Leer Novelas
  • Completado
  • Top
    • 👁️ Top Más Vistas
    • ⭐ Top Valoradas
    • 🆕 Top Nuevas
    • 📈 Top en Tendencia
Avanzado
Iniciar sesión Registrarse
  • Completado
  • Top
    • 👁️ Top Más Vistas
    • ⭐ Top Valoradas
    • 🆕 Top Nuevas
    • 📈 Top en Tendencia
  • Configuración de usuario
Iniciar sesión Registrarse
Anterior
Siguiente

La Novia del Príncipe Oscuro - Capítulo 62

  1. Inicio
  2. La Novia del Príncipe Oscuro
  3. Capítulo 62 - Capítulo 62: 62 | El frío del olvido anterior
Anterior
Siguiente
Configuración
Tamaño de Fuente
A A 16px
Tipo de Fuente
Color de Fondo

Capítulo 62: 62 | El frío del olvido anterior

Elsa

El Castillo de Hierro ya no vibraba. La música constante de la “Sinfonía de Sangre” que mantenía las piedras unidas se había transformado en un zumbido monótono, un ruido blanco que nublaba los sentidos. No era el frío del Norte lo que calaba los huesos al bajar hacia las minas de obsidiana; era una ausencia de calor vital.

Caminaba junto a Kaelen por los túneles del subsuelo, pero sentía que caminaba junto a una estatua. Su fulgor dorado, que ayer era una supernova de protección, hoy era una lámpara mortecina, una luz amarillenta que apenas revelaba los pasos que dábamos sobre el polvo de cristal.

—¿Sientes eso, Kaelen? —pregunté, y mi propia voz me sonó ajena, desprovista de la pasión que solía definirla.

—Siento… que no importa —respondió él, sin mirarme. Su espada de fuego solar colgaba de su cinturón, pero la empuñadura estaba apagada. Sus ojos dorados, antes focos de un deseo voraz, estaban fijos en la oscuridad del túnel con una indiferencia que me helaba la sangre—. El castillo, los Siete Príncipes… incluso el Arquitecto. Todo parece un esfuerzo demasiado grande para un resultado tan pequeño.

Me detuve, tomándolo del brazo. Mi mano, envuelta en esa sombra plateada que ahora se sentía como ceniza fría, resbaló por su piel. No hubo chispas. No hubo el habitual “Spicy” de nuestra conexión. Era como tocar una piedra fría en el fondo de un río.

—Es Belfegor —dije, forzando a mi mente a recordar por qué estábamos allí—. Está drenando el “querer”. Si dejamos de desear, Kaelen, el nudo se deshará por falta de tensión.

—Tal vez debería desatarse —susurró él, y por primera vez, el miedo no fue lo que sentí, sino un cansancio infinito—. Hemos luchado tanto, Elsa. ¿Para qué? Al final, todos somos polvo en el telar.

Me invadió una ola de apatía. ¿Para qué, en efecto? Podría sentarme aquí mismo, en el suelo de la mina, y dejar que la oscuridad me envolviera. El imperio, Aidan… todo parecía una construcción agotadora de una mente que ya no quería imaginar.

Llegamos a la Cámara del Filtro, el lugar donde las raíces del castillo se hundían en el Origen. Allí, sentado sobre una pila de escombros, estaba Belfegor, el Príncipe de la Pereza del Alma.

No se veía como un guerrero. Era un hombre obeso y pálido, con los ojos semicerrados, recostado sobre una nube de moho gris que crecía a su alrededor. No sostenía armas; sostenía un bostezo eterno que contagiaba al aire mismo. A su alrededor, el fuego de los hornos de obsidiana se había convertido en brasas grises. Los mineros y los guardias estaban sentados en el suelo, mirando a la nada, sus herramientas caídas, sus propósitos olvidados.

—Habéis llegado… —dijo Belfegor, y su voz fue como un susurro de hojas secas—. Tanto ruido por nada. Tanta luz, tanta sombra… ¿No estáis cansados de ser importantes? ¿No es mejor simplemente… dejar de ser?

Kaelen ni siquiera desenvainó su espada. Se quedó allí, con los brazos caídos, mirando al príncipe con una simpatía aterradora. —Sí —murmuró Kaelen—. Estoy muy cansado.

—¡Kaelen, no! —intenté grocar, pero mi voz salió como un suspiro débil.

Sentí que mi sombra plateada retrocedía hacia mi núcleo, volviéndose una mota de polvo. El deseo que sentía por el hombre frente a mí, ese fuego que había destruido lunas de cristal, se estaba apagando. Miré a Kaelen y ya no vi al hombre que me salvó del desierto; vi a un extraño con armadura rota.

—El nudo se afloja… —sonrió Belfegor, y el moho gris empezó a trepar por nuestras botas—. Solo un poco más. Olvidad el sabor de vuestros labios. Olvidad el peso de vuestro hijo. Dejaos llevar por el gris.

Aidan entró en la cámara. El niño estaba llorando, pero sus lágrimas no caían; se evaporaban en una estática gris. Sostenía el Sextante de la Discordia, pero la aguja no giraba. Estaba clavada, apuntando hacia abajo, hacia la nada.

—¡Madre! ¡Padre! —gritó el niño, y su voz fue lo único que cortó la neblina de apatía por un segundo—. ¡El castillo se está muriendo! ¡La gente ha dejado de respirar porque se han olvidado de querer aire!

Aidan corrió hacia nosotros y nos tomó de las manos. Al sentir su tacto pequeño y cálido, una chispa de mi antigua luz blanca saltó en mi pecho. Pero fue débil. Belfegor suspiró, y la chispa se apagó.

—El niño es una anomalía demasiado ruidosa —dijo Belfegor, moviendo perezosamente una mano—. Duérmete, pequeño Tejedor.

Un sudario de moho gris envolvió a Aidan, silenciando sus gritos. El niño cayó de rodillas, sus ojos galácticos volviéndose ceniza.

Ver a mi hijo desaparecer bajo la indiferencia de un demonio debería haberme hecho estallar en furia. Pero el veneno de Belfegor era perfecto. Solo sentí una leve tristeza, una nostalgia lejana, como si estuviera viendo una obra de teatro aburrida.

—Pobre niño —dije, y mi propia indiferencia me dio más miedo que el demonio—. Kaelen, deberíamos ayudarlo… pero me pesan tanto los brazos.

Kaelen asintió, sentándose en el suelo de la mina. —Mañana, Elsa. Lo haremos mañana.

En ese abismo de desidia, algo ocurrió. No fue magia, ni fue destino. Fue una costumbre biológica.

Kaelen, en su estado de letargo, apoyó su cabeza contra mi hombro. Fue un movimiento automático, un hábito de tres años de dormir juntos. Al rozar mi piel con la suya, la marca en mi cuello —la cicatriz de nuestra unión— emitió un pulso.

No fue un rayo de poder. Fue un recuerdo físico.

Sentí el sabor metálico de su sangre. Sentí el dolor de la transmutación. Pero sobre todo, sentí el hambre. No el hambre de poder, sino el hambre de él. Mi cuerpo, que no sabía de mentes cansadas, recordó que amaba a ese hombre. Mis nervios, que no entendían de filosofías de la nada, gritaron por el contacto.

—Kaelen… —susurré, y esta vez, mi voz tenía un rastro de aspereza.

Me obligué a mover los dedos. Fue como arrastrar piedras de una tonelada. Toqué su rostro, buscando la línea de su mandíbula. Mis dedos encontraron el calor que su mente intentaba apagar.

—¿Todavía intentas moverte? —preguntó Belfegor, abriendo un poco más los ojos—. Qué esfuerzo tan inútil.

—No es esfuerzo —dije, y mi luz blanca parpadeó con una tonalidad carmesí, la luz de la sangre—. Es… memoria muscular.

Me pegué a Kaelen. No lo besé con ternura; lo mordí. Clavé mis dientes en su labio inferior hasta que sentí el sabor a oro y sal de su esencia solar. El dolor fue el despertador. El “Spicy” de nuestra conexión no regresó como una luz, sino como un incendio de piel.

Kaelen abrió los ojos de par en par. El anillo dorado en sus pupilas estalló en llamas. La indiferencia se evaporó ante el estímulo primario del dolor y el deseo.

—Elsa… —su voz recuperó el trueno, cargada de una rabia que me hizo vibrar—. Me habías… dejado de importar.

—Tú también a mí —respondí, tomándolo por las solapas de su túnica—. Pero mi sangre no te ha olvidado.

El “Spicy” de este momento fue una re-seducción en mitad del vacío. Nos besamos con una ferocidad que no buscaba placer, sino existencia. Cada caricia era un golpe contra el moho gris de Belfegor. Nuestras esencias, la sombra plateada y la luz dorada, empezaron a friccionar de nuevo, creando una energía de platino que quemaba el aire estancado.

Kaelen se puso en pie, levantándome con él. Su espada de fuego solar se encendió con tal fuerza que los hornos de la mina volvieron a rugir instantáneamente.

—¡Belfegor! —rugió Kaelen—. ¡Has intentado apagar el sol con un suspiro! ¡Pero te has olvidado de que el sol de este mundo nace de la sangre!

Lanzamos un ataque combinado. No fue un rayo de energía, fue una Onda de Pasión. Proyectamos todo el hambre, el deseo y la voluntad que habíamos recuperado hacia el Príncipe de la Pereza.

—No… es… posible… —jadeó Belfegor, mientras el moho gris se convertía en ceniza bajo el calor de nuestro reencuentro—. El esfuerzo… debería… cansaros…

—El amor no es un esfuerzo, Belfegor —dije, mi sombra plateada envolviendo al demonio—. Es una necesidad. Como respirar. Como sangrar.

Con un estallido de luz platino, Belfegor se disolvió. No murió gritando; murió bostezando, su esencia regresando al vacío de donde vino al no poder contener el peso de nuestra voluntad recuperada.

El castillo despertó de golpe. En las minas, los trabajadores se levantaron confundidos, retomando sus picos con una energía renovada. Arriba, en el patio, el ruido de la vida regresó como un torrente.

Aidan salió de su capullo de seda gris, respirando con dificultad. Corrimos hacia él y lo abrazamos, sintiendo su pequeño corazón latir con fuerza contra los nuestros. El nudo estaba tenso de nuevo, más fuerte que nunca.

—Lo habéis logrado —dijo Aidan, frotándose los ojos galácticos—. Habéis vencido a la Indiferencia. Pero el Sextante… ha cambiado de dirección.

Kaelen me miró, y aunque estábamos exhaustos, vi en él el fuego que Belfegor intentó robarle. Me tomó de la mano y me besó los nudillos, su piel dorada brillando con una promesa eterna.

—¿Quién queda, Aidan? —preguntó Kaelen.

—Quedan dos —respondió el niño, señalando hacia el Salón de los Espejos del ala oeste—. El siguiente es Asmodeo, el Príncipe de la Lujuria Distorsionada.

—¿Lujuria? —fruncí el ceño—. ¿Después de lo que acabamos de pasar?

—No es el deseo que sentís vosotros, madre —advirtió Aidan con una gravedad que nos heló la sangre—. Asmodeo no busca el amor. Busca la Posesión. Quiere que os devoréis el uno al otro hasta que no quede nada más que hambre. Quiere convertir vuestro “Spicy” en un arma de destrucción masiva.

Miré a Kaelen. Él apretó mi mano, y por un momento, el deseo que sentíamos el uno por el otro se sintió peligroso, un incendio que podría quemar no solo al enemigo, sino a nosotros mismos.

Los soberanos subiendo hacia los niveles superiores, mientras en el ala oeste, las paredes empezaban a cubrirse de una seda roja que latía con el ritmo de un corazón enfermo.

El quinto Príncipe había caído, pero el sexto venía a atacar el corazón mismo de nuestra pasión.

Elsa

El ala oeste del Castillo de Hierro había dejado de pertenecer a la arquitectura de la realidad. Al cruzar el umbral, el aire se volvió denso, cargado con un aroma a jazmín almizclado y canela quemada que nublaba los pulmones. Las paredes de obsidiana estaban cubiertas por una seda roja que latía, una membrana viva que filtraba el sonido y lo convertía en susurros de gemidos distantes.

Caminaba junto a Kaelen, pero la distancia entre nosotros, aunque era de apenas unos centímetros, se sentía como un abismo cargado de electricidad. Tras el frío de Belfegor, el calor que emanaba de Kaelen ya no era un consuelo; era una provocación. Su luz dorada, ahora mezclada con el hambre de la sombra que yo portaba, creaba un aura de magnetismo violento.

—No respires profundo, Elsa —advirtió Kaelen, su voz era un barítono ronco que hizo que mi piel se erizara—. El aire está saturado de feromonas primordiales. Asmodeo no quiere que durmamos; quiere que nos perdamos en el otro hasta que olvidemos que existe un mundo fuera de esta habitación.

—Es tarde para eso, Kaelen —respondí, sintiendo cómo la sombra plateada en mis venas se agitaba, buscando el contacto con su luz. El “Spicy” de nuestra conexión se había transformado en una garra que me tiraba del vientre—. Mi sangre… mi sangre está gritando.

De repente, el pasillo se retorció. La seda roja se expandió como una red, envolviendo mis tobillos y tirando de mí hacia una cámara lateral. Kaelen intentó atraparme, pero un muro de espejos carmesí surgió entre nosotros, dividiendo el espacio en un laberinto de reflejos infinitos.

—¡ELSA! —el rugido de Kaelen fue ahogado por el latido de las paredes.

Me encontré en una sala circular rodeada de espejos que no mostraban el futuro ni el pasado, sino el **deseo desnudo**. En cada reflejo, veía a Kaelen. Pero no al Kaelen que cuidaba de Aidan o el que gobernaba el Norte. Veía al depredador. Al hombre que me miraba como si fuera su única presa en el universo.

—**¿Por qué te resistes, pequeña luz?** —una voz seductora, vibrante como una cuerda de violín, surgió de todas partes—. **¿No es esto lo que deseabas en las noches de soledad? ¿No es este el fuego que te prometieron los hilos del destino?**

Frente a mí, la seda roja se condensó para formar una figura. Era **Asmodeo, el Príncipe de la Lujuria Distorsionada**. Vestía una armadura de escamas de dragón rosa y oro, su torso estaba al descubierto y sus ojos eran dos pozos de un fucsia incandescente que parecía leer cada poro de mi piel.

—Asmodeo… —intenté invocar mi sombra plateada, pero mi poder se sentía pesado, perezoso, como si estuviera más interesado en sentir que en luchar.

—**No soy tu enemigo, Elsa Croft** —dijo Asmodeo, acercándose con una gracia felina—. **Soy el espejo de tu hambre. El nudo que tienes con Kaelen es fuerte, sí… pero es casto. Está limitado por la moral de los humanos y la nobleza de los reyes. Yo te ofrezco la liberación. El deseo sin consecuencias. La pasión que consume hasta la última gota de alma.**

Asmodeo chasqueó los dedos y el muro de espejos se volvió transparente. Al otro lado, vi a Kaelen. Él también estaba atrapado, rodeado de versiones ilusorias de mí. Estaba de rodillas, con las manos apretadas en la cabeza, luchando contra una luz dorada que amenazaba con incinerar todo a su paso.

—¡Déjalo ir! —grité, lanzando un latigazo de sombra gris.

Asmodeo esquivó el golpe sin esfuerzo, riendo.

—**Él solo se soltará si tú te entregas. El nudo funciona en ambas direcciones. Si tú dejas de luchar, él dejará de sufrir. Deja que la seda te envuelva, Elsa. Deja que la sombra que él te dio reclame lo que es suyo.**

Sentí que la seda roja trepaba por mis piernas, por mi cintura, por mis brazos. Era suave, cálida, y emitía un calor que sintonizaba con el pulso de mi propia sangre. La tentación de rendirme, de dejar que el instinto tomara el mando y simplemente… sentir, era casi insoportable. Mi sombra plateada empezó a fundirse con la seda, perdiendo su forma combativa.

Mientras tanto, en el otro lado del laberinto, Kaelen estaba viviendo su propio infierno.

—**Mírala, Kaelen Thorne** —susurraba la voz de Asmodeo en su oído—. **Es tuya. Siempre lo ha sido. Pero la has tratado como a una muñeca de cristal. ¿No quieres romperla? ¿No quieres ver cuánto fuego puede soportar antes de romperse?**

Kaelen veía a Elsa —o a la proyección de ella— acercándose con una mirada de perdición que nunca había visto en la realidad. Sus ojos eran plata líquida y su piel irradiaba un deseo que activaba cada instinto de posesión que Kaelen había heredado de su linaje de depredadores.

—Ella… ella no es un objeto —gruñó Kaelen, pero su espada de fuego solar parpadeaba. El calor en su pecho no era poder; era fiebre.

—**Ella es tuya por contrato, por sangre y por alma** —insistió el demonio—. **Reclámala. Sé el monstruo que ella ama. Si te entregas al hambre, el dolor del mundo desaparecerá. Solo quedará el roce de la piel y el grito del placer.**

Kaelen golpeó el espejo con el puño, agrietando la imagen. Pero el cristal se reparó al instante. El “Spicy” de la situación estaba llegando al punto de ruptura. La energía de la lujuria distorsionada estaba usando su conexión para crear un circuito de retroalimentación. Cuanto más deseaba Kaelen a Elsa, más débil se volvía su voluntad, y cuanto más se debilitaba él, más crecía el hambre de ella.

En mi cámara, Asmodeo se acercó a mi cuello, su aliento frío rozando la marca de mi unión.

—**¿Sientes cómo palpita? Está pidiendo el contacto. Está pidiendo que el Sol Plateado la queme.**

Cerré los ojos, al borde del colapso. Pero en la oscuridad de mi mente, escuché un sonido que no pertenecía al laberinto de seda.

Era el sonido del Sextante de la Discordia. Un pitido agudo, rítmico, discordante.

—*Aidan…* —susurré.

Recordé que la lujuria de Asmodeo era “distorsionada” porque no tenía raíz en la vida. Era un hambre circular, un vacío que se devoraba a sí mismo. No era el deseo que yo sentía por Kaelen. Mi deseo no era solo de piel; era de **presencia**. Quería sus quejas, su mal humor por las mañanas, sus miedos sobre el imperio, sus manos protegiendo a nuestro hijo.

Asmodeo solo ofrecía el acto. Yo quería el **vínculo**.

—Tú no entiendes nada de nosotros, Asmodeo —dije, abriendo los ojos. Mis pupilas ya no eran esclavas del fucsia; brillaban con una sombra plateada renovada, cargada de una voluntad gélida—. Lo que sientes en mi sangre no es hambre de carne. Es hambre de **él**. Y tú no eres él.

Invoqué la sombra no para atacar, sino para **cubrirme**. Me envolví en un sudario de oscuridad fría que actuó como un aislante contra las feromonas de la sala. La seda roja, al tocar la sombra absoluta, se marchitó y se convirtió en ceniza gris.

—¡KAELEN! —grité, y esta vez mi voz rompió el cristal del espejo que nos dividía.

Atravesé el marco roto y caí en los brazos de Kaelen. Él me rodeó con una fuerza que me dejó sin aliento, enterrando su rostro en mi cuello. Su piel quemaba, su luz dorada estaba fuera de control, pero cuando sintió mi sombra fría envolviéndolo, su respiración empezó a estabilizarse.

—Elsa… —jadeó él—. No puedo… este lugar… me está volviendo loco.

—Mírame, Kaelen —le tomé el rostro con ambas manos, obligándolo a enfocar sus ojos dorados en los míos—. No escuches las imágenes. Siente el nudo. Siente el peso de nuestra historia. No somos instinto. Somos una **decisión**.

Asmodeo apareció sobre nosotros, su rostro hermoso contorsionado por la rabia.

—**¡IDIOSTAS! ¡OS ESTOY OFRECIENDO EL ÉXTASIS DE LOS DIOSES Y PREFERÍS LAS CADENAS DEL AMOR HUMANO!**

Lanzó una oleada de látigos de seda roja cargados de energía de vacío. Kaelen y yo nos pusimos de pie, hombro con hombro. El “Spicy” de nuestra unión regresó, pero esta vez estaba bajo nuestro control. No era un fuego que nos consumía; era un láser que enfocamos a través de nuestras manos entrelazadas.

—El éxtasis sin alma es solo ruido, Asmodeo —dijo Kaelen, su voz recuperando la armonía del Sol Plateado.

—Y nosotros somos la música —añadí.

Lanzamos una ráfaga de **Luz de Eclipse Carmesí**. No era la luz blanca del Arquitecto, ni la roja de la ira. Era el color de un corazón que late de verdad. El rayo atravesó el pecho de Asmodeo, y la seda roja del laberinto empezó a arder con un fuego que olía a limpieza.

—**¡NO! ¡EL VACÍO… ES MEJOR… QUE LA CARNE!** —gritó Asmodeo mientras se desintegraba en pétalos de rosa marchitos.

Con la caída del sexto príncipe, el ala oeste del castillo recuperó su forma original. La seda desapareció, revelando las paredes de obsidiana y el aire fresco del Norte que entraba por las ventanas rotas.

Kaelen y yo caímos al suelo, exhaustos y temblorosos. La descarga de adrenalina y deseo que habíamos procesado nos dejó con los nervios a flor de piel. Me miró, y aunque la influencia de Asmodeo se había ido, la pasión real, la nuestra, seguía allí, vibrando bajo la superficie.

—Él tenía razón en una cosa, Elsa —dijo Kaelen, apartándome un mechón de cabello de la cara—. Mi hambre por ti nunca se sacia. Pero me alegra que sea así.

—Es el único hambre que vale la pena tener, Kaelen.

Aidan entró en la cámara, tapándose los ojos con una mano pequeña.

—¿Ya se puede mirar? El Sextante dice que la lujuria ha sido evacuada.

Kaelen soltó una carcajada cansada y atrajo a Aidan hacia nosotros. El niño nos abrazó, y por un momento, el nudo se sintió invencible. Habíamos vencido a la Indiferencia, a la Envidia y a la Lujuria Distorsionada.

Pero Aidan se puso serio de repente. Miró hacia la Gran Torre, el punto más alto del castillo, donde el viento del Norte soplaba con una furia inusual.

—Madre, padre… Solo queda uno. Y es el más peligroso de todos.

—¿Quién es, Aidan? —pregunté, sintiendo un presentimiento gélido en la boca del estómago.

—Es el reflejo de todo lo que habéis construido —respondió el niño—. Es **Lucifuge, el Príncipe de la Soberbia**. Él no viene a tentaros, ni a dormiros. Viene a reclamar vuestro trono porque dice que vosotros no sois dignos de este nuevo mundo.

Kaelen se puso en pie, su mano buscando la mía.

—Hemos matado a un dios, Aidan. No creo que un príncipe pueda asustarnos ahora.

—Él no es solo un príncipe, padre —advirtió Aidan, señalando hacia el cielo—. Él dice que él es el **Arquitecto que debió ser**. Y tiene el control de la última pieza del Telar.

Los soberanos mirando hacia la Gran Torre, donde una figura alada, hecha de luz pura y sombras geométricas, los esperaba bajo la luz de las tres lunas.

La batalla final por el trono del Norte y el destino del universo estaba a punto de comenzar. Y esta vez, no habría espejos ni sueños para esconderse.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

Anterior
Siguiente
  • Inicio
  • Acerca de
  • Contacto
  • Política de privacidad

© 2025 LeerNovelas. Todos los derechos reservados

Iniciar sesión

¿Perdiste tu contraseña?

← Volver aLeer Novelas

Registrarse

Regístrate en este sitio.

Iniciar sesión | ¿Perdiste tu contraseña?

← Volver aLeer Novelas

¿Perdiste tu contraseña?

Por favor, introduce tu nombre de usuario o dirección de correo electrónico. Recibirás un enlace para crear una nueva contraseña por correo electrónico.

← Volver aLeer Novelas

Reportar capítulo