Leer Novelas
  • Completado
  • Top
    • 👁️ Top Más Vistas
    • ⭐ Top Valoradas
    • 🆕 Top Nuevas
    • 📈 Top en Tendencia
Avanzado
Iniciar sesión Registrarse
  • Completado
  • Top
    • 👁️ Top Más Vistas
    • ⭐ Top Valoradas
    • 🆕 Top Nuevas
    • 📈 Top en Tendencia
  • Configuración de usuario
Iniciar sesión Registrarse
Anterior
Siguiente

La Novia del Príncipe Oscuro - Capítulo 46

  1. Inicio
  2. Todas las novelas
  3. La Novia del Príncipe Oscuro
  4. Capítulo 46 - Capítulo 46: 46 | El espejo de la agonía
Anterior
Siguiente
Tamaño de Fuente
Tipo de Fuente
Color de Fondo

Capítulo 46: 46 | El espejo de la agonía

Elsa

El Corazón del Castillo de Hierro se había convertido en una cámara de resonancia para el dolor. Sentada en el suelo de obsidiana, con las piernas cruzadas y las manos apoyadas en las rodillas, sentía cómo mi cuerpo físico se enfriaba. Mi respiración era lenta, apenas un hilo de vida que me mantenía anclada a la realidad del Norte, mientras mi conciencia se proyectaba como un cometa de luz dorada a través del Mar de Hierro.

Frente a mí, Aidan levitaba en un trance inducido por los hilos verdes. Su pequeño rostro estaba contraído en una mueca de agonía, susurrando el nombre de su padre una y otra vez.

—Kaelen… —mi voz mental cortó la estática del vacío, buscando desesperadamente la vibración plateada de su alma.

Lo encontré en el centro de las Islas del Olvido, un lugar donde la arena era polvo de huesos y el cielo era un espejo roto que devolvía versiones deformadas de la verdad. Kaelen estaba encadenado a un monolito de cristal esmeralda. Las cadenas no eran de hierro; eran filamentos de causalidad que le atravesaban la piel, succionando su sombra plateada y vertiéndola en el altar de abajo.

Frente a él, el Profeta se deleitaba. Ya no llevaba la capucha. Su rostro era idéntico al de Kaelen, pero desprovisto de toda la luz que yo había sembrado en él. Era un Kaelen que nunca conoció la redención, un Kaelen que se entregó por completo al vacío tras la muerte de Malakor.

—Mírate, reflejo débil —siseó el Profeta, pasando una daga de cristal por la mejilla ensangrentada de mi esposo—. Te has vuelto blando. Has dejado que una humana te cosa a su luz, convirtiéndote en una mascota de su imperio. Tu sombra ya no es tuya; es su correa.

—Mi sombra… es mi elección —gruñó Kaelen, su voz era un estertor de dolor. Intentó invocar su poder, pero los hilos verdes vibraron, enviando una descarga de agonía que le hizo arquear el cuerpo—. Y ella… no es mi dueña. Es mi alma.

—Entonces deja que tu alma vea cómo te desintegro —el Profeta alzó la daga, preparándose para el corte final que transferiría la esencia de Kaelen a Aidan, completando la transformación del niño en el Séptimo Tejedor.

Fue en ese instante cuando mi proyección alcanzó el monolito.

No tenía forma física, pero mi presencia inundó el lugar con una fragancia a lirios y ozono. Me materialicé frente a Kaelen como un espectro de luz incandescente. El Profeta retrocedió, cubriéndose los ojos ante la pureza de mi Éter.

—Kaelen, mírame —susurré, rodeando su rostro con mis manos espirituales. El contacto quemaba, pero no por el calor, sino por la intensidad de la conexión.

—Elsa… vete… te está rastreando… —la mente de Kaelen estaba a punto de colapsar bajo el peso de la tortura.

—No me iré sin ti. Nunca.

Ignoré al Profeta, que empezaba a tejer hilos de vacío para atrapar mi proyección. Me concentré únicamente en Kaelen. Sabía que para liberarlo, no podía usar fuerza bruta; los hilos verdes se alimentaban del conflicto. Tenía que usar la Sinfonía de Sangre Prohibida de una forma que nunca habíamos intentado: a través del deseo puro.

Me pegué a su cuerpo espiritual, permitiendo que mis labios rozaran los suyos en ese plano metafísico. El “Spicy” de nuestra unión estalló con una potencia que hizo que las Islas del Olvido temblaran. Le mostré cada noche que pasamos juntos, cada caricia que nos salvó de la locura, el calor de nuestra alcoba mientras la nieve caía afuera. Usé mi sensualidad no como un juego, sino como un ancla de realidad.

—Recuerda quién eres, Kaelen Thorne —gemí contra su oído, sintiendo cómo su sombra plateada empezaba a reaccionar, envolviéndose alrededor de mi luz—. No eres el esclavo de este espejo. Eres el hombre que desafió al Arquitecto por mi amor. Eres el padre de mi hijo. Eres mi Rey.

Sentí que Kaelen despertaba. El dolor en sus ojos fue reemplazado por un fuego dorado que no pertenecía a este lugar. Su sombra, antes drenada y débil, empezó a absorber mi luz dorada, transformándose en una energía gris y letal: La Sombra del Eclipse.

—¡DETENEDLA! —gritó el Profeta, lanzando sus agujas de cristal contra mi proyección.

Pero Kaelen rugió, y las cadenas de causalidad estallaron en mil pedazos. El monolito de esmeralda se agrietó de arriba abajo. Kaelen cayó al suelo de arena negra, pero se levantó de inmediato, su aura expandiéndose hasta cubrir toda la isla.

—Tú no eres mi reflejo —dijo Kaelen, su voz resonando con el poder de todas las realidades que habíamos conquistado—. Eres el miedo que dejé atrás el día que la conocí a ella. Y los miedos… los miedos mueren cuando sale el sol.

Kaelen extendió su mano y mi proyección se fundió totalmente con él. Durante un segundo, fuimos un solo ser de luz y sombra caminando por las Islas del Olvido. Kaelen desenvainó su espada, que ahora brillaba con un fuego blanco que evaporaba el agua negra de la costa.

El Profeta intentó tejer un escudo de hilos verdes, pero Kaelen fue más rápido. Se movió como un parpadeo de luz gris, atravesando el pecho del Profeta con su espada.

No hubo sangre. Hubo cristal roto. El Profeta se deshizo en fragmentos de espejo que mostraban visiones de un futuro que ya no ocurriría. Su grito de derrota se perdió en el viento del vacío.

Sin embargo, antes de desaparecer, el último fragmento del Profeta susurró una advertencia: —Habéis roto el espejo… pero el marco sigue en pie. Aidan es el que terminará el trabajo… con o sin mi guía.

Kaelen se desplomó sobre la arena negra, su forma física regresando a su estado herido y exhausto. Mi proyección empezó a parpadear; el esfuerzo de mantener la conexión a través del mar estaba drenando mi cuerpo físico en el castillo hasta el límite de la muerte.

—Kaelen… vuelve… —susurré, mi voz volviéndose tenue—. Aidan… está despertando…

—Voy a casa, Elsa… espérame…

En el Castillo de Hierro, abrí los ojos con un grito. Sangre corría por mi nariz y mis oídos. Clara se lanzó hacia mí, sosteniéndome antes de que mi cabeza golpeara el suelo.

—¡Elsa! ¡Estás hirviendo! —gritó Clara, pidiendo a gritos a los sanadores.

—Aidan… —logré decir, señalando la cama del niño.

Aidan ya no estaba en trance. Estaba sentado en la cama, mirándome con una serenidad aterradora. Los hilos verdes habían desaparecido, pero sus ojos seguían siendo pozos de esmeralda. El poder que emanaba de él era ahora frío, calculador.

—Padre ha ganado —dijo Aidan, su voz carente de emoción humana—. Pero el espejo me mostró la verdad, madre. El Arquitecto no es el enemigo. El enemigo es el caos que vosotros llamáis amor. El mundo necesita orden. Y yo soy el que lo impondrá.

Aidan levantó su mano y una onda de energía violeta recorrió el castillo. Los guardias cayeron de rodillas, sus armas convirtiéndose en polvo. Las luces del castillo se apagaron, reemplazadas por un brillo esmeralda tenue.

—Aidan, hijo… —intenté acercarme, pero una pared de realidad distorsionada me impidió el paso—. Ese no eres tú. Es lo que el Profeta te hizo creer.

—El Profeta era un necio —respondió Aidan, poniéndose de pie. Ya no parecía un niño de cinco años; su presencia llenaba la habitación como la de un gigante—. Él quería usarme. Yo solo quiero que el ruido se detenga.

Aidan caminó hacia la ventana y miró hacia el Mar de Hierro. En el horizonte, vi el barco de Kaelen regresando, una pequeña chispa de plata en medio de la tormenta verde.

—Padre viene a detenerme —dijo Aidan—. Pero él no entiende que la sombra de los Thorne es la que me da el derecho a borrar el lienzo.

Elsa atrapada en el Corazón del Castillo por su propio hijo, mientras Kaelen, herido y al borde de la muerte, navegaba hacia un hogar que ya no le pertenecía.

El Séptimo Tejedor había nacido. Y su primer acto de orden sería el juicio final sobre sus propios padres.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

Anterior
Siguiente
  • Inicio
  • Acerca de
  • Contacto
  • Política de privacidad

© 2025 LeerNovelas. Todos los derechos reservados

Iniciar sesión

¿Perdiste tu contraseña?

← Volver aLeer Novelas

Registrarse

Regístrate en este sitio.

Iniciar sesión | ¿Perdiste tu contraseña?

← Volver aLeer Novelas

¿Perdiste tu contraseña?

Por favor, introduce tu nombre de usuario o dirección de correo electrónico. Recibirás un enlace para crear una nueva contraseña por correo electrónico.

← Volver aLeer Novelas

Reportar capítulo