La Novia del Príncipe Oscuro - Capítulo 48
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Capítulo 48: 48 | El eco de la plaza ausente
Elsa
El silencio en el Castillo de Hierro no era el vacío de la paz, sino el peso de una tumba abierta. Habían pasado siete días desde que el cuerpo de Kaelen se desvaneciera en mil mariposas de sombra plateada bajo la cúpula del gran salón, y el mundo exterior parecía haber quedado congelado en un luto eterno. La nieve del Norte ya no caía con suavidad; se amontonaba en muros de cristal gélido, como si la tierra misma intentara proteger el dolor de su soberana.
Me encontraba en el Balcón del Trono, el lugar donde Kaelen me había besado tantas veces, donde sus manos posesivas habían reclamado mi cintura frente al horizonte. Ahora, mis manos solo sostenían la empuñadura de su espada, la hoja de luz negra que yo había reformado con mi propia furia. La espada no estaba fría; vibraba con un calor residual, un latido débil que solo yo, a través de nuestra marca compartida, podía percibir.
—Madre… —la voz de Aidan me sacó de mi letargo.
Me giré. Mi hijo estaba de pie en el umbral, vestido con una túnica de luto negra bordada con hilos de oro. Sus ojos, antes pozos de esmeralda corrupta, habían recuperado su dorado original, pero ahora estaban velados por una tristeza que ningún niño de cinco años debería conocer. La marca del eclipse en su frente seguía allí, una cicatriz de su breve posesión por el Arquitecto.
—¿Sientes eso, Aidan? —pregunté, mi voz sonando extraña a mis propios oídos, más profunda, cargada con el eco de la “Sinfonía” que Kaelen dejó en mi sangre.
Aidan se acercó y puso su pequeña mano sobre la espada. Sus ojos se cerraron. —Él no se ha ido del todo, madre. El aire del castillo… tiene su sabor. Pero está fragmentado. Es como si el Arquitecto hubiera roto el espejo y las piezas hubieran caído en los rincones del vacío.
—No cayó, Aidan. Él se dispersó para salvarnos. El Arquitecto pensó que al borrar su forma física, lo borraría a él. Pero olvidó que Kaelen y yo somos un punto fijo.
Cerré los ojos y me concentré en el vínculo. El lugar en mi cuello donde su marca solía arder ahora era una cicatriz de plata fría. Pero al presionar mi Éter contra ella, no encontré el vacío absoluto. Encontré un susurro. Un hilo plateado, casi invisible, que se extendía más allá de las nubes, más allá de las estrellas, hacia el Núcleo de la Creación.
Esa tarde, convoqué a lo que quedaba del Consejo y a los generales. La Sala del Trono estaba en penumbras, iluminada solo por mi propio brillo nacarado. Ya no usaba vestidos de seda; vestía una armadura de cuero de dragón y placas de obsidiana que reflejaban mi nueva naturaleza: La Segadora del Destino.
—El Rey no ha muerto —declaré ante la asamblea. El murmullo de sorpresa recorrió la sala como una corriente eléctrica—. Su esencia ha sido reclamada por el Plano Cero como castigo por su rebelión. Pero mientras yo respire, el trono no estará vacío.
—Majestad, con todo respeto —intervino el General Valerius, su rostro marcado por las cicatrices de la batalla contra los Serafines—, vimos su cuerpo desvanecerse. El imperio está en peligro. Los clanes del Este creen que somos vulnerables. Sin la Sombra de Kaelen, las defensas del castillo se debilitan cada hora.
—Entonces que vengan —respondí, y una ráfaga de luz negra estalló desde la punta de mi espada, cortando el aire con un siseo letal—. Si los clanes quieren probar la fuerza del Norte, descubrirán que la luz de una viuda quema más que el sol de cualquier desierto.
Me levanté del trono, y por primera vez, Aidan se sentó a mis pies, en el peldaño de obsidiana. Su presencia hizo que los generales retrocedieran. Sabían que el niño era el Séptimo Tejedor, el ser que casi borra la realidad.
—Partiremos al amanecer —anuncié—. No hacia la guerra, sino hacia el origen. Voy a buscar la sombra de mi esposo en el Núcleo de la Creación. Y Aidan vendrá conmigo. Su poder es la brújula que necesitamos para navegar por el vacío.
La noche previa a la partida fue la más difícil de mi vida. Me encerré en nuestra alcoba, el lugar donde el “Spicy” de nuestra pasión todavía parecía flotar en las cortinas de seda. Me acosté en su lado de la cama, hundiendo mi rostro en su almohada, buscando desesperadamente el rastro de su aroma a ozono y cuero.
—Kaelen… —susurré al vacío—. Si puedes oírme, mantén el hilo tenso. Voy por ti.
En la penumbra, una sombra se movió. No era Kaelen, sino un residuo de su poder. Una silueta plateada, translúcida y sin rostro, apareció a los pies de la cama. No habló, pero extendió una mano hacia mí. Al tocarla, sentí una descarga de recuerdos: el primer beso en el desierto, nuestra boda, el nacimiento de Aidan. No eran solo imágenes; eran fragmentos de su voluntad.
Entendí entonces que Kaelen no estaba esperando a ser rescatado. Estaba luchando desde dentro del sistema del Arquitecto, convirtiéndose en un virus en el código de la creación para abrirme el camino.
—Espérame —le dije a la sombra antes de que se desvaneciera.
Al amanecer, el Castillo de Hierro despidió a su Emperatriz y a su Heredero. No llevábamos un ejército; solo a Clara y un pequeño grupo de monjes de la sangre para cuidar de la forma física de Aidan mientras su mente navegaba por el vacío.
Salimos por las puertas del Norte, hacia la región donde el mapa del mundo simplemente termina. Allí, donde las montañas se funden con el cielo, se encontraba la Grieta de los Lamentos, el único acceso al Núcleo de la Creación que no estaba bajo el control directo de los Serafines.
Aidan caminaba a mi lado, su mano pequeña pero firme en la mía. Su poder se sentía diferente ahora: más calmado, pero inmensamente más profundo. Cada paso que daba, el suelo bajo sus pies se convertía en un mosaico de realidades pasadas y futuras.
—Madre, ¿tienes miedo? —preguntó Aidan, mirándome con esa sabiduría ancestral que a veces me aterraba.
—Tengo el miedo suficiente para no ser imprudente, Aidan. Pero tengo el amor suficiente para no detenerme ante nada.
Llegamos al borde de la grieta. Era un abismo de luz blanca que escupía fragmentos de tiempo. Vimos pasar imágenes de la guerra contra Thalassa, de la caída de Lilith, incluso de momentos que aún no habían ocurrido: Aidan, ya adulto, sosteniendo una corona de estrellas.
—El Arquitecto nos está esperando —dije, desenvainando la espada de luz negra—. Sabe que vamos a intentar lo imposible.
—Él no cuenta con una cosa, madre —dijo Aidan, y sus ojos se volvieron pozos de un violeta incandescente—. Él cree que yo soy su instrumento. Pero yo elegí ser tu hijo.
Aidan extendió sus manos y los hilos de realidad del abismo empezaron a tejerse, formando un puente de cristal líquido que se internaba en el corazón de la Grieta.
Justo cuando íbamos a cruzar, una figura descendió del cielo. No era un Serafín. Era una mujer envuelta en velos de luz esmeralda, con el rostro parcialmente cubierto por una máscara de cristal.
—Emperatriz Elsa… —su voz era una melodía que conocía demasiado bien.
—¿Lilith? —sentí que mi sangre hervía de odio.
La mujer se quitó la máscara. No era Lilith, pero tenía su rostro. Era una versión purificada de ella, una Vestal del Telar. —Lilith murió en el Nexo. Yo soy lo que el Arquitecto salvó de sus cenizas. He sido enviada para advertirte. Si entras en el Núcleo, el precio para reconstruir a Kaelen Thorne no será oro ni sangre.
—¿Cuál es el precio? —pregunté, mi espada brillando con una advertencia letal.
—El olvido —respondió la Vestal—. Para que Kaelen regrese a este plano, el mundo debe olvidar que alguna vez existió. Sus victorias, su linaje, su nombre… todo será borrado de la memoria de los hombres. Solo tú y tu hijo lo recordaréis. Él será un fantasma en su propio imperio.
Miré a Aidan, luego miré hacia la Grieta. ¿Estaba dispuesta a salvar al hombre que amaba a cambio de convertirlo en un extraño para el mundo que él mismo protegió? ¿Estaba dispuesta a que su sacrificio por el Norte fuera borrado de la historia?
La respuesta estaba grabada en mi alma desde el primer contrato de sangre.
—El mundo no lo merece —dije, mi voz resonando con una frialdad divina—. Pero yo sí. Y mi hijo también. Que el mundo olvide. Yo me encargaré de recordarle quién es cada noche en nuestra cama.
Caminé hacia la Vestal y, con un movimiento rápido, corté el velo esmeralda con mi espada de luz negra. No hubo pelea; la Vestal simplemente se desvaneció con una sonrisa triste, como si hubiera esperado esa respuesta.
Kaelen y yo nunca jugamos según las reglas. Y el Volumen 4 no sería una excepción.
—Vamos, Aidan —tomé la mano de mi hijo y entramos en el puente de cristal líquido—. Vamos a traer a tu padre de vuelta. Y si el universo no quiere recordarlo, entonces crearemos un universo nuevo.
Entramos en la Grieta de los Lamentos. La realidad se desvaneció, reemplazada por el rugido de la creación pura. El viaje para recuperar la Sombra Perdida acababa de comenzar. Y el Arquitecto estaba a punto de descubrir que no hay nada más peligroso que una mujer que ha decidido que el destino es solo una sugerencia.
Elsa y Aidan desapareciendo en el blanco absoluto del Núcleo, mientras en el Castillo de Hierro, los retratos de Kaelen Thorne empezaban a borrarse lentamente, y los ciudadanos, por un instante, se preguntaron por qué las banderas del Norte estaban a media asta por un hombre cuyo nombre ya no podían pronunciar.
La Gran Purga de la Memoria había comenzado. Pero el amor de Elsa era un ancla que ni siquiera el olvido podía arrancar.
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