La Novia del Príncipe Oscuro - Capítulo 7
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- Capítulo 7 - 7 7 La marca del rey
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7: 7 | La marca del rey 7: 7 | La marca del rey Elsa El silencio de la habitación era tan denso que podía escuchar el eco de mi propio deseo.
Kaelen se cernía sobre mí, una silueta de poder y sombras que bloqueaba cualquier rastro de la luz de la luna.
Ya no había rastro del príncipe frío y distante; el hombre que me miraba ahora estaba consumido por un hambre que no tenía nada que ver con la supervivencia, y todo que ver con la posesión.
—¿Estás segura, Elsa?
—su voz era un susurro rasposo, cargado de una advertencia final—.
Una vez que crucemos esta línea, mi oscuridad se entrelazará con tu luz para siempre.
Sentirás mi dolor, mi sed y mi rabia como si fueran tuyos.
No habrá secretos entre nosotros.
Ni un solo rincón de tu alma me será ajeno.
—Ya te lo dije, Kaelen —respondí, rodeando su cuello con mis brazos y atrayéndolo hacia mí hasta que su pecho rozó el mío—.
No quiero una vida a medias.
Si voy a reinar en este infierno, quiero hacerlo ardiendo a tu lado.
Kaelen soltó un gruñido bajo, un sonido que vibró profundamente en mi pecho, y capturó mis labios en un beso que sabía a desesperación y triunfo.
Sus manos, antes cuidadosas, ahora se movían con una urgencia salvaje, recorriendo las curvas de mi cuerpo a través de la seda de mis ropas de caza.
Cada lugar que tocaba parecía encenderse, dejando un rastro de electricidad que hacía que mis músculos se contrajeran en un deleite agónico.
Me quitó la chaqueta de cuero con un movimiento brusco, dejándola caer al suelo sin apartar sus ojos de los míos.
Cuando sus manos frías entraron en contacto con la piel desnuda de mi cintura, solté un gemido que se perdió en su boca.
El contraste era embriagador: mi sangre, hirviendo por el Factor Éter, y su cuerpo, una escultura de mármol gélido que buscaba desesperadamente mi calor.
—Tu sangre canta, Elsa —susurró contra mi cuello, bajando sus besos hasta la marca que él mismo había dejado días atrás—.
Puedo oírla golpear contra tus venas.
Es un castigo y un premio al mismo tiempo.
Sentí el roce de sus colmillos contra mi pulso, pero esta vez no hubo miedo.
Había una anticipación febril.
Kaelen no me mordió de inmediato; en su lugar, usó su lengua para delinear la herida cerrada, enviando oleadas de placer líquido por toda mi columna vertebral.
Mis manos se perdieron en su cabello oscuro, tirando de él, instándolo a que dejara de jugar y tomara lo que era suyo.
—Tómalo todo —le pedí, mi voz rota por el deseo—.
Todo es tuyo.
Kaelen no necesitó más invitación.
Sus manos bajaron a mis caderas, levantándome para que mi cuerpo se ajustara perfectamente al suyo.
Con una fuerza sobrehumana, me despojó de lo que quedaba de mi ropa hasta que no quedó nada entre nosotros más que el aire cargado de magia.
Él hizo lo mismo, revelando un cuerpo marcado por siglos de batallas, con músculos definidos por la violencia y una belleza que dolía mirar.
Cuando se posicionó entre mis piernas, el mundo exterior desapareció por completo.
Las intrigas de Julian, las amenazas del Consejo, la maldición…
todo se redujo a la fricción de su piel contra la mía.
—Mírame —ordenó, sus ojos dorados brillando con una intensidad sobrenatural.
Lo miré, y en ese instante, el tiempo se detuvo.
Kaelen se empujó dentro de mí con una lentitud tortuosa, una invasión que no solo llenó mi cuerpo, sino que pareció reclamar mi propia esencia.
Solté un grito ahogado, mi espalda arqueándose sobre las sábanas de seda mientras mi Factor Éter reaccionaba a la unión.
Un resplandor blanco empezó a emanar de mis poros, iluminando la habitación, mientras la oscuridad de Kaelen empezaba a absorberlo.
No era solo sexo; era una fusión de especies.
Con cada estocada, sentía fragmentos de su memoria golpeando mi mente: el frío de las estepas rusas en el siglo XVIII, el sabor de la victoria en guerras olvidadas, y la soledad insoportable de un hombre que había esperado una eternidad para ser tocado no como un monstruo, sino como un amante.
—Elsa…
—su voz se quebró cuando alcanzó su clímax, su cuerpo tensándose como una cuerda a punto de romperse.
En ese momento de vulnerabilidad total, sus colmillos se hundieron en mi hombro, no para alimentarse, sino para marcar.
El dolor fue mínimo comparado con la explosión de placer que me recorrió.
Sentí cómo su energía fluía hacia mí, mezclándose con mi Éter, creando algo nuevo, algo que ninguno de los dos había experimentado antes.
El resplandor en la habitación se volvió cegador por un segundo antes de desvanecerse en una suave penumbra azulada.
Nos quedamos así, entrelazados, jadeando en la oscuridad.
El sudor y el aroma de nuestra unión flotaban en el aire.
Kaelen se dejó caer a mi lado, abrazándome contra su pecho como si fuera el tesoro más valioso del mundo.
Su corazón, que antes estaba en silencio, ahora latía con un ritmo lento y pesado, sincronizado perfectamente con el mío.
—¿Qué hemos hecho?
—susurré, sintiendo una paz que no creía posible en este palacio.
Kaelen me besó la coronilla, sus manos acariciando mi espalda con una ternura infinita.
—Hemos creado algo que el Consejo teme más que a la muerte misma.
Una unión real.
Ahora mi sangre es la tuya, y la tuya es mía.
Si intentan dañarte, lo sentiré.
Si intentan apartarte de mí, destruiré este reino piedra por piedra.
Me acurruqué contra él, sintiendo la fuerza de sus brazos.
La debilidad que había sentido después de la Cacería había desaparecido, reemplazada por una vitalidad vibrante.
Ya no me sentía solo como una “fuente de alimento”.
Me sentía como una extensión de su propio poder.
—¿Crees que vendrán por nosotros mañana?
—pregunté.
—Vendrán —asintió él, su voz volviéndose fría otra vez—.
Pero ya no encontrarán a un príncipe moribundo y a una humana asustada.
Encontrarán a los soberanos de esta estirpe.
Mañana, Elsa, les enseñaremos lo que sucede cuando la luz y la oscuridad dejan de luchar y empiezan a trabajar juntas.
Me quedé dormida en sus brazos, sintiendo la marca en mi hombro latir con un calor reconfortante.
Fue el primer sueño sin pesadillas desde que llegué al castillo.
El amanecer trajo consigo el sonido de los cuernos de plata.
No eran cuernos de caza, sino de asamblea.
El Consejo de los Siete exigía una audiencia inmediata en el salón del trono.
Kaelen se vistió con una elegancia letal: un traje negro con bordados de hilo de oro y su gran capa roja, que ahora parecía brillar con una luz propia.
Yo elegí un vestido que desafiaba todas las convenciones de la corte: una seda negra translúcida con un escote que dejaba ver claramente la marca de sus colmillos en mi hombro y la nueva marca en mi cuello.
No quería ocultar nada.
Quería que vieran que ya no era una invitada, sino la dueña del lugar.
Caminamos por los pasillos del palacio, y esta vez, los guardias no solo se inclinaban; retrocedían con un temor reverencial.
El aura que emanábamos era tan poderosa que el aire vibraba a nuestro paso.
Cuando entramos en el Gran Salón, el silencio fue sepulcral.
Los siete Ancianos estaban allí, con Lady Valerius al frente.
Sus ojos se abrieron de par en par al vernos.
No solo por nuestra presencia, sino por el hecho de que Kaelen caminaba con una fuerza que no había mostrado en décadas.
—Príncipe Kaelen…
—empezó Lady Valerius, su voz temblando ligeramente—.
Se nos informó que la Cacería había sido…
accidentada.
Y que la humana había mostrado comportamientos prohibidos.
—La Reina Elsa —corrigió Kaelen, su voz resonando como un trueno en la sala— no ha mostrado nada que no sea su derecho divino.
Kaelen me tomó de la mano y me condujo no hacia el espacio frente a los tronos, sino hacia el trono principal, el que pertenecía al soberano absoluto de los Vrykolakas, un asiento que había estado vacío desde la muerte de su padre.
Se sentó y, con un movimiento fluido, me sentó en su regazo, frente a toda la aristocracia vampírica.
Era el insulto más grande a su protocolo, y la declaración de guerra más clara que podía hacer.
—El vínculo está completo —anunció Kaelen, su mirada barriendo a los Ancianos hasta que cada uno de ellos bajó la vista—.
Elsa Croft es ahora parte de mi alma.
Cualquier intento de “estudiarla”, de “custodiarla” o de cuestionar su autoridad será tratado como alta traición.
Y todos saben cómo castigo la traición.
Lord Silas, el vampiro de ojos de serpiente, dio un paso adelante, su rostro retorcido por la envidia.
—¡Esto es inaceptable!
¡Ella es una humana!
No puedes elevarla por encima de los clanes de sangre pura solo porque te dio placer una noche.
Sentí la rabia de Kaelen hervir en mi propia sangre.
Antes de que él pudiera responder, me puse de pie.
El Factor Éter respondió a mi voluntad, envolviendo mis manos en llamas blancas que no quemaban, pero que hacían que el mármol bajo mis pies empezara a agrietarse.
—Soy la razón por la que su linaje no se convertirá en cenizas hoy —dije, mi voz amplificada por la magia—.
Si Lord Silas cree que la “sangre pura” es superior a mi poder, lo invito a que intente dar un paso más.
Silas se quedó paralizado.
La luz blanca de mis manos era veneno puro para su especie.
Miró a los otros Ancianos buscando apoyo, pero solo encontró rostros pálidos de terror.
—La audiencia ha terminado —concluyó Kaelen, poniéndose de pie a mi lado y rodeándome la cintura—.
A partir de hoy, las leyes de este reino cambian.
Bienvenidos a la nueva era de los Thorne.
Salimos del salón bajo las miradas de odio y asombro de la corte.
Sabía que esto no era el final; Julian seguía ahí fuera, y el Consejo no se rendiría tan fácilmente.
Pero mientras caminábamos de regreso a nuestras habitaciones, Kaelen se inclinó y me susurró al oído: —Lo hiciste perfecto, mi reina.
—Solo estoy empezando, Kaelen —respondí con una sonrisa que ya no tenía nada de humana—.
Solo estoy empezando.
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