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La Novia del Príncipe Oscuro - Capítulo 38

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Capítulo 38: 38 | El umbral del olvido

Elsa

El Exilio de las Sombras no era un lugar que se pudiera encontrar en un mapa. Era una herida en la realidad, un pliegue entre el mundo de los vivos y el vacío absoluto donde los vampiros más antiguos, aquellos que ya no podían contener su propia oscuridad, se retiraban para no consumir el mundo a su alrededor.

Partimos al amanecer, dejando el Castillo de Hierro bajo la regencia de Clara y el General Valerius. El viaje nos llevó hacia las Montañas del Lamento, un territorio donde el sol nunca lograba perforar la capa de nubes de plomo y donde el Éter se sentía como un susurro lejano.

Kaelen cabalgaba a mi lado, pero no sobre un corcel de sombras común. Había invocado a un semental de humo negro que parecía alimentarse de la propia angustia del paisaje. Su mirada estaba fija en el horizonte, pero cada pocos minutos, sus ojos dorados se desviaban hacia mí. Su instinto protector se había vuelto una fuerza asfixiante; desde que el Caminante Estelar mencionó a los Devoradores, Kaelen apenas me dejaba caminar diez pasos sin estar a su alcance.

—¿Cómo te sientes? —preguntó, su voz rompiendo el silencio gélido de la montaña.

—Como si tuviera una estrella de neutrones creciendo dentro de mí —respondí, intentando sonreír, aunque el esfuerzo me agotaba—. No es solo el cansancio, Kaelen. Es como si el niño estuviera filtrando el mundo a través de mí. Siento cada sombra, cada pensamiento oscuro de este bosque.

Kaelen detuvo su caballo y desmontó de un salto, acercándose a mí para ayudarme a bajar. Sus manos, envueltas en guanteletes de cuero negro, sostuvieron mi cintura con una delicadeza extrema.

—Aquí es donde el aire se vuelve veneno para la luz, Elsa. —Me rodeó con su capa, una prenda encantada con su propia sombra para intentar ocultar mi brillo—. El Exilio de las Sombras reacciona a la pureza. Tu Factor Éter es un faro en este lugar, y para los Devoradores, eres un banquete servido en bandeja de plata.

—Lo sé —susurré, apoyando mi cabeza en su pecho. El latido de su corazón era lo único sólido en este mundo que empezaba a disolverse—. Pero si tu padre tiene las respuestas sobre cómo estabilizar este poder, tenemos que seguir.

El “Spicy” entre nosotros había cambiado. Ya no era la urgencia del deseo lo que dictaba nuestros roces, sino una comunión de supervivencia. Kaelen me besó en la frente, un gesto cargado de una devoción tan pura que me dolía. En este lugar de muerte, nuestro amor era lo único que mantenía la realidad unida.

Llegamos a la Puerta del Olvido al caer la tarde. No era una estructura de piedra, sino una cascada de sombras líquidas que caía desde una grieta en el aire. No había sonido de agua, solo un zumbido constante que hacía que mis dientes vibraran.

—Mi padre, Malakor Thorne, cruzó este umbral hace trescientos años —dijo Kaelen, su voz tensa—. Dijo que la corona era una carga para los débiles y que él buscaría la “Verdadera Oscuridad”. Nunca pensé que tendría que seguir sus pasos.

—¿Crees que nos reconocerá? —pregunté, sintiendo que el niño en mi vientre se agitaba violentamente ante la cercanía de la puerta.

—Reconocerá mi sangre. Y reconocerá el poder que emanas. Lo que no sé es si nos dejará salir.

Kaelen tomó mi mano y, juntos, atravesamos la cascada de sombras. La sensación fue la de ser sumergidos en brea helada. El aire desapareció, reemplazado por una presión que intentaba aplastar mis pulmones. Pero entonces, mi luz blanca estalló de forma instintiva. No fue una luz de ataque, sino una esfera de protección que nos envolvió a ambos, cortando la oscuridad como un diamante corta el cristal.

Al otro lado, el paisaje era un espejo distorsionado del Norte. El cielo era de un negro absoluto, salpicado de estrellas que no brillaban, sino que eran agujeros en el firmamento. El suelo era de una ceniza blanca y fina que se elevaba con cada paso.

—Habéis tardado mucho, hijo mío.

La voz no venía de ninguna dirección. Parecía surgir del suelo mismo.

Frente a nosotros, sentado en un trono tallado en una sola pieza de obsidiana que flotaba sobre un lago de mercurio, estaba Malakor Thorne.

Era la imagen exacta de Kaelen, pero envejecida por eones de aislamiento. Su cabello era blanco como la nieve, y sus ojos no eran dorados, sino de un vacío plateado que parecía ver no solo mi cuerpo, sino el tejido mismo de mi alma. Vestía una armadura antigua, cubierta de runas que yo no podía leer, pero que emitían un calor oscuro.

—Padre —dijo Kaelen, dando un paso al frente y colocando su mano en el pomo de su espada. No era un saludo; era un desafío.

Malakor se levantó. Su movimiento fue tan lento y majestuoso que el tiempo pareció dilatarse. Bajó de su trono flotante y caminó sobre el mercurio como si fuera tierra firme. Se detuvo a tres metros de nosotros, fijando su mirada en mi vientre.

—Traes contigo el fin de todas las cosas, Kaelen —dijo Malakor, su voz resonando con una autoridad que hizo que mi luz blanca parpadeara—. Has cometido el pecado original. Has mezclado la luz de los Custodios con la sombra de los Thorne. ¿Sabes lo que has engendrado?

—He engendrado una vida, no un arma —respondió Kaelen, su voz cargada de una furia contenida—. Y hemos venido aquí porque el mundo exterior está despertando a los Devoradores. Elsa se debilita. El niño está consumiendo su esencia.

Malakor soltó una carcajada seca que sonó como huesos rompiéndose.

—Por supuesto que la consume. El niño es un agujero negro. Necesita el Éter para construir su esqueleto y la Sombra para tejer su carne. Si ella sigue intentando contenerlo, morirá antes de que el sol negro alcance el cenit.

Me adelanté, ignorando el gesto de advertencia de Kaelen. Mi luz brilló con más fuerza, desafiando la presencia opresiva de Malakor.

—No he venido aquí para que me digas que voy a morir, Malakor. He venido porque Kaelen dice que conoces los secretos del eclipse. Enséñame a equilibrar esta carga.

Malakor me miró con una curiosidad científica, una mirada desprovista de toda empatía humana.

—La humana tiene voluntad. Eso es lo que la ha mantenido viva hasta ahora. Pero la voluntad no es suficiente contra los Devoradores. Ellos ya están aquí, Elsa Croft. Se esconden en tus propias dudas.

De repente, la ceniza blanca a nuestro alrededor empezó a remolinarse, formando figuras altas y delgadas, sin rostro, con extremidades que terminaban en agujas de vacío. Los Devoradores de Esencia. No habían cruzado el mar; habían estado esperando en el umbral del Exilio.

—¡Atrás! —rugió Kaelen, desatando su sombra plateada.

La batalla fue un caos de contrastes. Kaelen se movía como un relámpago oscuro, cortando a través de los Devoradores, pero cada vez que destruía uno, dos más surgían de la ceniza. Yo intenté convocar el Primer Origen, pero una punzada de dolor en mi vientre me hizo caer de rodillas. El niño estaba absorbiendo mi magia justo cuando más la necesitaba para defenderme.

—Danos la simiente… —susurraban las criaturas, sus voces como estática en mi cerebro—. Danos el equilibrio…

Un Devorador se lanzó hacia mí, su aguja de vacío a centímetros de mi pecho. Pero Malakor, con un movimiento casi perezoso de su mano, cerró el puño en el aire. El Devorador implosionó, convirtiéndose en nada.

—Si queréis mi ayuda —dijo Malakor, mirando a Kaelen y luego a mí—, tendréis que demostrar que este niño merece nacer. El Exilio no acepta debilidad. Elsa, si quieres sobrevivir a este embarazo, debes dejar de ser la portadora de la luz. Debes convertirte en el Eclipse mismo.

—¿Qué significa eso? —pregunté, jadeando, mientras Kaelen regresaba a mi lado, cubierto de la ceniza de sus enemigos.

—Significa que debes permitir que Kaelen entre en tu núcleo —respondió Malakor, con una sonrisa cruel—. No como amante, sino como ancla. Debéis realizar la Sinfonía de Sangre Prohibida. Una fusión total de esencias que ningún Thorne ha intentado jamás con un ser de luz. Si falláis, vuestras almas se anularán mutuamente y este lugar será vuestra tumba. Si tenéis éxito… el niño tendrá un padre y una madre que son un solo ser.

Kaelen y yo nos miramos. Sabíamos lo que eso significaba. Era un nivel de intimidad y riesgo que iba más allá de lo físico. Significaba abrir cada rincón de nuestra mente, cada pecado, cada miedo, y dejar que el otro lo poseyera por completo.

—Lo haremos —dijimos al unísono.

Malakor señaló hacia una cueva que brillaba con una luz esmeralda al fondo del lago de mercurio.

—Entrad allí. Tenéis hasta que la primera estrella de vacío se oculte. Si para entonces no habéis logrado el equilibrio, yo mismo consumiré lo que quede de vuestro poder para alimentar este reino.

Kaelen me tomó en sus brazos y caminó sobre el mercurio hacia la cueva. El “Spicy” de la situación estaba ahora teñido de un misticismo peligroso. Íbamos a desnudarnos no solo de ropa, sino de existencia.

Mientras entrábamos en la cueva esmeralda, sentí que los Devoradores rodeaban la entrada, esperando. Pero mi mirada estaba fija en Kaelen.

—Si no regresamos de esto, Kaelen… —comencé.

—Regresaremos —me interrumpió, besándome con una ferocidad que selló nuestra promesa—. Porque el universo no está listo para lo que vamos a crear.

La Sinfonía de Sangre Prohibida estaba a punto de comenzar. Y el Exilio de las Sombras iba a ser testigo del nacimiento de un poder que ni siquiera Malakor Thorne podía imaginar.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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