La Novia del Príncipe Oscuro - Capítulo 64
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Capítulo 64: 64 | Duelo de las coronas perdidas
Elsa
La Gran Torre del Castillo de Hierro, el punto donde la piedra se fundía con el cielo del Norte, ya no era un puesto de vigilancia. Bajo el dominio de Lucifuge, el séptimo y último Príncipe del Hambre, se había transformado en una aguja de cristal negro que perforaba las nubes, una antena de realidad distorsionada que emitía una vibración de perfección fría.
Caminaba junto a Kaelen por la escalera de caracol, pero cada paso se sentía como una ascensión al cadalso. La sombra plateada en mis venas y la luz dorada en las de Kaelen estaban en silencio, no por debilidad, sino por un respeto ancestral ante la entidad que nos esperaba arriba. El aire olía a incienso y a ozono, un aroma de divinidad estéril que me revolvía el estómago.
—¿Sientes eso, Elsa? —preguntó Kaelen. Su voz ya no era un rugido, sino un susurro cargado de una solemnidad gélida—. No hay odio en este aire. No hay hambre de carne ni de sueños. Solo hay… derecho. El derecho absoluto a mandar.
—Es el Príncipe de la Soberbia —respondí, apretando la mano de Aidan, quien caminaba entre nosotros dos con el Sextante de la Discordia brillando con una luz pálida—. Él no cree que seamos sus enemigos. Cree que somos sus sirvientes que han olvidado su lugar.
Llegamos a la cima. El balcón circular se abría a un universo que ya no era el nuestro. Las estrellas parecían estar al alcance de la mano, y las tres lunas del Norte formaban un triángulo perfecto sobre nosotros. En el centro, sentado en un trono de luz sólida que flotaba sobre el abismo, estaba **Lucifuge**.
A diferencia de los otros príncipes, Lucifuge era de una belleza insoportable. Vestía una túnica de seda blanca que parecía hecha de materia estelar, y de su espalda brotaban cuatro alas de plumas de obsidiana que emitían destellos de colores que no existían en el espectro humano. Su rostro era una máscara de calma divina, con ojos de un color plata tan profundo que al mirarlos sentías que tu propia historia se borraba.
—**Habéis tardado, pequeños arquitectos del caos** —dijo Lucifuge, y su voz fue como el tañido de una campana de cristal—. **He limpiado el camino de las impurezas de mis hermanos para que pudiéramos hablar con la dignidad que vuestro linaje merece.**
Kaelen dio un paso al frente, desenvainando su espada de fuego solar. El calor que emanaba de él hizo que el cristal del suelo crujiera.
—No hemos venido a hablar, Lucifuge. Hemos venido a reclamar nuestro mundo.
—**¿Vuestro mundo?** —Lucifuge sonrió, una sonrisa de una piedad aterradora—. **Mirad hacia abajo, Kaelen Thorne. Mirad las ciudades que intentáis proteger. Son hormigueros de miedo y enfermedad. Son errores que caminan. El Arquitecto fue un cobarde que temía a su propia creación, pero yo… yo soy la corrección.**
Lucifuge extendió una mano y el cielo sobre el castillo se convirtió en un mapa viviente. Vimos el Norte, pero no como era ahora. Lo vimos reconstruido en una simetría perfecta. No había hambre, no había guerra, no había muerte. Pero tampoco había elección. Los ciudadanos caminaban como autómatas de luz, moviéndose en una armonía perfecta y vacía.
—**Puedo daros la divinidad real** —continuó el Príncipe de la Soberbia—. **Elsa, tú no serás más una recolectora de sombras. Serás la Diosa del Éter Eterno. Kaelen, tú no serás el Rey de un pueblo que te olvida. Serás el Sol que nunca se pone. Juntos, gobernaremos el Telar sin necesidad de hilos, sin necesidad de dolor.**
Sentí que mi luz blanca vibraba ante la promesa. Era la tentación final. No era el placer de Asmodeo ni el sueño de Moros. Era la **Utilidad**. La posibilidad de hacer el bien absoluto, de proteger a todos para siempre. Mi soberbia de madre y de emperatriz susurró: *¿Acaso no merecen esta paz? ¿Acaso no mereces dejar de sufrir?*
—¿Y el precio? —preguntó Kaelen, su espada bajando unos milímetros. Vi el reflejo del poder absoluto en sus ojos dorados. La soberbia de un Rey que sabe que podría ser un Dios.
—**El precio es el niño** —Lucifuge señaló a Aidan—. **Él es el Séptimo Tejedor. Su existencia es la que permite que el caos siga brotando. Para que el mundo sea perfecto, él debe ser reintegrado en el Trono. No morirá. Se convertirá en el motor del nuevo universo. Estará a salvo, pero dejará de ser vuestro hijo para ser nuestra ley.**
El silencio que siguió a esa declaración fue más pesado que el mismo vacío.
Miré a Aidan. Mi pequeño de mirada galáctica me miraba con una calma que me desgarró el alma. Él no tenía miedo. Estaba esperando nuestra decisión. Él sabía que, como padres, teníamos el poder de entregarlo por el “bien mayor”.
—Aidan… —susurré.
—**Pensadlo bien, Elsa Croft** —la voz de Lucifuge era una caricia mental—. **¿Qué es la vida de un niño comparada con la salvación de billones? Si lo entregáis, os daré un nuevo hijo, uno hecho de luz pura, uno que no traiga la destrucción en sus venas. Sed los dioses que debisteis ser desde el principio.**
El “Spicy” de este momento fue una fricción insoportable entre el poder y el amor. Kaelen y yo estábamos envueltos en un aura de soberbia. Sentíamos que podíamos alcanzar las estrellas, que podíamos borrar el dolor del mundo con un solo pensamiento. El trono de Lucifuge nos llamaba, ofreciéndonos una corona que nunca se caería.
Kaelen se giró hacia mí. Sus manos temblaban.
—Elsa… el mundo dejaría de sufrir. Valerius, Clara… todos estarían a salvo. Para siempre.
—Pero no serían ellos, Kaelen —respondí, y las lágrimas de la Emperatriz cayeron sobre el cristal negro de la torre—. Serían muñecos. Y nosotros… nosotros no seríamos sus padres. Seríamos sus carceleros.
—**La libertad es la raíz del sufrimiento** —sentenció Lucifuge, levantándose de su trono. Sus alas se desplegaron, cubriendo las lunas—. **Elegid: ¿Sois los reyes de las cenizas o los dioses del cristal?**
Kaelen miró a Aidan una última vez. El niño le dedicó una pequeña sonrisa, la misma sonrisa que Kaelen tenía cuando jugaba con el peligro. Entonces, Kaelen volvió a mirar a Lucifuge, y su fuego solar, que se había atenuado ante la duda, estalló con una intensidad que hizo que la torre entera bramara.
—Prefiero ser un hombre que sufre con su hijo que un dios que lo sacrifica por una estatua —dijo Kaelen.
—Preferimos nuestra imperfección —añadí, elevándome junto a él. Mi sombra plateada se entrelazó con su fuego dorado, creando una vez más el brillo de platino, pero esta vez, estaba cargado de una rabia humana que Lucifuge no podía comprender.
—**Entonces habéis elegido el olvido** —el rostro de Lucifuge se transformó. La calma desapareció, reemplazada por una frialdad absoluta—. **Si no sois los dioses del sistema, seréis el polvo que el sistema desecha.**
Lucifuge atacó. No usó espadas ni magia. Usó **Leyes**.
—**¡GRAVEDAD CERO! ¡TIEMPO ESTÁTICO! ¡ANULACIÓN DE LA VOLUNTAD!**
Sentí que mi cuerpo se convertía en nada. El aire desapareció. Mi mente intentó cerrarse bajo el comando de la Soberbia del príncipe. Lucifuge era el poder del Arquitecto sin las restricciones del Telar. Era la perfección atacando al error.
Kaelen gritó de dolor cuando una de las leyes le arrancó un fragmento de su esencia solar. Yo intenté disparar mi sombra, pero la oscuridad se disolvía antes de llegar a él. Lucifuge era el soberano de ese espacio; él decidía qué era real y qué no.
—¡Aidan! —grité.
Aidan no atacó a Lucifuge. El niño cerró los ojos y se sentó en el suelo de la torre. Puso sus manos sobre el Sextante y sobre el propio suelo de cristal negro.
—Tú dices que eres la ley, Lucifuge —dijo Aidan, su voz resonando con la frecuencia del Primer Fallo—. Pero mi padre y mi madre son la **Excepción**.
Aidan activó el Sextante. No para disparar, sino para **contaminar**. Introdujo el caos de nuestra familia directamente en las leyes que Lucifuge estaba dictando.
De repente, la Gravedad Cero falló. El Tiempo Estático empezó a fluir de forma errática. Lucifuge tropezó, sus alas de obsidiana perdiendo plumas que se convertían en pétalos de rosa marchitos.
—¡AHORA, KAELEN! —gritamos al unísono.
Nos lanzamos contra Lucifuge. Fue un duelo de coronas. La corona de cristal del príncipe contra las coronas de sangre y fuego que nosotros habíamos ganado en sesenta capítulos de agonía. Kaelen atravesó el pecho de Lucifuge con su espada de fuego solar, mientras yo le arrancaba las alas con mi sombra plateada.
—**¡NO! ¡ESTO… NO ES… SIMÉTRICO!** —gritó Lucifuge, su forma de luz blanca empezando a fracturarse como un espejo golpeado por una piedra.
—La vida no es simétrica, idiota —dijo Kaelen, hundiendo la espada hasta la empuñadura—. Es un desastre hermoso.
Lanzamos la carga final de nuestro poder de platino. Lucifuge no explotó; se desintegró en millones de fragmentos de duda. El Príncipe de la Soberbia, la entidad que creía tener el derecho de ser el nuevo Arquitecto, fue borrado por la simple voluntad de dos padres que se negaron a sacrificar a su hijo por la paz de un cementerio.
La torre de cristal negro se derrumbó. Las tres lunas recuperaron su brillo natural, y el cielo del Norte volvió a ser una sábana de estrellas desordenadas y salvajes.
Caímos sobre el suelo de piedra del patio, exhaustos, heridos, pero vivos. El asedio de los Siete Príncipes del Hambre había terminado. El último y más peligroso había sido derrotado no por la fuerza, sino por la negativa a ser perfectos.
Aidan nos abrazó, sus ojos galácticos brillando con una luz de alivio.
—Lo habéis hecho. El Telar está libre. Ya no hay príncipes, ni arquitectos, ni leyes impuestas.
Kaelen me tomó de la mano, y aunque estábamos cubiertos de ceniza y sangre, me besó con una ternura que me devolvió el alma. El “Spicy” de nuestra victoria fue el sabor de la humanidad recuperada.
—Somos los reyes de las cenizas, Elsa —dijo Kaelen, mirando las ruinas de la Gran Torre.
—Sí —respondí, apoyando mi cabeza en su hombro—. Pero las cenizas son el mejor abono para que crezca algo nuevo.
Valerius, Clara y los supervivientes salieron de las sombras del castillo. Al vernos, el silencio fue reemplazado por un rugido de júbilo que se oyó hasta en los confines del mundo. Ya no eran súbditos de un dios; eran un pueblo que celebraba a sus líderes humanos.
La familia real de pie entre los escombros, mientras el sol del Norte empezaba a salir, iluminando un mundo que, por primera vez en toda su historia, no tenía un guion escrito.
Eran libres. Pero la libertad, como bien sabían Elsa y Kaelen, era el inicio de una historia mucho más larga. Una historia que, como bien dijiste, apenas estaba empezando a escribirse.
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