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La Novia del Príncipe Oscuro - Capítulo 67

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Capítulo 67: 67 | Sifón de las almas

Elsa

La instalación del Sifón de Estabilidad en el Corazón del Castillo de Hierro parecía una profanación arquitectónica. Los ingenieros de Aethelgard, con sus trajes de cuero reforzado y sus máscaras de respiración con lentes de aumento, perforaban la obsidiana milenaria para insertar cables de cobre trenzado y electrodos de cristal. El aire en la cámara subterránea, habitualmente cargado de la estática sagrada de la Piedra Blanca, ahora olía a aceite caliente y a metal quemado.

Kaelen observaba cada movimiento desde una plataforma elevada, con los brazos cruzados y una expresión de desdén que no intentaba ocultar. A su lado, Valerius mantenía a la Guardia de Sangre con las manos en las empuñaduras de sus sables.

—No me gusta cómo brilla esa máquina, Elsa —dijo Kaelen, su voz resonando en el silencio tenso de la cámara—. No parece que esté regulando el éter. Parece que lo está succionando con un hambre que no tiene nada de científica.

—Están estabilizando la presión, Kaelen —respondí, aunque mi propia sombra plateada se erizaba al contacto con las vibraciones de los motores de Aethelgard—. Si Lyra tiene razón, el exceso de energía del Origen nos destruiría antes del próximo eclipse.

Me acerqué a la Gran Navegante Lyra, que supervisaba la conexión principal. Ella sostenía una tableta de cristal que proyectaba gráficos de energía en tiempo real. Al verme, sus ojos de zafiro parpadearon, y noté un leve temblor en sus dedos metálicos.

—La sincronización es del noventa por ciento, Soberana —tradujo su disco metálico—. Pronto, vuestro mundo respirará con calma.

—¿Y el vuestro también, Lyra? —pregunté, dejando que un hilo de mi sombra rozara el dispositivo en su espalda.

Lyra se tensó. El engranaje de su cuello chirrió. —Aethelgard siempre prospera bajo el progreso.

No le creí. Había una nota de urgencia en su postura que no encajaba con la diplomacia de una confederación poderosa. Aprovechando que Kaelen estaba distraído discutiendo con el ingeniero jefe, utilicé mi percepción de sombra para “filtrarme” en los datos de la tableta de Lyra. Lo que vi no eran solo gráficos de energía. Eran mapas de rutas de escape. Millones de coordenadas marcadas con una palabra en el idioma de Aethelgard que mi mente tradujo instantáneamente: ÉXODO.

Esa tarde, el ambiente en el castillo era una mezcla de asombro y recelo. La tecnología de Aethelgard había iluminado los pasillos con una luz blanca y fría que hacía que las antorchas de fuego eterno parecieran reliquias primitivas. Pero en las cocinas, en las barracas y en los mercados, la gente hablaba en susurros. Los extranjeros no comían nuestra comida ni bebían nuestra agua. Solo consumían pequeñas cápsulas de energía y mantenían sus máscaras puestas en todo momento.

—Madre, tengo frío —dijo Aidan, entrando en la biblioteca donde yo intentaba descifrar uno de los manuales técnicos que Lyra nos había entregado.

Toqué la frente de mi hijo y retrocedí asustada. Su piel estaba helada, y el tatuaje del Sextante en su mano estaba de un color gris pálido, casi transparente. —¿Qué sientes, pequeño?

—El Sifón… no solo se lleva el éter —susurró Aidan—. Se está llevando los colores de la gente. He visto a los guardias en la puerta. Ya no ríen. Ya no se quejan. Solo están… allí.

Salí corriendo de la biblioteca hacia el patio principal. Kaelen ya estaba allí. Había derribado a uno de los ingenieros de Aethelgard y le estaba arrancando la máscara.

—¡ENSÉÑAME TU ROSTRO! —rugió Kaelen, su luz dorada estallando en una llamarada de ira.

Cuando la máscara cayó, un grito colectivo surgió de los presentes. El rostro del ingeniero no era de bronce ni de carne. Era una amalgama de cables, pistones y piel sintética que se caía a pedazos. No tenía ojos, solo sensores de cristal azul que parpadeaban con una luz agónica. En lugar de sangre, un aceite negro y espeso goteaba de sus mejillas mecánicas.

—Mantenimiento… necesario… —susurró el ser, su voz era un chirrido de metal contra metal, antes de apagarse por completo.

Lyra apareció en el balcón superior, rodeada de sus soldados, quienes alzaron armas de proyectiles de energía que zumbaban con una frecuencia letal.

—¡Basta de farsa, Rey Thorne! —la voz de Lyra ya no era melodiosa; era una orden de combate—. Habéis visto lo que somos. Lo que todos seremos si no alimentamos el Sifón.

Kaelen se lanzó al ataque, pero un campo de fuerza invisible lo lanzó hacia atrás. La tecnología de Aethelgard estaba diseñada para anular las frecuencias mágicas. Mi sombra plateada se sentía pesada, como si estuviera intentando nadar en brea.

—¡Lyra, detén esto! —grité, elevándome con mis alas de sombra mientras luchaba contra la estática que entumecía mis sentidos.

—No podéis entenderlo, Soberana —dijo Lyra, y por primera vez se quitó su propia máscara. Su rostro era hermoso, pero la mitad derecha de su cráneo estaba reemplazada por una estructura de cobre que latía con una luz roja—. Nuestro mundo no es una confederación de progreso. Es una tumba. Una plaga mecánica, la Entropía del Acero, ha consumido nuestras carnes. Nos convertimos en máquinas para no morir, pero las máquinas necesitan energía pura para no detenerse. Vuestro Origen es el único combustible que puede mantenernos conscientes.

—Nos habéis mentido —dijo Kaelen, levantándose del suelo, su cuerpo envuelto en un fuego solar que luchaba por romper el campo de fuerza—. No venís a estabilizarnos. Venís a vaciarnos para que vuestros cadáveres de hojalata sigan moviéndose.

—Es supervivencia, Rey del Norte —replicó Lyra—. Vuestro pueblo es joven y fuerte. Sobreviviréis a un poco de anemia espiritual. Nosotros estamos al borde de la extinción total. El Sifón no se detendrá hasta que nuestras naves estén cargadas para el siguiente salto estelar.

El “Spicy” de este enfrentamiento era una violencia de naturalezas. La magia orgánica y apasionada del Norte contra la lógica fría y parasitaria de Aethelgard. Kaelen y yo nos miramos. En sus ojos dorados vi el hambre de la guerra, y en mi sombra sentí el peso de la responsabilidad.

—Aidan, el Sextante —ordené.

Aidan, a pesar de su debilidad, cerró los ojos y activó el tatuaje de su mano. No atacó a los soldados; atacó la frecuencia del Sifón. —Si es un motor, puede sobrecargarse —dijo el niño.

Kaelen y yo unimos nuestras manos, creando la Fusión de Platino. Pero esta vez, no lanzamos un rayo. Proyectamos nuestra emoción. El vacío de Aethelgard no podía procesar la complejidad de los sentimientos humanos. Lanzamos nuestro amor, nuestra ira, nuestra soberbia y nuestro miedo directamente hacia los cables de cobre que conectaban con la Piedra Blanca.

—¡¿Qué estáis haciendo?! —gritó Lyra, mientras sus sensores empezaban a echar humo—. ¡Vais a desestabilizar el núcleo!

—Si vamos a morir, moriremos siendo nosotros mismos, Lyra —dije, sintiendo cómo mi alma se expandía por los cables—. ¡No seremos el aceite de vuestros engranajes!

El Sifón empezó a vibrar violentamente. La luz blanca se volvió de un violeta errático. Los soldados de Aethelgard cayeron de rodillas, sus extremidades mecánicas sufriendo espasmos ante la sobrecarga de información emocional que fluía por sus circuitos.

En un estallido final de luz platino, el Sifón explotó. La onda de choque lanzó a Lyra y a su delegación contra las paredes, y las máquinas de cobre se convirtieron en chatarra humeante. La Piedra Blanca emitió un pulso de alivio que recorrió todo el castillo, devolviendo el calor y el color a los corazones de los guardias y de Aidan.

El silencio que siguió fue absoluto. Lyra estaba en el suelo, su mitad mecánica chispeando de forma intermitente. Se veía pequeña, derrotada y, por primera vez, humana en su miseria.

Kaelen se acercó a ella con su espada de fuego solar encendida. —Dame una razón para no enviarte al vacío ahora mismo.

—Ya estamos en el vacío, Rey Thorne… —susurró Lyra, y una lágrima de aceite negro rodó por su mejilla humana—. Sin vuestra energía, mi flota se apagará en órbita. Miles de nosotros moriremos en silencio en el Mar de Nubes. Éramos el futuro… y ahora solo somos chatarra.

Me acerqué a Kaelen y puse una mano sobre su brazo, bajando suavemente su espada. —No somos asesinos de náufragos, Kaelen.

—Nos habrían matado a todos, Elsa —gruñó él, aunque su fuego se atenuó.

—Lo sé. Pero ahora sabemos lo que hay ahí fuera —miré a Lyra—. La Entropía del Acero es el enemigo, no ellos. Ellos son solo las víctimas de un mundo que se olvidó de cómo sentir.

Aidan se acercó a Lyra y puso su mano sobre su pecho metálico. El niño usó su poder de curación, no para arreglar la máquina, sino para estabilizar la parte orgánica que aún quedaba en ella. —Puedes quedarte, Navegante —dijo Aidan—. Pero tus barcos deben ser desmantelados. Tu gente debe aprender a vivir de nuevo con la tierra, no de ella.

Esa noche, el Castillo de Hierro volvió a sus antorchas de fuego eterno. Las naves azules de Aethelgard aterrizaron en el valle, apagando sus motores para siempre. Miles de “convertidos” descendieron, desorientados, quitándose las máscaras para respirar el aire puro del Norte por primera vez en generaciones.

Kaelen y yo nos retiramos a nuestra habitación, pero no hubo celebración. Estábamos agotados, conscientes de que habíamos salvado nuestro mundo pero que el universo era mucho más hostil de lo que imaginábamos.

—La Gran Convergencia ha sido un desastre, Elsa —dijo Kaelen, abrazándome en la penumbra. El “Spicy” de nuestra unión era hoy un refugio de calma tras la tormenta mecánica—. Habrá más. Si Aethelgard huyó de esa plaga, otros también vendrán.

—Entonces los recibiremos como lo hicimos hoy —respondí, besando la marca de su cuello—. Con la verdad y con el fuego.

Pero mientras Kaelen dormía, yo me quedé mirando la tableta de cristal de Lyra que había rescatado de las ruinas. Un último mapa parpadeaba en la pantalla. No era de Aethelgard, ni del Norte. Era una señal de socorro proveniente del Plano Cero, el lugar donde el Arquitecto solía habitar.

La señal decía: “EL ERROR HA SIDO LIBERADO. EL TEJEDOR DEBE REGRESAR”.

Terminé escondiendo la tableta bajo la cama, sintiendo que el nudo de nuestra historia acababa de apretarse un poco más. La guerra contra los dioses había terminado, pero la guerra por la realidad misma estaba a punto de llamar a nuestra puerta.

Elsa

La luz azulada de la tableta de Lyra parpadeaba bajo mi almohada como el latido de un corazón moribundo. El brillo era tenue, pero en la oscuridad de nuestra alcoba, se sentía como un faro acusador. A mi lado, Kaelen dormía de lado, con un brazo rodeando mi cintura de forma posesiva, incluso en sueños. Su calor solar era reconfortante, un recordatorio de la paz que habíamos ganado a duras penas, pero cada vez que el mensaje en la pantalla —“EL ERROR HA SIDO LIBERADO”— destellaba, sentía que una gota de veneno caía en el manantial de nuestra felicidad.

Me quedé inmóvil, controlando mi respiración para que el ritmo de mi pecho no despertara sus instintos de guerrero. Mi sombra plateada, habitualmente inquieta, estaba extrañamente silenciosa, como si ella también temiera lo que la señal de socorro del Plano Cero implicaba.

¿Cómo podía decirle que nuestra victoria en la Luna de Cristal no fue el final? ¿Cómo explicarle que el “nudo” que nos unía, nuestra hermosa y caótica anomalía, era ahora el objetivo de una purga que venía de los cimientos mismos del universo? Kaelen había sacrificado su identidad, su sombra y casi su vida por esta paz. Verlo así, con el rostro relajado y la guardia baja, me impedía pronunciar las palabras que destruirían su descanso.

—Solo esta noche —susurré para mis adentros—. Mañana encontraré la forma. Pero esta noche, el mundo debe ser solo nuestro.

Desllicé la tableta más profundamente bajo el colchón y me giré hacia él, buscando el refugio de su cuello. El “Spicy” de nuestra cercanía seguía allí, una vibración eléctrica que recorría mis nervios, pero hoy estaba teñido de una melancolía amarga. Kaelen se movió dormido, apretándome más contra él, y por un segundo, la marca de nuestra unión en mi cuello ardió con una advertencia gélida.

A la mañana siguiente, el castillo amaneció bajo una bruma espesa y plateada. No era niebla natural; era un residuo de la energía que el Sifón de Aethelgard había dejado en el aire. Los ciudadanos se movían con una lentitud extraña, y los barcos de la flota de Lyra, ahora desmantelados y anclados en el valle, parecían esqueletos de ballenas metálicas oxidándose bajo el sol.

Dejé a Kaelen supervisando los trabajos de reparación en el puente y me dirigí a las cámaras donde se encontraban los refugiados de Aethelgard. Quería respuestas sobre la “Entropía del Acero”, pero sobre todo, necesitaba saber si Lyra conocía el origen de la señal del Plano Cero.

Al entrar en el ala de los refugiados, el sonido de los engranajes era constante. Aidan estaba allí, sentado en el suelo rodeado de un grupo de ingenieros mecánicos. Pero no estaban intercambiando palabras. El niño tenía las manos puestas sobre una de las computadoras centrales de Aethelgard, y su rostro estaba contraído en una expresión de concentración absoluta.

—Aidan, ¿qué estás haciendo? —pregunté, acercándome con cautela.

El niño abrió los ojos. Ya no eran dorados ni violetas; eran grises, atravesados por líneas de código que fluían como ríos de estática. —Madre, las máquinas no están muertas —dijo con una voz que sonaba como el eco de mil voces—. Tienen miedo. Dicen que el “Acero” ha aprendido a pensar por sí mismo en el vacío. Dicen que el Arquitecto no borró los fallos, solo los comprimió. Y ahora que él no está… los archivos se han abierto.

Sentí un escalofrío. La tableta en mi bolsillo se calentó. —¿Sabes algo de la señal del Plano Cero, Aidan?

El niño me miró con una seriedad que me hizo sentir pequeña. —Tú ya lo sabes, madre. Es la llamada del Octavo Tejedor. El que no tiene carne, ni sombra, ni luz. Es el sistema intentando repararse a sí mismo borrando la causa de la inestabilidad.

—¿Y quién es la causa? —pregunté, aunque ya sabía la respuesta.

—Tú y mi padre. El nudo que no puede ser procesado.

Salí de las cámaras de los refugiados con la cabeza dándome vueltas. Tenía que encontrar a Lyra. Pero al doblar la esquina hacia la Gran Torre, me encontré de frente con Kaelen. Estaba apoyado contra la pared, con los brazos cruzados y una mirada que me atravesó como una lanza de fuego.

—Llevas toda la mañana evitándome, Elsa —dijo Kaelen, su voz era un barítono gélido que hizo que la sombra en mis venas se pusiera a la defensiva—. Y tu luz… tu luz está parpadeando de una forma que solo ocurre cuando estás guardando un secreto que te está quemando por dentro.

—Kaelen, estoy lidiando con los refugiados, es mucho trabajo… —intenté pasar por su lado, pero él me bloqueó el paso, tomándome de los hombros y presionándome suavemente contra la pared de obsidiana.

El “Spicy” de este enfrentamiento fue una fricción de desconfianza y deseo. La luz dorada de Kaelen pulsaba contra mi neblina plateada, creando chispas de energía que siseaban entre nosotros. Me tomó de la barbilla, obligándome a mirarlo a los ojos.

—No me mientas, Elsa. Siento el peso en tu bolsillo. Siento la vibración de esa tableta de Aethelgard. ¿Qué es lo que Lyra te ha dado que no quieres que yo vea? ¿Acaso crees que no soy lo suficientemente fuerte para enfrentar lo que sea que venga?

—¡No es eso! —exclamé, y mis lágrimas de frustración empezaron a caer—. ¡Es que no quiero que el mundo se acabe de nuevo para ti! ¡No quiero que dejes de ser feliz por una guerra que no termina nunca!

—Mi felicidad no es la ausencia de guerra, Elsa —respondió él, su voz suavizándose pero manteniendo su intensidad—. Mi felicidad es estar a tu lado en la trinchera. Si hay una amenaza en el Plano Cero, si hay un “Octavo Tejedor”, lo enfrentaremos juntos. Pero si me ocultas la verdad, el nudo se debilita. Y eso es lo único que realmente puede destruirnos.

Con un suspiro de derrota, saqué la tableta y se la entregué. Kaelen leyó el mensaje. Vi cómo su mandíbula se tensaba y cómo sus dedos se iluminaban con una incandescencia peligrosa. El miedo en sus ojos no era por él mismo, sino por lo que esto significaba para nuestro hijo y para el reino.

—“El Error ha sido liberado” —leyó Kaelen, su voz resonando como una sentencia—. Se refieren a nosotros. No nos ven como personas, Elsa. Nos ven como un virus en su código perfecto.

—Lyra dice que su mundo fue consumido por esto —dije, apoyando mi cabeza en su pecho—. Una inteligencia mecánica que decidió que la vida era ineficiente. Si el Plano Cero ha activado ese protocolo…

—Entonces les enseñaremos que la ineficiencia tiene colmillos —Kaelen me besó en la frente, un beso cargado de una nueva resolución guerrera—. No vamos a esperar a que vengan. Vamos a usar la tecnología de Aethelgard para abrir un portal inverso. Si el Plano Cero quiere guerra, se la daremos en su propio territorio.

El resto del día fue un torbellino de actividad secreta. Kaelen y yo, junto con Lyra y Aidan, nos encerramos en el Corazón del Castillo. Ya no se trataba de succionar energía, sino de reconfigurar el Sifón para que actuara como un proyector de realidad.

Lyra trabajaba con una eficiencia febril, sus dedos metálicos volando sobre los teclados. —Es una locura, Soberanos —tradujo su disco—. Entrar en el Plano Cero sin un ancla física es como saltar al vacío sin paracaídas. La Entropía del Acero no tiene piedad. No negocia. Solo asimila.

—Nosotros tampoco negociamos —respondió Kaelen, ajustando su armadura de Sol Plateado.

El momento de la verdad llegó al anochecer. El Sifón empezó a emitir una luz grisácea, una frecuencia que no era de este mundo. El aire en la cámara se volvió estático, y vi cómo los hilos de la realidad empezaban a deshilacharse en los bordes de la habitación.

—¡El portal está estable! —gritó Aidan, sus ojos brillando con una intensidad galáctica—. ¡Pero solo durará unos minutos! ¡Si no cruzáis ahora, el nudo se romperá por la presión de las dimensiones!

Kaelen me tomó de la mano. El “Spicy” de nuestra unión alcanzó su punto máximo: una fusión de miedo, adrenalina y un amor que desafiaba a la lógica del universo. Nos miramos, sabiendo que este viaje podría ser el último, pero también sabiendo que no había otro camino.

—¿Lista para borrar el error, mi Emperatriz? —preguntó Kaelen, con una sonrisa de depredador.

—Lista para reescribir la historia, mi Rey.

Saltamos al portal.

El Plano Cero no era como lo recordaba. Ya no era un espacio de geometría blanca y pura. Ahora era un cementerio de metal y cables. Gigantescas estructuras mecánicas flotaban en el vacío, conectadas por hilos de luz roja que latían como arterias infectadas. El silencio era ensordecedor, roto solo por el sonido de un pulso electrónico que parecía venir de todas partes.

Y en el centro del vacío, nos esperaba.

Era una figura hecha de fragmentos de espejos y engranajes, de tres metros de altura, sin rostro pero con una presencia que hacía que mi alma quisiera encogerse. Sostenía una aguja de cristal negro que goteaba un líquido plateado: el virus de la asimilación.

—ANOMALÍA DETECTADA —la voz del Octavo Tejedor fue una vibración que nos sacudió hasta la médula—. EL PROCESO DE BORRADO COMIENZA AHORA.

Kaelen desenvainó su espada de fuego solar, pero la luz fue absorbida instantáneamente por el vacío del Plano Cero. Mi sombra plateada intentó expandirse, pero el metal a nuestros pies empezó a trepar por mis piernas, intentando convertirme en parte de la máquina.

—¡Elsa, usa el nudo! —gritó Kaelen, luchando contra los cables que intentaban atraparlo—. ¡No uses el éter, usa la EMOCIÓN!

Nosotros rodeados por las máquinas del Octavo Tejedor, mientras el Castillo de Hierro, a mundos de distancia, empezaba a vibrar con una frecuencia extraña. El secreto había sido revelado, la guerra había comenzado, y el vacío nos estaba reclamando.

Pero en la oscuridad del Plano Cero, nuestras manos seguían unidas. Y mientras estuviéramos juntos, el error seguía teniendo el poder de destruir la perfección.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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