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La Novia del Príncipe Oscuro - Capítulo 8

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  4. Capítulo 8 - 8 8 El eclipse de sangre
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8: 8 | El eclipse de sangre 8: 8 | El eclipse de sangre Elsa El palacio Vrykolakas nunca había estado tan silencioso, y sin embargo, nunca había sentido tanto ruido en mi cabeza.

Desde la noche en que Kaelen y yo unimos nuestras esencias, el mundo humano se sentía como un recuerdo borroso visto a través de un cristal sucio.

Ahora, mis sentidos estaban amplificados a un nivel insoportable.

Podía oír el roce de las alas de los murciélagos en las torres más altas y, lo que era más perturbador, podía sentir el estado de ánimo de Kaelen incluso cuando no estábamos en la misma habitación.

Esa mañana, su aura sabía a ceniza y acero.

—Estás pensando en él —dije, entrando en su despacho privado.

Kaelen estaba de pie frente a un mapa antiguo del territorio, sus dedos trazando las fronteras del Bosque Prohibido.

Se giró, y su mirada recorrió mi cuerpo con una intensidad que hizo que mi piel hormigueara.

Llevaba un vestido de seda negra que se ceñía a mis curvas como una caricia, y el collar de rubíes que me había regalado esa mañana latía contra mi pecho, justo encima de donde él solía besarme.

—Julian no es alguien que acepte el destierro, Elsa —respondió, acercándose a mí.

Me rodeó la cintura con sus brazos, pegándome a su cuerpo.

Aunque estábamos en medio de una crisis, el contacto físico se había vuelto una necesidad adictiva para ambos—.

Mis rastreadores perdieron su rastro en las Tierras de Nadie.

Eso solo significa una cosa: ha buscado ayuda externa.

—¿Ayuda de quién?

—pregunté, inclinando la cabeza para que sus labios encontraran el hueco de mi cuello.

Incluso en medio de la tensión, su cercanía despertaba un fuego que no podía apagar.

—De los Licántropos de la Luna Negra o, peor aún, de los Nigromantes del Sur.

Julian siempre fue ambicioso, pero ahora está desesperado.

Y un Thorne desesperado es capaz de quemar el mundo con tal de reinar sobre las cenizas.

Antes de que pudiera responder, un estruendo sacudió los cimientos del castillo.

No fue una explosión física; fue un golpe de energía oscura tan fuerte que mis rodillas flaquearon.

Kaelen me sujetó con fuerza, sus ojos volviéndose completamente negros.

—Ya está aquí —gruñó.

Salimos al balcón principal.

El cielo, que debería haber estado despejado, se había vuelto de un color púrpura enfermizo.

En el centro del patio de armas, una grieta de energía sombría se había abierto, y de ella emergió una figura que apenas reconocí como Julian.

Ya no era el vampiro arrogante y apuesto del Consejo.

Su piel estaba cubierta de runas negras que supuraban una luz violácea, y sus ojos eran pozos de vacío absoluto.

A su lado, seis figuras encapuchadas entonaban un cántico que hacía que el aire se volviera irrespirable.

—¡Kaelen!

—la voz de Julian no era humana; era un coro de mil gritos agonizantes—.

¡He venido por lo que es mío!

¡He abrazado el Vacío para terminar con tu débil reinado!

Los guardias del palacio intentaron avanzar, pero Julian levantó una mano y una onda de choque de energía necrótica los lanzó por los aires como si fueran muñecos de trapo.

—Quédate aquí —ordenó Kaelen, soltándome.

—¡Ni hablar!

—le grité, tomando su mano—.

El vínculo es lo único que puede detener eso.

Si peleas solo, te consumirá.

Kaelen me miró, y por un segundo vi el miedo en sus ojos.

No miedo por su vida, sino por la mía.

Pero al ver la determinación en mi rostro, asintió.

—Entonces, hagámoslo.

Dame tu luz, Elsa.

Bajamos al patio como un solo ser.

Los aristócratas del Consejo observaban desde las ventanas, aterrados.

Julian nos vio llegar y soltó una carcajada que heló mi sangre.

—¡El Príncipe y su Mascota!

—gritó Julian—.

¿Creen que un poco de amor y sangre es suficiente contra el poder del Vacío?

¡Yo he muerto y he vuelto, Kaelen!

¡Ya no tengo sed de sangre, tengo sed de existencia!

Julian se lanzó hacia adelante, moviéndose con una velocidad que desafiaba incluso la percepción vampírica.

Kaelen lo interceptó en el aire, y el choque de sus energías creó una explosión que destrozó las ventanas del primer piso.

La batalla fue un caos de sombras y destellos blancos.

Kaelen luchaba con una ferocidad ciega, pero Julian era diferente.

Cada vez que Kaelen lo golpeaba, el cuerpo de Julian parecía disolverse en humo negro para reformarse un segundo después.

La magia de los nigromantes lo protegía.

—¡Elsa, ahora!

—gritó Kaelen, mientras Julian lo inmovilizaba contra un pilar, sus garras negras hundiéndose en los hombros de mi esposo.

Corrí hacia ellos, pero dos de los encapuchados se interpusieron en mi camino.

No usé armas.

No las necesitaba.

Concentré todo el calor que sentía por Kaelen, todo el deseo de la noche anterior y toda la rabia de mi nueva vida.

Mis manos se iluminaron con una luz tan pura que los nigromantes retrocedieron, gritando mientras sus capas se prendían fuego.

Llegué hasta Kaelen y Julian.

Julian me miró, y por un momento vi un destello de envidia en su vacío.

—Esa luz…

—susurró—.

Debería ser mía.

—Nunca será tuya —dije, poniendo mis manos sobre la espalda de Kaelen.

El contacto fue como conectar dos cables de alta tensión.

El Factor Éter fluyó a través de mí hacia Kaelen, purificando la oscuridad que Julian intentaba inyectarle.

Kaelen rugió, y su aura se expandió, tornándose de un dorado incandescente.

Sus manos se cerraron alrededor del cuello de Julian, y por primera vez, Julian pareció sentir miedo.

—¿Cómo…?

—jadeó Julian—.

¡El Vacío no puede ser tocado por la carne!

—No es solo carne, Julian —dijo Kaelen, su voz resonando con el poder de dos almas—.

Es un vínculo que tú nunca comprenderás.

La luz blanca y dorada empezó a devorar las runas negras de Julian.

Él luchó, intentando absorber nuestra energía, pero el Éter era demasiado puro, demasiado “vivo” para su naturaleza muerta.

Con un grito final que pareció desgarrar el cielo, Julian estalló en una nube de partículas grises que el viento se llevó de inmediato.

Los nigromantes restantes se desvanecieron en las sombras, huyendo como ratas.

El patio quedó en silencio, roto solo por el sonido de nuestra respiración agitada.

Kaelen se dejó caer de rodillas, arrastrándome con él.

Estábamos empapados en sudor, y la energía que aún vibraba entre nosotros era tan fuerte que el suelo a nuestro alrededor seguía emitiendo vapor.

—¿Se ha ido?

—pregunté, apoyando mi cabeza en su hombro.

—Por ahora —respondió Kaelen, abrazándome con una fuerza temblorosa—.

Pero ha abierto una puerta que no será fácil de cerrar.

El Vacío ha probado el sabor de tu sangre, Elsa.

No se detendrá.

Se separó un poco y me miró a los ojos.

Su rostro estaba manchado de sangre, pero nunca lo había visto tan hermoso.

En ese momento, en medio de la destrucción del patio, la adrenalina y el poder se transformaron en algo mucho más carnal.

La batalla había despertado nuestros instintos más básicos.

Kaelen me tomó del rostro y me besó con una pasión violenta, una urgencia que decía “estamos vivos”.

Sus manos se perdieron en mi cabello, tirando de él con fuerza mientras sus labios devoraban los míos.

El peligro compartido había borrado cualquier rastro de decoro.

—Te necesito —susurró contra mis labios, su voz cargada de un deseo crudo—.

Ahora.

Aquí.

—Kaelen, el Consejo está mirando…

—dije, aunque mis manos ya estaban desabrochando su camisa.

—Que miren —respondió él, cargándome y llevándome hacia el interior del palacio, ignorando las miradas de los nobles y los guardias—.

Que vean lo que sucede cuando un rey reclama a su reina después de la victoria.

Subimos a nuestra alcoba, pero no llegamos a la cama.

Kaelen me empujó contra la puerta cerrada, sus manos recorriendo mis muslos, levantando la seda del vestido mientras sus besos bajaban por mi escote, buscando la piel ardiente.

Mi Éter seguía vibrando, respondiendo a su tacto, creando una atmósfera de estática eléctrica que hacía que cada roce fuera diez veces más intenso.

Fue una unión frenética, marcada por la victoria y el alivio.

En cada gemido, en cada caricia posesiva, reafirmamos nuestra alianza.

No éramos solo dos personas teniendo sexo; éramos dos potencias mundiales colisionando, fundiendo nuestras esencias para prepararnos para lo que vendría después.

Cuando finalmente nos desplomamos en la cama, horas después, la luna púrpura había desaparecido, reemplazada por una noche estrellada y pacífica.

Kaelen me tenía abrazada, su mano descansando sobre mi vientre, donde mi poder seguía latiendo suavemente.

—Elsa —dijo en voz baja—.

Julian dijo algo antes de morir.

Dijo que el Vacío no se detendría.

—Lo derrotamos una vez, lo haremos de nuevo —respondí, cerrando los ojos.

—No lo entiendes.

Para cerrar la puerta del Vacío de forma definitiva, se necesita un sacrificio de sangre pura y Éter.

Un sacrificio que…

—se detuvo, su voz temblando.

—¿Un sacrificio de qué?

—Me incorporé, mirándolo a la cara.

Kaelen evitó mi mirada.

—No importa ahora.

Descansa.

Mañana empezaremos a reconstruir el palacio.

Y a prepararnos para la guerra total.

Me quedé dormida con esa duda clavada en mi pecho.

Kaelen ocultaba algo, un secreto sobre el final de la profecía que no quería que yo supiera.

Pero mientras sentía el calor de su cuerpo contra el mío, supe que no importaba el precio.

Si el mundo quería nuestra sangre para salvarse, tendría que venir a buscarla.

Y nosotros no pensábamos dársela sin pelear.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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