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La Novia del Príncipe Oscuro - Capítulo 65

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Capítulo 65: 65 | Sol de medianoche y flores de obsidiana

Elsa

El Castillo de Hierro ya no era el mismo que Kaelen Thorne había construido con sombras y amargura tres siglos atrás. Las murallas, antaño de un negro impenetrable, ahora estaban veteadas por un cuarzo luminiscente que cambiaba de color con el ánimo de la tierra. Donde el hacha de Zaleos había hendido la piedra, ahora crecían enredaderas de una planta extraña: las Flores de Obsidiana, pétalos de cristal oscuro que emitían un suave zumbido de Éter y que solo florecían en presencia de un amor que había sobrevivido al vacío.

Me encontraba en el jardín colgante, observando el horizonte. El sol del Norte se negaba a ponerse, suspendido en un crepúsculo dorado y violeta que bañaba los valles recuperados. Habían pasado dos meses desde la caída de Lucifuge, y por primera vez en mi vida, no sentía el peso de una amenaza inminente en la nuca.

—Madre, mira esto —la voz de Aidan me sacó de mis pensamientos.

El niño estaba arrodillado frente a una fuente de agua clara que brotaba directamente de la roca viva. Aidan ya no vestía las túnicas pesadas del Séptimo Tejedor; llevaba una camisa de lino sencilla, pero sus manos, al rozar el agua, dejaban una estela de vida. No era el “Primer Fallo” lo que emanaba de él, sino una **Curación Primordial**.

—El agua está cantando, madre —susurró Aidan, y vi con asombro cómo pequeños peces de luz empezaban a materializarse en la fuente, nadando entre los reflejos de las tres lunas—. Dice que la tierra ya no tiene miedo de ser borrada.

—La tierra tiene un nuevo arquitecto, pequeño —dije, acariciando su cabello. Aidan ya no era un instrumento del destino; era el jardinero de una nueva realidad.

—No soy un arquitecto —respondió él, mirándome con sus ojos galácticos, que ahora parecían más tranquilos—. Solo estoy deshaciendo los nudos que estaban demasiado apretados.

Sentí un cambio en el aire antes de oírlo. Una vibración de calor y protección que solo podía pertenecer a una persona. Kaelen apareció en el balcón, caminando con la elegancia de un depredador que ha encontrado por fin su hogar. El intercambio de esencias se había vuelto permanente, pero sus cuerpos se habían adaptado. Kaelen ya no quemaba; irradiaba un calor solar que hacía que las Flores de Obsidiana se abrieran a su paso.

—Valerius informa que el comercio con las Tierras del Este se ha duplicado —dijo Kaelen, deteniéndose a mi lado. Su voz, ahora una melodía dorada, tenía una suavidad que me hacía vibrar—. Dicen que quieren enviarnos una delegación para agradecer a la “Soberana de la Sombra Blanca” por limpiar las rutas de los Strigoi.

—¿Y qué les has dicho? —pregunté, girándome hacia él.

Kaelen me rodeó la cintura con sus brazos, pegándome a su pecho incandescente. El “Spicy” de nuestra conexión, despojado ahora del estrés de la guerra, se había convertido en una corriente profunda y constante de deseo. Me besó en la sien, y sentí la marca de mi cuello —la cicatriz de plata— latir con una satisfacción que rozaba el éxtasis.

—Les he dicho que la Soberana está ocupada —susurró Kaelen, su mano subiendo por mi espalda hasta enredarse en mi cabello—. Y que el Rey del Sol Plateado no tiene ninguna intención de compartir su compañía durante el festival de la reconstrucción.

Me reí, dejando que mi cabeza descansara en su hombro.

—Kaelen Thorne, el mundo por fin te recuerda y tú lo primero que haces es intentar esconderte de él.

—El mundo me recuerda como una leyenda, Elsa. Pero tú me recuerdas como un hombre. Y créeme, prefiero lo segundo.

Esa noche, el Castillo de Hierro celebró el **Festival del Renacer**. Las mesas se llenaron de manjares que no venían de la magia de Vargos, sino de la tierra labrada por manos humanas y vampíricas que ahora trabajaban juntas. Clara y Valerius presidían el banquete de los oficiales, y por primera vez, no vi miedo en los ojos de los sirvientes, sino una alegría ruidosa y caótica que habría horrorizado al Arquitecto.

Kaelen y yo nos retiramos temprano. No por deber, sino por la necesidad de estar a solas, lejos de los ojos de un imperio que nos miraba como a deidades. Al entrar en nuestra alcoba, el silencio nos envolvió como un manto de terciopelo. Las ventanas estaban abiertas, dejando que el aire fresco del Norte limpiara el aroma a incienso del festival.

Kaelen me tomó de las manos y me llevó hacia el centro de la habitación. No hubo palabras. No eran necesarias. El “Spicy” de este momento fue una exploración lenta, casi sagrada. Nos deshicimos de las pesadas túnicas ceremoniales, dejando que nuestras pieles —la mía bañada en neblina plateada, la suya irradiando luz dorada— se encontraran una vez más.

—A veces todavía me despierto pensando que estoy en el laberinto de Astaroth —dijo Kaelen, su voz ronca mientras sus dedos trazaban el contorno de mis caderas—. Pensando que todo esto es solo otro espejo de lo que podría haber sido.

—Mírame, Kaelen —tomé su rostro entre mis manos, obligándolo a enfocar sus ojos de oro líquido en los míos—. Siente el nudo. Siente el peso de mis manos. Esto no es un espejo. Esto es lo que construimos sobre las cenizas.

Nos amamos con una entrega que no conocía límites. En el Volumen 1, nuestro sexo era un contrato; en el Volumen 2, una necesidad de supervivencia; en el 3 y 4, un acto de guerra. Pero ahora, en el Volumen 5, era un **descubrimiento**. Descubrimos que mi nueva sombra podía abrazar su luz de formas que nunca imaginamos. Al fundirnos, no hubo explosiones de poder, sino una armonía de platino que llenó la habitación, una luz suave que hacía que las Flores de Obsidiana que decoraban el cuarto se iluminaran como estrellas cautivas.

Fue el momento más íntimo de nuestra historia. Sin enemigos, sin sacrificios, solo dos almas que habían intercambiado sus naturalezas y que ahora encontraban el equilibrio perfecto en el centro de su propia imperfección.

A la mañana siguiente, el sol de medianoche seguía brillando. Desperté en los brazos de Kaelen, sintiendo su calor solar envolviéndome como un escudo. Pero al abrir los ojos, vi que Aidan estaba sentado al borde de la cama, mirándonos con una seriedad que me hizo sentarme de golpe.

—Aidan, ¿qué pasa? —pregunté, cubriéndome con las sábanas de seda.

Kaelen se despertó al instante, su mano buscando instintivamente la espada que ahora descansaba junto a la cama, aunque no había peligro aparente.

—El Sextante ha dejado de girar, madre —dijo Aidan, mostrándome la palma de su mano. El objeto, que antes era una herramienta de discordia, se había fundido con su piel, convirtiéndose en un tatuaje geométrico que latía con una luz gris neutra.

—¿Eso no es bueno? —preguntó Kaelen, frotándose los ojos—. Significa que ya no hay más príncipes, ni arquitectos.

—Significa que el Telar ha terminado de deshacerse —respondió el niño—. Y cuando algo se deshace del todo, el espacio que ocupa queda libre. Madre, padre… el mundo ya no tiene bordes. He sentido mentes que vienen de más allá del Mar de Hierro. Mentes que no conocen el Éter ni la Sombra.

Kaelen se puso en pie, su torso desnudo brillando bajo la luz del amanecer. Miró por la ventana hacia las tierras lejanas, más allá de lo que cualquier mapa Thorne había registrado jamás.

—Otros imperios —susurró Kaelen—. Otras razas que el Arquitecto mantuvo ocultas tras los muros de la realidad.

—Y ellos también han sentido la caída de la Luna de Cristal —añadió Aidan—. Saben que el “trono del centro” está ocupado por una mujer de luz y un hombre de sombras. Y tienen curiosidad.

Me levanté y me puse mi túnica plateada, sintiendo que la calma de los últimos dos meses empezaba a transformarse en una nueva resolución. No era miedo; era la comprensión de que nuestra historia no era el final, sino el primer capítulo de una epopeya mucho más vasta.

—No somos un secreto, Aidan —dije, mirando a mi hijo y luego a mi esposo—. Somos el ejemplo de que se puede desafiar al creador y ganar.

—Parece que la reconstrucción del castillo tendrá que esperar —dijo Kaelen, rodeándome con su brazo—. Tenemos que preparar al Norte para conocer a sus vecinos.

La familia real saliendo al balcón. En el horizonte, más allá de las montañas, aparecieron las primeras velas de barcos que no pertenecían a ninguna flota conocida. Eran barcos de madera blanca con velas de seda azul, navegando no por el agua, sino por las corrientes de aire que la muerte del Arquitecto había liberado.

La era del aislamiento del Norte había terminado. La era de la **Gran Convergencia** comenzaba.

El Volumen 5 no trataría de sobrevivir a los dioses, sino de liderar a los hombres en un mundo donde todo era posible. Y mientras Kaelen apretaba mi mano, supe que no importaba cuántos barcos vinieran del horizonte, el nudo que nos unía era la única frontera que nadie podría cruzar.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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