La Novia del Príncipe Oscuro - Capítulo 40
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Capítulo 40: 40 | El canto del eclipse y el crepúsculo
Elsa
Un lugar definido por su quietud eterna y su vacío absoluto, estaba siendo desgarrado. El cielo de obsidiana se había fracturado, revelando un blanco cegador detrás de las grietas: la luz del Plano Cero, la mirada gélida del Arquitecto que ya no enviaba hilos ni mensajes, sino ejecutores.
Los tres Serafines del Vacío descendían como meteoros de marfil. No tenían rostros humanos, sino esferas de luz pura rodeadas por seis alas de plumas metálicas que chirriaban al rozar el aire. Cada uno portaba una lanza de energía que vibraba con la frecuencia de la creación misma. Eran la perfección hecha destrucción.
—La anomalía debe ser purgada —sus voces no eran palabras, sino una sentencia que hacía que mis oídos sangraran—. El sol negro no conocerá el amanecer.
Kaelen se interpuso entre ellos y yo, su figura envuelta en un aura que desafiaba las leyes de la óptica. Ya no era solo plata; ahora, vetas de un oro incandescente recorrían su piel, producto de nuestra unión en la cueva. Su espada de sombra ya no era una hoja sólida, sino un desgarro en el espacio que siseaba con impaciencia.
—Atrás, Elsa —gruñó Kaelen, su voz resonando con una autoridad que incluso hizo que el lago de mercurio retrocediera—. Malakor, si alguna vez hubo una pizca de honor en tu sangre, ayúdame a proteger lo que es nuestro.
Malakor Thorne, el hombre que había renunciado al mundo para convertirse en el rey de la nada, soltó una carcajada que fue ahogada por un trueno celestial. Su cabello blanco ondeaba como una bandera de rendición que nunca llegaría.
—He pasado tres siglos esperando un enemigo digno, Kaelen —dijo Malakor, desenvainando una espada de vacío que parecía absorber la luz de los propios serafines—. No protejo a la humana, ni a su luz. Protejo el derecho de un Thorne a engendrar lo imposible.
El primer Serafín atacó. Su lanza descendió con la velocidad de un pensamiento. Kaelen la interceptó, y el choque de energías creó una onda expansiva que evaporó el mercurio a cien metros a la redonda. El suelo de ceniza blanca se convirtió en cristal bajo sus pies.
Yo caí de rodillas, gimiendo. El niño en mi vientre reaccionó a la presencia de los serafines. No era miedo; era hambre. Sentía cómo la simiente del eclipse intentaba alcanzar la luz de los ángeles, como si quisiera devorar su perfección para completar su propia forma. Mi luz blanca y gris fluctuaba salvajemente, quemándome desde dentro.
—Danos la simiente, madre de la blasfemia —dijo el segundo Serafín, apareciendo frente a mí en un parpadeo, su lanza apuntando directamente a mi vientre.
—¡NO LA TOQUES! —Malakor apareció de la nada, su espada de vacío cortando el aire en un arco descendente.
El Serafín bloqueó el golpe, pero Malakor no era un guerrero común. Usó su propia esencia, su “Verdadera Oscuridad”, para infectar la luz del serafín. Vi con asombro cómo las alas de marfil del ángel empezaban a tornarse negras y a pudrirse.
—He vivido en el olvido tanto tiempo que ya no soy parte de vuestro plan —siseó Malakor, golpeando de nuevo con una fuerza brutal—. ¡Regresad a vuestro telar y decidle al Arquitecto que el Exilio tiene un nuevo dueño!
Kaelen luchaba contra el tercer Serafín en una danza mortal de plata y luz. Cada golpe de Kaelen dejaba cicatrices de oro en la armadura del ángel. El “Spicy” de nuestra conexión, ahora elevado a un nivel divino, me permitía sentir cada gramo de su esfuerzo. Sus músculos ardían, su sangre plateada hervía, pero su voluntad era un muro inquebrantable.
Sin embargo, los Serafines eran infinitos. Por cada herida que recibían, la luz del Plano Cero los reparaba.
—Kaelen, Malakor… ¡no podéis ganar así! —grité, intentando ponerme de pie. La llama dorada en mi pecho estalló, pero no para atacar, sino para ver.
Gracias a la “Sinfonía de Sangre Prohibida”, mi visión se había expandido. Vi los hilos que conectaban a los Serafines con el cielo. Eran cables de luz pura que los alimentaban. Mientras esos cables existieran, eran inmortales en este plano.
—¡Cortad los hilos del cielo! —le grité a Kaelen a través de nuestro vínculo mental—. ¡No ataquéis a los ángeles, buscad el anclaje!
Kaelen entendió al instante. Miró hacia la grieta en el cielo y sus ojos se volvieron pozos de sombra absoluta.
—Malakor, necesito que los mantengas aquí. ¡Solo diez segundos!
—¿Diez segundos? —Malakor sonrió de lado, una sonrisa que por fin se parecía a la de Kaelen—. Hijo, te daré la eternidad.
Malakor Thorne hizo algo que ningún vampiro había intentado jamás. No expandió su sombra; la implosionó. Su cuerpo empezó a brillar con un fuego negro, una combustión de su propia alma milenaria. Se lanzó contra los tres Serafines a la vez, envolviéndolos en un abrazo de vacío que los inmovilizó contra el suelo de cristal.
—¡Idos de aquí! —rugió Malakor, su voz convirtiéndose en un eco distorsionado—. ¡Llevad al niño al Templo de la Sangre Antigua en las Tierras del Este! ¡Es el único lugar donde la luz del Arquitecto no puede entrar!
—¡Padre, no! —Kaelen intentó acercarse, pero la presión del vacío de Malakor era demasiado fuerte.
—¡VETE, KAELEN! —gritó Malakor, y por un microsegundo, vi al padre que Kaelen nunca tuvo—. Haz que el sacrificio de este viejo amargado valga la pena. ¡Haz que ese niño nazca y que el universo se arrepienta de habernos maldecido!
Kaelen me tomó en sus brazos, sus ojos llenos de una agonía silenciosa. Miró a su padre una última vez, asintió, y luego saltó hacia la grieta que Malakor había abierto en la realidad con su propia destrucción.
Lo último que vi antes de cruzar el umbral fue a Malakor Thorne estallando en una supernova de oscuridad, arrastrando a los tres Serafines hacia el olvido definitivo. El Exilio de las Sombras se cerró tras nosotros con un estruendo que pareció el fin de los tiempos.
Aparecimos en la ladera de una montaña nevada, lejos del Exilio, pero aún en las Tierras del Este. El frío era cortante, pero después de la presión del vacío, se sentía como una caricia.
Kaelen me depositó sobre la nieve, cayendo de rodillas a mi lado. Estaba cubierto de ceniza y sangre, su armadura destrozada. Se quedó mirando al vacío, con las manos temblando. Había recuperado a su padre solo para verlo morir salvándonos.
—Se ha ido —susurró, su voz rota—. Él… él realmente nos salvó.
Me acerqué a él y lo envolví en mis brazos, ignorando el agotamiento que amenazaba con apagar mi propia luz. El “Spicy” de nuestra unión ahora era un consuelo profundo, un bálsamo de almas heridas.
—Él eligió su final, Kaelen. No murió como una herramienta. Murió como el hombre que protegió a su linaje.
Kaelen me estrechó contra él, buscando el calor de mi cuerpo. Sentí al niño moverse en mi vientre; la agitación del eclipse se había calmado, como si hubiera reconocido el sacrificio de su abuelo y hubiera aceptado la nueva estabilidad.
—Tenemos que seguir —dijo Kaelen, poniéndose de pie con un esfuerzo sobrehumano, recuperando su máscara de soberano—. El Templo de la Sangre Antigua no está lejos. Si lo que dijo Malakor es cierto, es el único lugar donde el embarazo podrá completarse sin atraer a más ángeles.
—Kaelen… ¿qué pasará cuando nazca? —pregunté, mirando hacia las estrellas que ahora se veían normales, pero que yo sabía que ocultaban al Arquitecto—. El mundo no estará listo para él.
—Entonces cambiaremos el mundo —respondió él, tomándome de la mano con una fuerza inquebrantable—. Que el Arquitecto envíe a todos sus serafines. Tenemos la luz del Origen, la sombra de los Thorne y el sacrificio de Malakor de nuestro lado.
Caminamos por la nieve, dos figuras de luz y sombra recortadas contra la inmensidad del Este. La guerra por el Hijo del Eclipse acababa de cobrarse su primera gran víctima, y el precio de la paz se estaba volviendo insoportable. Pero mientras caminábamos, sentí una nueva fuerza en mi interior. Ya no era solo mi poder; era el eco de la “Sinfonía” que habíamos creado.
El Volumen 2 llegaba a la mitad de su camino. El nacimiento se acercaba, y con él, el destino de dos razas pendía de un hilo.
—Descansa, pequeño —susurré hacia mi vientre—. Tu abuelo te ha comprado el tiempo. Tu padre y yo te daremos el mundo.
La nieve seguía cayendo, borrando nuestras huellas, mientras en la lejanía, las torres de obsidiana del Templo de la Sangre Antigua emergían entre la bruma como una promesa de refugio… o una nueva prisión.
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