La Novia del Príncipe Oscuro - Capítulo 6
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- Capítulo 6 - 6 6 El precio de la inmortalidad
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6: 6 | El precio de la inmortalidad 6: 6 | El precio de la inmortalidad Elsa El regreso al castillo no fue triunfal, sino silencioso.
La Gran Cacería continuaba para el resto de la corte, pero para nosotros, el aire se había vuelto demasiado denso para respirar.
Kaelen no me soltó hasta que estuvimos dentro de nuestra alcoba, cerrando las puertas con un golpe que resonó como una sentencia.
Me dejó con cuidado sobre el diván.
La luz de la luna, ahora blanca y fría, entraba por la cúpula, bañando mis manos aún manchadas con la esencia de Julian.
—Estás temblando —dijo Kaelen.
Su voz sonaba hueca, como si estuviera hablando desde el fondo de un pozo.
—Es la adrenalina.
O el frío.
O el hecho de que casi mato a un príncipe —respondí, tratando de que mi voz no flaqueara.
Kaelen se alejó hacia las sombras de la habitación.
No encendió las luces.
Podía verlo quitarse la chaqueta destrozada, sus movimientos eran erráticos, carentes de su gracia habitual.
De repente, se tambaleó y tuvo que apoyarse en la mesa de mármol para no caer.
—¿Kaelen?
—Me puse en pie de inmediato, olvidando mi propio cansancio.
—No te acerques —gruñó.
Pero no fue un gruñido de amenaza, sino de agonía.
Ignoré su advertencia.
Crucé la habitación y, al llegar a su lado, ahogué un grito.
La piel de Kaelen, que antes se veía vital gracias a mi sangre, estaba volviéndose grisácea.
Unas venas negras empezaban a subir por su cuello, ramificándose como raíces podridas hacia su mandíbula.
Era la maldición.
Estaba reclamando su tributo con una ferocidad redoblada.
—¿Qué está pasando?
¡Me dijiste que la sangre te había curado!
—Te…
te mentí —logró decir, apretando los dientes con tal fuerza que creí que se le romperían—.
Tu sangre no cura la maldición, Elsa.
Solo la adormece.
Y después de lo que hiciste en el bosque…
después de que proyectaras tu poder para defenderte…
consumiste la reserva de Éter que yo había tomado de ti.
Me quedé helada.
—¿Quieres decir que mi defensa te debilitó a ti?
—Tu poder y el mío están conectados ahora.
Cuando usaste el Éter para quemar a Julian, lo sacaste de mi sistema.
La maldición sintió el vacío y regresó para devorarme.
Se desplomó en el suelo, de rodillas.
Su respiración era un silbido agónico.
Las venas negras llegaron a sus sienes, y sus ojos dorados empezaron a nublarse con una neblina oscura.
—Bebe de mí —le dije, arrodillándome frente a él y ofreciéndole mi muñeca.
—No…
es demasiado pronto.
Te drenaría…
si empiezo ahora, no podré parar.
Estás débil, Elsa.
—¡Me da igual!
—grité, buscando la daga de cristal en mi muslo.
Hice un corte limpio en mi palma y se la puse frente a la boca—.
No voy a dejar que te conviertas en polvo por mi culpa.
¡Bebe!
Kaelen luchó contra su instinto un segundo más, una batalla interna que hacía que sus músculos espasmódicos se tensaran dolorosamente.
Finalmente, el monstruo ganó.
Me agarró la mano con una fuerza desesperada y hundió su rostro en mi palma.
Esta vez no fue como la primera noche.
No hubo elegancia ni control.
Fue un saqueo.
Sentí un tirón violento en el centro de mi pecho, como si mi alma estuviera siendo succionada a través de una pajilla.
El mundo empezó a dar vueltas.
Vi estrellas, luego oscuridad, y luego imágenes que no eran mías.
Vi a un Kaelen niño, llorando frente a una pira funeraria.
Vi la cara de la mujer que lanzó la maldición, una bruja de ojos vacíos que maldijo a los Thorne a “tener sed de lo que más aman hasta que no quede nada”.
Vi siglos de soledad, de rostros que se desvanecían mientras él permanecía igual.
—Basta…
Kaelen…
—susurré.
Mi vista se estaba apagando.
Sentí que sus labios se separaban de mi mano, pero no me soltó.
Me rodeó con sus brazos, apretándome contra su pecho mientras soltaba un sollozo seco, un sonido que me rompió el corazón.
Poco a poco, las venas negras en su piel retrocedieron.
Su piel recuperó su palidez noble y su calor antinatural.
Me mantuvo allí, acunada en su regazo, mientras yo recuperaba el aliento, sintiéndome como si hubiera corrido un maratón de mil años.
—Lo siento —murmuró contra mi cabello—.
Lo siento tanto, Elsa.
No debí traerte aquí.
No debí dejar que esto ocurriera.
—Ya es tarde para arrepentirse —dije, mi voz apenas un suspiro—.
Estamos juntos en esto.
El contrato está firmado.
Kaelen se apartó un poco para mirarme.
Sus ojos volvían a ser de ese dorado profundo, pero esta vez estaban llenos de una tristeza infinita.
—¿Sabes por qué Julian me odia tanto?
—preguntó de repente.
Negué con la cabeza, demasiado cansada para hablar.
—Julian cree que la maldición es un regalo.
Él quiere abrazar la oscuridad total, convertirse en un dios de sangre que no necesite vínculos ni Novias.
Él cree que si me mata y toma tu sangre de una sola vez, podrá trascender nuestra especie.
—Él es un demente —dije.
—Él es el reflejo de lo que yo podría ser si no te tuviera a ti.
—Kaelen acarició mi mejilla con una ternura que me asustó—.
Elsa, el Consejo no te dejará ir.
Mañana, después de lo que vieron en el bosque, te tratarán como a una emperatriz, pero será una jaula de oro.
Querrán que engendres un heredero.
Un niño que nazca con tu Factor Éter y mi linaje.
Sentí un escalofrío que no tenía nada que ver con la pérdida de sangre.
—¿Un hijo?
Kaelen, apenas nos conocemos.
Esto es…
esto es un negocio de supervivencia.
—Lo sé.
Y por eso te voy a dar una opción.
Se puso de pie, llevándome en sus brazos con una facilidad asombrosa, y me depositó en la cama.
Se sentó en el borde, mirándome con una seriedad mortal.
—Hay un pasadizo en las mazmorras que lleva fuera de las tierras de los Vrykolakas.
Lleva a un puerto donde hay un barco esperando.
Te daré oro, una identidad nueva y protección mágica que ocultará tu rastro de cualquier vampiro.
Puedes irte mañana antes del amanecer.
Me quedé muda.
El corazón me latía con fuerza.
Era la libertad.
Era volver a mi vida, a mi hermana, a los cafés por la mañana y a no tener que preocuparme por si alguien quería beberse mis venas.
—¿Y tú?
—pregunté—.
Si me voy, la maldición volverá.
Morirás.
Kaelen apartó la mirada hacia el fuego azul de la chimenea.
—Soy un príncipe.
Mi deber es proteger a mi gente y a mi linaje.
Si mi muerte es el precio para que tú vivas libre…
es un precio que estoy dispuesto a pagar.
Ya he vivido demasiado, Elsa.
Unos días más no cambiarán nada.
Lo miré fijamente.
Podía ver la nobleza en su perfil, la carga de los siglos en sus hombros.
Podía ver al hombre que se escondía detrás del monstruo.
Y me di cuenta de algo aterrador: no quería irme.
No era solo por el contrato.
Era por la forma en que su sangre me hacía sentir, la forma en que el mundo cobraba colores que nunca antes había visto cuando estaba a su lado.
Era la conexión que sentía cada vez que nuestras pieles se tocaban.
Me incorporé en la cama y le tomé la mano.
Sus dedos se cerraron sobre los míos por instinto.
—¿Por qué me dejas ir ahora?
—le pregunté—.
¿Por qué no en la primera noche?
Kaelen se giró hacia mí, y la intensidad de su mirada me dejó sin aliento.
—Porque en la primera noche eras solo una herramienta.
Ahora…
ahora eres la única razón por la que quiero seguir despierto.
Y precisamente porque te quiero —la palabra colgó en el aire, pesada y prohibida—, no puedo dejar que te marchites en este nido de víboras.
—Entonces no me dejes marchar —le dije, mi voz ganando fuerza—.
No soy una flor delicada, Kaelen.
Ya viste de lo que soy capaz.
Si Julian y el Consejo quieren una reina, les daremos una.
Pero será bajo nuestros propios términos.
—Elsa, no sabes lo que pides.
Ser la esposa de un Thorne significa una vida de guerra eterna.
—Ya estoy en guerra, Kaelen.
Desde el momento en que me elegiste.
Y prefiero pelear a tu lado que huir y preguntarme el resto de mi vida si podrías haberte salvado.
Kaelen me miró con una mezcla de desesperación y un deseo tan puro que me hizo temblar.
Se inclinó hacia mí, sus labios a milímetros de los míos.
—Si te quedas, Elsa…
si te quedas, no habrá vuelta atrás.
Te reclamaré de una forma que ni siquiera la muerte podrá romper.
No solo tu sangre, sino cada parte de ti.
—Reclámame entonces —susurré.
El beso que siguió no tuvo nada de amargo.
Fue un pacto sellado en el deseo y la necesidad.
Me rodeó con sus brazos, hundiéndonos en las sábanas de seda mientras el fuego azul de la chimenea rugía con una nueva fuerza.
En esa habitación, en el corazón del reino de las sombras, la Novia de Sangre y el Príncipe Maldito dejaron de ser aliados de conveniencia para convertirse en algo mucho más peligroso: compañeros de alma.
Afuera, el bosque seguía susurrando y Julian tramaba su venganza desde las sombras del destierro.
El Consejo esperaba con ansias los resultados de su unión.
Pero allí, en la oscuridad de nuestra alcoba, el mundo exterior no existía.
Solo existía el sabor de su piel, el calor de mi sangre y la promesa de un futuro escrito en rojo carmesí.
Mañana el palacio temblaría.
Pero esta noche, el rey y la reina habían encontrado su trono.
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