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La Novia del Príncipe Oscuro - Capítulo 61

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Capítulo 61: 61 | El espejo de la envidia

Elsa

El Castillo de Hierro todavía humeaba tras la batalla contra Zaleos. El olor a rubí calcinado y a piedra fundida se mezclaba con el aroma a pino fresco que el viento del Norte traía para limpiar las heridas de la tierra. Pero la paz era un espejismo de cristal. En el patio, los hombres de Valerius trabajaban en silencio, moviéndose como fantasmas entre los restos de las estatuas.

Me encontraba en mis aposentos privados, observando mis manos frente al gran espejo de obsidiana. La sombra plateada que Kaelen me había entregado en la transmutación se sentía hoy más pesada que de costumbre. Ya no era solo una herramienta; era una presencia que susurraba en los rincones de mi mente, mostrándome fragmentos de una realidad que mis ojos de luz nunca habían percibido.

—¿Sientes eso, Elsa? —la voz de Kaelen surgió de la penumbra.

Él estaba apoyado contra el marco de la puerta. Su fulgor dorado, antes una explosión incontrolable, se había estabilizado en un brillo ámbar que iluminaba la habitación con la calidez de un atardecer perpetuo. Pero sus ojos… sus ojos estaban fijos en el vacío.

—Siento que el aire tiene sabor a hiel, Kaelen —respondí, dándome la vuelta. El “Spicy” de nuestra conexión, habitualmente una corriente de calor, hoy se sentía como un hilo de seda tirante, a punto de romperse—. Y siento que alguien nos está mirando desde el interior de nuestras propias dudas.

Kaelen se acercó a mí, rodeando mi cintura con sus brazos. El contacto de su piel incandescente contra la mía, envuelta en neblina plateada, creó una reacción en cadena de destellos que danzaron por las paredes. Pero no me besó. Apoyó su frente contra la mía y cerró los ojos.

—He tenido una visión, Elsa —susurró—. Vi una vida donde nunca fui convertido. Una vida donde era un simple humano, un arquitecto de carne y hueso en las Tierras del Este. No había sed de sangre. No había siglos de soledad. Solo… paz. Y tú estabas allí, pero no como una emperatriz. Eras una pintora en una plaza soleada. No nos conocíamos por un contrato, sino por casualidad.

Sentí una punzada de dolor en el pecho. No era un dolor físico, sino la envidia de esa versión de nosotros mismos. Una versión que no tenía que luchar contra dioses ni príncipes del hambre.

—¿No es una imagen hermosa? —una voz aterciopelada, masculina y femenina a la vez, se filtró por las grietas de la ventana.

De repente, el espejo de obsidiana frente a nosotros dejó de reflejar nuestra habitación. La superficie se volvió líquida y mostró una escena vibrante: el Plano Cero, pero no como una red de geometría fría, sino como un palacio de luz infinita. En el centro, sentada en un trono de diamantes, estaba una versión de mí misma. Era la Reina de la Luz, pura, inalcanzable, sin una sola mancha de sombra en su ser. A su lado, no estaba Kaelen. Estaba un ser de luz pura, un igual, una criatura de perfección que le sonreía con una calma que yo nunca había conocido.

—Yo soy Astaroth —la voz volvió a resonar, esta vez desde el propio cristal—. El Príncipe de la Envidia. No vengo a destruiros con fuego, soberanos. Vengo a enseñaros lo que el “nudo” os ha robado.

De las sombras del espejo emergió una figura esbelta, vestida con una túnica de seda color verde agua que parecía hecha de lágrimas congeladas. Su rostro era una máscara de belleza andrógina, y sus ojos eran espejos que reflejaban nuestros deseos más inconfesables.

—Miradla, Elsa —Astaroth señaló a la Reina de la Luz—. Esa podrías haber sido tú si no te hubieras encadenado a un monstruo sediento de sangre. Podrías haber sido la soberana de la creación, sin dolor, sin partos de eclipse, sin el miedo constante a perderlo todo. Tu luz habría iluminado galaxias, no solo este rincón de piedra y nieve.

Me quedé paralizada. La envidia, esa serpiente fría, se enroscó en mi garganta. La imagen de esa Elsa era tan… libre. No tenía las ojeras del cansancio. No tenía la marca de la transmutación quemándole la sangre.

Astaroth se giró hacia Kaelen, ignorando mi parálisis. —Y tú, Kaelen Thorne… mírate. Te has convertido en una bombilla dorada para alimentar su imperio. Has renunciado a tu sombra, a tu orgullo, a tu propia raza, por una mujer que te mira con lástima cada vez que pierdes el control. En la otra vida, eras un hombre libre. Aquí, eres solo el guardián de una anomalía.

—¡Cállate! —Kaelen invocó su espada de fuego solar, pero la hoja atravesó a Astaroth como si fuera niebla.

—La ira no sirve contra la verdad, pequeño Rey —rió Astaroth—. Solo tenéis que admitirlo. Sentís envidia de las versiones de vosotros que no se conocieron. Sentís que vuestro amor es una prisión que habéis construido con vuestros propios sacrificios. El nudo no es fuerza, es una soga.

El entorno empezó a cambiar. La habitación del castillo desapareció, reemplazada por un laberinto de espejos infinitos. En cada uno, veíamos una vida diferente. Una donde yo era feliz con otro. Una donde él era poderoso sin mí. Una donde Aidan nacía como un niño humano y envejecía con normalidad.

—Elsa, no mires —gritó Kaelen, intentando taparme los ojos.

Pero yo no podía apartar la vista. Vi una versión de mí misma abrazando a mis padres, que estaban vivos. Vi una versión de mí misma donde nunca fui vendida. La envidia me estaba devorando por dentro, drenando mi sombra plateada y reemplazándola por una pesadez amarga.

—¿Y si tiene razón, Kaelen? —susurré, y mi voz sonó quebrada—. ¿Y si nos hemos hecho esto el uno al otro por un egoísmo que llamamos amor?

Kaelen se detuvo. Su brillo dorado parpadeó violentamente. Sus manos, que momentos antes me sostenían con fuerza, se aflojaron. El veneno de Astaroth había encontrado la grieta en su armadura: el sentimiento de culpa. Él siempre se había sentido responsable de haberme arrastrado a su mundo de sombras.

—Admitidlo… —susurraba Astaroth, moviéndose entre los espejos—. Soltad el nudo. Dejad que el otro sea libre. Solo tenéis que desearlo. Desead la vida del espejo y el nudo se deshará. Podréis empezar de cero. Sin deudas. Sin sangre.

El “Spicy” de este momento fue una agonía de tentación. Sentí la libertad al alcance de la mano. Sentí que podía dejar de ser la Emperatriz del Éter, dejar de luchar contra los Siete Príncipes, dejar de ser el “Error” del mundo. Solo tenía que decir “sí” al espejo.

Miré a Kaelen. Él estaba mirando un espejo donde caminaba por un bosque verde, siendo un hombre joven, riendo con amigos que no eran soldados. Sus ojos estaban llenos de lágrimas.

—Kaelen… —llamé.

Él no me miró. Estaba perdido en la envidia de su propia humanidad perdida.

Fue entonces cuando sentí un tirón en mi vientre. No era un poder mágico, era el recuerdo físico de Aidan. Recordé el dolor de su nacimiento, la primera vez que tocó mi mejilla, la forma en que sus ojos galácticos nos miraban buscando seguridad.

Recordé que, en todas esas vidas perfectas de los espejos, Aidan no existía.

En la vida de la Reina de la Luz, ella era perfecta, pero estaba sola. En la vida del Kaelen humano, él era feliz, pero su alma estaba incompleta, buscando siempre una pieza que nunca encontraría.

—¡NO! —mi grito rasgó el silencio del laberinto de espejos.

Invoqué la sombra plateada, pero no para atacar a Astaroth. La usé para romper mis propios espejos. La oscuridad estalló desde mi pecho, golpeando cada superficie reflectante, destruyendo las imágenes de las Elsas perfectas y felices.

—¿Qué haces, necia? —chilló Astaroth, su voz perdiendo la seda—. ¡Estás destruyendo tu propia felicidad!

—¡Esa no es mi felicidad! —rugí, corriendo hacia Kaelen y tomándolo de las solapas de su túnica dorada—. ¡Kaelen, mírame! ¡Esas vidas son cáscaras vacías! ¡No tienen nuestra sangre! ¡No tienen nuestro hijo! ¡No tienen el sabor de nuestras derrotas!

Kaelen parpadeó, saliendo del trance. Miró los espejos rotos y luego me miró a mí. La envidia en sus ojos fue reemplazada por un reconocimiento feroz.

—Preferiría ser un monstruo contigo que un dios sin ti, Elsa —dijo Kaelen, su voz recuperando el trueno—. Preferiría morir mil veces en este mundo de cenizas que vivir un segundo en un paraíso donde no sepa quién eres.

Unimos nuestras manos. El fuego solar de Kaelen y mi sombra plateada se fusionaron una vez más, pero esta vez no crearon el Sol de Platino. Crearon una Onda de Realidad. Fue un pulso de pura verdad, cargado de todo el dolor, la pasión y los errores que habíamos acumulado en sesenta capítulos.

—¡Toma nuestra envidia, Astaroth! —grité—. ¡Tómala y descubre que preferimos nuestras cadenas a tu libertad!

El laberinto de espejos estalló. Astaroth emitió un grito agudo de agonía. La envidia es una fuerza que se alimenta de la carencia, y nosotros le habíamos dado una abundancia de pertenencia que su ser no podía procesar. El príncipe se desintegró en un charco de agua salada, susurrando maldiciones sobre la “estupidez de los mortales”.

Despertamos en nuestra habitación. El espejo de obsidiana estaba hecho añicos en el suelo. El sol violeta entraba por la ventana, recordándonos que el mundo seguía en pie y que la guerra no había terminado.

Kaelen me tomó en sus brazos y me besó con una desesperación que me dejó sin aliento. Fue un beso marcado por el miedo que acabábamos de sentir, un beso que reclamaba cada pedazo de nuestra realidad imperfecta. El “Spicy” de nuestra reconciliación fue más intenso que nunca, un fuego que quemó los últimos restos del veneno de Astaroth.

—Nunca vuelvas a dudar, Elsa —susurró Kaelen contra mi cuello—. No importa lo que nos muestren. No hay otra vida para mí que esta.

—Lo sé, Kaelen. Somos el error más hermoso del universo.

Pero en el pasillo, Aidan nos esperaba. El niño no sonreía. Tenía el Sextante en la mano, y la aguja apuntaba hacia el subsuelo del castillo, hacia las minas de obsidiana que abastecían a la ciudad.

—Madre, padre… Astaroth solo era el distractor —dijo Aidan—. Mientras estábamos atrapados en los espejos, el quinto ha entrado en las raíces del Norte.

—¿Quién es ahora? —preguntó Kaelen, recuperando su espada.

—Belfegor, el Príncipe de la Pereza del Alma —respondió Aidan—. Pero él no trae sueños, ni envidias. Trae la Indiferencia. Está apagando el fuego de los hornos, el fuego de los corazones… y el fuego de la magia.

Miré mis manos. El brillo plateado era tenue. La luz de Kaelen estaba perdiendo su calor. El castillo empezaba a enfriarse, no por el invierno, sino porque el mundo estaba dejando de importarles a quienes vivían en él.

Los soberanos caminando hacia las minas, mientras en el patio, los soldados soltaban sus armas, sentándose en el suelo con miradas vacías, sin ganas de luchar, ni de vivir, ni de amar.

La verdadera batalla por la voluntad acababa de comenzar.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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