La Novia del Príncipe Oscuro - Capítulo 4
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- Capítulo 4 - 4 4 El despertar de Éter
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4: 4 | El despertar de Éter 4: 4 | El despertar de Éter Elsa El “entrenamiento” no ocurrió en un gimnasio ni en un patio de armas.
Ocurrió en la biblioteca privada de Kaelen, un lugar que olía a pergamino antiguo, especias orientales y una magia tan densa que se sentía como estática en el aire.
Las paredes estaban cubiertas de libros que no tenían títulos, solo símbolos que parecían retorcerse si los mirabas demasiado tiempo.
—Siéntate —ordenó Kaelen, señalando una silla de terciopelo frente a un inmenso ventanal que daba al abismo del acantilado sobre el que se erguía el palacio.
Me senté, tratando de ignorar el vértigo.
Kaelen se situó detrás de mí.
No podía verlo, pero sentía su presencia como un peso físico.
Sus manos se posaron en mis hombros, y esta vez no hubo sutileza.
Sus dedos se hundieron en mi piel, buscando los puntos de presión.
—Tu sangre no es solo alimento, Elsa.
Es un catalizador.
Pero ahora mismo, ese poder está dormido, protegido por tu instinto humano de autopreservación.
Necesitamos romper ese muro.
—¿Y cómo lo hacemos?
—pregunté, sintiendo un nudo en el estómago—.
¿Con meditación?
¿Yoga vampírico?
Escuché una risa seca, casi inaudible, cerca de mi oído.
—Con dolor.
Y con placer.
Los dos extremos que obligan al alma a expandirse.
Sentí el frío de su mejilla rozar la mía mientras se inclinaba para hablarme al oído.
—Cierra los ojos.
Busca el latido de tu corazón.
No el que escuchas con los oídos, sino el que resuena en tu sangre.
Hice lo que me pidió.
Al principio, solo había oscuridad y el sonido del viento golpeando los cristales.
Pero entonces, Kaelen empezó a mover sus manos.
Bajaron desde mis hombros hasta mis brazos, sus yemas rozando mi piel con una suavidad desesperante.
Empezó a trazar símbolos invisibles en mis muñecas.
—La maldición Thorne es un parásito —susurró su voz, envolviéndome—.
Se alimenta de mi esencia.
Pero cuando bebí de ti, sentí algo…
una barrera.
Tu Factor Éter está tratando de aislar mi oscuridad.
Si aprendes a proyectar esa barrera, ningún vampiro, ni siquiera Julian, podrá tocarte sin tu permiso.
De repente, sentí un pinchazo de calor en mi muñeca derecha.
Abrí los ojos y vi que Kaelen sostenía una pequeña aguja de cristal.
Una gota de mi sangre quedó atrapada en la punta.
Él no la bebió.
En su lugar, la presionó contra un amuleto de plata que colgaba de su cuello.
El amuleto empezó a brillar con una luz blanca cegadora.
—Concéntrate, Elsa.
Llama a tu sangre de vuelta.
Siente la conexión.
Era una locura.
¿Cómo iba a llamar a algo que ya no estaba en mi cuerpo?
Pero entonces, el mareo de la noche anterior regresó.
Sentí un tirón en el centro de mi pecho, como un hilo invisible que me unía al amuleto.
El brillo blanco empezó a parpadear, tornándose de un rojo incandescente.
—Eso es…
—murmuró Kaelen.
Su voz sonaba tensa, casi forzada—.
Sigue.
No lo dejes ir.
El calor empezó a subir por mi brazo.
No era un calor agradable; era como si me estuvieran inyectando metal líquido.
Gemí, intentando soltarme de su agarre, pero él me mantuvo firme.
—¡Duele!
¡Kaelen, para!
—¡No!
—rugió él—.
El dolor es la llave, Elsa.
¡Úsalo!
Mira lo que nos están haciendo.
Mira cómo nos utilizan como piezas de ajedrez.
¡Enojate!
La rabia, que siempre había tenido bajo control, estalló.
Pensé en mi vida robada, en el beso forzado bajo las rosas, en la mirada de hambre de Julian y en la fría indiferencia del Consejo.
Pensé en Kaelen, que me usaba como una medicina mientras me llamaba “esposa”.
Un grito desgarrador escapó de mi garganta, y de repente, la habitación se llenó de una onda de choque.
Los libros salieron volando de los estantes.
Los cristales del ventanal vibraron hasta agrietarse.
Y el amuleto en el cuello de Kaelen estalló en mil pedazos.
Me desplomé hacia adelante, pero Kaelen me atrapó antes de que mi cara golpeara el suelo.
Estaba jadeando, con la vista borrosa y el sabor a ozono en la boca.
—Lo hiciste —dijo él.
Su voz no era fría.
Estaba llena de un asombro genuino.
Me obligué a enfocar la vista.
Kaelen estaba arrodillado frente a mí, sosteniéndome por la cintura.
Tenía un pequeño corte en la mejilla causado por uno de los fragmentos del amuleto, pero no se estaba curando de inmediato.
El brillo dorado en sus ojos era errático.
—¿Qué…
qué fue eso?
—logré articular.
—Tu voluntad —respondió él, limpiando una lágrima de mi mejilla con su pulgar—.
Has convertido el Factor Éter en un arma defensiva.
Has rechazado mi energía y la has devuelto multiplicada.
Se quedó mirándome en silencio durante un largo rato.
La tensión en la habitación había cambiado.
Ya no era la tensión de un maestro y una alumna, ni la de un depredador y su presa.
Era algo más oscuro y complejo.
Él pasó su mano por mi cabello, apartando los mechones rebeldes.
—Eres peligrosa, Elsa Croft.
Incluso para mí.
—¿Tienes miedo?
—le pregunté, desafiante a pesar de mi debilidad.
Kaelen sonrió, y esta vez, fue una sonrisa que me hizo temblar más que cualquier amenaza.
Una sonrisa llena de una urgencia salvaje.
—Me hace desearte más de lo que es prudente.
Se inclinó y, esta vez, el beso no fue para las cámaras ni para el Consejo.
Fue hambriento, desesperado.
Sus labios buscaron los míos con una necesidad que me quemaba.
Me envolvió con sus brazos, levantándome de la silla hasta que mis piernas rodearon su cintura.
Me aferré a él, mis uñas enterrándose en su espalda, buscando anclarme en medio de la tormenta de poder que acababa de desatar.
En ese momento, la puerta de la biblioteca se abrió de golpe.
Nos separamos jadeando, el hilo de saliva y deseo aún conectándonos.
Julian estaba de pie en el umbral, apoyado en el marco de la puerta con una elegancia perezosa.
Sus ojos recorrieron la escena: los libros por el suelo, el cristal roto, y a mí, desaliñada y en brazos de su primo.
—Vaya, vaya —dijo Julian, aplaudiendo lentamente—.
Parece que las lecciones privadas son más…
intensas de lo que imaginaba.
¿Interrumpo algo, primo?
Kaelen me bajó al suelo con lentitud, colocándose frente a mí para ocultarme de la vista de Julian.
Su aura se volvió negra y pesada de inmediato.
—Lárgate, Julian.
No tienes permiso para estar aquí.
—Oh, no necesito permiso para entregar un mensaje del Consejo —dijo Julian, dando un paso hacia el interior, sus botas resonando contra la madera—.
Parece que Lady Valerius está impaciente.
Ha decidido adelantar la Gran Cacería.
Se celebrará mañana por la noche.
Kaelen se tensó visiblemente.
—Es demasiado pronto.
—El Consejo quiere ver si tu “arma secreta” —Julian me señaló con la barbilla— puede sobrevivir en el campo.
Si Elsa no pasa la prueba de la Cacería, se considerará que el vínculo es insuficiente para proteger el linaje.
Y ya sabes lo que eso significa.
Julian se acercó a Kaelen, bajando la voz hasta convertirla en un susurro venenoso.
—Prepárala bien, Kaelen.
Porque en la Cacería, los accidentes ocurren.
Y sería una verdadera lástima que una sangre tan exquisita terminara derramada en el barro del bosque negro.
Julian me lanzó una última mirada, una que prometía cosas mucho peores que la muerte, y se retiró con una risotada que se quedó flotando en el aire como un mal presagio.
Me quedé mirando la puerta cerrada, el frío regresando a mis huesos.
—¿Qué es la Gran Cacería?
—pregunté, mi voz temblando.
Kaelen se giró hacia mí.
Su rostro era de nuevo una máscara de piedra, pero sus ojos estaban llenos de una furia gélida.
—Es un rito de iniciación —explicó—.
Liberan a presas en el bosque prohibido.
Los clanes cazan.
Pero para ti, Elsa…
para ti no será una cacería.
Será una ejecución disfrazada.
Se acercó a mí y me tomó de las manos.
Sus dedos estaban helados.
—Mañana, el mundo entero intentará matarte para llegar a mí.
Y tú vas a tener que decidir si vas a ser la presa…
o el cazador.
Miré los libros desparramados y el cristal roto por mi propio poder.
El calor del Éter todavía vibraba bajo mi piel.
—No voy a correr, Kaelen —dije, encontrando una fuerza que no sabía que poseía—.
Si quieren una cacería, les daré una que no olvidarán jamás.
Kaelen asintió, y por primera vez, vi una chispa de esperanza genuina en sus ojos.
Pero bajo esa esperanza, había un secreto que aún no me había contado.
Un secreto sobre el precio final de romper la maldición.
Un precio que, sospechaba yo, se pagaría con mi propia alma.
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