La Novia del Príncipe Oscuro - Capítulo 35
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Capítulo 35: 35 | El telar de las almas
Elsa
El Plano Cero no era oscuridad, ni era luz. Era un blanco infinito, tan puro que dolía a la esencia, un vacío donde el tiempo no corría, sino que goteaba como agua estancada. No teníamos cuerpos, no en el sentido físico; éramos dos núcleos de energía flotando en la nada. Yo era un sol de oro y ceniza; Kaelen era una nebulosa de plata y tormenta. Solo nuestro vínculo, ese hilo carmesí que habíamos forjado en la sangre y el deseo, nos impedía dispersarnos en la infinitud de la creación.
Frente a nosotros, el Telar de las Almas se alzaba como una estructura imposible de hilos vibrantes que conectaban todas las realidades. Cada hilo era una vida; cada nudo, un encuentro. Y allí, manipulando la trama con dedos de diamante, estaba Lilith. Pero ya no era la mujer que amó a Kaelen; era una extensión del Arquitecto, una marioneta de perfección geométrica.
Detrás de ella, la presencia del Arquitecto se manifestaba como una presión gravitatoria que intentaba aplastar nuestra voluntad. No hablaba, pero su pensamiento llenaba el vacío: “Sois una disonancia. Un error en la partitura original. Debéis ser reabsorbidos.”
—No somos un error —mi voz mental resonó con la fuerza de la llama dorada—. Somos la evolución que no pudiste prever.
Lilith soltó una risa que sonó como cristales rompiéndose.
—¿Evolución? Solo sois una anomalía romántica. El Arquitecto va a daros lo que siempre habéis deseado, solo para demostraros que vuestro “amor” es una prisión de la que queréis escapar.
De repente, el Telar brilló y el vacío blanco fue reemplazado por una calidez familiar.
La Tentación de Elsa: La Vida Que Pudo Ser.
Me encontré de pie en una galería de arte en una ciudad humana que no conocía la guerra ni los vampiros. El sol de la tarde entraba por los ventanales, calentando mi piel. No había Factor Éter en mis venas, no había responsabilidad de imperios, no había el peso de ser una diosa.
—Elsa, el café se está enfriando —dijo una voz.
Me giré. Mi madre estaba allí, viva y radiante, sosteniendo una taza de porcelana. A su lado, mi hermana Clara reía mientras pintaba un lienzo. Era la vida perfecta. La vida que me fue robada cuando los jinetes de los Thorne quemaron mi mundo.
—Ven, cariño —dijo mi madre—. No hay monstruos aquí. No hay contratos de sangre. Solo paz.
Casi doy un paso hacia ella. El cansancio de meses de lucha, el miedo a la nada, todo me empujaba a aceptar esta mentira hermosa. Pero entonces, busqué el rastro de Kaelen. En esta realidad, él no existía. O si existía, era solo un extraño que pasaba por la calle, un hombre con el que nunca hablaría, alguien a quien nunca besaría.
Sentí un vacío en mi pecho que ninguna paz podía llenar.
—Esta vida es perfecta —susurré, las lágrimas brotando de mis ojos—. Pero es una vida sin alma. Porque mi alma está vinculada a un monstruo que me enseñó a ser libre.
La Tentación de Kaelen: El Rey Sin Mancha.
Al mismo tiempo, Kaelen se vio en el Castillo de Hierro. Pero el cielo era azul y el sol no le quemaba la piel. Era el Rey de un imperio próspero. No era un vampiro; era un hombre mortal, respetado y poderoso. La maldición de los Thorne había sido borrada de su linaje. No tenía que esconderse en las sombras, no tenía que beber sangre, no tenía que temer al día siguiente.
—Majestad, los embajadores esperan —dijo un sirviente.
Kaelen se miró en un espejo de oro. No había plata en su piel, no había oscuridad en sus ojos. Era perfecto. Pero al mirar a su lado, en el trono de la reina, no estaba Elsa. Estaba una mujer noble, hermosa pero vacía, un matrimonio de conveniencia que su padre había arreglado.
El recuerdo de mi risa, de mi luz blanca quemando su oscuridad, de nuestra pasión desesperada en las tiendas del desierto, lo golpeó como una herida abierta.
—¿De qué sirve el sol —rugió Kaelen en su visión— si ella no está bajo él conmigo? ¿De qué sirve un reino sin mancha si no tengo a la mujer que me enseñó a amar mis propias cicatrices?
Las visiones colapsaron con un estruendo de vidrios rotos. Regresamos al Plano Cero, pero esta vez, nuestras energías estaban más unidas que nunca. Mi luz dorada se entrelazó con su plata, creando un escudo que el Arquitecto no podía penetrar.
—¡IMPOSIBLE! —la voz de Lilith tembló por primera vez—. Os he ofrecido vuestros deseos más profundos. ¡Deberíais haber aceptado!
—Nuestros deseos no son la paz ni el poder, Lilith —dije, elevándome hacia el Telar—. Nuestro deseo es el uno al otro. En cualquier realidad. En cualquier forma.
Kaelen se lanzó hacia adelante, su voluntad convirtiéndose en una hoja de sombra absoluta que cortó los hilos verdes que Lilith intentaba usar para protegirse.
—Tú llamas a nuestro amor un error porque no puedes controlarlo. El Arquitecto teme lo que no puede predecir. Y hoy, vamos a darle algo totalmente fuera de sus cálculos.
Juntamos nuestras manos frente al corazón del Telar. No intentamos destruirlo. Si el Telar moría, todas las vidas se apagarían. Lo que hicimos fue lo que mejor sabíamos hacer: fusionarnos.
Lancé todo el poder del Primer Origen y Kaelen lanzó todo el vacío de su linaje hacia el centro de la trama. No fue un ataque, fue una reescritura propia. Usamos nuestra esencia para teñir los hilos del destino con nuestra propia marca.
—¡DETENEOS! —la presencia del Arquitecto se volvió física, una mano gigante de geometría pura que descendió sobre nosotros.
Pero ya era tarde. El brillo carmesí de nuestro vínculo se expandió por todo el Telar. Vimos cómo los hilos de nuestra realidad se volvían dorados y plateados, entrelazándose de forma tan intrincada que ninguna aguja podría volver a separarlos. Estábamos cosiendo nuestra existencia al tejido mismo del universo, haciéndonos permanentes.
Lilith gritó cuando la luz la alcanzó. Al no tener un anclaje real, su esencia empezó a deshilacharse. Ella era una creación del odio y el pasado; nosotros éramos una creación del presente y el futuro.
—¡Kaelen! —gritó ella, extendiendo una mano que ya era solo humo—. ¡Sálvame!
Kaelen la miró, y por un segundo, vi la compasión en sus ojos. Pero no soltó mi mano.
—Ya te di muchas oportunidades, Lilith. Pero elegiste ser el hilo que intentó cortar mi vida. Ahora, el Arquitecto reclama su deuda.
El Arquitecto, al ver que el Telar estaba siendo alterado por nosotros, intentó recoger sus piezas. Lilith fue absorbida por la propia máquina que ayudó a manejar, convirtiéndose en un hilo negro y minúsculo que se perdió en la inmensidad de los eones.
De repente, la presión cesó. El Arquitecto se retiró, no porque hubiera sido derrotado, sino porque había aceptado el cambio. Nuestra voluntad había sido tan fuerte que habíamos forzado una nueva regla en la creación: Elsa y Kaelen eran un punto fijo.
El Telar se calmó, brillando con una armonía nueva.
Despertamos en el suelo de la Abadía de los Susurros. El portal se había cerrado y el Abad el-Moro nos miraba con una expresión de asombro absoluto.
Kaelen estaba tumbado sobre mí, su respiración agitada, su piel recuperando su solidez física. Me tomó del rostro y me besó con una urgencia que me hizo llorar de alivio. El “Spicy” entre nosotros regresó con una fuerza abrumadora; era el calor de la vida reclamando su territorio tras haber caminado por la nada.
—Estamos aquí —susurró él—. Realmente estamos aquí.
—Y siempre lo estaremos —respondí, sintiendo la llama dorada en mi pecho latiendo en perfecta sincronía con el corazón de Kaelen.
El Abad se acercó y se arrodilló ante nosotros.
—Habéis hecho lo que nadie se atrevió. Habéis renegociado el destino con el Arquitecto. Las Crónicas de la Sangre Olvidada tendrán que ser reescritas… pero esta vez, con vuestras propias palabras.
Salimos de la Abadía hacia la luz del atardecer. Las montañas del Norte se veían más nítidas, más reales. La “Gran Reescritura” de Lilith había sido revertida, pero el mundo no era el mismo de antes. Ahora, cada vampiro y cada humano sentía, aunque fuera en sueños, que algo grande había cambiado.
Kaelen me ayudó a subir a mi caballo y luego montó el suyo, colocándose a mi lado.
—¿Y ahora qué, mi Emperatriz? —preguntó, con esa sonrisa ladeada que siempre me hacía flaquear las piernas.
—Ahora —dije, mirando hacia el horizonte donde nuestro castillo nos esperaba—, vamos a vivir la vida que nosotros mismos hemos cosido. Sin miedos, sin secretos… y sin que nadie se atreva a decirnos que somos un error.
Kaelen espoleó su caballo y salimos al galope hacia el hogar. El viaje había sido largo, desde el contrato de sangre hasta el corazón de la creación, pero al mirar a Kaelen, supe que cada batalla había valido la pena.
Éramos la mancha perfecta en el lienzo del universo. Éramos Elsa y Kaelen. Y nuestra historia, por fin, nos pertenecía solo a nosotros.
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