La Novia del Príncipe Oscuro - Capítulo 63
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Capítulo 63: 63 | Laberinto de seda roja
Elsa
El ala oeste del Castillo de Hierro había dejado de pertenecer a la arquitectura de la realidad. Al cruzar el umbral, el aire se volvió denso, cargado con un aroma a jazmín almizclado y canela quemada que nublaba los pulmones. Las paredes de obsidiana estaban cubiertas por una seda roja que latía, una membrana viva que filtraba el sonido y lo convertía en susurros de gemidos distantes.
Caminaba junto a Kaelen, pero la distancia entre nosotros, aunque era de apenas unos centímetros, se sentía como un abismo cargado de electricidad. Tras el frío de Belfegor, el calor que emanaba de Kaelen ya no era un consuelo; era una provocación. Su luz dorada, ahora mezclada con el hambre de la sombra que yo portaba, creaba un aura de magnetismo violento.
—No respires profundo, Elsa —advirtió Kaelen, su voz era un barítono ronco que hizo que mi piel se erizara—. El aire está saturado de feromonas primordiales. Asmodeo no quiere que durmamos; quiere que nos perdamos en el otro hasta que olvidemos que existe un mundo fuera de esta habitación.
—Es tarde para eso, Kaelen —respondí, sintiendo cómo la sombra plateada en mis venas se agitaba, buscando el contacto con su luz. El “Spicy” de nuestra conexión se había transformado en una garra que me tiraba del vientre—. Mi sangre… mi sangre está gritando.
De repente, el pasillo se retorció. La seda roja se expandió como una red, envolviendo mis tobillos y tirando de mí hacia una cámara lateral. Kaelen intentó atraparme, pero un muro de espejos carmesí surgió entre nosotros, dividiendo el espacio en un laberinto de reflejos infinitos.
—¡ELSA! —el rugido de Kaelen fue ahogado por el latido de las paredes.
Me encontré en una sala circular rodeada de espejos que no mostraban el futuro ni el pasado, sino el **deseo desnudo**. En cada reflejo, veía a Kaelen. Pero no al Kaelen que cuidaba de Aidan o el que gobernaba el Norte. Veía al depredador. Al hombre que me miraba como si fuera su única presa en el universo.
—**¿Por qué te resistes, pequeña luz?** —una voz seductora, vibrante como una cuerda de violín, surgió de todas partes—. **¿No es esto lo que deseabas en las noches de soledad? ¿No es este el fuego que te prometieron los hilos del destino?**
Frente a mí, la seda roja se condensó para formar una figura. Era **Asmodeo, el Príncipe de la Lujuria Distorsionada**. Vestía una armadura de escamas de dragón rosa y oro, su torso estaba al descubierto y sus ojos eran dos pozos de un fucsia incandescente que parecía leer cada poro de mi piel.
—Asmodeo… —intenté invocar mi sombra plateada, pero mi poder se sentía pesado, perezoso, como si estuviera más interesado en sentir que en luchar.
—**No soy tu enemigo, Elsa Croft** —dijo Asmodeo, acercándose con una gracia felina—. **Soy el espejo de tu hambre. El nudo que tienes con Kaelen es fuerte, sí… pero es casto. Está limitado por la moral de los humanos y la nobleza de los reyes. Yo te ofrezco la liberación. El deseo sin consecuencias. La pasión que consume hasta la última gota de alma.**
Asmodeo chasqueó los dedos y el muro de espejos se volvió transparente. Al otro lado, vi a Kaelen. Él también estaba atrapado, rodeado de versiones ilusorias de mí. Estaba de rodillas, con las manos apretadas en la cabeza, luchando contra una luz dorada que amenazaba con incinerar todo a su paso.
—¡Déjalo ir! —grité, lanzando un latigazo de sombra gris.
Asmodeo esquivó el golpe sin esfuerzo, riendo.
—**Él solo se soltará si tú te entregas. El nudo funciona en ambas direcciones. Si tú dejas de luchar, él dejará de sufrir. Deja que la seda te envuelva, Elsa. Deja que la sombra que él te dio reclame lo que es suyo.**
Sentí que la seda roja trepaba por mis piernas, por mi cintura, por mis brazos. Era suave, cálida, y emitía un calor que sintonizaba con el pulso de mi propia sangre. La tentación de rendirme, de dejar que el instinto tomara el mando y simplemente… sentir, era casi insoportable. Mi sombra plateada empezó a fundirse con la seda, perdiendo su forma combativa.
Mientras tanto, en el otro lado del laberinto, Kaelen estaba viviendo su propio infierno.
—**Mírala, Kaelen Thorne** —susurraba la voz de Asmodeo en su oído—. **Es tuya. Siempre lo ha sido. Pero la has tratado como a una muñeca de cristal. ¿No quieres romperla? ¿No quieres ver cuánto fuego puede soportar antes de romperse?**
Kaelen veía a Elsa —o a la proyección de ella— acercándose con una mirada de perdición que nunca había visto en la realidad. Sus ojos eran plata líquida y su piel irradiaba un deseo que activaba cada instinto de posesión que Kaelen había heredado de su linaje de depredadores.
—Ella… ella no es un objeto —gruñó Kaelen, pero su espada de fuego solar parpadeaba. El calor en su pecho no era poder; era fiebre.
—**Ella es tuya por contrato, por sangre y por alma** —insistió el demonio—. **Reclámala. Sé el monstruo que ella ama. Si te entregas al hambre, el dolor del mundo desaparecerá. Solo quedará el roce de la piel y el grito del placer.**
Kaelen golpeó el espejo con el puño, agrietando la imagen. Pero el cristal se reparó al instante. El “Spicy” de la situación estaba llegando al punto de ruptura. La energía de la lujuria distorsionada estaba usando su conexión para crear un circuito de retroalimentación. Cuanto más deseaba Kaelen a Elsa, más débil se volvía su voluntad, y cuanto más se debilitaba él, más crecía el hambre de ella.
En mi cámara, Asmodeo se acercó a mi cuello, su aliento frío rozando la marca de mi unión.
—**¿Sientes cómo palpita? Está pidiendo el contacto. Está pidiendo que el Sol Plateado la queme.**
Cerré los ojos, al borde del colapso. Pero en la oscuridad de mi mente, escuché un sonido que no pertenecía al laberinto de seda.
Era el sonido del Sextante de la Discordia. Un pitido agudo, rítmico, discordante.
—*Aidan…* —susurré.
Recordé que la lujuria de Asmodeo era “distorsionada” porque no tenía raíz en la vida. Era un hambre circular, un vacío que se devoraba a sí mismo. No era el deseo que yo sentía por Kaelen. Mi deseo no era solo de piel; era de **presencia**. Quería sus quejas, su mal humor por las mañanas, sus miedos sobre el imperio, sus manos protegiendo a nuestro hijo.
Asmodeo solo ofrecía el acto. Yo quería el **vínculo**.
—Tú no entiendes nada de nosotros, Asmodeo —dije, abriendo los ojos. Mis pupilas ya no eran esclavas del fucsia; brillaban con una sombra plateada renovada, cargada de una voluntad gélida—. Lo que sientes en mi sangre no es hambre de carne. Es hambre de **él**. Y tú no eres él.
Invoqué la sombra no para atacar, sino para **cubrirme**. Me envolví en un sudario de oscuridad fría que actuó como un aislante contra las feromonas de la sala. La seda roja, al tocar la sombra absoluta, se marchitó y se convirtió en ceniza gris.
—¡KAELEN! —grité, y esta vez mi voz rompió el cristal del espejo que nos dividía.
Atravesé el marco roto y caí en los brazos de Kaelen. Él me rodeó con una fuerza que me dejó sin aliento, enterrando su rostro en mi cuello. Su piel quemaba, su luz dorada estaba fuera de control, pero cuando sintió mi sombra fría envolviéndolo, su respiración empezó a estabilizarse.
—Elsa… —jadeó él—. No puedo… este lugar… me está volviendo loco.
—Mírame, Kaelen —le tomé el rostro con ambas manos, obligándolo a enfocar sus ojos dorados en los míos—. No escuches las imágenes. Siente el nudo. Siente el peso de nuestra historia. No somos instinto. Somos una **decisión**.
Asmodeo apareció sobre nosotros, su rostro hermoso contorsionado por la rabia.
—**¡IDIOSTAS! ¡OS ESTOY OFRECIENDO EL ÉXTASIS DE LOS DIOSES Y PREFERÍS LAS CADENAS DEL AMOR HUMANO!**
Lanzó una oleada de látigos de seda roja cargados de energía de vacío. Kaelen y yo nos pusimos de pie, hombro con hombro. El “Spicy” de nuestra unión regresó, pero esta vez estaba bajo nuestro control. No era un fuego que nos consumía; era un láser que enfocamos a través de nuestras manos entrelazadas.
—El éxtasis sin alma es solo ruido, Asmodeo —dijo Kaelen, su voz recuperando la armonía del Sol Plateado.
—Y nosotros somos la música —añadí.
Lanzamos una ráfaga de **Luz de Eclipse Carmesí**. No era la luz blanca del Arquitecto, ni la roja de la ira. Era el color de un corazón que late de verdad. El rayo atravesó el pecho de Asmodeo, y la seda roja del laberinto empezó a arder con un fuego que olía a limpieza.
—**¡NO! ¡EL VACÍO… ES MEJOR… QUE LA CARNE!** —gritó Asmodeo mientras se desintegraba en pétalos de rosa marchitos.
Con la caída del sexto príncipe, el ala oeste del castillo recuperó su forma original. La seda desapareció, revelando las paredes de obsidiana y el aire fresco del Norte que entraba por las ventanas rotas.
Kaelen y yo caímos al suelo, exhaustos y temblorosos. La descarga de adrenalina y deseo que habíamos procesado nos dejó con los nervios a flor de piel. Me miró, y aunque la influencia de Asmodeo se había ido, la pasión real, la nuestra, seguía allí, vibrando bajo la superficie.
—Él tenía razón en una cosa, Elsa —dijo Kaelen, apartándome un mechón de cabello de la cara—. Mi hambre por ti nunca se sacia. Pero me alegra que sea así.
—Es el único hambre que vale la pena tener, Kaelen.
Aidan entró en la cámara, tapándose los ojos con una mano pequeña.
—¿Ya se puede mirar? El Sextante dice que la lujuria ha sido evacuada.
Kaelen soltó una carcajada cansada y atrajo a Aidan hacia nosotros. El niño nos abrazó, y por un momento, el nudo se sintió invencible. Habíamos vencido a la Indiferencia, a la Envidia y a la Lujuria Distorsionada.
Pero Aidan se puso serio de repente. Miró hacia la Gran Torre, el punto más alto del castillo, donde el viento del Norte soplaba con una furia inusual.
—Madre, padre… Solo queda uno. Y es el más peligroso de todos.
—¿Quién es, Aidan? —pregunté, sintiendo un presentimiento gélido en la boca del estómago.
—Es el reflejo de todo lo que habéis construido —respondió el niño—. Es **Lucifuge, el Príncipe de la Soberbia**. Él no viene a tentaros, ni a dormiros. Viene a reclamar vuestro trono porque dice que vosotros no sois dignos de este nuevo mundo.
Kaelen se puso en pie, su mano buscando la mía.
—Hemos matado a un dios, Aidan. No creo que un príncipe pueda asustarnos ahora.
—Él no es solo un príncipe, padre —advirtió Aidan, señalando hacia el cielo—. Él dice que él es el **Arquitecto que debió ser**. Y tiene el control de la última pieza del Telar.
Los soberanos mirando hacia la Gran Torre, donde una figura alada, hecha de luz pura y sombras geométricas, los esperaba bajo la luz de las tres lunas.
La batalla final por el trono del Norte y el destino del universo estaba a punto de comenzar. Y esta vez, no habría espejos ni sueños para esconderse.
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