La Novia del Príncipe Oscuro - Capítulo 37
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Capítulo 37: 37 | La simiente del eclipse
Elsa
Un año de paz en el mundo de los inmortales es apenas un suspiro, un parpadeo en la inmensidad del tiempo. Pero para mí, ese año había sido la vida entera. El Castillo de Hierro ya no era el bastión frío que recordaba; bajo mi mandato y el de Kaelen, se había transformado en un faro de mármol y luz dorada, un lugar donde los humanos y los vampiros empezaban a caminar por los mismos pasillos sin que el olor a sangre dictara cada movimiento.
Sin embargo, la paz tiene un precio: el silencio. Y ese silencio empezó a romperse una mañana de invierno, cuando el aire del Norte trajo consigo un aroma que no pertenecía a la nieve.
Me encontraba en el invernadero real, un santuario de cristal que yo misma había encantado para que las flores del desierto de Azar pudieran florecer junto a las rosas negras de los Thorne. Estaba sola, disfrutando de un momento de quietud, cuando sentí una punzada en mi vientre. No fue un dolor físico, sino una vibración, un eco del Factor Éter que no provenía de mi propio núcleo.
—¿Otra vez tú? —susurré, llevando una mano a mi abdomen, todavía plano bajo el vestido de seda verde.
Desde hacía una luna, sentía esa chispa. Una presencia pequeña pero densa, un nudo de luz y sombra que latía con una fuerza que me asustaba. Kaelen no lo sabía. Había estado tan ocupado consolidando las fronteras del Este que no quería cargarle con una incertidumbre que ni siquiera yo entendía. Pero el secreto pesaba más que la corona.
—Sabes que no puedes ocultármelo para siempre, Elsa.
La voz de Kaelen surgió de entre los helechos gigantes. Apareció con su habitual elegancia letal, pero su rostro, usualmente una máscara de calma soberana, mostraba una sombra de cansancio. Se acercó a mí y, sin decir palabra, puso su mano sobre la mía en mi vientre. Sus ojos dorados se abrieron de par en par. El contacto provocó una descarga eléctrica que hizo que los cristales del invernadero vibraran.
—Es… es real —susurró, su voz quebrando por primera vez en años—. Un heredero. Un hijo de la luz y la sombra.
—No es solo un hijo, Kaelen —respondí, mirándolo a los ojos con una mezcla de amor y terror—. Es algo que el Arquitecto dijo que no podía existir. Una vida híbrida con el Origen completo.
Kaelen me tomó en sus brazos con una delicadeza que contrastaba con su inmenso poder. Me besó con una ternura que me hizo llorar, pero tras el beso, vi el brillo de la preocupación en su mirada. En el mundo de los vampiros, los nacimientos son raros. Un nacimiento entre el Origen y un Thorne era, literalmente, un evento de nivel cósmico.
—Si el mundo se entera, Elsa, la paz se acabará antes de que el niño nazca —dijo Kaelen, su voz volviéndose gélida y protectora—. Los clanes del Este, los que aún rinden culto a las sombras puras, verán esto como una abominación. Y los humanos… los humanos temerán a un ser que pueda controlarlos a todos.
—Entonces no dejaremos que el mundo se entere. Todavía no.
Pero el destino, como siempre, tenía otros planes.
Esa tarde, un mensajero llegó a las puertas del castillo. No era un vampiro, ni un humano. Era un ser de piel grisácea y ojos plateados, un Caminante Estelar, miembros de una orden neutral que solo aparecía cuando las leyes de la física estaban a punto de quebrarse.
Kaelen y yo lo recibimos en la Sala del Trono. El ambiente estaba cargado. El “Spicy” de nuestra tensión, usualmente juguetón y apasionado, ahora era agrio, una electricidad defensiva que rodeaba el estrado.
—Emperatriz Elsa, Rey Kaelen —dijo el Caminante, su voz sonando como el choque de dos piedras—. No he venido a pedir audiencia, sino a entregar una advertencia. El Telar de las Almas ha detectado un peso nuevo. El “Hijo del Eclipse” ha sido concebido, y con él, el sello del Abismo Exterior se ha agrietado.
Kaelen se puso en pie, su sombra plateada expandiéndose por toda la sala.
—¡¿Cómo te atreves a entrar en mi hogar y hablar de profecías sobre mi familia?!
—No es una profecía, Thorne. Es una consecuencia —respondió el Caminante, impasible—. Vuestra unión fue aceptada por el Arquitecto, pero el fruto de esa unión es una anomalía que las Leyes del Vacío no pueden permitir. Al nacer, este niño atraerá a los Devoradores de Esencia. Seres que no son de este plano, que se alimentan de la luz pura y de la sombra absoluta.
Me levanté, sintiendo que la llama dorada en mi pecho ardía con una intensidad defensiva.
—¿Y qué sugieres? ¿Que renunciemos a nuestra sangre para satisfacer tus leyes?
—Sugiero que os preparéis —dijo el Caminante antes de empezar a desvanecerse en polvo de estrellas—. Porque mientras hablamos, el primero de ellos ya ha cruzado el Mar de Hierro. No viene por vuestro trono. Viene por la simiente.
El silencio que quedó en la sala fue más pesado que cualquier batalla. Kaelen se acercó a mí y me tomó de los hombros. Su mirada era una promesa de guerra.
—No dejaré que lo toquen, Elsa. Ni a ti, ni a él.
—Kaelen, si lo que dice es cierto, no es una guerra que podamos ganar solo con espadas. El niño… él ya está absorbiendo mi poder. Me siento más débil cada día.
Era verdad. El embarazo no era como el de una mujer humana. El ser en mi interior estaba drenando el Factor Éter para construir su propia esencia. Mi luz, antes inagotable, ahora fluctuaba.
—Entonces buscaremos ayuda donde nadie se atreve a mirar —dijo Kaelen, su rostro endureciéndose—. En el Exilio de las Sombras. Mi padre… él no murió, Elsa. Se exilió allí para estudiar a los Devoradores antes de que yo naciera. Él sabía que este día llegaría.
—Tu padre odiaba a los humanos, Kaelen. Si me ve… si ve lo que soy…
—Él verá a la madre de su nieto —respondió Kaelen, besándome con una ferocidad que intentaba infundirme su propia fuerza—. Y si intenta algo, descubrirá que su hijo es mucho más peligroso de lo que recordaba.
Esa noche, en la intimidad de nuestra alcoba, la pasión fue agridulce. Nos amamos con una urgencia que sabía a despedida, o tal vez a un nuevo comienzo peligroso. El “Spicy” de nuestro encuentro estuvo marcado por la nueva vida que crecía entre nosotros; cada caricia de Kaelen era un escudo, cada suspiro mío una súplica al destino para que nos permitiera ser simplemente una familia.
Mientras Kaelen dormía, me quedé mirando el techo, viendo cómo las sombras bailaban. Por primera vez desde que derrotamos a Lilith, sentí miedo. Pero no era el miedo de la Novia de Sangre por su propia vida. Era el miedo de una loba protegiendo a su cachorro.
La paz había terminado. El Volumen 2 había comenzado con una promesa de sangre y eclipse. Y yo estaba dispuesta a quemar el universo entero antes de dejar que el Arquitecto o sus Devoradores tocaran a mi hijo.
—Que vengan —susurré al vacío—. El sol negro está a punto de salir.
Notas del autor:
¡Bienvenidos al Volumen 2! Hemos subido la apuesta: Elsa está embarazada de un ser que desafía las leyes del universo, y nuevos enemigos —los Devoradores de Esencia— han aparecido. El viaje al Exilio de las Sombras para encontrar al padre de Kaelen promete revelar secretos oscuros del linaje Thorne. ¿Qué poder tendrá el Hijo del Eclipse? ¡No olviden votar con sus Power Stones y comentar qué les pareció este nuevo giro!
Estrategia para el Autor: El Capítulo 38 debe ser el inicio del viaje al Exilio. Un lugar donde el poder de Elsa (la luz) es su mayor debilidad porque atrae a los monstruos, obligando a Kaelen a ser el guerrero principal mientras Elsa lucha con los síntomas de su embarazo mágico. ¿Quieres que escribamos el Capítulo 38?
Este es el Capítulo 37, el inicio oficial del Volumen 2: El Linaje del Sol Negro. Tras la euforia de la boda y la paz aparente, este capítulo introduce una nueva escala de conflicto: la responsabilidad del poder y la llegada de una profecía que pondrá a prueba la naturaleza misma de su unión.
Elsa
El Exilio de las Sombras no era un lugar que se pudiera encontrar en un mapa. Era una herida en la realidad, un pliegue entre el mundo de los vivos y el vacío absoluto donde los vampiros más antiguos, aquellos que ya no podían contener su propia oscuridad, se retiraban para no consumir el mundo a su alrededor.
Partimos al amanecer, dejando el Castillo de Hierro bajo la regencia de Clara y el General Valerius. El viaje nos llevó hacia las Montañas del Lamento, un territorio donde el sol nunca lograba perforar la capa de nubes de plomo y donde el Éter se sentía como un susurro lejano.
Kaelen cabalgaba a mi lado, pero no sobre un corcel de sombras común. Había invocado a un semental de humo negro que parecía alimentarse de la propia angustia del paisaje. Su mirada estaba fija en el horizonte, pero cada pocos minutos, sus ojos dorados se desviaban hacia mí. Su instinto protector se había vuelto una fuerza asfixiante; desde que el Caminante Estelar mencionó a los Devoradores, Kaelen apenas me dejaba caminar diez pasos sin estar a su alcance.
—¿Cómo te sientes? —preguntó, su voz rompiendo el silencio gélido de la montaña.
—Como si tuviera una estrella de neutrones creciendo dentro de mí —respondí, intentando sonreír, aunque el esfuerzo me agotaba—. No es solo el cansancio, Kaelen. Es como si el niño estuviera filtrando el mundo a través de mí. Siento cada sombra, cada pensamiento oscuro de este bosque.
Kaelen detuvo su caballo y desmontó de un salto, acercándose a mí para ayudarme a bajar. Sus manos, envueltas en guanteletes de cuero negro, sostuvieron mi cintura con una delicadeza extrema.
—Aquí es donde el aire se vuelve veneno para la luz, Elsa. —Me rodeó con su capa, una prenda encantada con su propia sombra para intentar ocultar mi brillo—. El Exilio de las Sombras reacciona a la pureza. Tu Factor Éter es un faro en este lugar, y para los Devoradores, eres un banquete servido en bandeja de plata.
—Lo sé —susurré, apoyando mi cabeza en su pecho. El latido de su corazón era lo único sólido en este mundo que empezaba a disolverse—. Pero si tu padre tiene las respuestas sobre cómo estabilizar este poder, tenemos que seguir.
El “Spicy” entre nosotros había cambiado. Ya no era la urgencia del deseo lo que dictaba nuestros roces, sino una comunión de supervivencia. Kaelen me besó en la frente, un gesto cargado de una devoción tan pura que me dolía. En este lugar de muerte, nuestro amor era lo único que mantenía la realidad unida.
Llegamos a la Puerta del Olvido al caer la tarde. No era una estructura de piedra, sino una cascada de sombras líquidas que caía desde una grieta en el aire. No había sonido de agua, solo un zumbido constante que hacía que mis dientes vibraran.
—Mi padre, Malakor Thorne, cruzó este umbral hace trescientos años —dijo Kaelen, su voz tensa—. Dijo que la corona era una carga para los débiles y que él buscaría la “Verdadera Oscuridad”. Nunca pensé que tendría que seguir sus pasos.
—¿Crees que nos reconocerá? —pregunté, sintiendo que el niño en mi vientre se agitaba violentamente ante la cercanía de la puerta.
—Reconocerá mi sangre. Y reconocerá el poder que emanas. Lo que no sé es si nos dejará salir.
Kaelen tomó mi mano y, juntos, atravesamos la cascada de sombras. La sensación fue la de ser sumergidos en brea helada. El aire desapareció, reemplazado por una presión que intentaba aplastar mis pulmones. Pero entonces, mi luz blanca estalló de forma instintiva. No fue una luz de ataque, sino una esfera de protección que nos envolvió a ambos, cortando la oscuridad como un diamante corta el cristal.
Al otro lado, el paisaje era un espejo distorsionado del Norte. El cielo era de un negro absoluto, salpicado de estrellas que no brillaban, sino que eran agujeros en el firmamento. El suelo era de una ceniza blanca y fina que se elevaba con cada paso.
—Habéis tardado mucho, hijo mío.
La voz no venía de ninguna dirección. Parecía surgir del suelo mismo.
Frente a nosotros, sentado en un trono tallado en una sola pieza de obsidiana que flotaba sobre un lago de mercurio, estaba Malakor Thorne.
Era la imagen exacta de Kaelen, pero envejecida por eones de aislamiento. Su cabello era blanco como la nieve, y sus ojos no eran dorados, sino de un vacío plateado que parecía ver no solo mi cuerpo, sino el tejido mismo de mi alma. Vestía una armadura antigua, cubierta de runas que yo no podía leer, pero que emitían un calor oscuro.
—Padre —dijo Kaelen, dando un paso al frente y colocando su mano en el pomo de su espada. No era un saludo; era un desafío.
Malakor se levantó. Su movimiento fue tan lento y majestuoso que el tiempo pareció dilatarse. Bajó de su trono flotante y caminó sobre el mercurio como si fuera tierra firme. Se detuvo a tres metros de nosotros, fijando su mirada en mi vientre.
—Traes contigo el fin de todas las cosas, Kaelen —dijo Malakor, su voz resonando con una autoridad que hizo que mi luz blanca parpadeara—. Has cometido el pecado original. Has mezclado la luz de los Custodios con la sombra de los Thorne. ¿Sabes lo que has engendrado?
—He engendrado una vida, no un arma —respondió Kaelen, su voz cargada de una furia contenida—. Y hemos venido aquí porque el mundo exterior está despertando a los Devoradores. Elsa se debilita. El niño está consumiendo su esencia.
Malakor soltó una carcajada seca que sonó como huesos rompiéndose.
—Por supuesto que la consume. El niño es un agujero negro. Necesita el Éter para construir su esqueleto y la Sombra para tejer su carne. Si ella sigue intentando contenerlo, morirá antes de que el sol negro alcance el cenit.
Me adelanté, ignorando el gesto de advertencia de Kaelen. Mi luz brilló con más fuerza, desafiando la presencia opresiva de Malakor.
—No he venido aquí para que me digas que voy a morir, Malakor. He venido porque Kaelen dice que conoces los secretos del eclipse. Enséñame a equilibrar esta carga.
Malakor me miró con una curiosidad científica, una mirada desprovista de toda empatía humana.
—La humana tiene voluntad. Eso es lo que la ha mantenido viva hasta ahora. Pero la voluntad no es suficiente contra los Devoradores. Ellos ya están aquí, Elsa Croft. Se esconden en tus propias dudas.
De repente, la ceniza blanca a nuestro alrededor empezó a remolinarse, formando figuras altas y delgadas, sin rostro, con extremidades que terminaban en agujas de vacío. Los Devoradores de Esencia. No habían cruzado el mar; habían estado esperando en el umbral del Exilio.
—¡Atrás! —rugió Kaelen, desatando su sombra plateada.
La batalla fue un caos de contrastes. Kaelen se movía como un relámpago oscuro, cortando a través de los Devoradores, pero cada vez que destruía uno, dos más surgían de la ceniza. Yo intenté convocar el Primer Origen, pero una punzada de dolor en mi vientre me hizo caer de rodillas. El niño estaba absorbiendo mi magia justo cuando más la necesitaba para defenderme.
—Danos la simiente… —susurraban las criaturas, sus voces como estática en mi cerebro—. Danos el equilibrio…
Un Devorador se lanzó hacia mí, su aguja de vacío a centímetros de mi pecho. Pero Malakor, con un movimiento casi perezoso de su mano, cerró el puño en el aire. El Devorador implosionó, convirtiéndose en nada.
—Si queréis mi ayuda —dijo Malakor, mirando a Kaelen y luego a mí—, tendréis que demostrar que este niño merece nacer. El Exilio no acepta debilidad. Elsa, si quieres sobrevivir a este embarazo, debes dejar de ser la portadora de la luz. Debes convertirte en el Eclipse mismo.
—¿Qué significa eso? —pregunté, jadeando, mientras Kaelen regresaba a mi lado, cubierto de la ceniza de sus enemigos.
—Significa que debes permitir que Kaelen entre en tu núcleo —respondió Malakor, con una sonrisa cruel—. No como amante, sino como ancla. Debéis realizar la Sinfonía de Sangre Prohibida. Una fusión total de esencias que ningún Thorne ha intentado jamás con un ser de luz. Si falláis, vuestras almas se anularán mutuamente y este lugar será vuestra tumba. Si tenéis éxito… el niño tendrá un padre y una madre que son un solo ser.
Kaelen y yo nos miramos. Sabíamos lo que eso significaba. Era un nivel de intimidad y riesgo que iba más allá de lo físico. Significaba abrir cada rincón de nuestra mente, cada pecado, cada miedo, y dejar que el otro lo poseyera por completo.
—Lo haremos —dijimos al unísono.
Malakor señaló hacia una cueva que brillaba con una luz esmeralda al fondo del lago de mercurio.
—Entrad allí. Tenéis hasta que la primera estrella de vacío se oculte. Si para entonces no habéis logrado el equilibrio, yo mismo consumiré lo que quede de vuestro poder para alimentar este reino.
Kaelen me tomó en sus brazos y caminó sobre el mercurio hacia la cueva. El “Spicy” de la situación estaba ahora teñido de un misticismo peligroso. Íbamos a desnudarnos no solo de ropa, sino de existencia.
Mientras entrábamos en la cueva esmeralda, sentí que los Devoradores rodeaban la entrada, esperando. Pero mi mirada estaba fija en Kaelen.
—Si no regresamos de esto, Kaelen… —comencé.
—Regresaremos —me interrumpió, besándome con una ferocidad que selló nuestra promesa—. Porque el universo no está listo para lo que vamos a crear.
La Sinfonía de Sangre Prohibida estaba a punto de comenzar. Y el Exilio de las Sombras iba a ser testigo del nacimiento de un poder que ni siquiera Malakor Thorne podía imaginar.
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