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La Novia del Príncipe Oscuro - Capítulo 66

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Capítulo 66: 66 | Embajadores del mar de nubes

Elsa

El horizonte del Norte, tradicionalmente una línea de picos nevados y tormentas de éter, había sido profanado por la elegancia de lo desconocido. Los barcos que Aidan había detectado no navegaban sobre las aguas heladas del Mar de Hierro, sino que flotaban a escasos metros sobre la superficie, sostenidos por grandes esferas de cristal que giraban con un brillo rítmico. Sus velas no eran de lona, sino de una seda azul que parecía capturar la luz del sol de medianoche y convertirla en impulso.

Me encontraba en la muralla principal, con el General Valerius a mi izquierda y Kaelen a mi derecha. El viento soplaba con fuerza, agitando mi túnica de seda plateada y el cabello dorado de mi esposo, quien observaba la flota con una sospecha que rozaba la hostilidad.

—No tienen firmas de éter, Elsa —murmuró Kaelen, su mano derecha descansando en el pomo de su espada de fuego solar—. Sus naves no se mueven por magia, sino por mecánica. Es una energía que no reconozco. Es… silenciosa.

—Es tecnología, Kaelen —respondí, sintiendo cómo la sombra plateada en mis venas vibraba con una curiosidad eléctrica—. El Arquitecto aisló nuestro mundo porque quería un jardín de magia pura. Estos seres deben venir de las regiones donde su influencia era nula. Son los hijos del vacío técnico.

—Son hermosos —dijo Aidan, asomado entre las almenas. El tatuaje geométrico en su mano brillaba con un tono gris neutro—. No vienen a pelear. Sus corazones laten con el ritmo de la curiosidad, no de la guerra.

—La curiosidad suele ser el preludio de la conquista, pequeño —sentenció Kaelen, aunque bajó la guardia cuando el barco principal, una nave tres veces más grande que las demás, se separó de la formación y avanzó hacia el patio del castillo.

La nave, bautizada con letras de oro en un idioma que recordaba al sánscrito pero con ángulos mecánicos, se detuvo frente a nosotros. Una pasarela de metal ligero se desplegó, y de ella descendió una delegación que nos dejó sin aliento. Eran altos, de piel de un tono bronce pulido y ojos de un azul zafiro que brillaban con luz propia. Vestían trajes de una fibra que parecía metal tejido, y en sus espaldas llevaban dispositivos de bronce con engranajes que giraban constantemente.

Al frente caminaba una mujer de una belleza serena, con el cabello recogido en una estructura de hilos de cobre. Se detuvo a tres metros de nosotros y se llevó la mano al pecho, realizando una reverencia que fue una coreografía de precisión.

—Saludos, Soberanos de la Tierra del Centro —dijo, y su voz no salió de su garganta, sino de un pequeño disco metálico colgado de su cuello que traducía sus pensamientos al instante—. Soy la Gran Navegante Lyra, de la Confederación de Aethelgard. Hemos navegado por el Mar de Nubes durante décadas esperando a que el Muro de Cristal cayera. Finalmente, el camino está abierto.

Kaelen dio un paso al frente, su aura solar emitiendo un calor de advertencia que hizo que los engranajes de Lyra giraran más rápido. —Soy Kaelen Thorne, Rey del Norte. Y ella es Elsa Croft, la Emperatriz. Habláis de un muro que ha caído. Ese muro era la tiranía de nuestro creador. Si habéis venido a ocupar su lugar, os sugiero que volváis a vuestras naves.

Lyra sonrió, una sonrisa que no tenía la malicia de los Príncipes del Hambre, sino la condescendencia de un científico observando a un nativo. —No buscamos tronos, Rey Thorne. Buscamos el Origen. En Aethelgard, nuestras máquinas se alimentan de la energía residual del universo, pero vuestra tierra… vuestra tierra es la batería del mundo. Venimos a proponer un intercambio: nuestra ciencia por vuestra esencia.

La reunión se trasladó al Salón de los Mapas. El ambiente era tenso. Kaelen se negaba a sentarse, permaneciendo como una sombra dorada detrás de mi trono, mientras Lyra desplegaba proyecciones holográficas de mapas que hacían que el mundo de los Thorne pareciera una pequeña isla en un océano de naciones desconocidas.

El “Spicy” de este encuentro era puramente intelectual y de poder. Lyra no intentaba seducirnos con carne, sino con la posibilidad de un progreso que haría que el Castillo de Hierro pareciera una choza de piedra. Nos mostró ciudades que flotaban sobre volcanes, sistemas de riego que podían convertir el desierto en selva en un día, y medicinas que podían curar enfermedades que ni siquiera el Factor Éter podía tocar.

—Podemos hacer que vuestro pueblo no vuelva a pasar frío —dijo Lyra, mirando directamente a mis ojos—. Podemos estabilizar el poder de vuestro hijo para que no tenga que desgarrar su alma cada vez que el mundo cambia.

Sentí una punzada de tentación. Miré a Aidan, que observaba los hologramas con una fascinación pura. Como madre, la idea de una vida “normal” y segura para él era el canto de sirena más peligroso.

—¿Y a qué precio? —pregunté, mi sombra plateada extendiéndose sutilmente por la mesa, detectando las frecuencias de los dispositivos de Lyra.

—La Piedra Blanca —respondió Lyra con una franqueza que nos heló la sangre—. Necesitamos acceso al Corazón del Castillo. Queremos instalar un Sifón de Estabilidad. Extraeremos el excedente de éter que vuestro mundo ya no puede procesar y lo llevaremos a Aethelgard para alimentar nuestras ciudades.

Kaelen soltó una carcajada amarga. —Un sifón. Queréis convertir nuestro corazón en vuestra gasolinera. Habéis venido con seda y relojes, pero sois parásitos igual que los Príncipes del Hambre.

—La diferencia, Rey Thorne, es que nosotros pedimos permiso —replicó Lyra, su voz volviéndose metálica—. Vuestro mundo está sobrecargado. Desde que matasteis al Arquitecto, la energía del Origen está creciendo sin control. Si no la drenáis, el Norte estallará en una supernova de éter en menos de un año. No venimos solo por nosotros. Venimos a salvaros de vuestra propia victoria.

La revelación cayó como una losa. Miré a Kaelen y vi que su brillo dorado flaqueaba. Él también lo había sentido: la tierra estaba vibrando demasiado fuerte, las Flores de Obsidiana crecían demasiado rápido. La caída del Arquitecto había eliminado el freno del universo, y ahora el motor se estaba sobrecalentando.

Esa noche, tras escoltar a la delegación de Aethelgard a sus aposentos —custodiados por Valerius con órdenes de no dejar que tocaran ni una piedra—, Kaelen y yo nos retiramos a nuestra alcoba. El silencio era denso, cargado con la decisión más difícil que habíamos enfrentado hasta ahora.

Kaelen se quitó la armadura con movimientos bruscos, sus músculos tensos bajo la luz solar que emanaba de su piel. Se acercó al balcón, mirando los barcos azules que flotaban en el patio como luciérnagas mecánicas.

—No confío en ellos, Elsa —dijo Kaelen, su voz vibrando con una frustración contenida—. Dicen que vienen a salvarnos, pero sus ojos solo ven recursos. Somos una curiosidad arqueológica para ellos.

Me acerqué a él y lo abracé por la espalda, apoyando mi mejilla contra su calor solar. El “Spicy” de nuestro vínculo era lo único que me mantenía centrada. —Tampoco confío en ellos, Kaelen. Pero Aidan dice que sus corazones no tienen guerra. Y lo que dijo Lyra sobre el Origen… es verdad. He sentido el pulso de la Piedra Blanca. Se está acelerando.

Kaelen se giró y me tomó en sus brazos, alzándome para que mis pies dejaran de tocar el suelo. Me besó con una pasión desesperada, una necesidad de reafirmar que, sin importar lo que el mundo exterior trajera, nosotros seguíamos siendo el centro del nudo.

—Si abrimos el Corazón a sus máquinas, Elsa… —susurró contra mis labios—, ya no seremos los dueños de nuestro destino. Seremos dependientes. Y prefiero arder con mi pueblo que ser un esclavo alimentado por un cable de cobre.

—No seremos esclavos —respondí, besándolo de nuevo—. Porque no vamos a dejar que instalen el sifón solos. Si quieren el éter, tendrán que enseñarnos a usar su tecnología. Haremos una unión, Kaelen. Una transmutación de ciencia y magia.

Esa noche, nuestro amor fue una declaración de soberanía. Nos amamos bajo la mirada de los barcos extranjeros, demostrando que ninguna tecnología de Aethelgard podía replicar la frecuencia de dos almas que se habían fundido en el vacío. Al final, agotados, nos quedamos mirando las estrellas, sabiendo que el mañana traería el inicio de una nueva era de negociaciones peligrosas.

Al amanecer, regresamos al Gran Salón. Lyra nos esperaba, con sus engranajes girando en un tono de impaciencia.

—¿Habéis tomado una decisión, Soberanos? —preguntó la navegante.

Kaelen dio un paso al frente, con su espada de fuego solar en la mano, pero esta vez no la desenvainó. La puso sobre la mesa, justo en medio del holograma de Aethelgard.

—Aceptamos el intercambio —dijo Kaelen, y vi a Lyra relajar los hombros por un microsegundo—. Pero con una condición: el Sifón no será vuestro. Será nuestro. Enviaremos a nuestros mejores monjes de la sangre y a nuestros ingenieros a vuestros barcos. Aprenderemos vuestra ciencia mientras vosotros instaláis vuestras máquinas bajo nuestra supervisión.

—Eso es inaudito —objetó Lyra—. Nuestra tecnología es el secreto mejor guardado de la Confederación.

—Y nuestro Origen es el corazón del universo —respondí, mi sombra plateada envolviendo la habitación en una neblina de autoridad—. Si queréis la batería, tenéis que entregarnos el manual de instrucciones.

Lyra nos miró durante un largo tiempo, sus ojos de zafiro procesando millones de variables. Finalmente, asintió. —Tenéis un espíritu comercial digno de los antiguos dioses. Aceptamos. La Gran Convergencia de Magia y Vapor ha comenzado.

Los primeros ingenieros de Aethelgard descendiendo al Corazón del Castillo con cables de cobre y esferas de cristal, mientras los monjes de la sangre de los Thorne los observaban con escalpelos de obsidiana en la mano.

La paz era oficial, pero el peligro era nuevo. Porque en los barcos de Aethelgard, oculto en las sombras de las bodegas, algo se movía. Algo que no era tecnología, ni magia. Algo que olía a ceniza y que Lyra no había mencionado en sus hologramas.

El mundo se había hecho más grande, pero los secretos se habían vuelto más oscuros.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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