir a los vampiros hasta su extinción. Al uniros, habéis creado una “Tercera Vía”. Una realidad híbrida que el Arquitecto no puede controlar.

—Si somos una mancha, entonces seremos una mancha indeleble —dije, acercándome al libro. Al tocar la página, sentí una descarga de información que me hizo tambalear.

Vi un nombre: Yggdras. El Telar de las Almas. —Está en el Plano Cero —susurré, mis ojos brillando con una intensidad dorada—. El lugar donde se guardan los planos originales de la creación. Lilith no murió en el Nexo, Kaelen. Ella fue absorbida por el Arquitecto para ser su nueva intérprete. Ella le está mostrando cómo borrar los puntos de inflexión de nuestra vida.

—Entonces iremos al Plano Cero —dijo Kaelen, su voz resonando con una resolución que hizo que el Abad retrocediera—. Muéstranos el camino.

El Abad negó con la cabeza, su rostro lleno de una tristeza milenaria.

—Nadie regresa del Plano Cero, Príncipe. Para entrar allí, deben dejar atrás su forma física. Deben ser solo esencia. Y si su voluntad flaquea un solo segundo, el Arquitecto los usará como hilo para remendar el mundo a su antojo.

Kaelen me miró. Vi en sus ojos la misma pregunta que en el desierto, la misma que en el abismo. ¿Estábamos dispuestos a arriesgar nuestra propia existencia por un futuro que aún no estaba escrito?

Me acerqué a él y le tomé la cara con mis manos.

—Hemos sobrevivido a todo, Kaelen. Al contrato, al desierto, a la marea y al olvido. No voy a dejar que un “Arquitecto” decida que nuestro amor es un error de dibujo.

—Si tú vas, yo soy tu sombra —respondió él, besando mis palmas—. No hay plano, ni cero ni infinito, donde no te siga.

El Abad suspiró y comenzó a entonar un cántico en una lengua que no se hablaba desde que las estrellas eran jóvenes. El altar de obsidiana empezó a brillar con una luz negra y blanca que se entrelazaba, creando un portal circular en el centro de la biblioteca.

—Tienen poco tiempo —advirtió el Abad—. Lilith ya ha empezado a descoser el año de vuestro encuentro. Si no llegan al Telar pronto, vuestra memoria será lo primero en arder.

Kaelen y yo nos tomamos de la mano. Sentí su fuerza, su miedo y su amor fundiéndose con los míos. Ya no éramos solo una Emperatriz y un Rey; éramos la anomalía más hermosa del universo.

—A la de tres —susurró Kaelen.

—Uno… dos…

—Tres.

Saltamos al portal.

La sensación no fue de caída, sino de disolución. Mi cuerpo dejó de ser carne y hueso. Mi Éter se expandió hasta que sentí que era el viento, el fuego y la nada. Pero en medio de ese caos sensorial, sentí el hilo plateado de Kaelen. Era delgado, casi invisible en la inmensidad del Plano Cero, pero era inquebrantable.

A lo lejos, en la distancia infinita de aquel vacío blanco, vimos el Telar. Era una estructura colosal de luz y sombra que zumbaba con el sonido de mil millones de vidas. Y allí, frente al telar, estaba Lilith, con sus manos convertidas en agujas de diamante, y detrás de ella, una sombra que tapaba el resto del universo: El Arquitecto.

—Habéis venido a vuestro propio funeral —la voz de Lilith resonó en la nada, ahora desprovista de toda humanidad—. Qué poético. Moriréis en el lugar donde nunca fuisteis creados.

Kaelen y yo nos preparamos. Estábamos en el corazón de la creación, sin armas, sin cuerpos, solo con nuestra voluntad y un amor que el Arquitecto consideraba un error.

La batalla final por la existencia acababa de comenzar.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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