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La Novia del Príncipe Oscuro - Capítulo 45

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  4. Capítulo 45 - Capítulo 45: 45 | La sangre de la traición
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Capítulo 45: 45 | La sangre de la traición

Elsa

El amanecer tras el ataque del Profeta no trajo luz, sino una penumbra verdosa que se filtraba por las ventanas rotas de la habitación de Aidan. El aire del Castillo de Hierro, antes vibrante y cálido, se sentía ahora estancado, como el agua de un pozo olvidado. Aidan dormía en su cama, pero su sueño no era el de un niño; su pecho subía y bajaba con un ritmo mecánico, y de sus labios escapaban susurros en una lengua que hacía que las sombras de las esquinas se retorcieran de dolor.

Kaelen estaba de pie junto a la cama, con la mano sobre la empuñadura de su espada. Sus nudillos estaban blancos por la presión. No había dormido, no había parpadeado. Su sombra plateada se extendía por el suelo como un manto protector, pero yo podía ver las grietas en su aura. El miedo por su hijo estaba devorando al guerrero desde dentro.

—No podemos quedarnos aquí esperando a que el espejo vuelva a hablarle, Elsa —dijo Kaelen, su voz era un gruñido bajo, cargado de una furia gélida—. Ese hombre… ese profeta, está usando el eco de Lilith para convertir a Aidan en una vasija. Cada segundo que pasamos aquí, el hilo verde se enrosca más fuerte en su corazón.

—El mapa mostró las Islas del Olvido, Kaelen —respondí, acercándome a él. Puse mi mano sobre su hombro, intentando infundirle un poco de la calma de mi Éter, pero mi propio poder se sentía inestable, rechazado por la estática que Aidan emanaba—. Es un lugar fuera de la jurisdicción del Trono, un cementerio de realidades fallidas. Es allí donde el Profeta está tejiendo su red.

Kaelen se giró hacia mí. Sus ojos dorados estaban inyectados en sangre. Me tomó por la cintura y me pegó a su armadura con una urgencia que me cortó la respiración. El “Spicy” de nuestra conexión, siempre presente, se sentía esta vez como una despedida amarga, un fuego que intentaba grabarse en la memoria antes de ser sofocado por la distancia.

—Iré yo —declaró él—. Llevaré a la élite de los Thorne. Cruzaremos el Mar de Hierro antes de que la marea entienda lo que está pasando.

—¿Tú solo? —sentí que mi luz blanca estallaba de protesta—. Kaelen, no puedes enfrentarte a un Tejedor sin mi equilibrio. Sabes lo que pasó en el Nexo.

—Y tú sabes lo que pasará si Aidan despierta y no estás aquí para contenerlo —respondió él, su frente apoyada contra la mía, su aliento cálido mezclándose con el mío—. Eres la única que puede hablarle a su luz. Si yo me quedo, mis sombras solo alimentarán su hambre. Eres su ancla, Elsa. El castillo, el niño… y el resto del imperio, dependen de que tu luz mantenga la realidad unida mientras yo corto la cabeza de la serpiente.

El peso de sus palabras me golpeó. Tenía razón. Aidan era una supernova a punto de estallar, y mi Factor Éter era el único escudo que impedía que su poder consumiera el Norte entero. Pero la idea de separarnos, de dejar que Kaelen navegara hacia lo desconocido mientras yo me convertía en una carcelera de mi propio hijo, me desgarraba el alma.

—Si te vas… —susurré, mis manos subiendo por su cuello, acariciando la marca que nos unía—. Si te pasa algo en esas islas, no podré sentirlo. El Profeta ha bloqueado el vínculo externo.

Kaelen me besó con una pasión desesperada, un beso que sabía a hierro, a sal y a una promesa que rozaba la locura. —Sentirás mi regreso, Elsa. Aunque tenga que arrastrarme desde el mismísimo Plano Cero, volveré a ti. Pero ahora, sé la Emperatriz que el mundo teme. Sé la madre que mi hijo necesita.

Dos horas después, los muelles del Castillo de Hierro eran un hervidero de sombras. Kaelen, montado en su semental de humo, lideraba a cincuenta jinetes de la Guardia de Ébano. Sus capas negras ondeaban contra el cielo verde, creando una imagen de muerte inminente.

Me quedé en la torre más alta, observando cómo la silueta de mi esposo se hacía pequeña en el horizonte. El vínculo en mi cuello palpitó una última vez antes de quedar en silencio, una sensación de vacío ensordecedor que me dejó temblando.

—Se ha ido —dijo una voz detrás de mí.

Clara se acercó, envolviéndome en una manta de lana gruesa. Sus ojos mostraban la misma preocupación que los míos, pero ella tenía que ser el soporte humano en este nido de dioses y monstruos.

—Él volverá, Elsa. Kaelen Thorne no sabe morir cuando tiene algo que proteger.

—Lo sé —respondí, mi mirada fija en el mar—. Pero me temo que lo que encuentre en esas islas no es un enemigo que pueda matar con una espada.

Bajé a las cámaras subterráneas, donde Aidan había sido trasladado. El Corazón del Castillo era ahora su dormitorio. La Piedra Blanca pulsaba con un color violeta rítmico, sincronizado con la respiración del niño. Los sanadores y los monjes de la sangre se mantenían a una distancia prudente, aterrados por las descargas de energía que saltaban de la cama de Aidan.

Me acerqué a él. Al entrar en su radio de influencia, sentí que mi piel se erizaba. Mi Éter gritaba en señal de alarma.

—Aidan… —susurré, sentándome al borde de su cama.

El niño abrió los ojos. Pero no eran los ojos de mi hijo de cinco años. Eran pozos de cristal esmeralda que reflejaban mundos que no deberían existir.

—Madre… el hombre dice que padre ha caído en la trampa —dijo Aidan, su voz sonando como el crujido de un espejo rompiéndose—. Dice que las islas no son un lugar, sino un estómago.

—No escuches sus mentiras, pequeño —dije, tomando su mano. Estaba fría como el mármol—. Tu padre es más fuerte que cualquier trampa.

—La sangre de la traición ya ha sido derramada —continuó Aidan, ignorándome, sus ojos fijos en el techo de obsidiana—. El Profeta no quiere a Kaelen muerto. Quiere su sombra. Dice que para que yo sea el Séptimo Tejedor, necesito el sacrificio de la Sombra Primera.

Me puse en pie de un salto, mi luz dorada iluminando la cámara con una intensidad cegadora. —¡SAL DE SU CABEZA! —grité al vacío.

Una risa distorsionada resonó en las paredes. No venía de Aidan, sino de las grietas de la Piedra Blanca. —Emperatriz de un trono de papel… —la voz del Profeta era un siseo que me heló la sangre—. Has enviado a tu amado al matadero por miedo a tu propia simiente. Kaelen Thorne ya no te pertenece. Él es ahora la urdimbre de mi nuevo telar.

Aidan se arqueó en la cama, su cuerpo rodeado por hilos verdes que brotaban de sus propios poros. Los hilos empezaron a tejerse en el aire, formando una imagen borrosa de Kaelen luchando en una playa de arena negra, rodeado de figuras de cristal que se regeneraban con cada golpe.

—¡NO! —lancé una ráfaga de Éter puro contra los hilos, pero mi magia simplemente pasó a través de ellos. No eran materia; eran causalidad.

Entendí entonces la magnitud de mi error. El Profeta no quería a Aidan todavía. Aidan era el premio final. Kaelen era la herramienta necesaria para desbloquear el poder del niño. Al separarnos, le había entregado al Profeta exactamente lo que necesitaba: un Thorne vulnerable y una Emperatriz aislada.

—Clara, saca a todos de aquí —ordené, mi voz volviéndose una frecuencia de comando que hizo que los guardias retrocedieran—. Sellad el Corazón. Nadie entra, nadie sale.

—¿Qué vas a hacer, Elsa? —preguntó Clara, aterrorizada.

—Voy a hacer lo que el Arquitecto tanto temía —respondí, mis ojos volviéndose totalmente blancos—. Voy a usar el Factor Éter para proyectar mi conciencia a través del mar. Si no puedo estar con Kaelen físicamente, seré su luz en la oscuridad.

Me senté en el suelo, frente a Aidan, y cerré los ojos. Empecé a cantar la Sinfonía de Sangre Prohibida, pero esta vez no era una melodía de unión, sino una llamada de auxilio. Mi energía empezó a drenarse a una velocidad alarmante, fluyendo hacia el vínculo roto, buscando desesperadamente el rastro de la plata de Kaelen.

Sentí el frío del Mar de Hierro, el rugido de la marea negra y, finalmente, la agonía de Kaelen. Estaba herido, solo, en una isla que se alimentaba de sus recuerdos.

—Kaelen… —llamé a través del vacío—. Mírame. No dejes que el espejo te defina.

—¿Elsa? —su respuesta fue un susurro agónico, ahogado por el ruido de los hilos verdes—. Vete… es una trampa… él me tiene…

Elsa cayendo en un trance profundo en el Corazón del Castillo, mientras en las Islas del Olvido, Kaelen Thorne era encadenado a un altar de cristal por el Profeta, quien finalmente revelaba su rostro bajo la capucha.

No era un extraño. Era un reflejo oscuro del propio Kaelen, un remanente de una realidad donde Kaelen nunca conoció a Elsa y se convirtió en el arquitecto de su propia destrucción.

—Bienvenido a casa, otra yo —dijo el Profeta, alzando una daga de esmeralda—. Es hora de que tu sombra alimente al niño.

La sangre de la traición empezaba a teñir las arenas negras de las islas. El Volumen 3 acababa de entrar en su fase más oscura.

¡Capítulo 45 de infarto! La separación de los protagonistas ha revelado la verdadera trampa del Profeta. La identidad del villano —una versión alternativa y oscura de Kaelen— añade un giro psicológico brutal. Elsa debe luchar desde el castillo mientras Kaelen es torturado en las islas. ¿Podrá la proyección de Elsa salvarlo? ¿O Aidan despertará como el Séptimo Tejedor antes de que Kaelen regrese? ¡No olviden dejar sus Power Stones para el Capítulo 46: “El Espejo de la Agonía”!

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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