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La Novia del Príncipe Oscuro - Capítulo 39

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  4. Capítulo 39 - Capítulo 39: 39 | Sinfonía de sangre prohibida
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Capítulo 39: 39 | Sinfonía de sangre prohibida

Elsa

La cueva esmeralda no era de piedra, sino de una sustancia cristalina que parecía latir con el ritmo de un corazón agónico. Aquí, en el centro del Exilio de las Sombras, el aire era tan denso con energía residual que cada respiración sabía a ozono y a sangre antigua. El silencio era absoluto, roto solo por el goteo del mercurio que se filtraba desde el techo, creando una melodía metálica y constante.

Kaelen me depositó sobre el altar de cristal esmeralda. El frío de la superficie atravesó mi túnica, pero no era un frío que quemara; era una invitación. Me miró con una intensidad que me hizo sentir desnuda mucho antes de que sus manos buscaran los cierres de mi ropa. Sus ojos dorados estaban velados por una bruma plateada, el signo de que su sombra estaba luchando por no devorar la luz que yo emanaba.

—Una fusión total, Elsa —susurró, su voz resonando en las paredes de la cueva—. Si entramos en este trance, no habrá secretos. Verás el monstruo que mi padre intentó forjar. Sentirás la sed que me ha consumido por siglos.

—Y tú sentirás el peso de la luz, Kaelen —respondí, tomando sus manos y guiándolas hacia mi vientre, donde la simiente del eclipse latía con una urgencia aterradora—. Sentirás cómo el niño nos reclama a ambos. No tengo miedo de tu oscuridad. Siempre ha sido mi refugio.

Kaelen se despojó de su armadura y de su túnica, revelando la musculatura tensa y las runas plateadas que ahora cubrían su torso como una red de constelaciones. Se situó sobre mí, su piel fría contra la mía, que ardía con la fiebre del Éter. El “Spicy” de este encuentro no era un juego de seducción; era una necesidad biológica y espiritual. Íbamos a convertirnos en un solo organismo para salvar la vida que habíamos creado.

—Muerde —me ordenó, ofreciéndome su muñeca, donde una vena palpitaba con una luz plateada—. Para que yo entre en tu luz, tú debes invitar a mi sombra a tu sangre.

No lo dudé. Acerqué mis labios a su piel y clavé mis dientes. No era la mordida de un depredador, sino la de una amante entregada. La sangre de Kaelen, fría y dulce como el vino de hielo, inundó mi sistema. Al instante, el mundo físico desapareció.

El Trance de las Almas.

Ya no estábamos en la cueva. Estábamos en un espacio sin dimensiones, donde nuestras conciencias flotaban entrelazadas.

De repente, fui arrastrada hacia sus recuerdos. Vi a un Kaelen niño, de apenas siete años, arrodillado frente a Malakor en este mismo Exilio. Vi cómo su padre lo obligaba a luchar contra sombras sin rostro para “purificar” su debilidad. Sentí el dolor de sus huesos rompiéndose y la soledad de un niño que solo quería un abrazo y recibía una lección de crueldad. Sentí el odio que Kaelen sentía por su propio linaje, y cómo ese odio se convirtió en la armadura fría que usaba cuando lo conocí.

—Esto es lo que soy, Elsa —la voz de Kaelen resonó en mi mente, cargada de una vergüenza milenaria—. Solo una herramienta rota de un hombre que olvidó cómo sentir.

—No —le respondí, envolviendo su conciencia con mi luz—. Esto es lo que sobreviviste. Mira a través de mis ojos, Kaelen.

Ahora fue él quien fue arrastrado a mi esencia. Kaelen sintió la pureza del Factor Éter, una energía que no era solo luz, sino una conexión con cada ser vivo, un amor universal que dolía por su intensidad. Sintió la agonía de mi madre al dejarme, pero también la esperanza que ella puso en mi sangre. Y luego, sintió lo que el niño en mi vientre estaba haciendo: una succión constante, un hambre de existencia que estaba deshilachando mis bordes.

—¡Te está matando! —el grito mental de Kaelen fue un estallido de plata—. ¡Está consumiendo tu alma porque no tiene un molde para su sombra!

—Entonces dáselo, Kaelen. Sé su molde. Sé su ancla.

En el vacío de nuestras mentes, nos unimos. El acto físico en el altar de cristal se reflejó en una colisión metafísica. Mi luz blanca y dorada se vertió en su vacío plateado, y su sombra entró en mis canales de Éter. El dolor fue indescriptible, como si nos estuvieran arrancando la piel y volviéndola a coser con hilos de fuego.

Nuestros cuerpos en el altar se arquearon al unísono. Un pilar de energía gris —la mezcla perfecta de ambos— brotó de la cueva, perforando el cielo negro del Exilio de las Sombras.

Sentí que mi corazón se detenía por un segundo, y en ese latido perdido, el niño reaccionó. La simiente del eclipse dejó de succionar mi energía y empezó a absorber la mezcla de ambos. Vi al niño en mi mente: ya no era un nudo de luz caótica, sino un pequeño sol negro rodeado de un halo de plata. Estaba en paz. Estaba equilibrado.

—La Sinfonía… se completa —la voz de Malakor llegó desde el exterior, con una nota de sorpresa y, por primera vez, algo parecido al respeto.

Abrí los ojos. Estábamos de vuelta en la cueva, pero el ambiente había cambiado. El cristal esmeralda bajo nosotros se había vuelto transparente, y la luz que emanaba de mi piel ya no era blanca, sino de un color nacarado, suave y constante. Kaelen estaba sobre mí, jadeando, su frente apoyada contra la mía. Sus ojos dorados ahora tenían un anillo plateado permanente alrededor de la pupila.

—Lo hicimos —susurró, su voz recuperando su fuerza—. Puedo sentirlo, Elsa. El niño… ya no te está drenando. Él… él es parte de nosotros dos ahora.

—Estamos vinculados, Kaelen —dije, pasando mis manos por su espalda, sintiendo que su piel ya no estaba fría, sino tibia, como la mía—. No solo por la sangre. Nuestras almas se han fusionado.

Kaelen me besó, y esta vez el beso supo a eternidad. El “Spicy” entre nosotros se transformó en una languidez de victoria y adoración absoluta. Nos quedamos así, envueltos en la manta de su capa, mientras el poder estabilizado del eclipse vibraba en el aire de la cueva.

Sin embargo, la calma duró poco. Un rugido ensordecedor sacudió la montaña, y el cristal de la cueva empezó a agrietarse.

Salimos al exterior, todavía cubriéndonos con nuestras ropas a medio poner. Malakor estaba de pie frente al lago de mercurio, con su espada de vacío desenvainada.

Frente a él, el cielo negro se había rasgado. Tres figuras colosales, hechas de una luz blanca tan intensa que quemaba la vista, descendían hacia el Exilio. No eran los Devoradores de sombras que habíamos visto antes. Eran los Serafines del Vacío, la élite del Arquitecto, los encargados de purgar las anomalías que el Telar no podía asimilar.

—Habéis creado un Sol Negro —las voces de los serafines resonaron como trompetas de guerra—. Habéis profanado la pureza del Origen. La simiente debe ser erradicada antes de que su primer llanto rompa el equilibrio del universo.

Kaelen se colocó frente a mí, su aura ahora fluyendo con una mezcla de plata y oro que hacía que el suelo bajo sus pies se convirtiera en cristal puro.

—Si queréis a mi hijo, tendréis que matar a un dios y a un monstruo primero —rugió Kaelen.

Malakor miró a su hijo y luego a mí. Una sonrisa cruel y orgullosa apareció en su rostro marchito.

—Parece que la lección ha terminado, Elsa Croft. Ahora, veamos si esa sinfonía que habéis compuesto es suficiente para silenciar a los ángeles del Arquitecto.

Me puse al lado de Kaelen, sintiendo que mi poder regresaba con una fuerza que nunca antes había experimentado. Ya no era la portadora de la luz; era el Eclipse mismo. La llama dorada en mi pecho se expandió, envolviendo mi mano en una espada de luz gris.

—No vamos a morir en este agujero, Malakor —dije, mirando a los Serafines que descendían—. Hemos luchado contra el destino. Estos son solo mensajeros.

La batalla por el nacimiento del Hijo del Eclipse estaba a punto de estallar en el corazón del olvido. Y por primera vez, el Exilio de las Sombras iba a conocer la verdadera luz de la creación.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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