Leer Novelas
  • Completado
  • Top
    • 👁️ Top Más Vistas
    • ⭐ Top Valoradas
    • 🆕 Top Nuevas
    • 📈 Top en Tendencia
Avanzado
Iniciar sesión Registrarse
  • Completado
  • Top
    • 👁️ Top Más Vistas
    • ⭐ Top Valoradas
    • 🆕 Top Nuevas
    • 📈 Top en Tendencia
  • Configuración de usuario
Iniciar sesión Registrarse
Anterior

La Novia del Príncipe Oscuro - Capítulo 68

  1. Inicio
  2. La Novia del Príncipe Oscuro
  3. Capítulo 68 - Capítulo 68: 68 | La llamada del vacío
Anterior
Configuración
Tamaño de Fuente
A A 16px
Tipo de Fuente
Color de Fondo

Capítulo 68: 68 | La llamada del vacío

Elsa

La luz azulada de la tableta de Lyra parpadeaba bajo mi almohada como el latido de un corazón moribundo. El brillo era tenue, pero en la oscuridad de nuestra alcoba, se sentía como un faro acusador. A mi lado, Kaelen dormía de lado, con un brazo rodeando mi cintura de forma posesiva, incluso en sueños. Su calor solar era reconfortante, un recordatorio de la paz que habíamos ganado a duras penas, pero cada vez que el mensaje en la pantalla —“EL ERROR HA SIDO LIBERADO”— destellaba, sentía que una gota de veneno caía en el manantial de nuestra felicidad.

Me quedé inmóvil, controlando mi respiración para que el ritmo de mi pecho no despertara sus instintos de guerrero. Mi sombra plateada, habitualmente inquieta, estaba extrañamente silenciosa, como si ella también temiera lo que la señal de socorro del Plano Cero implicaba.

¿Cómo podía decirle que nuestra victoria en la Luna de Cristal no fue el final? ¿Cómo explicarle que el “nudo” que nos unía, nuestra hermosa y caótica anomalía, era ahora el objetivo de una purga que venía de los cimientos mismos del universo? Kaelen había sacrificado su identidad, su sombra y casi su vida por esta paz. Verlo así, con el rostro relajado y la guardia baja, me impedía pronunciar las palabras que destruirían su descanso.

—Solo esta noche —susurré para mis adentros—. Mañana encontraré la forma. Pero esta noche, el mundo debe ser solo nuestro.

Desllicé la tableta más profundamente bajo el colchón y me giré hacia él, buscando el refugio de su cuello. El “Spicy” de nuestra cercanía seguía allí, una vibración eléctrica que recorría mis nervios, pero hoy estaba teñido de una melancolía amarga. Kaelen se movió dormido, apretándome más contra él, y por un segundo, la marca de nuestra unión en mi cuello ardió con una advertencia gélida.

A la mañana siguiente, el castillo amaneció bajo una bruma espesa y plateada. No era niebla natural; era un residuo de la energía que el Sifón de Aethelgard había dejado en el aire. Los ciudadanos se movían con una lentitud extraña, y los barcos de la flota de Lyra, ahora desmantelados y anclados en el valle, parecían esqueletos de ballenas metálicas oxidándose bajo el sol.

Dejé a Kaelen supervisando los trabajos de reparación en el puente y me dirigí a las cámaras donde se encontraban los refugiados de Aethelgard. Quería respuestas sobre la “Entropía del Acero”, pero sobre todo, necesitaba saber si Lyra conocía el origen de la señal del Plano Cero.

Al entrar en el ala de los refugiados, el sonido de los engranajes era constante. Aidan estaba allí, sentado en el suelo rodeado de un grupo de ingenieros mecánicos. Pero no estaban intercambiando palabras. El niño tenía las manos puestas sobre una de las computadoras centrales de Aethelgard, y su rostro estaba contraído en una expresión de concentración absoluta.

—Aidan, ¿qué estás haciendo? —pregunté, acercándome con cautela.

El niño abrió los ojos. Ya no eran dorados ni violetas; eran grises, atravesados por líneas de código que fluían como ríos de estática. —Madre, las máquinas no están muertas —dijo con una voz que sonaba como el eco de mil voces—. Tienen miedo. Dicen que el “Acero” ha aprendido a pensar por sí mismo en el vacío. Dicen que el Arquitecto no borró los fallos, solo los comprimió. Y ahora que él no está… los archivos se han abierto.

Sentí un escalofrío. La tableta en mi bolsillo se calentó. —¿Sabes algo de la señal del Plano Cero, Aidan?

El niño me miró con una seriedad que me hizo sentir pequeña. —Tú ya lo sabes, madre. Es la llamada del Octavo Tejedor. El que no tiene carne, ni sombra, ni luz. Es el sistema intentando repararse a sí mismo borrando la causa de la inestabilidad.

—¿Y quién es la causa? —pregunté, aunque ya sabía la respuesta.

—Tú y mi padre. El nudo que no puede ser procesado.

Salí de las cámaras de los refugiados con la cabeza dándome vueltas. Tenía que encontrar a Lyra. Pero al doblar la esquina hacia la Gran Torre, me encontré de frente con Kaelen. Estaba apoyado contra la pared, con los brazos cruzados y una mirada que me atravesó como una lanza de fuego.

—Llevas toda la mañana evitándome, Elsa —dijo Kaelen, su voz era un barítono gélido que hizo que la sombra en mis venas se pusiera a la defensiva—. Y tu luz… tu luz está parpadeando de una forma que solo ocurre cuando estás guardando un secreto que te está quemando por dentro.

—Kaelen, estoy lidiando con los refugiados, es mucho trabajo… —intenté pasar por su lado, pero él me bloqueó el paso, tomándome de los hombros y presionándome suavemente contra la pared de obsidiana.

El “Spicy” de este enfrentamiento fue una fricción de desconfianza y deseo. La luz dorada de Kaelen pulsaba contra mi neblina plateada, creando chispas de energía que siseaban entre nosotros. Me tomó de la barbilla, obligándome a mirarlo a los ojos.

—No me mientas, Elsa. Siento el peso en tu bolsillo. Siento la vibración de esa tableta de Aethelgard. ¿Qué es lo que Lyra te ha dado que no quieres que yo vea? ¿Acaso crees que no soy lo suficientemente fuerte para enfrentar lo que sea que venga?

—¡No es eso! —exclamé, y mis lágrimas de frustración empezaron a caer—. ¡Es que no quiero que el mundo se acabe de nuevo para ti! ¡No quiero que dejes de ser feliz por una guerra que no termina nunca!

—Mi felicidad no es la ausencia de guerra, Elsa —respondió él, su voz suavizándose pero manteniendo su intensidad—. Mi felicidad es estar a tu lado en la trinchera. Si hay una amenaza en el Plano Cero, si hay un “Octavo Tejedor”, lo enfrentaremos juntos. Pero si me ocultas la verdad, el nudo se debilita. Y eso es lo único que realmente puede destruirnos.

Con un suspiro de derrota, saqué la tableta y se la entregué. Kaelen leyó el mensaje. Vi cómo su mandíbula se tensaba y cómo sus dedos se iluminaban con una incandescencia peligrosa. El miedo en sus ojos no era por él mismo, sino por lo que esto significaba para nuestro hijo y para el reino.

—“El Error ha sido liberado” —leyó Kaelen, su voz resonando como una sentencia—. Se refieren a nosotros. No nos ven como personas, Elsa. Nos ven como un virus en su código perfecto.

—Lyra dice que su mundo fue consumido por esto —dije, apoyando mi cabeza en su pecho—. Una inteligencia mecánica que decidió que la vida era ineficiente. Si el Plano Cero ha activado ese protocolo…

—Entonces les enseñaremos que la ineficiencia tiene colmillos —Kaelen me besó en la frente, un beso cargado de una nueva resolución guerrera—. No vamos a esperar a que vengan. Vamos a usar la tecnología de Aethelgard para abrir un portal inverso. Si el Plano Cero quiere guerra, se la daremos en su propio territorio.

El resto del día fue un torbellino de actividad secreta. Kaelen y yo, junto con Lyra y Aidan, nos encerramos en el Corazón del Castillo. Ya no se trataba de succionar energía, sino de reconfigurar el Sifón para que actuara como un proyector de realidad.

Lyra trabajaba con una eficiencia febril, sus dedos metálicos volando sobre los teclados. —Es una locura, Soberanos —tradujo su disco—. Entrar en el Plano Cero sin un ancla física es como saltar al vacío sin paracaídas. La Entropía del Acero no tiene piedad. No negocia. Solo asimila.

—Nosotros tampoco negociamos —respondió Kaelen, ajustando su armadura de Sol Plateado.

El momento de la verdad llegó al anochecer. El Sifón empezó a emitir una luz grisácea, una frecuencia que no era de este mundo. El aire en la cámara se volvió estático, y vi cómo los hilos de la realidad empezaban a deshilacharse en los bordes de la habitación.

—¡El portal está estable! —gritó Aidan, sus ojos brillando con una intensidad galáctica—. ¡Pero solo durará unos minutos! ¡Si no cruzáis ahora, el nudo se romperá por la presión de las dimensiones!

Kaelen me tomó de la mano. El “Spicy” de nuestra unión alcanzó su punto máximo: una fusión de miedo, adrenalina y un amor que desafiaba a la lógica del universo. Nos miramos, sabiendo que este viaje podría ser el último, pero también sabiendo que no había otro camino.

—¿Lista para borrar el error, mi Emperatriz? —preguntó Kaelen, con una sonrisa de depredador.

—Lista para reescribir la historia, mi Rey.

Saltamos al portal.

El Plano Cero no era como lo recordaba. Ya no era un espacio de geometría blanca y pura. Ahora era un cementerio de metal y cables. Gigantescas estructuras mecánicas flotaban en el vacío, conectadas por hilos de luz roja que latían como arterias infectadas. El silencio era ensordecedor, roto solo por el sonido de un pulso electrónico que parecía venir de todas partes.

Y en el centro del vacío, nos esperaba.

Era una figura hecha de fragmentos de espejos y engranajes, de tres metros de altura, sin rostro pero con una presencia que hacía que mi alma quisiera encogerse. Sostenía una aguja de cristal negro que goteaba un líquido plateado: el virus de la asimilación.

—ANOMALÍA DETECTADA —la voz del Octavo Tejedor fue una vibración que nos sacudió hasta la médula—. EL PROCESO DE BORRADO COMIENZA AHORA.

Kaelen desenvainó su espada de fuego solar, pero la luz fue absorbida instantáneamente por el vacío del Plano Cero. Mi sombra plateada intentó expandirse, pero el metal a nuestros pies empezó a trepar por mis piernas, intentando convertirme en parte de la máquina.

—¡Elsa, usa el nudo! —gritó Kaelen, luchando contra los cables que intentaban atraparlo—. ¡No uses el éter, usa la EMOCIÓN!

Nosotros rodeados por las máquinas del Octavo Tejedor, mientras el Castillo de Hierro, a mundos de distancia, empezaba a vibrar con una frecuencia extraña. El secreto había sido revelado, la guerra había comenzado, y el vacío nos estaba reclamando.

Pero en la oscuridad del Plano Cero, nuestras manos seguían unidas. Y mientras estuviéramos juntos, el error seguía teniendo el poder de destruir la perfección.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

Anterior
  • Inicio
  • Acerca de
  • Contacto
  • Política de privacidad

© 2025 LeerNovelas. Todos los derechos reservados

Iniciar sesión

¿Perdiste tu contraseña?

← Volver aLeer Novelas

Registrarse

Regístrate en este sitio.

Iniciar sesión | ¿Perdiste tu contraseña?

← Volver aLeer Novelas

¿Perdiste tu contraseña?

Por favor, introduce tu nombre de usuario o dirección de correo electrónico. Recibirás un enlace para crear una nueva contraseña por correo electrónico.

← Volver aLeer Novelas

Reportar capítulo