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La Novia del Príncipe Oscuro - Capítulo 47

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Capítulo 47: 47 | El juicio del heredero

Elsa

El Castillo de Hierro, el hogar que Kaelen y yo habíamos reconstruido con sangre y esperanza, ya no nos pertenecía. Al cruzar el umbral de la Sala del Trono, arrastrando mis pies encadenados por hilos de luz violeta, sentí que las piedras mismas lloraban. El cuarzo dorado que antes brillaba con calidez se había vuelto de un verde esmeralda gélido, y el aire pesaba con una gravedad artificial que dificultaba hasta el simple acto de respirar.

Sentado en el trono de obsidiana, con una pierna cruzada sobre la otra y una expresión de serenidad inhumana, estaba Aidan. Mi hijo. El niño que ayer jugaba con lobos de sombra ahora sostenía el cetro del Origen como si fuera un juguete antiguo. A su alrededor, la realidad vibraba, pixelándose en los bordes, como si su mera presencia estuviera borrando el lienzo del mundo.

—Madre, te has resistido más de lo que mis cálculos preveían —dijo Aidan. Su voz ya no tenía el rastro de la infancia; era una polifonía de ecos, la voz del Séptimo Tejedor—. Pero el esfuerzo es inútil. El amor es una variable caótica. Para que el nuevo orden se establezca, el caos debe ser archivado.

—¡Aidan, detente! —mi grito fue ahogado por el collar de energía que apretaba mi garganta. Intenté invocar mi Éter, pero el niño simplemente movió un dedo y mi luz fue absorbida por las sombras de la sala—. No eres una máquina. Tienes mi sangre, tienes el corazón de tu padre. ¡Recuerda quiénes somos!

—Recuerdo perfectamente quiénes sois —respondió él, levantándose del trono. Sus alas de cristal líquido se desplegaron, ocupando todo el espacio de la sala—. Sois los que detuvieron el reloj. Los que prefirieron un momento de pasión sobre la eternidad de la estructura. El Arquitecto falló porque intentó destruiros. Yo no voy a destruiros. Voy a… corregiros.

En ese momento, las puertas del gran salón estallaron en mil pedazos de obsidiana.

Kaelen entró. O lo que quedaba de él. Estaba cubierto de la arena negra de las Islas del Olvido, su armadura destrozada revelaba heridas que supuraban luz plateada. Su espada de sombra dorada temblaba en su mano, pero sus ojos… sus ojos eran dos hogueras de furia y dolor absoluto. Al verme encadenada a los pies de su hijo, un rugido animal escapó de su pecho.

—¡Suéltala, Aidan! —rugió Kaelen, dando un paso al frente. El suelo crujió bajo sus botas—. No me importa lo que el espejo te haya mostrado. Soy tu padre. Y si tengo que romper cada hueso de tu cuerpo para traerte de vuelta, lo haré.

Aidan ladeó la cabeza, observando a Kaelen con una curiosidad clínica. —Padre. Llegas a tiempo para el juicio. El Profeta dijo que tu sombra era necesaria. Pero se equivoca. Tu sombra es solo un residuo de una era de miedo. No la necesito para mi telar. Necesito vuestro silencio.

Aidan extendió su mano y una onda de energía esmeralda golpeó a Kaelen. Mi esposo fue lanzado contra las columnas de mármol, pero se levantó de inmediato, su sombra plateada envolviéndolo en un torbellino defensivo.

—No voy a pelear contigo como un soldado, hijo —dijo Kaelen, su voz rompiéndose—. Voy a pelear contigo como el hombre que te dio la vida.

Kaelen se lanzó al ataque, pero no usó su espada. Usó la Sinfonía de Sangre Prohibida. Intentó entrar en la mente de Aidan, buscando el rastro del niño que amaba los cuentos de dragones. Yo me uní a él desde mis cadenas, proyectando cada recuerdo de ternura, cada beso en la frente, cada vez que Aidan se asustaba de las tormentas y buscaba refugio entre nosotros.

El “Spicy” de nuestra unión, nuestro vínculo eterno, se convirtió en un ariete emocional. Inundamos la sala con la frecuencia de nuestro amor, una vibración tan potente que las alas de cristal de Aidan empezaron a resquebrajarse.

—¡PARA! —gritó Aidan, y por un segundo, vi al niño de cinco años asomarse a través de sus ojos esmeralda—. ¡Ese ruido… duele! ¡El orden no conoce el dolor!

—¡El dolor es lo que te hace real, Aidan! —grité, logrando romper uno de los hilos que me ataban—. ¡Si dejas de sentir, dejas de existir!

Aidan se llevó las manos a la cabeza, su aura parpadeando violentamente entre el violeta y el dorado. El Castillo de Hierro tembló hasta sus cimientos. Las realidades empezaron a solaparse: por un momento vimos el desierto, luego el mar, luego el Plano Cero. Aidan estaba perdiendo el control del tejido.

—¡Basta de sentimentalismos! —una voz cavernosa, la del Verdadero Arquitecto, surgió desde el propio pecho de Aidan.

El niño fue rodeado por un capullo de luz blanca pura. El Arquitecto ya no usaba a los Serafines; estaba usando el cuerpo de mi hijo como un avatar directo. La mano de Aidan se alzó y el cetro del Origen se transformó en una aguja de diamante negro.

—Habéis corrompido al Instrumento con vuestra impureza —dijo el Arquitecto a través de Aidan—. Si el niño no puede ser el Tejedor, será el Verdugo.

Aidan, poseído por una voluntad milenaria, apuntó la aguja hacia el corazón de Kaelen. El tiempo se ralentizó. Vi la energía acumularse, una fuerza capaz de borrar no solo el cuerpo de Kaelen, sino su existencia de todas las líneas temporales.

—¡NO! —con un esfuerzo que desgarró mi propia alma, rompí mis cadenas de Éter.

No corrí hacia Aidan para atacarlo. Corrí hacia Kaelen y me interpuse entre él y nuestro hijo.

—Si vas a borrar el amor de este mundo, Arquitecto —dije, mis ojos volviéndose pozos de luz solar pura—, tendrás que empezar por la fuente. ¡Bórrame a mí primero!

La aguja de diamante negro disparó. Pero el rayo de muerte no llegó a tocarme.

Kaelen, en un acto de velocidad suicida, me rodeó con sus brazos y giró nuestros cuerpos. La aguja impactó en su espalda, justo en la marca que nos unía. El grito de Kaelen fue un sonido que no pertenecía a este mundo. Su sombra plateada estalló en fragmentos, y vi cómo su esencia empezaba a desvanecerse, volviéndose translúcida.

—¡KAELEN! —mi grito desgarró la realidad.

Aidan se detuvo. El impacto en su padre, el hombre que le enseñó a caminar, a luchar y a ser valiente, rompió la posesión del Arquitecto. El niño cayó de rodillas, su rostro volviendo a ser el de un pequeño aterrorizado.

—¿Padre? —susurró Aidan, su voz pequeña y quebrada—. ¿Qué he hecho?

Kaelen cayó en mis brazos, su cuerpo pesaba menos que el aire. Su piel, antes fría y sólida, se sentía como ceniza tibia. Me miró, y en sus ojos dorados no había rastro de reproche, solo una paz infinita.

—Lo… lo detuvimos, Elsa —susurró Kaelen, una lágrima de sangre plateada rodando por su mejilla—. Él… él ha vuelto.

—¡No te atrevas a dejarme, Kaelen Thorne! —sollocé, intentando pasarle todo mi Éter, pero la herida de la aguja de diamante era una herida en la existencia misma. Mi poder simplemente atravesaba su cuerpo sin detenerse—. ¡Tenemos un imperio que gobernar! ¡Tenemos un hijo!

Kaelen sonrió, y con sus últimas fuerzas, llevó su mano a mi mejilla. El “Spicy” de nuestro vínculo, ese fuego que nos había mantenido vivos a través de mil infiernos, se estaba apagando. —Tú… tú eres la Emperatriz. Él te escuchará. Sé… sé su luz, Elsa. Como fuiste la mía.

La mano de Kaelen cayó. Su cuerpo se deshizo en mil mariposas de sombra plateada que se elevaron hacia la cúpula del castillo, desapareciendo en el cielo nocturno.

Kaelen Thorne, el Rey de las Sombras, el hombre que me compró por contrato y me amó por elección, se había ido.

Aidan corrió hacia mí, sollozando, envolviéndome en sus pequeños brazos. La luz esmeralda había desaparecido, reemplazada por un dorado suave y triste. —Madre… lo siento… yo no quería… el hombre de la capucha me obligó…

Tomé a mi hijo en mis brazos, apretándolo contra mi pecho sobre las cenizas del hombre que amaba. Mi llanto no fue de debilidad; fue el llanto de una supernova colapsando. El Castillo de Hierro entero comenzó a brillar con una luz blanca tan intensa que los clanes en las llanuras pensaron que el sol había nacido en mitad de la noche.

—Él no se ha ido, Aidan —dije, mi voz resonando con una frialdad que asustó al propio niño—. Él está en ti. Está en mí. Y juro por el Origen que si el Arquitecto piensa que esto ha terminado, no tiene idea de lo que una madre en duelo es capaz de hacer.

Me levanté, con Aidan de la mano, y caminé hacia el trono. No me senté. Toqué la obsidiana y el trono se fundió, convirtiéndose en una espada de luz negra: la espada de Kaelen, reformada por mi furia.

Elsa Croft de pie en el balcón del Castillo de Hierro, con su hijo al lado y la espada de su esposo en la mano. El cielo del Norte estaba despejado, pero en el centro del Plano Cero, el Arquitecto sintió, por primera vez, un escalofrío.

La Novia de Sangre había muerto. La Emperatriz del Éter había muerto. Ahora nacía La Segadora del Destino.

Elsa

El silencio en el Castillo de Hierro no era el vacío de la paz, sino el peso de una tumba abierta. Habían pasado siete días desde que el cuerpo de Kaelen se desvaneciera en mil mariposas de sombra plateada bajo la cúpula del gran salón, y el mundo exterior parecía haber quedado congelado en un luto eterno. La nieve del Norte ya no caía con suavidad; se amontonaba en muros de cristal gélido, como si la tierra misma intentara proteger el dolor de su soberana.

Me encontraba en el Balcón del Trono, el lugar donde Kaelen me había besado tantas veces, donde sus manos posesivas habían reclamado mi cintura frente al horizonte. Ahora, mis manos solo sostenían la empuñadura de su espada, la hoja de luz negra que yo había reformado con mi propia furia. La espada no estaba fría; vibraba con un calor residual, un latido débil que solo yo, a través de nuestra marca compartida, podía percibir.

—Madre… —la voz de Aidan me sacó de mi letargo.

Me giré. Mi hijo estaba de pie en el umbral, vestido con una túnica de luto negra bordada con hilos de oro. Sus ojos, antes pozos de esmeralda corrupta, habían recuperado su dorado original, pero ahora estaban velados por una tristeza que ningún niño de cinco años debería conocer. La marca del eclipse en su frente seguía allí, una cicatriz de su breve posesión por el Arquitecto.

—¿Sientes eso, Aidan? —pregunté, mi voz sonando extraña a mis propios oídos, más profunda, cargada con el eco de la “Sinfonía” que Kaelen dejó en mi sangre.

Aidan se acercó y puso su pequeña mano sobre la espada. Sus ojos se cerraron. —Él no se ha ido del todo, madre. El aire del castillo… tiene su sabor. Pero está fragmentado. Es como si el Arquitecto hubiera roto el espejo y las piezas hubieran caído en los rincones del vacío.

—No cayó, Aidan. Él se dispersó para salvarnos. El Arquitecto pensó que al borrar su forma física, lo borraría a él. Pero olvidó que Kaelen y yo somos un punto fijo.

Cerré los ojos y me concentré en el vínculo. El lugar en mi cuello donde su marca solía arder ahora era una cicatriz de plata fría. Pero al presionar mi Éter contra ella, no encontré el vacío absoluto. Encontré un susurro. Un hilo plateado, casi invisible, que se extendía más allá de las nubes, más allá de las estrellas, hacia el Núcleo de la Creación.

Esa tarde, convoqué a lo que quedaba del Consejo y a los generales. La Sala del Trono estaba en penumbras, iluminada solo por mi propio brillo nacarado. Ya no usaba vestidos de seda; vestía una armadura de cuero de dragón y placas de obsidiana que reflejaban mi nueva naturaleza: La Segadora del Destino.

—El Rey no ha muerto —declaré ante la asamblea. El murmullo de sorpresa recorrió la sala como una corriente eléctrica—. Su esencia ha sido reclamada por el Plano Cero como castigo por su rebelión. Pero mientras yo respire, el trono no estará vacío.

—Majestad, con todo respeto —intervino el General Valerius, su rostro marcado por las cicatrices de la batalla contra los Serafines—, vimos su cuerpo desvanecerse. El imperio está en peligro. Los clanes del Este creen que somos vulnerables. Sin la Sombra de Kaelen, las defensas del castillo se debilitan cada hora.

—Entonces que vengan —respondí, y una ráfaga de luz negra estalló desde la punta de mi espada, cortando el aire con un siseo letal—. Si los clanes quieren probar la fuerza del Norte, descubrirán que la luz de una viuda quema más que el sol de cualquier desierto.

Me levanté del trono, y por primera vez, Aidan se sentó a mis pies, en el peldaño de obsidiana. Su presencia hizo que los generales retrocedieran. Sabían que el niño era el Séptimo Tejedor, el ser que casi borra la realidad.

—Partiremos al amanecer —anuncié—. No hacia la guerra, sino hacia el origen. Voy a buscar la sombra de mi esposo en el Núcleo de la Creación. Y Aidan vendrá conmigo. Su poder es la brújula que necesitamos para navegar por el vacío.

La noche previa a la partida fue la más difícil de mi vida. Me encerré en nuestra alcoba, el lugar donde el “Spicy” de nuestra pasión todavía parecía flotar en las cortinas de seda. Me acosté en su lado de la cama, hundiendo mi rostro en su almohada, buscando desesperadamente el rastro de su aroma a ozono y cuero.

—Kaelen… —susurré al vacío—. Si puedes oírme, mantén el hilo tenso. Voy por ti.

En la penumbra, una sombra se movió. No era Kaelen, sino un residuo de su poder. Una silueta plateada, translúcida y sin rostro, apareció a los pies de la cama. No habló, pero extendió una mano hacia mí. Al tocarla, sentí una descarga de recuerdos: el primer beso en el desierto, nuestra boda, el nacimiento de Aidan. No eran solo imágenes; eran fragmentos de su voluntad.

Entendí entonces que Kaelen no estaba esperando a ser rescatado. Estaba luchando desde dentro del sistema del Arquitecto, convirtiéndose en un virus en el código de la creación para abrirme el camino.

—Espérame —le dije a la sombra antes de que se desvaneciera.

Al amanecer, el Castillo de Hierro despidió a su Emperatriz y a su Heredero. No llevábamos un ejército; solo a Clara y un pequeño grupo de monjes de la sangre para cuidar de la forma física de Aidan mientras su mente navegaba por el vacío.

Salimos por las puertas del Norte, hacia la región donde el mapa del mundo simplemente termina. Allí, donde las montañas se funden con el cielo, se encontraba la Grieta de los Lamentos, el único acceso al Núcleo de la Creación que no estaba bajo el control directo de los Serafines.

Aidan caminaba a mi lado, su mano pequeña pero firme en la mía. Su poder se sentía diferente ahora: más calmado, pero inmensamente más profundo. Cada paso que daba, el suelo bajo sus pies se convertía en un mosaico de realidades pasadas y futuras.

—Madre, ¿tienes miedo? —preguntó Aidan, mirándome con esa sabiduría ancestral que a veces me aterraba.

—Tengo el miedo suficiente para no ser imprudente, Aidan. Pero tengo el amor suficiente para no detenerme ante nada.

Llegamos al borde de la grieta. Era un abismo de luz blanca que escupía fragmentos de tiempo. Vimos pasar imágenes de la guerra contra Thalassa, de la caída de Lilith, incluso de momentos que aún no habían ocurrido: Aidan, ya adulto, sosteniendo una corona de estrellas.

—El Arquitecto nos está esperando —dije, desenvainando la espada de luz negra—. Sabe que vamos a intentar lo imposible.

—Él no cuenta con una cosa, madre —dijo Aidan, y sus ojos se volvieron pozos de un violeta incandescente—. Él cree que yo soy su instrumento. Pero yo elegí ser tu hijo.

Aidan extendió sus manos y los hilos de realidad del abismo empezaron a tejerse, formando un puente de cristal líquido que se internaba en el corazón de la Grieta.

Justo cuando íbamos a cruzar, una figura descendió del cielo. No era un Serafín. Era una mujer envuelta en velos de luz esmeralda, con el rostro parcialmente cubierto por una máscara de cristal.

—Emperatriz Elsa… —su voz era una melodía que conocía demasiado bien.

—¿Lilith? —sentí que mi sangre hervía de odio.

La mujer se quitó la máscara. No era Lilith, pero tenía su rostro. Era una versión purificada de ella, una Vestal del Telar. —Lilith murió en el Nexo. Yo soy lo que el Arquitecto salvó de sus cenizas. He sido enviada para advertirte. Si entras en el Núcleo, el precio para reconstruir a Kaelen Thorne no será oro ni sangre.

—¿Cuál es el precio? —pregunté, mi espada brillando con una advertencia letal.

—El olvido —respondió la Vestal—. Para que Kaelen regrese a este plano, el mundo debe olvidar que alguna vez existió. Sus victorias, su linaje, su nombre… todo será borrado de la memoria de los hombres. Solo tú y tu hijo lo recordaréis. Él será un fantasma en su propio imperio.

Miré a Aidan, luego miré hacia la Grieta. ¿Estaba dispuesta a salvar al hombre que amaba a cambio de convertirlo en un extraño para el mundo que él mismo protegió? ¿Estaba dispuesta a que su sacrificio por el Norte fuera borrado de la historia?

La respuesta estaba grabada en mi alma desde el primer contrato de sangre.

—El mundo no lo merece —dije, mi voz resonando con una frialdad divina—. Pero yo sí. Y mi hijo también. Que el mundo olvide. Yo me encargaré de recordarle quién es cada noche en nuestra cama.

Caminé hacia la Vestal y, con un movimiento rápido, corté el velo esmeralda con mi espada de luz negra. No hubo pelea; la Vestal simplemente se desvaneció con una sonrisa triste, como si hubiera esperado esa respuesta.

Kaelen y yo nunca jugamos según las reglas. Y el Volumen 4 no sería una excepción.

—Vamos, Aidan —tomé la mano de mi hijo y entramos en el puente de cristal líquido—. Vamos a traer a tu padre de vuelta. Y si el universo no quiere recordarlo, entonces crearemos un universo nuevo.

Entramos en la Grieta de los Lamentos. La realidad se desvaneció, reemplazada por el rugido de la creación pura. El viaje para recuperar la Sombra Perdida acababa de comenzar. Y el Arquitecto estaba a punto de descubrir que no hay nada más peligroso que una mujer que ha decidido que el destino es solo una sugerencia.

Elsa y Aidan desapareciendo en el blanco absoluto del Núcleo, mientras en el Castillo de Hierro, los retratos de Kaelen Thorne empezaban a borrarse lentamente, y los ciudadanos, por un instante, se preguntaron por qué las banderas del Norte estaban a media asta por un hombre cuyo nombre ya no podían pronunciar.

La Gran Purga de la Memoria había comenzado. Pero el amor de Elsa era un ancla que ni siquiera el olvido podía arrancar.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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