La Novia del Príncipe Oscuro - Capítulo 50
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Capítulo 50: 50 | El consorte desconocido
Elsa
El sol del Norte, ahora teñido de un matiz violeta casi imperceptible tras el nacimiento de Aidan, bañaba el Gran Salón del Castillo de Hierro. Pero la luz no traía calidez. Había una fricción en el aire, una estática que hacía que el vello de mis brazos se erizara. A mi lado, de pie sobre el estrado pero un paso por detrás del trono, estaba Kaelen.
Vestía una armadura de cuero negro y placas de plata que yo misma había rescatado de las cámaras acorazadas, una reliquia que, según los archivos del castillo, perteneció a un “antepasado mítico” desaparecido hacía siglos. Para los guardias, para el General Valerius, e incluso para las doncellas que murmuraban tras las columnas, el hombre que me acompañaba era un guerrero extranjero de poder aterrador, un mercenario de linaje desconocido que la Emperatriz había traído de las Grietas de los Lamentos.
El olvido era perfecto. Era una cirugía estética en la memoria del mundo.
—Majestad —dijo Valerius, rompiendo el silencio sepulcral—. Los clanes del Este exigen saber quién es este individuo. Dicen que no pueden jurar lealtad a una corona que se apoya en una sombra sin nombre.
Miré de reojo a Kaelen. Su mandíbula estaba tensa, sus ojos dorados fijos en el horizonte a través de las altas ventanas. Podía sentir su furia a través de nuestro vínculo, una vibración sorda y amarga. Valerius era su amigo, su hermano de armas durante trescientos años. Y ahora lo miraba con una sospecha que rozaba el desprecio.
—Su nombre es Kael —dije, usando el diminutivo que solo yo pronunciaba en la intimidad, para evitar el dolor físico que el hechizo del olvido provocaba al intentar decir su nombre completo—. Es mi Consorte y el Comandante de mi Guardia Personal. Su linaje no es vuestra incumbencia, General. Sus actos hablarán por él.
—Un consorte sin tierras, sin historia y sin rostro —siseó un noble del clan de los Cuervos Blancos desde el fondo—. ¿Es que la Emperatriz ha olvidado tan pronto al Rey que nos dio la gloria? ¿O es que este “Kael” es solo un sustituto de carne para una cama que se quedó fría demasiado pronto?
El estruendo de un impacto sónico sacudió la sala. Kaelen no se había movido, pero su sombra plateada se había proyectado a través del suelo como un látigo, partiendo la mesa de mármol frente al noble en dos mitades perfectas.
—Mi cama nunca ha estado fría —la voz de Kaelen resonó con una autoridad que hizo que varios nobles cayeran de rodillas por puro instinto—. Y sugiero que midáis vuestras lenguas, antes de que os enseñe por qué las sombras de este castillo todavía me obedecen.
El silencio que siguió fue absoluto. Valerius entrecerró los ojos, una chispa de reconocimiento lejano luchando por emerger en su mirada, pero el hechizo del Arquitecto era implacable; el recuerdo se disolvió antes de llegar a la superficie.
Horas después, cuando las audiencias terminaron y el castillo quedó sumergido en la penumbra azulada de la noche, nos retiramos a nuestros aposentos. En cuanto las puertas de roble se cerraron y los sellos de silencio se activaron, la máscara de Kaelen se desmoronó.
Se arrancó los guanteletes de plata y los lanzó contra la pared. Se acercó al gran espejo que dominaba la habitación y se quedó mirando su propio reflejo, como si esperara que este también lo desconociera.
—Es una tortura, Elsa —dijo, su voz era un susurro roto—. Mirar a Valerius a los ojos y ver solo a un extraño. Caminar por estos pasillos que yo mismo diseñé y sentir que soy un ladrón en mi propia casa.
Me acerqué a él, rodeando su cintura con mis brazos desde atrás. Apoyé mi mejilla en su espalda desnuda, sintiendo el calor de su piel, el latido de su corazón que seguía siendo el mismo ritmo que el mío. El “Spicy” de nuestra conexión, ese fuego que el olvido no pudo tocar, empezó a arder con una intensidad melancólica.
—Para mí nunca serás un extraño, Kaelen —susurré, mis manos subiendo por su torso, trazando las cicatrices que yo conocía de memoria—. El mundo puede olvidar tu nombre, pero tus manos… tus manos me conocen. Tu boca sabe a mi nombre.
Kaelen se giró con una urgencia feroz, tomándome del rostro y besándome con una hambre que rozaba la desesperación. Fue un beso de reafirmación, un acto de posesión en un mundo que le negaba su existencia. En ese momento, no éramos soberanos, ni puntos fijos, ni anomalías. Éramos un hombre y una mujer luchando contra el vacío con la única arma que nos quedaba: el deseo.
Me llevó hacia la cama, y esa noche, el amor fue una batalla contra el olvido. Cada caricia de Kaelen era una forma de gritar que seguía allí. Me hizo suya con una pasión que quemaba, una necesidad de dejar marcas en mi cuerpo que el tiempo no pudiera borrar. Al fundirnos, nuestras esencias —la plata y el oro— crearon un aura que iluminó la habitación, un pequeño sol privado que desafiaba a la oscuridad del Plano Cero.
—Dí mi nombre —susurró él en mi oído, mientras el éxtasis nos envolvía—. Aunque te duela, Elsa. Necesito oírlo de tus labios.
—Kaelen… Kaelen Thorne… —dije, ignorando la punzada de dolor en mi garganta, el precio que el Arquitecto cobraba por cada letra.
A la mañana siguiente, el deber nos reclamó. Pero no fue un deber político.
Aidan entró en la habitación antes de que el sol terminara de salir. Su rostro estaba pálido y sus ojos galácticos brillaban con una inquietud que me puso en alerta.
—Padre, madre… el castillo no es el único que está olvidando —dijo el niño, señalando hacia el patio.
Salimos al balcón. En el centro del patio, la estatua del Primer Thorne, la que Kaelen había defendido con su vida, estaba empezando a desmoronarse. Pero no era erosión natural; la piedra se estaba convirtiendo en hilos de luz blanca que se elevaban hacia el cielo.
—El olvido es una infección, Elsa —dijo Kaelen, apretando el puño sobre la barandilla—. Al borrar mi historia, el Arquitecto está borrando los pilares que sostienen la realidad de este imperio. Sin el pasado, el presente no tiene donde anclarse.
—Si el mundo te olvida por completo, Kaelen… el castillo colapsará —concluí, sintiendo un nudo de terror en mi pecho—. No solo perderás tu nombre; perderemos nuestro hogar.
—Hay una forma de detenerlo —intervino Aidan, su voz sonando con una autoridad que no pertenecía a un niño—. Pero no os gustará.
Nos giramos hacia nuestro hijo. Aidan extendió sus manos y creó una proyección holográfica de una red intrincada de hilos. En el centro, un nudo negro palpitaba.
—El olvido está alimentado por el Ancla de la Desmemoria, un objeto que el Arquitecto ha ocultado en la Biblioteca de las Almas Perdidas, en el subsuelo de este mismo castillo —explicó Aidan—. Pero la biblioteca solo se abre para aquellos que no tienen nombre.
—Yo no tengo nombre —dijo Kaelen, con una sonrisa amarga que me heló la sangre—. El mundo se encargó de eso.
—Pero no puedes ir solo, padre —continuó el niño—. La biblioteca se alimenta de la soledad. Si entras solo, el olvido te consumirá por completo y ni siquiera mi madre podrá recordarte. Necesitas que alguien te acompañe… alguien que esté dispuesto a compartir tu vacío.
Miré a Kaelen. Sabía lo que eso significaba. Si yo entraba con él, el mundo empezaría a olvidarme a mí también. El imperio se quedaría sin emperatriz, Aidan se quedaría sin padres visibles, y el trono pasaría a manos de los generales o de los clanes rebeldes.
—Lo haré —dije, sin dudarlo un segundo.
—¡Elsa, no! —protestó Kaelen, tomándome de los hombros—. El pueblo te necesita. Aidan te necesita. No puedes desaparecer con un fantasma como yo.
—¿Y de qué sirve el pueblo si no tengo al hombre por el que luché? ¿De qué sirve el trono si solo es un asiento en una ruina? —le sostuve la mirada, mi luz dorada desafiando su sombra plateada—. Ya lo dijimos en el Núcleo, Kaelen: somos un nudo. Si tú te desvaneces, yo me desvanezco contigo.
Kaelen me estrechó contra él, ocultando su rostro en mi cuello. Podía sentir su miedo, el miedo de un hombre que ya lo había perdido todo y que ahora temía perder lo único que le quedaba: mi recuerdo.
—Valerius y Clara cuidarán de Aidan —dije, mirando a mi hijo, quien asintió con una madurez desgarradora—. Ellos no nos recordarán como sus soberanos, pero sentirán que deben proteger al niño. Es un riesgo, pero es el único camino.
Esa misma tarde, bajo la mirada confusa de una corte que ya no sabía por qué seguía a esa “mujer de luz” y a ese “guerrero de sombras”, descendimos a las profundidades del Castillo de Hierro. Pasamos por las mazmorras, por las minas de obsidiana, hasta llegar a una pared de piedra lisa que no tenía puertas ni inscripciones.
Kaelen puso su mano sobre la piedra. Al no tener identidad reconocida por el sistema del mundo, la pared lo detectó como un “error” y se abrió, revelando una escalera que descendía hacia una oscuridad que devoraba la luz de mis propias manos.
—Bienvenidos a la Biblioteca de las Almas Perdidas —susurró una voz que parecía hecha de páginas rotas—. Dejad vuestro nombre en la entrada. Aquí, solo la verdad desnuda puede caminar.
Entramos. Al cruzar el umbral, sentí que mi propia historia —mi infancia en la galería, mi llegada al castillo, mi amor por Kaelen— empezaba a deshilacharse. Pero apreté la mano de Kaelen con todas mis fuerzas.
—No me sueltes —le pedí.
—Ni en esta vida, ni en la que el Arquitecto intente inventar —respondió él.
La puerta cerrándose tras ellos, dejando a Aidan solo en el trono de un imperio que, en ese preciso instante, olvidó por completo que alguna vez tuvo una Emperatriz llamada Elsa Croft.
El Volumen 4 entraba en su fase de mayor riesgo. Los amantes estaban solos en la oscuridad, luchando por el derecho a ser recordados en un universo que prefería el silencio.
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