La Novia del Príncipe Oscuro - Capítulo 42
- Inicio
- Todas las novelas
- La Novia del Príncipe Oscuro
- Capítulo 42 - Capítulo 42: 42 | La carrera de las sombras
Tamaño de Fuente
Tipo de Fuente
Color de Fondo
Capítulo 42: 42 | La carrera de las sombras
Elsa
El viento de las Tierras del Este ya no susurraba; aullaba con una furia que parecía orquestada por el mismísimo Arquitecto. Habíamos dejado atrás la seguridad del Templo de la Sangre Antigua hacía apenas unas horas, pero el báculo de obsidiana que el Conservador nos entregó vibraba en mi mano con una advertencia constante. La capa de invisibilidad que nos envolvía era una burbuja frágil, un velo de realidad distorsionada que ocultaba nuestra luz, pero no nuestro peso en el mundo.
Kaelen cabalgaba a mi lado, sus ojos fijos en el desfiladero que se abría ante nosotros. El cansancio marcaba su rostro, pero su postura era la de un depredador que se niega a rendirse. Su armadura estaba cubierta de una fina capa de escarcha azul, y su mano nunca se alejaba de la mía.
—Siento a los rastreadores, Elsa —murmuró, su voz apenas audible sobre el estruendo del vendaval—. No son Serafines. Son los clanes rebeldes. Los colmillos de la vieja guardia que Malakor no logró purgar.
—Huelen el eclipse —respondí, apretando los dientes mientras una contracción mágica recorría mi vientre—. El niño… él no quiere estar escondido, Kaelen. Está empujando contra el báculo. Quiere gritarle al mundo que ya está aquí.
De repente, una flecha de luz negra impactó contra el escudo invisible del báculo, haciéndolo estallar en mil pedazos de sombra. El impacto nos lanzó de nuestros caballos. Caí sobre la nieve azul, protegiendo instintivamente mi vientre con mis brazos.
Kaelen se puso en pie en un segundo, desenvainando su espada de sombra dorada con un rugido que hizo que las rocas del desfiladero vibraran.
—¡SALID DE LAS SOMBRAS, COBARDES! —gritó Kaelen, su aura plateada expandiéndose como una explosión de mercurio.
De las grietas de la montaña surgieron doce figuras envueltas en capas de piel de lobo blanco. Eran los Ejecutores de la Sangre Pura, los asesinos de los clanes del Este que consideraban que nuestra unión era la muerte de la raza vampírica. Sus ojos rojos brillaban con un fanatismo religioso.
—¡El bastardo no nacerá! —gritó el líder, un vampiro de facciones afiladas llamado Vorian—. ¡Prefiero ver el Norte en cenizas antes que ver a un humano-dios sentado en el trono de los Thorne!
Vorian y sus asesinos se lanzaron al ataque. Kaelen no esperó. Se convirtió en un torbellino de plata y muerte, interceptándolos antes de que pudieran acercarse a mí. Su espada cortaba el aire con una precisión quirúrgica, pero por cada asesino que derribaba, otros dos parecían surgir del suelo.
Yo intenté ponerme en pie, pero el báculo de obsidiana estaba roto. Sin su protección, mi luz blanca estalló de nuevo, proyectando un faro gigante hacia el cielo nublado.
—¡Maldita sea! —Kaelen me miró por un segundo, su rostro lleno de terror al ver que nuestra ubicación era ahora pública para cualquier Serafín que estuviera cerca—. ¡Elsa, usa el fragmento! ¡Dales el eclipse!
—¡No puedo controlarlo, Kaelen! —grité, mientras la energía dorada y negra en mi interior empezaba a desbordarse—. ¡Si lo suelto ahora, destruiré la montaña entera contigo en ella!
Vorian vio su oportunidad. Esquivó un golpe de Kaelen y se lanzó hacia mí con una daga impregnada de veneno de vacío.
—¡MUERE, BLASFEMIA! —rugió.
En ese momento, el tiempo pareció detenerse. Sentí que el niño en mi interior tomaba el control. No fue una succión de energía, fue una donación. El pequeño sol negro en mi vientre emitió un pulso que no salió de mi cuerpo, sino que se infundió en Kaelen a través de nuestra marca.
Kaelen se detuvo en seco. Sus ojos se volvieron totalmente dorados, y de su espalda brotaron alas de sombra sólida con plumas de luz dorada. Ya no era un vampiro; era el Heraldo del Eclipse. En un movimiento que el ojo humano no podría haber percibido, apareció frente a Vorian y le agarró la mano que sostenía la daga.
—Tú no eres nadie para juzgar su derecho a existir —dijo Kaelen, su voz resonando con el eco de mil eras.
Con un apretón, la mano de Vorian se desintegró en cenizas blancas. Kaelen lanzó un grito de guerra y una onda expansiva de energía gris barrió el desfiladero, desintegrando a los asesinos restantes y solidificando la nieve en un camino de cristal.
La transformación de Kaelen duró solo unos segundos, pero fue suficiente. Se desplomó sobre una rodilla, volviendo a su forma normal, jadeando por el esfuerzo. Corrí hacia él y lo envolví en mis brazos.
—¿Estás bien? —pregunté, besando su frente empapada de sudor. El “Spicy” de nuestra conexión ardía con una intensidad salvaje; compartir el poder de nuestro hijo había creado una intimidad que rozaba lo insoportable.
—Él… él me dio su fuerza —susurró Kaelen, mirándome con asombro—. Elsa, él no es solo un niño. Es el guerrero que el mundo necesita.
—Pero estamos expuestos, Kaelen. Mira el cielo.
Las nubes se estaban abriendo. Pero no era el sol lo que aparecía tras ellas. Eran las naves del Arquitecto, estructuras de geometría pura que empezaban a descender sobre las Tierras del Este. Los Serafines venían en masa.
—Tenemos que llegar al Castillo ahora —dijo Kaelen, poniéndose de pie con dificultad. Me tomó en sus brazos, sin importarle que sus propios músculos estuvieran al borde del colapso—. Ya no podemos ocultarnos. Vamos a correr a plena luz.
Corrimos. Kaelen usó lo que le quedaba de su sombra para propulsarse a través de las cumbres, saltando grietas que habrían sido mortales para cualquier otro. Detrás de nosotros, el cielo era un mosaico de explosiones de luz blanca mientras las defensas del Este intentaban, en vano, frenar el avance de los ángeles.
Llegamos a la frontera del Norte al anochecer. El Castillo de Hierro se veía en la distancia, sus torres brillando con el fuego que Clara y Valerius habían encendido para guiarnos. Pero entre nosotros y el castillo, el Mar de Hierro estaba cubierto de una bruma espesa.
—Thalassa —dije, sintiendo la vibración del agua—. Ha regresado.
—No es ella, Elsa —respondió Kaelen, deteniéndose en el borde de un acantilado—. Es algo peor. Los Tejedores han unido fuerzas con los restos de la marea. Han creado un muro de realidad distorsionada para que no podamos cruzar el puente.
El niño en mi vientre pateó con una fuerza que me hizo doblarme de dolor. El eclipse estaba comenzando. La primera de las dos lunas empezó a cubrir el sol pálido del invierno.
—Kaelen, no queda tiempo —dije, mis ojos brillando con una luz que ya no podía contener—. El parto va a comenzar. No llegaremos al Corazón del Castillo si no rompemos ese muro ahora.
Kaelen me miró, y vi en él la misma resolución que tuvo Malakor antes de morir. Pero él no se iba a sacrificar; él iba a reclamar.
—Toma mi sangre, Elsa —me dijo, ofreciéndome su cuello, donde la vena palpitaba con una luz plateada—. No solo un poco. Bebe hasta que sientas que mi sombra es tuya. Necesitamos la Sinfonía completa para rasgar el velo.
En medio de la nieve, bajo el sol que empezaba a oscurecerse, el romance y el peligro se fundieron en un último acto de entrega. Me prendí de su cuello, bebiendo de su esencia con un hambre que ya no era mía, sino del niño. Kaelen me rodeó con sus brazos, gruñendo de placer y dolor mientras nuestras almas se fundían de nuevo.
El “Spicy” de este momento fue la nota más alta de nuestra historia: una comunión de sangre en el borde del abismo. Sentí su fuerza, sus recuerdos, su amor incondicional fluyendo hacia mi núcleo. Mi Éter respondió, envolviéndonos en un capullo de luz carmesí.
—¡AHORA! —gritamos al unísono.
Lanzamos un rayo de energía pura, la Sinfonía del Eclipse, hacia el muro de bruma. El impacto fue tan violento que el mar debajo del puente se evaporó instantáneamente. El muro de los Tejedores se rasgó como si fuera seda vieja, revelando el camino hacia el castillo.
Entramos en el patio principal justo cuando el eclipse total se completaba. El mundo se sumergió en una penumbra dorada y violeta.
Clara y Valerius corrieron hacia nosotros, pero se detuvieron ante la intensidad de la luz que emanaba de mi vientre.
—¡Llevadla al Corazón! —ordenó Kaelen, entregándome a los brazos de los sanadores mientras él se giraba hacia el puente, donde los primeros Serafines empezaban a aterrizar—. ¡Yo mantendré las puertas cerradas! ¡Nadie entra en este castillo hasta que oiga el llanto de mi hijo!
Me llevaron a través de los pasillos, hacia la cámara secreta bajo el trono, el lugar donde la primera gota de Éter había tocado la tierra eones atrás. El dolor era ahora una constante, una marea que amenazaba con arrastrarme, pero la mano de Clara en la mía y el eco de Kaelen en mi mente me mantenían anclada.
—Ya casi estamos, Elsa —susurró Clara—. El Corazón te está esperando.
Llegamos a la cámara de obsidiana. En el centro, una piedra blanca pulsaba con una luz rítmica. Me depositaron sobre ella, y en cuanto mi piel tocó la piedra, el Castillo de Hierro entero empezó a cantar.
Afuera, Kaelen rugía mientras su espada de sombra y oro cortaba a través de las legiones del cielo. Dentro, yo me preparaba para el nacimiento que cambiaría el destino de todas las razas.
El eclipse estaba en su cenit. El silencio del universo era absoluto.
Y entonces, en el centro del Norte, la luz y la sombra se fundieron en un grito que no fue el mío.
Fue el primer llanto del Hijo del Eclipse.
Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com