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La Novia del Príncipe Oscuro - Capítulo 51

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Capítulo 51: 51 | El archivo del silencio

Elsa

Cruzar el umbral de la Biblioteca de las Almas Perdidas no fue como entrar en una habitación, sino como ser tragados por el interior de un ojo gigante que se negaba a parpadear. Aquí, en las entrañas prohibidas del Castillo de Hierro, el concepto de arriba y abajo carecía de sentido. Las paredes no eran de piedra; eran estanterías infinitas de cristal translúcido que albergaban, no libros, sino fragmentos de luz y sombra que vibraban con un zumbido sordo. Eran las vidas borradas por el Arquitecto, los nombres que la historia había decidido escupir para mantener su “perfección”.

Caminaba de la mano de Kaelen, pero sentía que mis dedos se volvían inmateriales. El aire sabía a polvo de estrellas y a papel viejo, un aroma que intentaba adormecer mis sentidos. Cada paso que dábamos, un fragmento de mi pasado se desprendía de mí como una costra seca.

—¿Elsa? —la voz de Kaelen sonó lejana, como si hablara desde el fondo de un pozo de agua fría.

Me giré hacia él. Su rostro, el rostro que yo había besado bajo el eclipse y defendido ante los Serafines, estaba empezando a perder definición. Su sombra plateada ya no era un manto de poder; era una neblina que se disolvía en la oscuridad de la biblioteca.

—No me sueltes, Kaelen —susurré, pero mi propio nombre me sonó extraño, una etiqueta que ya no encajaba con la esencia que sentía en mi pecho—. Siento que… que estoy olvidando cómo respirar.

—Bienvenidos al Archivo del Silencio —una voz múltiple, hecha de mil susurros de personas que nunca existieron, llenó el espacio—. Aquí, la memoria es el peso que os impide flotar. Dejadlo ir. Dejaos ir.

Frente a nosotros, el pasillo de cristal se bifurcó. En cada camino, una proyección de nosotros mismos nos esperaba.

La Primera Prueba: El Olvido de la Herida.

A nuestra izquierda, vimos una versión de nuestro primer encuentro. Yo estaba en la galería, pero Kaelen no venía a comprarme por un contrato de sangre. Venía con una flor, con una sonrisa humana, y me pedía una cita como cualquier hombre normal. No había marcas de vampiro, no había guerra civil, no había el dolor de la transformación.

—Mirad qué fácil pudo ser —susurraron las estanterías—. Una vida de paz. Una vida donde nadie tiene que morir por un trono. Solo tenéis que soltar vuestras manos y entrar en este reflejo. Olvidaréis el dolor, y a cambio, tendréis la calma.

Kaelen miró el reflejo con una nostalgia desgarradora. Vi su mano aflojarse un milímetro. La tentación de no ser un monstruo, de no cargar con el peso de una raza agonizante, era el veneno más dulce del Arquitecto.

—Kaelen, mírame —le obligué a encararme. Mis ojos buscaban los suyos, que ahora eran de un dorado pálido—. Esa paz es una mentira. Sin nuestras heridas, no seríamos nosotros. Prefiero sangrar contigo que ser feliz con un extraño que tiene tu rostro.

Apreté su mano con tanta fuerza que mis uñas se clavaron en su piel. El dolor físico actuó como un ancla. El reflejo de la “paz” estalló en mil pedazos de cristal negro.

La Segunda Prueba: El Vacío de la Identidad.

A medida que nos internábamos más en la biblioteca, el ataque se volvió más personal. Llegamos a una cámara circular donde los espejos nos rodeaban por completo. En cada uno, mi imagen empezaba a borrarse. Ya no veía a Elsa Croft; veía a una mujer genérica, una sombra blanca sin rasgos.

—¿Quién eres? —me preguntó Kaelen, y esta vez hubo un destello de pánico real en su voz. Se soltó de mi mano para tocarse el rostro, como si no estuviera seguro de si seguía teniendo uno—. No recuerdo… no recuerdo por qué estoy aquí. Sé que hay una mujer… una luz… pero el nombre se ha ido.

—Kaelen, escúchame —me acerqué a él, pero mi cuerpo se sentía como humo. El olvido estaba ganando. Si no hacíamos algo radical, nos convertiríamos en dos de esas luces estancadas en las estanterías.

Recordé lo que Aidan dijo: el “Spicy” de nuestra unión era lo único que el Arquitecto no podía simular. El deseo no es memoria; es instinto. Es una verdad grabada en los nervios, no en el neocórtex.

Sin pensarlo, me deshice de la armadura de obsidiana, dejando que cayera al suelo con un estrépito que rompió el silencio de la biblioteca. Me pegué a su cuerpo, buscando el contacto de su piel con la mía. Mis manos subieron por su cuello, tirando de él hacia mí con una ferocidad que no era de una emperatriz, sino de una hembra reclamando a su compañero ante el fin del mundo.

—No busques mi nombre en tu cabeza, Kaelen —gemí contra sus labios, sintiendo cómo el calor empezaba a brotar de nuevo entre nosotros—. Búscame en tu sangre. Búscame en el hambre que sientes cuando me tocas.

Lo besé con una pasión que quemaba el aire estancado del archivo. El contacto de nuestras lenguas, el sabor de su esencia plateada mezclándose con mi Éter dorado, fue como un choque eléctrico que reinició el sistema. El “Spicy” de nuestra conexión estalló en una supernova privada dentro de la cámara de los espejos.

Kaelen gruñó, un sonido animal y profundo que enterró por completo los susurros de la biblioteca. Sus manos se cerraron en mis caderas, apretándome contra él con una fuerza que me hizo soltar un grito de alivio. En ese momento de entrega absoluta, el olvido retrocedió.

—Elsa… —el nombre salió de sus labios como una oración recuperada del fuego—. Elsa Croft. Mi luz. Mi vida. Mi pecado.

La marca en mi cuello volvió a brillar con una incandescencia carmesí. Las sombras de la biblioteca intentaron envolvernos, pero nuestro calor las evaporaba. El deseo nos había devuelto la forma; nuestras siluetas se solidificaron, recuperando cada cicatriz, cada marca, cada detalle de nuestra historia compartida.

En el centro de la cámara, un pedestal de diamante negro emergió del suelo. Sobre él, flotaba un objeto que parecía una brújula hecha de hilos verdes y blancos: El Ancla de la Desmemoria. Era el motor que mantenía el hechizo del olvido sobre el mundo exterior.

—Es eso —dijo Kaelen, recuperando su autoridad gélida mientras se vestía con la rapidez de un guerrero—. Si lo destruimos, el mundo recordará. Pero el Arquitecto dijo que habría un precio.

—El precio ya lo estamos pagando, Kaelen —dije, señalando mis manos, que todavía temblaban—. Cada segundo aquí es un combate por no desaparecer.

Nos acercamos al pedestal. Pero antes de poder tocar el ancla, una figura se materializó frente a nosotros. No era un Serafín, ni una Vestal. Era una versión de Aidan adulto, vestido con una armadura de soberano, sosteniendo un cetro que tenía el poder de mil soles.

—Madre, padre… deteneos —dijo el Aidan del futuro. Su voz era una tormenta de calma—. Si destruís el Ancla ahora, el imperio recordará quién es Kaelen Thorne, pero recordará también sus crímenes. Recordarán al monstruo que los aterrorizó antes de conoceros. La guerra civil estallará en el instante en que el hechizo se rompa.

Kaelen miró al Aidan proyectado. —¿Y qué sugieres, hijo? ¿Que viva como un fantasma para siempre mientras tú gobiernas un imperio basado en una mentira?

—Sugiero que no destruyáis el Ancla. Sugiero que la reprograméis —explicó el Aidan del futuro—. Usad el vínculo que acabáis de reafirmar. No devolváis al mundo la memoria del pasado. Devolvedle la memoria del sentimiento. Haced que nos reconozcan no por nuestros nombres, sino por la lealtad que sienten en sus corazones.

Era una apuesta arriesgada. Si fallábamos, el olvido se volvería eterno y ni siquiera nosotros podríamos recordarnos al salir.

—¿Confías en mí? —le pregunté a Kaelen, tomando su mano y poniéndola sobre el Ancla.

—Hasta el final del tiempo y un día más, Elsa.

Unimos nuestro poder. Luz dorada, sombra plateada y la energía carmesí de nuestro deseo se fundieron en un rayo que penetró el Ancla de la Desmemoria. No buscamos romperla; buscamos teñirla con nuestra esencia. Le dimos al objeto cada gramo de nuestra historia, cada sacrificio de Malakor, cada batalla ganada.

El Ancla empezó a girar, cambiando su color verde esmeralda por un ámbar cálido. La biblioteca entera tembló. Los cristales de las estanterías empezaron a cantar una nota pura y cristalina que se extendió por todo el castillo, por todo el imperio, por todo el mundo.

Despertamos en el pasillo de piedra lisa, fuera de la biblioteca. La puerta se había cerrado para siempre, fundiéndose con la montaña.

Subimos las escaleras hacia el Gran Salón. Al entrar, el silencio ya no era de tumba, sino de asombro.

Valerius estaba allí, junto a Clara y los demás nobles. Al vernos entrar, no hubo duda en sus ojos. No recordaban el nombre “Kaelen Thorne” —el Arquitecto todavía mantenía esa parte del velo—, pero al verlo, Valerius se llevó la mano al pecho y se inclinó con una devoción que le hizo llorar sin saber por qué.

—No sé quién sois, señor —dijo Valerius, su voz temblando de emoción—, pero mi sangre me dice que daría mi vida por vos. Siento que he servido a vuestra sombra desde que nací.

Clara corrió hacia mí, abrazándome con fuerza. —Elsa… sentí que te habías ido a un lugar muy oscuro. No recordaba tu cara, pero me dolía el corazón como si me hubieran arrancado la mitad de mi ser.

Kaelen me miró y sonrió. Era una victoria agridulce. Seguía siendo un hombre sin nombre para el mundo, pero ahora era un hombre con un pueblo que lo amaba por instinto. El olvido ya no era una prisión, sino una página en blanco donde podíamos escribir una leyenda nueva.

—Parece que el Consorte Desconocido tiene mucho trabajo que hacer —susurró Kaelen en mi oído, su mano apretando la mía.

—Y la Emperatriz está lista para ayudarlo —respondí.

Pero mientras celebrábamos el regreso de la conexión, Aidan se acercó a nosotros. Sus ojos galácticos miraban hacia el cielo, más allá del techo del castillo.

—Madre, padre… el Ancla ha sido reprogramada, pero el Arquitecto está furioso —dijo el niño—. Ha enviado algo que no es un ángel ni un tejedor. Ha enviado al Primer Fallo.

En el horizonte, sobre el Mar de Hierro, una grieta de color negro absoluto se abrió, y de ella empezó a emerger una criatura que parecía hecha de todas las pesadillas que la humanidad había olvidado.

La paz recién recuperada siendo amenazada por una fuerza primordial. El precio del sentimiento había atraído la atención de algo que odiaba la emoción misma.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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