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La Novia del Príncipe Oscuro - Capítulo 44

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Capítulo 44: 44 | El niño que jugaba con eclipses

Elsa

Este es el Capítulo 44, el inicio del Volumen 3: El Trono de la Progenie. Han pasado cinco años desde la Gran Purga de los Serafines. En el lenguaje de las novelas Premium, este salto temporal es esencial para elevar las apuestas: ya no se trata solo de sobrevivir, sino de criar a una fuerza de la naturaleza que el mundo entero observa con una mezcla de adoración y pánico.

CAPÍTULO 44: EL NIÑO QUE JUGABA CON ECLIPSES

Cinco años habían pasado desde que el primer llanto de Aidan desgarró el velo del Plano Cero, y el Castillo de Hierro ya no era el mismo. Las paredes de obsidiana ahora estaban veteadas de un cuarzo dorado que brillaba con una luz propia, alimentado por la mera presencia del heredero. El invierno del Norte se había suavizado; la nieve seguía cayendo, pero ya no era el frío mortal de antaño, sino una caricia fresca que protegía las tierras de los Thorne.

Me encontraba en el Balcón de los Suspiros, observando el patio de entrenamiento. Kaelen estaba allí abajo, pero no estaba castigando a sus generales ni revisando tropas. Estaba de pie, con los brazos cruzados y una expresión que oscilaba entre el orgullo feroz y una preocupación que le surcaba la frente.

Frente a él, un niño de cinco años, con el cabello negro como el ala de un cuervo y una túnica de seda blanca, caminaba descalzo sobre la nieve.

—Aidan, concéntrate —la voz de Kaelen resonó en el patio, profunda y vibrante—. No dejes que la sombra te domine. Tú eres el que dicta el contorno, no ella.

Aidan levantó sus pequeñas manos. Sus ojos, esos pozos de dorado y gris galáctico, brillaron con una intensidad aterradora. De sus dedos no brotaron chispas, sino hilos de una energía violeta que empezaron a tejerse en el aire. En un segundo, la sombra de un gran sauce cercano cobró vida, despegándose del suelo y transformándose en un lobo de oscuridad que corría alrededor del niño.

Pero entonces, el lobo empezó a crecer. Sus ojos se volvieron rojos y su rugido hizo que las ventanas del castillo vibraran. La sombra estaba dejando de ser un juego para convertirse en un depredador.

—¡Aidan, basta! —gritó Kaelen, dando un paso adelante.

El niño no se inmutó. Su rostro, una miniatura perfecta de la elegancia gélida de Kaelen, permanecía impasible. Con un movimiento seco de su muñeca, Aidan cerró el puño. Una ráfaga de luz blanca, pura y cortante como el diamante, estalló desde su centro, desintegrando al lobo de sombra en un instante.

La onda expansiva lanzó a los guardias cercanos hacia atrás. Aidan se quedó allí, en silencio, mirando sus manos como si fueran herramientas extrañas.

—Lo siento, padre —dijo el niño, su voz era inusualmente madura para su edad—. La sombra quería comerse la luz. Tuve que apagarla.

Kaelen se acercó y lo tomó en sus brazos, apretándolo contra su armadura de plata. Vi a Kaelen cerrar los ojos, inhalando el aroma de su hijo, ese aroma a ozono y lirios que siempre rodeaba a Aidan.

—Algún día, pequeño, no tendrás que apagar nada —susurró Kaelen—. Algún día entenderás que tú eres ambos.

Bajé al patio, sintiendo que mi propio Éter vibraba en simpatía con la energía del niño. El “Spicy” de mi conexión con Kaelen seguía ahí, inalterable, una corriente de calor que me unía a él a través de cualquier distancia. Al verme, Kaelen me dedicó esa sonrisa privada, esa que solo existía para mí, y Aidan corrió a mis brazos.

—Madre, ¿has visto? —preguntó Aidan, enterrando su rostro en mi vestido—. La luz es más fácil de controlar hoy. Pero la sombra… la sombra susurra cosas.

Sentí un escalofrío. Me puse a su altura y le acaricié el cabello. —¿Qué te dice la sombra, mi amor?

—Dice que el hombre del espejo está volviendo —respondió Aidan, mirándome con una seriedad que me heló la sangre—. Dice que las piezas del cristal se están uniendo de nuevo.

Kaelen y yo intercambiamos una mirada cargada de significado. Habíamos intentado olvidar la visión de la figura del espejo tras el nacimiento, convenciéndonos de que era un residuo de la magia de los Tejedores. Pero Aidan lo sentía. Él era el sensor de la realidad.

—Ve a jugar con Clara, Aidan —dije, dándole un beso en la frente—. Tu padre y yo tenemos cosas de adultos que discutir.

En cuanto el niño se alejó, la máscara de paz de Kaelen se desmoronó. Me tomó de la mano y me guio hacia el interior, hacia la Sala de los Mapas.

—Los clanes del Este se están movilizando, Elsa —dijo Kaelen, desplegando un pergamino que mostraba marcas de avistamientos—. Dicen que un “nuevo profeta” ha aparecido en las ruinas de la Ciudad de Oro. No es un vampiro, ni un humano. Es alguien que dice que Aidan no es un salvador, sino el Parásito del Mundo.

—¿El Parásito? —sentí que mi luz blanca se encendía de furia—. Después de todo lo que sacrificamos…

—Dicen que Aidan está drenando el Origen de la tierra para alimentar su propio crecimiento. Y tienen parte de razón, Elsa. Mira el clima del Norte. Es demasiado cálido. El castillo está cambiando. La gente empieza a notar que la presencia de Aidan altera la naturaleza misma de lo que los rodea.

Me senté pesadamente en una de las sillas de ébano. El romance y la victoria del Volumen 2 se sentían ahora como un prólogo distante. Estábamos entrando en el terreno más pantanoso de todos: la política del miedo.

—Kaelen, si los clanes se unen contra nosotros, no será una guerra de ángeles contra demonios. Será una guerra civil. Hermanos contra hermanos.

—No dejaré que lo toquen —repitió Kaelen, la misma promesa que hizo hace cinco años, pero ahora con un peso mucho más oscuro—. Si el mundo decide que mi hijo es un parásito, entonces yo seré el veneno que mate al mundo.

El “Spicy” de nuestra pasión se transformó en una tensión eléctrica. Kaelen se acercó a mí, atrapándome entre su cuerpo y la mesa de mapas. Sus manos me tomaron del rostro con una urgencia febril. Me besó con una desesperación que sabía a hierro y a promesa de sangre. En ese beso, me recordó que seguíamos siendo los rebeldes que desafiaron al Arquitecto.

—Todavía somos un punto fijo, Elsa —susurró contra mis labios—. No importa lo que el profeta diga, ni lo que Aidan sueñe. Mientras estemos juntos, el tejido no puede romperse.

—Pero Aidan no es como nosotros, Kaelen —dije, apartándome un poco para mirarlo—. Él no elige su poder. Su poder lo elige a él. Si no encontramos la forma de estabilizarlo, el “Sol Negro” de la profecía no será un título de gloria, será un epitafio.

Esa noche, el Castillo de Hierro fue sacudido por un terremoto que no provino de las placas tectónicas.

Un grito desgarrador resonó desde la habitación de Aidan. Kaelen y yo corrimos por los pasillos, nuestras esencias iluminando el camino como dos cometas. Al entrar en su cuarto, nos detuvimos en seco.

Aidan no estaba en su cama. Estaba flotando en el centro de la habitación, envuelto en una esfera de luz violeta y negra. Pero no estaba solo.

Frente a él, una proyección holográfica de un espejo roto mostraba la figura que temíamos. Era un hombre alto, vestido con harapos que parecían hechos de pergamino quemado. Su rostro seguía oculto, pero su voz llenó la habitación, una voz que sonaba como el crujido de la tierra seca.

—El tiempo de la incubación ha terminado —dijo la figura—. El heredero ha crecido lo suficiente para reconocer su verdadera naturaleza. No eres un Thorne, niño. No eres un Croft. Eres el Instrumento de la Purga.

—¡Aléjate de mi hijo! —Kaelen lanzó una estocada de sombra absoluta, pero su espada atravesó la proyección como si fuera aire.

La figura se giró hacia nosotros. Un solo ojo, de un color verde radioactivo, brilló bajo la capucha. —Príncipe de las Sombras, Emperatriz de la Luz… vuestro amor fue el catalizador, pero el resultado ya no os pertenece. El Arquitecto no envió a los Serafines para matarlo. Los envió para probarlo. Y él ha pasado la prueba.

Aidan abrió los ojos. Pero no eran los ojos de mi hijo. Eran pozos de un vacío blanco y gélido. —Padre… madre… —su voz sonó multiplicada por mil ecos—. Tengo mucha hambre. El mundo… el mundo se ve tan pequeño. Tan frágil.

De la espalda de Aidan brotaron seis alas, pero no de plumas ni de sombra. Eran alas de cristal líquido que reflejaban todas las realidades que los Tejedores habían intentado crear. El poder que emanó de él fue tan fuerte que Kaelen y yo fuimos lanzados contra las paredes de obsidiana.

—Él es el Séptimo Tejedor —dijo la figura del espejo antes de desvanecerse—. El que deshará el nudo que vosotros creasteis.

Aidan cayó al suelo, la esfera de energía desapareciendo instantáneamente. Corrimos hacia él. Estaba inconsciente, su piel pálida y fría, pero en su frente, la marca del eclipse ahora era una cicatriz permanente que palpitaba con una luz verde esmeralda.

Kaelen lo tomó en sus brazos, mirando hacia la ventana rota. El cielo del Norte ya no era oscuro. Estaba teñido de un verde enfermizo, el mismo color de la gema de Lilith, el mismo color de los hilos del Nexo.

—Han vuelto, Elsa —dijo Kaelen, su voz era un hilo de acero—. No son los ángeles. Es algo mucho más antiguo. Alguien está usando la esencia de Lilith para corromper a Aidan desde el interior.

—El profeta —susurré, levantándome con dificultad—. El hombre del espejo. Él no quiere matar a Aidan. Quiere que Aidan sea el que destruya todo lo que hemos construido.

Kaelen apretó a nuestro hijo contra su pecho y me miró. En sus ojos vi el inicio de una guerra que no podíamos ganar solo con amor.

—Prepara a la guardia, Elsa. El Volumen 3 ha comenzado con una traición que viene de la propia sangre de Aidan. Ya no luchamos por un imperio. Luchamos por el alma de nuestro hijo.

Los tres soberanos en una habitación destrozada, mientras en el horizonte, las estrellas empezaban a caer como lágrimas de fuego sobre el Mar de Hierro.

El Sol Negro había despertado. Y su primera palabra no fue amor, sino hambre.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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